Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1)
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Capítulo 1
EVELYN
El norte de Arizona no tenía absolutamente nada que ver con el cliché cinematográfico de desiertos áridos, vaqueros solitarios clavados bajo un sol de justicia y cactus gigantescos recortando el horizonte.
No. Aquí arriba, a más de dos mil metros de altitud, la realidad se vestía de verde oscuro y blanco.
Se componía de miles de pinos ponderosa que arañaban un cielo extrañamente azul, de un aire helado que te cortaba los labios en cuanto te atrevías a respirar por la boca, y de una altitud aplastante que te dejaba los pulmones vacíos si cometías el error de caminar demasiado rápido.
O tal vez, si era completamente sincera conmigo misma mientras arrastraba mi enorme y pesada maleta de imitación de cuero por el porche de madera, lo que me dejaba sin aliento no era la falta de oxígeno. Era la maldita y aplastante realidad que me golpeaba la cara como un bofetón de agua helada.
Había vuelto a Oak Ridge.
El pequeño pueblo a las afueras de Flagstaff del que juré escapar a los dieciocho años, con los dedos cruzados a la espalda y los ojos fijos en los carteles de neón de la Interestatal 40.
Nueva York me había parecido la salvación en aquel entonces: luces, anonimato, prisa.
Pero la Gran Manzana tenía la mala costumbre de masticar a los soñadores y escupir sus restos cuando menos lo esperaban.
Tras la quiebra absoluta de mi agencia de diseño gráfico —un desastre financiero provocado por un socio que resultó ser tan hábil con las finanzas como con las mentiras—, me había quedado sin un solo dólar en la cuenta corriente, sin apartamento y con el orgullo reducido a cenizas.
Y ahora, aquí estaba. De regreso al punto de partida.
La vieja cabaña de mi tía abuela Florence se erguía ante mí como un monumento a los recuerdos que había intentado enterrar bajo el asfalto de Manhattan.
El suelo de madera del porche crujió bajo mis botas de invierno, un sonido familiar y lúgubre que pareció darme una irónica bienvenida.
Saqué la enorme llave de hierro del bolsillo de mi abrigo de franela gigante y, tras batallar un par de minutos con la cerradura oxidada, logré empujar la puerta.
El olor me golpeó de inmediato. Era una mezcla densa y nostálgica de madera antigua, polvo acumulado, chimenea apagada y un sutil rastro de la lavanda que mi tía solía cultivar en el jardín trasero.
El espacio era pequeño, rústico, con vigas de madera expuestas en el techo y una chimenea de piedra que dominaba el salón.
Todo seguía igual que en mis veranos de la infancia, excepto por el hecho de que ahora yo no era una niña de vacaciones.
Era una mujer de veintinueve años, soltera, en la ruina y obligada a reiniciar su vida desde el más absoluto cero en el mismísimo lugar donde empezó su primer y más grande error de juventud.
Dejé caer la maleta con un golpe sordo que levantó una pequeña nube de polvo.
Me senté sobre ella, escondiendo el rostro entre las manos, sintiendo el frío de la cabaña colarse a través de las capas de mi ropa.
Estaba atrapada. No había un plan B, no había un fondo de emergencia.
Solo me quedaba mi ordenador portátil, mi talento y la humillante tarea de desempaquetar mi orgullo de las pocas cajas de cartón que la empresa de mudanzas barata dejaría aquí mañana.
Miré de reojo hacia la ventana. La nieve empezaba a caer con suavidad, cubriendo los pinos del jardín.
Sentí una punzada de pánico en el estómago.
Sabía que en un pueblo tan pequeño como Oak Ridge, las noticias volaban más rápido que el viento del norte.
Mi regreso no pasaría desapercibido. Y lo peor de todo no era el cotilleo de las vecinas en el supermercado, sino la certeza absoluta de que, tarde o temprano, me cruzaría con los fantasmas que dejé atrás. Con él.
Necesitaba cafeína en vena de forma urgente si quería evitar el colapso mental y no ponerme a llorar como una desquiciada sobre mis maletas.
El frío dentro de la cabaña se estaba volviendo insoportable mientras esperaba que el viejo sistema de calefacción central se dignara a arrancar, emitiendo unos quejidos metálicos que no auguraban nada bueno.
