Capítulo 3
Evelyn
Cerré la puerta de la cabaña de un portazo tan violento que el cristal de la ventana vibró, amenazando con romperse en mil pedazos sobre el porche cubierto de escarcha.
Apoyé la espalda contra la madera fría, cerrando los ojos mientras intentaba obligar a mis pulmones a recuperar un ritmo de respiración vagamente normal.
Tenía el pecho desbocado y el pulso me retumbaba en los oídos con la fuerza de una locomotora.
Apenas llevaba un par de horas en Oak Ridge y ya había logrado tirar por tierra toda mi dignidad frente al único hombre que jamás debió volver a verme en la miseria.
—Estúpida, estúpida, estúpida —susurré para mis adentros, dándome un suave golpe en la frente contra la madera.
Miré la taza de café que aún sostenía entre mis manos temblorosas.
El líquido ya se había enfriado un poco por el camino, pero el recuerdo de los dedos ásperos y cálidos de William rozando los míos seguía quemándome la piel como si fuera lava.
Dejé la taza sobre la mesa rústica de la cocina con un golpe seco y me despojé de la chaqueta de franela gigante, tirándola sobre el sofá de cuero desgastado.
Fue un error. Al quedarme solo en camiseta, el aire gélido de la cabaña me golpeó de inmediato, recordándome que la calefacción seguía sin funcionar.
Los quejidos metálicos del sótano se habían detenido por completo; el sistema estaba muerto.
Me abracé a mí misma, tiritando mientras observaba el panorama.
El salón estaba a oscuras, solo iluminado por la pálida luz grisácea que entraba por la ventana.
Polvo, muebles cubiertos con sábanas blancas y un frío que se colaba directo hasta los huesos.
Mi tía Florence se había marchado a una residencia en Phoenix hacía seis meses, dejando este lugar congelado en el tiempo.
Era un búnker de recuerdos. Un refugio que ahora se sentía más bien como una celda de aislamiento.
Me acerqué a la chimenea de piedra, dispuesta a demostrarme a mí misma que una mujer de veintinueve años con un máster en diseño gráfico e identidad corporativa era perfectamente capaz de encender un maldito fuego sin necesidad de pedir ayuda a ningún leñador con bíceps esculpidos por los dioses.
Encontré unos cuantos troncos secos en el cajón de madera y un periódico viejo del año pasado.
Los acomodé como recordaba que hacía mi tía y encendí una cerilla.
El papel ardió rápido, iluminando el salón con un resplandor anaranjado, pero la madera apenas soltó una pequeña columna de humo negro que volvió a apagarse a los pocos segundos.
Me arrodillé en el suelo, soplando desesperada hacia las brasas moribundas, sintiendo cómo el humo me hacía llorar los ojos.
Me sentía patética. Sola en mitad del bosque del norte de Arizona, congelándome de frío, arruinada y con las hormonas revolucionadas por culpa de un camarero arrogante.
Tenía que trazar un plan de supervivencia de inmediato.
Un manual estricto para evitar a William Oyer a toda costa mientras lograba revivir mi negocio desde esta cabaña.
No volvería a pisar esa cafetería. Compraría el café en la gasolinera de la salida del pueblo.
Si era necesario, pediría la comida por correo.
No iba a permitir que me viera flaquear otra vez.
El tercer intento de encender la chimenea resultó en un fracaso absoluto y en una densa nube de humo gris que me hizo toser de manera descontrolada.
Me levanté del suelo rústico de piedra con las rodillas cubiertas de ceniza, restregándome los ojos con frustración.
Justo cuando estaba a punto de maldecir la madera húmeda de Arizona, el pitido agudo y estridente de mi teléfono móvil rompió el silencio de la cabaña, haciéndome dar un salto del susto.
Caminé a zancadas hacia la mesa de la cocina y saqué el aparato del bolso.
La pantalla parpadeaba mostrando un nombre que me revolvió el estómago: Marcus.
