Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

William

Tenerla a escasos centímetros de mí, acorralada contra la encimera rústica de la cocina mientras el fuego que acababa de encender crepitaba a nuestras espaldas, era la definición exacta de una tortura voluntaria.

Pude olerla a la perfección: ese aroma dulce a vainilla caramelizada que se mezclaba con el rastro del humo de la chimenea y el olor a madera vieja de la cabaña.

Era una combinación jodidamente letal que me nubló el juicio al instante, haciendo que todos los muros de contención que me había construido durante siete años amenazaran con venirse abajo de un solo golpe.

La miré fijamente a los ojos, disfrutando del modo en que sus pupilas se dilataban bajo la luz parpadeante y dorada de las llamas.

Evelyn intentaba mantener esa fachada de mujer de hielo, esa máscara sofisticada de Manhattan que usaba como escudo para demostrarme que ya no le importaba.

Pero su cuerpo la estaba traicionando por completo frente a mí.

Su respiración se había vuelto tan rápida y entrecortada que su pecho subía y bajara con fuerza, rozando casi de manera imperceptible el mío.

Bajé la vista un segundo hacia su cuello y luego hacia su pecho.

Bajo la fina camiseta de algodón gris, sus pezones estaban completamente rígidos, reaccionando a mi cercanía con una violencia que me encendió la sangre de inmediato.

Sentí un tirón salvaje e implacable directamente en la entrepierna.

Mis pantalones de trabajo comenzaron a apretarme de mala manera mientras mi anatomía reclamaba lo que siempre había considerado suyo.

Deseé con todas mis fuerzas enterrar las manos en sus caderas, levantarla en vilo sobre la encimera y romperle esa maldita coraza a base de besos salvajes hasta dejarla sin aliento.

—¿De verdad vas a seguir fingiendo que no te alegras de verme, Smith? —le susurré, bajando el tono de mi voz hasta dejarlo en un gruñido ronco que resonó en el espacio cerrado de la cocina.

Vi cómo tragaba saliva con dificultad, clavando sus dedos en el borde de la madera de la encimera para no caerse.

El magnetismo animal que nos unía seguía ahí, tan espeso y peligroso como en las noches calientes de nuestra adolescencia, pero esta vez con la urgencia acumulada de los años de ausencia.

Sabía que estaba jugando con cerillas en un almacén de pólvora y que, si daba un paso más, la cabaña de la tía Florence terminaría ardiendo con nosotros dentro.

Evelyn clavó sus uñas en el borde de la encimera rústica, irguiendo la espalda en un intento desesperado por recuperar el control de la situación.

Su barbilla se alzó con esa terquedad que tanto la caracterizaba, desafiando la gravedad de mi cuerpo sobre el suyo.

Estábamos tan cerca que el calor que desprendía su piel me golpeaba la cara, pero no la toqué.

Sostener la tensión sin llegar a romper el límite era un arte, y yo estaba dispuesto a dominarlo si eso significaba desarmarla por completo.

—No sé qué clase de película te estás montando en la cabeza, Oyer —consiguió decir, aunque su voz traidora tembló ligeramente en la última sílaba—.

Agradezco que hayas encendido la chimenea para que no muera congelada, pero eso no te da derecho a invadir mi espacio personal de esta manera. Da un paso atrás.

En lugar de obedecerla, me incliné un centímetro más, ladeando la cabeza.

Pude ver cómo un escalofrío recorría su cuello expuesto al sentir mi respiración rozándole la piel justo debajo de la oreja.

Bajé una de mis manos y la apoyé en la encimera, justo al lado de su cadera derecha, atrapándola sutilmente entre mi brazo y mi cuerpo sin llegar a rozar su ropa.

El aroma a vainilla de su piel se volvió más intenso, casi febril.

—¿Tu espacio personal, Smith? —solté una risa seca, un murmullo bajo que vibró directamente contra su mejilla—. En este pueblo el espacio personal no existe, y menos en esta cabaña. Además, juraría que tu cuerpo no está muy de acuerdo con tus palabras.

Dirigí mi mirada deliberadamente hacia abajo, fijando mis ojos grises en la evidencia que se marcaba bajo su camiseta gris.

El rubor en sus mejillas se intensificó, extendiéndose por su escote como un incendio forestal.

Ella intentó cruzar los brazos para cubrirse, pero al hacerlo, su antebrazo rozó el bíceps de mi brazo apoyado.

Fue un contacto de apenas un milímetro, pero bastó para que ambos contuviéramos el aliento.

La corriente eléctrica que saltó entre los dos fue tan real que casi pude oír el chispazo en mitad del salón iluminado por el fuego.