Me ajusté las botas de montaña, me subí la cremallera de la chaqueta de franela gigante que me quedaba tres tallas más grande y salí de nuevo a la intemperie.
Caminar por la calle principal de Oak Ridge fue como dar un salto al pasado a través de un vórtice temporal.
El pueblo seguía siendo ese lugar cerrado y rústico, con sus aceras de madera cubiertas por una fina capa de escarcha y sus tiendas con fachadas de troncos que parecían sacadas de una postal de los años cincuenta.
Un par de vecinos me miraron de reojo mientras pasaba, entornando los ojos bajo sus sombreros de ala ancha, tratando de descifrar si la mujer pálida con ojeras de Nueva York era realmente la sobrina de Florence.
Agaché la cabeza, hundiéndome en el cuello de mi abrigo, y aceleré el paso hacia la única salvación posible: The Rusty Mug.
La cafetería del pueblo era el epicentro de todos los cotilleos locales, un refugio de cazadores, leñadores y locales que buscaban huir del invierno de Arizona.
Al empujar la pesada puerta de roble, el tintineo agudo de la campana de la entrada anunció mi llegada, rompiendo el murmullo de las conversaciones interiores.
El suelo de madera crujió bajo mis pies, un sonido rítmico que me acompañó mientras avanzaba hacia el mostrador, esquivando un par de mesas ocupadas por ancianos que jugaban al dominó.
El lugar olía exactamente igual que lo recordaba: una mezcla densa de canela, tarta de manzana recién horneada, granos de café quemados y el aroma rancio de la leña quemándose en la estufa de hierro del rincón.
Era un olor reconfortante, pero en ese momento mi estómago se retorció de puro nerviosismo.
Me acerqué a la barra de madera desgastada, abriendo mi bolso para rebuscar entre los bolsillos internos.
Mis dedos tropezaron con unas cuantas monedas de dólar y un billete arrugado de cinco.
Mi glorioso presupuesto para empezar el día.
—Un americano doble, negro como mi alma, y un trozo de tarta si me llega el presupuesto, por favor —le dije a la persona que estaba detrás de la barra, manteniendo la vista fija en mi monedero para no tener que flaquear en mi fachada de mujer cosmopolita e independiente.
—Vaya, vaya. Veo que Nueva York no te ha cambiado el humor ni un poquito, Smith.
Esa voz.
Se me congeló la sangre en las venas y sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones de golpe.
Era una voz profunda, áspera, con un deje aterciopelado y una carga de arrogancia que reconocería aunque pasaran cien años o estallara el mismísimo Gran Cañón.
El billete de cinco dólares resbaló de mis dedos torpes y cayó sobre la madera del mostrador.
Mi corazón empezó a golpear mis costillas con una fuerza salvaje, advirtiéndome que el peligro real no estaba en las deudas de mi tarjeta de crédito, sino justo delante de mí.
Levanté la cabeza despacio, sintiendo cada vértebra de mi cuello protestar ante la inminente catástrofe.
Deseé con todas mis fuerzas que la altitud de Arizona me estuviera provocando una alucinación por falta de oxígeno, pero la realidad era muchísimo más dura.
Y mucho más alta. Y malditamente atractiva.
Detrás de la barra de madera, sosteniendo una jarra de acero inoxidable con leche vaporizada que vibraba ligeramente, estaba William Oyer.
El mismísimo Liam. El chico que me había roto el corazón en el asiento trasero de su camioneta la noche de la graduación, dejándome llorando con el rímel corrido mientras el radiocasete reproducía una balada de rock espantosa.
Solo que el universo se había propuesto castigarme, porque ya no quedaba ni un solo rastro de aquel adolescente flacucho de hombros desgarbados y mirada tímida.
El tiempo lo había transformado en un hombre imponente, de esos que hacen que te tropieces con tus propios pies si no prestas atención.
Tenía la mandíbula cuadrada, fuerte, cubierta por una barba de tres días perfectamente recortada que enmarcaba unos labios que, para mi desgracia, recordaba demasiado bien.
Sus hombros se habían ensanchado el doble, y los bíceps que asomaban bajo las mangas arremangadas de su camiseta negra ajustada estaban cubiertos de venas marcadas y tatuajes de líneas oscuras que se perdían bajo la tela.
