Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Evelyn

Sobrevivir a mi primera noche en la cabaña fue un triunfo absoluto de la voluntad humana sobre las inclemencias del tiempo de Arizona.

Pasé las horas envuelta en tres mantas rústicas con olor a naftalina, alternando entre el miedo a que una manada de lobos derribara la puerta y el recuerdo persistente de los ojos grises de William Oyer taladrándome la piel.

Desperté con el sol del norte filtrándose entre las ramas de los pinos y una certeza absoluta: mi cuerpo sentía una imperiosa necesidad de cafeína real y carbohidratos, no de fantasmas del pasado.

—Fantástico. Simplemente idílico, Evelyn —me dije en voz alta, contemplando mi patético desayuno imaginario—. La gran diseñadora de Manhattan reducida a la inanición.

No me quedaba más remedio que salir al mundo exterior.

Subí a mi coche —un utilitario compacto que sufría de hipotermia severa cada vez que giraba la llave en el contacto— y conduje con extrema precaución por la carretera secundaria cubierta de nieve acumulada.

Mi destino era Oak Ridge General Store, el único supermercado, ferretería y centro de reunión social del pueblo.

Si quería evitar a William, las nueve de la mañana era la hora perfecta; los hombres rudos del aserradero debían llevar horas trabajando en el bosque profundo, lejos de los pasillos de alimentación.

O al menos eso era lo que mi optimismo desesperado quería creer.

El interior de Oak Ridge General Store olía a una mezcla indescifrable de queroseno, abono para jardín y manzanas de oferta.

Al cruzar el umbral de la entrada, el agudo tintineo de un cencerro oxidado anunció mi llegada, logrando que las tres únicas personas que se encontraban en el pasillo de las conservas se giraran sincronizadamente hacia mí, como figuritas de un reloj de cuco.

—¡Pero si es la pequeña Evie Smith! —exclamó la señora Gable, una mujer de unos setenta años con un peinado cardado inmune a las leyes de la gravedad y un chal de punto de un color verde fluorescente que dañaba la retina—.

Vaya, vaya, mírate. Traes toda la palidez de Nueva York en la cara, cariño.

¿Es verdad que las deudas te han dejado en la calle?

Mi nieta lo leyó en una red social de esas.

Tragué saliva, intentando que mi mejor sonrisa corporativa no pareciera una mueca de dolor psicópata mientras empujaba un carrito de metal cuyas ruedas chirriaban protestando con un chillido agónico a cada paso.

—Hola, señora Gable. Qué alegría verla —mentí descaradamente, agarrando un bote de mermelada con tanta fuerza que temí romper el cristal—. No, las deudas no me han dejado en la calle. Simplemente he decidido tomarme un año sabático para... conectar con mis raíces.

—¿Tus raíces? —la anciana soltó una risotada ronca que resonó en todo el local, ganándose la mirada cómplice del cajero—.

Aquí las únicas raíces que hay son las de los pinos, preciosa.

Por cierto, William Oyer estuvo preguntando por ti ayer en la timba de dominó de la cafetería.

Dijo que tenías el termostato estropeado.

Menudo hombre se ha vuelto, ¿eh? Buen cuerpo, buen camión y soltero.

No como ese alfeñique estirado con el que salías en las fotos de Internet.

Deseé con todas mis fuerzas que el suelo rústico de linóleo se abriera y me tragara por completo para transportarme de vuelta a Brooklyn.

El pueblo entero estaba al corriente de mis desgracias financieras, de mi situación sentimental y, para colmo, de la vergonzosa visita nocturna de William a mi cabaña.

Intenté balbucear una respuesta digna que salvara mi orgullo herido, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta al escuchar unos pasos pesados y decididos retumbar en el pasillo contiguo.

El destino no solo se burlaba de mí, sino que además tenía un sentido del humor retorcido y perverso.

Giré la esquina del pasillo de los cereales con el carro chirriando a toda velocidad, dispuesta a huir del interrogatorio de la señora Gable.

