Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Evelyn y William

Evelyn

El día de la boda amaneció con un cielo del color del acero pulido y un parte meteorológico que amenazaba con cerrar el puerto de montaña antes del mediodía.

Me desperté en la habitación de invitados de la tía Florence, envuelta en mantas rústicas, con el estómago encogido por unos nervios que no tenían nada que ver con el frío que se colaba por las rendijas de la ventana.

—Como esa ventisca se atreva a estropearme la boda de mi sobrina, subo personalmente a la montaña a gritarle al cielo —amenazó Florence desde la puerta, ya vestida con su mejor abrigo de lana verde, mientras la modista del pueblo terminaba de ajustarme el corpiño del vestido.

Habíamos llegado a un compromiso final entre mi antigua vida y mi presente en Oak Ridge: un vestido de línea sencilla y minimalista en la parte superior, heredado de mi gusto neoyorquino, combinado con una falda amplia de lana gruesa bordada a mano por las mujeres del condado, capaz de resistir cualquier ventisca sin que yo terminara convertida en un carámbano frente al altar.

Bajo las capas de tela, por supuesto, mis fieles leggins térmicos ocultos seguían cumpliendo su función silenciosa, aunque hoy tendrían que comportarse con la mayor discreción posible.

Llegamos al claro de pinos ponderosa donde se celebraría la ceremonia justo cuando los primeros copos gruesos empezaban a caer sobre las sillas de madera colocadas en hileras irregulares.

El alcalde del condado, encargado de oficiar la boda tras un curso exprés de un fin de semana obtenido por internet, luchaba contra el viento para sujetar sus folios de discurso, mientras Miller corría de un lado a otro del claro gritando algo sobre el anillo que me hizo detener en seco a mitad de camino hacia el altar.

William

—¡Miller, como hayas perdido el anillo de compromiso te cuelgo de la sierra circular del taller! —rugí, abriéndome paso entre las sillas heladas con el corazón subiéndome a la garganta.

—¡Estaba en el bolsillo de mi chaleco, Liam, lo juro por mi camioneta!

—se defendió Miller, con la cara pálida bajo su gorra empapada de nieve, señalando hacia el tractor John Deere aparcado junto al claro—.

Debió de caerse cuando ayudé a remolcar las sillas esta mañana.

Creo que se ha colado dentro del compartimento del motor.

No tuve tiempo de maldecir como es debido.

Me arremangué la camisa de mi mejor traje improvisado, hundí el brazo hasta el codo en las tripas grasientas del motor del tractor bajo la mirada horrorizada del alcalde y, tras varios segundos de búsqueda desesperada entre correas y filtros de aceite, mis dedos rozaron el pequeño estuche metálico.

Lo saqué en alto, victorioso y manchado de grasa hasta el hombro, justo cuando la música improvisada del violinista del pueblo anunciaba que Evelyn ya avanzaba entre los pinos.

Me giré, olvidando por completo la mancha de grasa en mi camisa blanca, y el aliento se me congeló en el pecho por una razón muy distinta al frío de la montaña.

Evelyn caminaba hacia el altar improvisado entre los troncos nevados, con el vestido de lana ondeando contra sus piernas y el pelo suelto adornado con ramitas de acebo silvestre, deslumbrante de una manera que ningún desfile de moda de Manhattan podría haber igualado jamás.

Evelyn

Vi a William de pie junto al alcalde, con el brazo manchado de grasa de motor hasta el codo y una sonrisa tan amplia que me hizo olvidar por completo el frío que me calaba los huesos.

Caminé hacia él entre los pinos ponderosa, sintiendo bajo la falda de lana el familiar y sutil chirrido estático a velcro de mis leggins térmicos ocultos, ese código secreto entre nosotros dos que solo él sabía descifrar, y que en ese instante me pareció la banda sonora más perfecta posible para el momento.

El alcalde, luchando contra el viento que amenazaba con llevarse sus folios, apresuró bastante el discurso oficial, saltándose dos párrafos enteros sobre la historia matrimonial del condado ante la mirada impaciente de la tía Florence, que golpeaba el suelo con su bastón cada vez que la nieve arreciaba con más fuerza.

—Por el amor de Dios, hombre, salta directamente a la parte del "sí quiero", que el puerto de montaña cierra en veinte minutos —le urgió Florence desde la primera fila, provocando una carcajada general entre los vecinos de Oak Ridge que habían acudido en pleno pese al tiempo.

William

El alcalde, sabiamente, decidió no discutir con la matriarca del pueblo y aceleró directamente hacia los votos. Tomé las manos heladas de Evelyn entre las mías, sintiendo cómo su anillo de compromiso, aún tibio del calor de mi propio bolsillo, esperaba pacientemente su turno.

—Evelyn Rose Smith, ¿aceptas a William Oyer como tu legítimo esposo? —preguntó el alcalde, con la voz ya casi perdida entre el viento creciente.

—Sí quiero —respondió ella, con los ojos brillantes de lágrimas y nieve derritiéndose sobre sus pestañas.

—Y tú, William Oyer, ¿aceptas a Evelyn Rose Smith como tu legítima esposa?

—Con toda el alma, y con la grasa del tractor incluida —respondí, arrancando una carcajada general del pueblo entero mientras deslizaba el anillo, todavía manchado de una leve huella de aceite, en el dedo tembloroso de Evelyn.

La ventisca eligió justo ese instante para descargar con toda su furia sobre el claro de pinos, dispersando a los invitados hacia sus coches entre risas y gritos, pero a mí no me importó lo más mínimo.

Besé a mi flamante esposa en mitad de la nieve profunda, sellando nuestra segunda oportunidad ante el pueblo entero de Oak Ridge, la tía Florence y el mismísimo cielo tormentoso de Arizona.

Evelyn

Corrimos hacia la camioneta negra de William entre la nieve que ya cubría el camino de tierra, riendo como dos adolescentes fugitivos, con mi vestido de lana empapado y su traje improvisado manchado de grasa de tractor.

Apenas cerramos las puertas, dejando fuera el rugido de la ventisca, el silencio cálido del interior del vehículo se llenó de la respiración agitada de los dos y del inconfundible chirrido a velcro de mis leggins térmicos, que William reconoció de inmediato con una sonrisa lobuna.

—Creo recordar, señora Oyer, que me debes una luna de miel completa en las cabañas altas —murmuró contra mi cuello, arrancándome las horquillas del pelo con una urgencia que no tenía nada de paciente esta vez.

—Entonces más te vale conducir rápido, señor Oyer, antes de que el puerto de montaña nos deje varados aquí mismo —jadeé, atrayéndolo hacia mí sobre el asiento delantero mientras la nieve seguía cayendo con fuerza sobre el parabrisas empañado de la camioneta.

William puso el motor en marcha, pero no antes de inclinarse una última vez para besarme con toda la pasión contenida de una boda interrumpida por ventiscas, tractores averiados y una tía abuela armada con escopeta de perdigones, sellando así, entre risas, nieve y la promesa eterna de nuestro propio código secreto de velcro, el comienzo definitivo de nuestra segunda oportunidad para siempre.

FIN