Su piel estaba sutilmente bronceada por el sol de montaña, un contraste brutal con sus ojos: dos tormentas de color gris claro que en ese momento me escaneaban de arriba abajo con una lentitud exasperante.
Trabajar en el aserradero local o partir troncos en mitad del bosque definitivamente había hecho milagros con su anatomía.
—¿Liam? —conseguí articular. La palabra sonó como un quejido agudo, patético, desprovisto de toda la dignidad que había ensayado mentalmente durante los últimos siete años.
Sentí una oleada de calor violenta y repentina trepar desde mi pecho directamente hacia mis mejillas.
En Nueva York me crucé con modelos, actores y ejecutivos de trajes caros, pero ninguno de ellos emanaba esa testosterona pura y rústica que William desprendía con el simple acto de dejar la jarra de leche sobre la encimera.
—El mismo que viste y calza. Veo que has vuelto arrastrando el ala, Smith —sonrió de lado.
Esa maldita sonrisa asimétrica, cargada de una superioridad descarada que me encendió la sangre al instante.
El muy idiota sabía el efecto que causaba.
Tenía esa expresión de quien ha ganado una apuesta sin mover un solo dedo, disfrutando de mi evidente estado de shock mientras el vapor de la cafetera flotaba entre los dos como el humo de un campo de batalla.
Estaba exactamente igual de insufrible, pero diez veces más caliente.
Me crucé de brazos de inmediato, en un intento desesperado por ocultar el hecho de que mi cuerpo entero estaba experimentando una revolución interna.
La descarga eléctrica que me recorrió el vientre al sostenerle la mirada fue tan intensa que temí que las piernas me fallaran allí mismo.
Era ridículo. Habían pasado años, se supone que yo era una mujer madura que controlaba sus impulsos, pero el magnetismo animal que siempre había existido entre nosotros seguía ahí, intacto, espeso y peligrosamente reactivo.
—No arrastro nada, Oyer. Solo he venido por negocios —mentí descaradamente, irguiendo la espalda todo lo que mi estatura me permitía y clavando mis ojos en los suyos para demostrarle que no me intimidaba. Aunque, por dentro, fuera un manojo de nervios.
—Claro, negocios. Por eso tienes esa cara de querer prenderle fuego al pueblo entero —se apoyó con pesadez sobre el mostrador de madera, inclinando su enorme cuerpo hacia delante.
Se acercó tanto que la distancia de seguridad saltó por los aires.
Pude olerlo a la perfección: una mezcla embriagadora de madera de pino fresca, el toque dulce del tabaco de liar y el aroma magnético de su propia piel limpia y cálida.
El contraste de su calor con el frío que yo aún llevaba atrapado en la ropa me nubló el juicio.
Mi cuerpo traidor, ajeno por completo a mis órdenes racionales, reaccionó de la peor manera posible; sentí cómo mis pezones se tensaban bruscamente bajo el roce de la gruesa tela de franela.
William bajó la mirada un milisegundo hacia mi pecho, siguiendo el sutil cambio en mi respiración, y una chispa oscura, preñada de pura malicia y deseo reprimido, brilló en el fondo de sus ojos grises.
El muy bastardo supo exactamente lo que me estaba provocando.
Su mandíbula se tensó y noté cómo tragaba saliva despacio, fijando su atención de nuevo en mis ojos con una intensidad que me abrasó las entrañas.
—Tu café, Evelyn. Invita la casa. Por los viejos tiempos —susurró con una voz que sonó más grave y rota de lo normal.
Deslizó la taza humeante por la barra. Al hacerlo, sus dedos, largos y de yemas ásperas por el trabajo físico, rozaron los míos de manera deliberada.
El contacto duró apenas un suspiro, pero fue como tocar un cable de alta tensión al descubierto.
Un escalofrío ardiente me recorrió la columna vertebral.
Le arrebaté la taza de un tirón, ignorando que el líquido caliente salpicó un poco el mostrador, me di la vuelta sobre mis talones y salí a toda prisa hacia la calle de Oak Ridge.
Mientras abría la puerta y el aire gélido de la nieve me golpeaba la cara, me di cuenta, con el corazón desbocado en la garganta, de que mi estancia en este maldito pueblo norteño iba a ser un completo y absoluto infierno para mi cordura.