Pero lo único que conseguí fue estampar frontalmente el parachoques de mi carrito contra unas botas de seguridad llenas de barro y unos pantalones vaqueros desgastados que subían hasta una altura peligrosa.

—Vaya, Smith. Parece que los conductores de Nueva York son tan agresivos como dicen —soltó una voz profunda que me hizo dar un respingo.

William estaba de pie frente a mí, sosteniendo un pack de seis cervezas en una mano y una caja de herramientas en la otra.

Llevaba una gorra de béisbol oscura hacia atrás, dejando que unos mechones de pelo rebelde cayeran sobre su frente, y una sudadera gris que marcaba de forma delatora la anchura de sus hombros.

Me miraba con una chispa de pura diversión en sus ojos grises, disfrutando por completo de mi cara de pánico atrapado.

—¿Qué haces aquí? —conseguí articular, sintiendo cómo el calor trepaba de inmediato por mi cuello—. Se supone que deberías estar... no sé, cortando árboles o haciendo cosas de hombres rudos en el bosque.

—Es mi hora del almuerzo, Evie. Los hombres rudos también comemos —se inclinó ligeramente sobre el manillar de mi carro, reduciendo la distancia entre los dos en mitad del pasillo de los copos de avena—.

Además, he oído que estabas buscando conectar con tus raíces.

Si quieres, te puedo enseñar unas cuantas raíces muy interesantes esta tarde en la cabaña.

Me quedé boquiabierta ante su descaro, mirando de reojo hacia atrás por miedo a que la señora Gable estuviera escuchando detrás de los botes de alubias.

William bajó la mirada de manera deliberada hacia mi jersey de cuello alto, arqueando una ceja con una sonrisa de suficiencia que me encendió la sangre.

Sabía perfectamente que mi cuerpo reaccionaba a su cercanía incluso a través de tres capas de ropa de invierno, y el muy bastardo no tenía ninguna intención de ponérmelo fácil.

—Controla esa boca, Oyer —le siseé en voz baja, lanzándole una mirada que pretendía ser letal pero que probablemente solo delataba lo nerviosa que me ponía su cercanía—. La señora Gable está a la vuelta de la esquina y no necesito que invente más rumores sobre nosotros para el periódico local.

—¿Rumores? —William soltó una carcajada baja que me reverberó directamente en el estómago, obligándome a clavar mis botas en el suelo para no flaquear—.

En este pueblo no hay rumores, Evie. Solo verdades compartidas.

Y la verdad es que te pones roja como un tomate cada vez que me acerco a menos de un metro de ti.

Dio un paso al frente, haciendo que la punta de sus botas rozara la base de mi carrito de metal.

La sudadera gris que llevaba dejaba escapar ese aroma tan suyo a madera tallada, frío de montaña y testosterona pura que me nublaba el sentido del juicio.

Me quedé estática, con las manos apretadas alrededor del manillar, deseando con una parte muy traidora de mi ser que dejara caer las cervezas y me atrapara contra las estanterías de los cereales.

Él bajó la voz, volviéndola más grave, casi un susurro destinado únicamente a mis oídos.

—Escúchame, Smith. Mañana por la noche hay una barbacoa benéfica en el pabellón municipal del pueblo.

Todo el mundo va a estar allí esperándote para ver si la gran diseñadora de la gran ciudad se ha vuelto una estirada o si sigue siendo la chica de Oak Ridge.

Yo voy a ir. Y creo que te convendría venir conmigo si quieres que dejen de hablar de tus finanzas y empiecen a hablar de otra cosa. Piénsalo.

Me guiñó un ojo con una insolencia desesperante, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo central hacia las cajas registradoras con un caminar pausado y seguro de sí mismo.

Me quedé allí plantada, en mitad del pasillo cuatro, con el corazón martilleando mi pecho y una caja de copos de avena en la mano, preguntándome seriamente cómo demonios iba a sobrevivir a la barbacoa del pueblo sin terminar cometiendo una locura con William Oyer.