Mi exsocio y, hasta hace un par de meses, el hombre con el que compartía cama en un lujoso apartamento de Brooklyn.
El mismo cobarde que desvió los fondos de nuestra agencia de diseño hacia una cuenta fantasma en el Caribe antes de dejarme con las deudas y desaparecer de la faz de la tierra.
—¿Qué quieres, Marcus? —escupí al descolgar, sin molestarme en disimular el veneno en mi voz, mientras me paseaba de un lado a otro sobre las crujientes maderas del salón.
—Vaya, Evie, sigues tan encantadora como siempre —su voz sonaba amortiguada, con el eco característico de una llamada internacional—. Solo quería saber si habías sobrevivido al viaje a ese agujero infecto de paletos al que llamas hogar. Sé que Nueva York puede ser dura cuando te quedas sin nada.
—Oak Ridge no es un agujero, y no me he quedado sin nada. Tengo mi talento, mi ordenador y esta casa —respondí, apretando los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula—. Si llamas para burlarte, puedes colgar e irte al demonio con el dinero que me robaste.
—No te robé nada, cariño, simplemente liquidé mis activos a tiempo —soltó una risa seca que me encendió la sangre—.
Solo llamaba para darte un consejo. No intentes jugar a ser la empresaria independiente en mitad del bosque.
Ese sitio te va a devorar viva. No estás hecha para la vida rústica.
Vuelve a la ciudad, asume las deudas y tal vez, si me pillas de buen humor, pueda ayudarte a encontrar un puesto de recepcionista en alguna agencia de verdad.
Colgué de golpe, conteniendo las ganas de estampar el teléfono contra la pared de troncos.
Las lágrimas de rabia, acumuladas durante semanas de humillación, amenazaron con desbordarse por mis pestañas.
Marcus representaba todo lo que yo había intentado ser en Nueva York: frialdad, ambición desmedida y una falsa capa de sofisticación superficial.
Y lo peor de todo era que, en parte, sus palabras me daban un miedo atroz.
¿Y si tenía razón? ¿Y si Oak Ridge me devoraba viva?
Me acerqué a la ventana para calmar la respiración y miré hacia el camino de entrada cubierto de nieve.
Fue entonces cuando vi unos faros dobles abriéndose paso a través de la penumbra de la tarde.
Una enorme camioneta negra, con cadenas en las ruedas y el motor rugiendo como una bestia salvaje, se detuvo justo frente a mi porche.
El corazón me dio un vuelco violento. Reconocía ese vehículo.
Era el fantasma de la barra de bar, y venía directo a mi puerta.
El motor de la camioneta se apagó con un ronquido pesado, dejando que el silencio del bosque volviera a tragarse la cabaña.
Me quedé estática junto a la ventana, observando cómo la puerta del conductor se abría.
William bajó del vehículo con una agilidad pasmosa para su tamaño, hundiendo sus botas de montaña en la nieve fresca del camino.
Llevaba una cazadora de lona oscura forrada de borrego y unos guantes de trabajo de cuero desgastado.
Del compartimento trasero de la camioneta sacó una enorme caja de herramientas de metal y un bidón de plástico azul.
—No, no, no. Esto tiene que ser una broma de mal gusto —susurré, frotándome las sienes mientras el pánico y una punzada de molesta anticipación se mezclaban en mi estómago.
Escuché sus pasos pesados subir los escalones del porche.
Un segundo después, tres golpes firmes y rítmicos resonaron en la madera de la puerta principal, haciendo eco en todo el salón vacío.
Me alisé la camiseta con las manos temblorosas, respiré hondo para recomponer mi mejor máscara de frialdad neoyorquina y abrí la puerta solo un par de centímetros, manteniéndome oculta tras el marco.
—¿Se te ha perdido algo, Oyer? —le espeté, intentando que mi voz sonara firme y cortante a pesar de que el vaho de mi respiración delataba el frío glacial del interior de la casa.
