Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

William

Ver aparecer a Evelyn Smith por la puerta de The Rusty Mug fue como recibir un golpe seco con un leño de pino verde directo en el esternón.

Me dejó sin aire. Me quedé helado, con la maldita jarra de leche vaporizada temblándome en la mano izquierda, mientras observaba cómo avanzaba por el local como si fuera una especie de aparición exótica.

Llevaba una chaqueta de franela tres tallas más grande que parecía querer tragársela, pero ni siquiera esa ropa basta de montaña lograba ocultar la elegancia innata que siempre había tenido.

Esa forma de caminar, altiva, decidida, como si el suelo rústico de Oak Ridge no fuera digno de ser pisado por sus botas.

Habían pasado siete años desde la última vez que la tuve así de cerca.

Siete malditos años en los que me había encargado de enterrar su recuerdo bajo capas y capas de trabajo duro en el aserradero, noches de cerveza barata en el pub del pueblo y un par de relaciones sin importancia que no sirvieron para una mierda.

Ella se había marchado a Nueva York a comerse el mundo, a diseñar logotipos caros y a codearse con tipos estirados de Manhattan, dejándome a mí atrás con el corazón hecho pedazos y una camioneta con los asientos vacíos.

La observé mientras rebuscaba en su bolso, completamente ajena a mi mirada hambrienta.

Tenía unas ojeras sutiles que marcaban sus ojos claros, dándole un aire cansado pero extrañamente vulnerable que me encendió una alarma en el pecho.

Seguía siendo la mujer más hermosa que había pisado este pueblo norteño, solo que ahora tenía la madurez grabada en las facciones.

Sus labios, esos que solían volverse locos bajo los míos cuando nos escondíamos detrás del granero, estaban apretados en una línea fina de pura frustración.

Cuando dejó caer ese billete arrugado de cinco dólares sobre la barra de madera, conté los segundos para obligarme a reaccionar.

No podía quedarme ahí pasmado como un maldito adolescente asustado.

Tenía que jugar mis cartas, demostrarle que el chico que dejó llorando en la Interestatal 40 ya no existía.

Así que apreté los dientes, me apoyé en el mostrador para acortar la distancia y dejé salir las palabras con toda la ironía de la que fui capaz.

Al ver cómo se le congelaba la mirada y cómo sus ojos se abrían de par en par, supe que la partida acababa de empezar. Y esta vez, no pensaba perderla.

Ver cómo se le descolocaba la mandíbula al reconocer mi voz fue una de las mayores satisfacciones que había tenido en años.

La altiva Evelyn Smith, la diseñadora de éxito de Manhattan, la mujer que miraba por encima del hombro el código postal de este pueblo, se había quedado completamente muda ante un humilde camarero de bar de carretera.

Sentí una punzada de orgullo salvaje recorriéndome el pecho mientras dejaba la jarra de acero sobre la encimera con un golpe seco.

Mantuve la mirada fija en ella, disfrutando de cada segundo de su evidente estado de shock.

Se veía preciosa con las mejillas encendidas por el frío del exterior —o por mi presencia, prefería pensar que era lo segundo—.

Traté de mantener mi rostro completamente inexpresivo, con esa máscara de indiferencia que me había costado años perfeccionar, aunque por dentro mi pulso fuera a mil por hora.

Tenía que demostrarle que el chico que se quedaba sin palabras cuando ella le sonreía ya no existía. Ahora yo ponía las reglas.

Cuando soltó esa mentira piadosa de que había vuelto «por negocios», estuve a punto de soltar una carcajada.

En Oak Ridge todos sabíamos los secretos de todos antes de que ocurrieran.

Mi primo trabaja en la oficina de correos y ya me había llegado el rumor de que la tía Florence le había cedido la cabaña porque la agencia de Evie en Nueva York se había ido a la quiebra absoluta.

Sabía que estaba arruinada, sabía que estaba herida en su orgullo, pero verla intentar mantener las apariencias con esa barbilla alzada solo me hizo desearla el doble.

Me incliné hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la madera desgastada de la barra, reduciendo el espacio personal entre los dos a la mínima expresión.

Quería que oliera el norte de Arizona en mí.

Quería recordarle todo lo que había dejado atrás cuando decidió que un pueblo rodeado de pinos ponderosa era demasiado pequeño para sus grandes ambiciones.

El aire entre los dos se volvió espeso, pesado, cargado de una electricidad tan violenta que me sorprendió que los clientes del fondo no se giraran a mirarnos.