El juego de la provocación estaba alcanzando un punto de no retorno, y a ambos nos encantaba el peligro.

Evelyn demostró por qué había sobrevivido siete años en una jungla de asfalto como Manhattan.

En lugar de encogerse o amedrentarse por mi cercanía, sus ojos claros chispearon con una mezcla de rabia y pura determinación.

Dejó escapar un suspiro lento, relajando los hombros de golpe en un movimiento calculado, y me sostuvo la mirada con una frialdad implacable que casi me hace aplaudir.

—Muy bien, Oyer. Veo que trabajar con troncos y servir cafés te ha dado mucho tiempo libre para practicar tus técnicas de seducción barata de manual —dijo, arqueando una ceja con una elegancia insultante—.

Pero lamento decirte que en Nueva York los hombres usan argumentos un poco más sofisticados que arrinconar a una mujer contra los muebles de la cocina aprovechando que no le funciona la calefacción.

La estocada fue directa a mi orgullo, pero no dejé que se me borrara la sonrisa de la cara. Me encantaba cuando sacaba las garras. La Evelyn sumisa y asustada no existía, y esta versión combativa me ponía los dientes largos.

—¿Hombres sofisticados? —repetí, estirando las palabras mientras dejaba caer mi otra mano al lado de su cadera izquierda, acorralándola por completo en una jaula invisible—.

¿Te refieres a tipos estirados con trajes de tres mil dólares que beben agua con gas y se asustan si ven un poco de barro en las botas?

Porque, que yo sepa, ninguno de esos caballeros está aquí ahora mismo para arreglarte el termostato. Estás sola conmigo, Evie.

Nos quedamos en silencio, desafiándonos con la mirada mientras el crepitar de la madera en la chimenea era el único sonido que llenaba la cabaña.

El calor del fuego empezaba a caldear el salón, pero la temperatura entre nuestros cuerpos era muchísimo más alta.

Yo no me iba a mover y ella se negaba a ceder un solo milímetro de terreno.

Su pecho seguía subiendo y bajando con fuerza, rozando sutilmente la tela de mi camiseta térmica cada vez que tomaba aire.

La provocación mutua era una cuerda tensa a punto de romperse, y la comedia de nuestra situación —un leñador arrogante y una diseñadora arruinada jugando a ver quién parpadeaba primero— solo lo hacía todo más deliciosamente insoportable.

Un ruido sordo en el tejado —una pesada placa de nieve desprendiéndose por el calor emergente de la chimenea— rompió el hechizo que nos mantenía congelados en el tiempo.

Evelyn parpadeó, aprovechando el sutil segundo de distracción para empujar mis hombros con las palmas de sus manos.

No apliqué fuerza para detenerla; la dejé apartarme porque sabía que, si me quedaba un minuto más en esa posición, rompería mi promesa de no tocarla.

—Suficiente por hoy, Oyer —dijo, rodeando la encimera a paso rápido y ensanchando la distancia entre los dos mientras se recolocaba la camiseta con un gesto nervioso—.

Ya has hecho tu buena acción del día. La chimenea funciona, yo no voy a morir congelada y tu ego ha recibido su dosis diaria de atención. Puedes marcharte a tu camioneta.

Me erguí cuan largo era, estirando los brazos para destensar la espalda.

Recogí mi cazadora de lona forrada de borrego del respaldo de la silla y me la eché al hombro, mirándola con una ceja levantada.

Ella se mantenía cerca de la puerta, ansiosa por verme salir, como si mi presencia fuera un peligro inminente para su cordura. Y lo era.

—Me voy, Smith. Pero no cantes victoria tan rápido —le dediqué una última mirada gris, cargada de una promesa silenciosa que la hizo tensarse de nuevo—.

Este pueblo es muy pequeño y el invierno en el norte de Arizona es muy largo.

Vas a necesitar más leña, vas a necesitar que alguien te revise ese termostato del sótano y, tarde o temprano, vas a tener que salir a comprar comida. Nos vemos pronto, vecina.

Me puse los guantes de cuero, abrí la puerta de la cabaña dejando entrar una ráfaga de aire helado y salí al porche.

Mientras bajaba los escalones de madera hacia mi camioneta bajo la nevada, escuché el sonido rotundo del cerrojo de su puerta cerrándose a mis espaldas.

Sonreí para mis adentros en mitad de la oscuridad del bosque, arranqué el motor de la bestia negra y dejé atrás la cabaña, sabiendo perfectamente que la reina de Nueva York no iba a poder esconderse de mí por mucho tiempo.