William ni se inmutó. Apoyó una mano enguantada en el marco de la puerta, obligándome a mirarlo hacia arriba.
Sus ojos grises escanearon mi rostro, deteniéndose en las manchas de ceniza que decoraban mis mejillas y mi nariz tras mi desastroso intento con la chimenea.
Una sonrisa burlona, pero extrañamente cálida, curvó la comisura de sus labios.
—El primo de la oficina de correos me ha dicho que la tía Florence no dejó leña seca dentro de la casa.
Y Sam, el de la ferretería, me ha comentado que el termostato de esta cabaña está maldito desde el invierno del noventa y ocho —dijo con esa voz grave que parecía vibrar en las paredes de troncos—.
Así que he venido a evitar que la reina de Manhattan muera congelada en su primera noche.
Quítate del medio, Smith, hace un frío del demonio aquí fuera.
Antes de que pudiera protestar o inventar una excusa digna para echarlo de mi propiedad, William empujó la puerta con suavidad pero con una firmeza absoluta, obligándome a dar un paso atrás.
Entró en el salón inundando el espacio rústico con su imponente presencia, trayendo consigo el aroma fresco del bosque invernal, el cuero de su chaqueta y esa fragancia masculina tan intensa que me revolvió las entrañas al instante.
William dejó la caja de herramientas sobre el suelo de madera con un estrépito metálico que me hizo dar un respingo.
Se quitó los guantes de cuero despacio, arrojándolos sobre la mesa rústica, y se giró para mirarme de arriba abajo.
Sus ojos grises se detuvieron un segundo de más en mis piernas descubiertas y en mis calcetines de lana gruesa, provocando que una oleada de calor repentino me recorriera la piel a pesar del frío ambiental.
—Veo que tu destreza con la chimenea sigue siendo tan desastrosa como cuando teníamos diecisiete años, Evie —se burló, arrodillándose frente a la estructura de piedra sin esperar mi permiso.
—No necesito tu ayuda, Oyer. Estaba a punto de solucionarlo —mentí, cruzándome de brazos y apoyándome en el marco de la cocina, tratando de mantener una distancia prudencial.
Pero mi cuerpo traidor no podía dejar de observar la tensión de sus hombros bajo la cazadora de lona mientras acomodaba los troncos con una facilidad insultante.
—Claro que sí. Por eso el salón parece una cámara de gas —soltó una risa baja, un sonido cavernoso que me vibró directo en el vientre.
Sacó un encendedor de su bolsillo, manipuló algo en el tiro de la chimenea que yo evidentemente había ignorado y, en menos de diez segundos, una llama dorada y potente comenzó a devorar la madera, inundando la estancia con un calor delicioso.
William se levantó del suelo con una lentitud deliberada.
Se quitó la pesada cazadora de borrego, dejándola caer sobre una silla, y se quedó en una camiseta térmica gris que se adhería a su torso esculpido como una segunda piel.
Las venas de sus antebrazos tatuados destacaban bajo la luz parpadeante del fuego.
Caminó hacia mí a pasos lentos, acorralándome sutilmente contra la encimera de la cocina hasta que pude percibir el calor irradiando directamente de su cuerpo.
—¿De verdad vas a seguir fingiendo que no te alegras de verme, Smith? —susurró, inclinando la cabeza.
Su rostro quedó a escasos centímetros del mío.
Su respiración cálida me rozó los labios, y la tensión sexual acumulada durante siete años estalló en el aire como pólvora seca.
Mis pezones se endurecieron al instante bajo la fina camiseta, y él lo notó; sus ojos bajaron un segundo a mi pecho y se oscurecieron por completo, llenos de un deseo primitivo y salvaje.
Estaba tan cerca que si daba un paso más, terminaríamos devorándonos en el suelo de la cabaña.
Tragué saliva, atrapada entre el pánico a caer de nuevo en sus redes y la imperiosa necesidad de enredar mis dedos en su cabello.