Tenía la presa justo donde quería, y no pensaba dejarla escapar tan fácilmente.

Cuando me acerqué lo suficiente como para percibir el sutil aroma a vainilla y asfalto de ciudad que se desprendía de su cuello, supe que estaba jugando con fuego.

Pero siempre me había gustado quemarme si ella era la que sostenía la cerilla.

La miré fijamente a los ojos, desafiándola a apartar la vista, buscando cualquier grieta en esa coraza de hielo que se había construido en la costa este.

Y la encontré. Vaya si la encontré.

Mi mirada descendió de manera casi inconsciente por su cuello, perdiéndose en la abertura de esa chaqueta de franela gigante que llevaba puesta.

Fue entonces cuando lo noté. Su respiración se había vuelto rápida, entrecortada, haciendo que su pecho subiera y bajara con fuerza.

Justo ahí, bajo la gruesa tela de algodón, sus pezones se habían marcado de forma evidente, endureciéndose ante mi absoluta proximidad.

Una oleada de calor puramente primitiva me golpeó directamente en la entrepierna, haciéndome tensar los músculos de la espalda.

Mi cuerpo reaccionó al instante, recordándome con una fuerza brutal lo jodidamente loco que me solía volver esa mujer.

Una chispa de pura posesión se encendió en mi interior.

Podía fingir todo lo que quisiera con sus palabras altivas y sus aires de grandeza, pero su cuerpo no sabía mentir.

Seguía deseándome tanto como el último día que la tuve jadeando contra el cuero de los asientos de mi camioneta.

Sentí una imperiosa necesidad de rodear la barra, atraparla por la cintura, pegarla contra la madera y devorarle esos labios arrogantes hasta que olvidara el nombre de cualquier idiota con el que hubiera estado en Nueva York.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolió, obligándome a mantener el control.

No podía ser tan evidente. Tenía que jugar a largo plazo si quería que cayera por completo.

Así que contuve el aliento, fijé mis ojos grises de nuevo en los suyos y dejé que una sonrisa lenta y peligrosa se dibujara en mi rostro, disfrutando de cómo sus pupilas se dilataban al darse cuenta de que la había cazado por completo.

Preparé el café americano doble con una lentitud deliberada, disfrutando de cada segundo de su incomodidad.

Cuando deslicé la taza humeante por la superficie pulida de la barra, me aseguré de que nuestras manos se cruzaran.

Mis dedos rozaron los suyos. Su piel estaba helada por el invierno de Arizona, pero el contacto físico desató una corriente eléctrica tan brutal que me recorrió los brazos y se me instaló como un puñetazo caliente en el estómago. Dios, cómo la había extrañado.

Ella reaccionó exactamente como esperaba que lo hiciera la orgullosa Evelyn Smith: dio un tirón violento, arrebatándome la taza con las manos temblorosas.

El líquido oscuro salpicó un poco la madera, pero a ella pareció importarle un bledo.

Se dio la vuelta sobre sus talones, haciendo volar los extremos de su abrigo de franela, y caminó a zancadas rápidas hacia la salida sin mirar atrás ni una sola vez.

El tintineo de la campana de la puerta sonó con fuerza cuando la empujó, dejando entrar una ráfaga de aire gélido que barrió el calor que habíamos acumulado entre los dos.

Me quedé apoyado contra la barra, estático, con la mirada fija en los cristales empañados por los que acababa de desaparecer. Un suspiro pesado se me escapó de los labios mientras pasaba un paño húmedo por la barra para limpiar las gotas de café que había dejado el sismo de su huida.

—Vaya, vaya, Oyer —dijo el viejo Sam desde la mesa del rincón, levantando la vista de su tablero de dominó con una sonrisa socarrona—. Parece que la reina de la gran ciudad ha vuelto para complicarte la vida.

—No sé de qué me habla, Sam —mentí, guardando el paño con un movimiento brusco.

Pero sabía perfectamente de qué hablaba.

Mi cuerpo seguía tenso, la adrenalina me quemaba las venas y el aroma a vainilla de Evelyn aún flotaba en el aire de la cafetería, eclipsando el olor a leña y canela.

Ella creía que esto iba a ser un encuentro casual, que podría esconderse en la cabaña de su tía y huir de mí como hizo hace siete años.

Pero Oak Ridge era demasiado pequeño. Sonreí para mis adentros, sintiendo cómo se formaba un plan en mi cabeza mientras miraba la nieve caer al otro lado del cristal.

Bienvenido sea el infierno, Evelyn, porque esta vez no te vas a escapar de mí.