17. Estamos aquí reunidos #4
Y su piel… Dios, era tan perfecta. Stephanie no recordaba cómo era tener la piel así.
Poco a poco, levantó la mano, acercándola un poco más.
La pulsera de diamantes se balanceó en su muñeca.
Stephanie estiró el brazo. El tacto de esa piel debía de ser como el de la seda, de la buena, la que se usa para los vestidos de novia.
Extendió los dedos y sus uñas rosadas se crisparon un poco.
El perfume era… madreselva. Stephanie se puso de puntillas e inhaló profundamente, con el cuerpo a la deriva.
Entonces alguien le agarró la mano. Stephanie se sobresaltó.
¡Madre mía!, ¿acaso había estado a punto de profanar el cadáver?
¡Sí, acababa de intentar tocar un cadáver!
¡Y la madre tuvo que detenerla! ¡Maldita sea!
A Stephanie se le encendieron las mejillas.
Una mano blanca como la nieve agarró la suya. Stephanie recuperó el sentido.
—Señora Méndez, siento mucho su pérdida —murmuró Stephanie dando un paso adelante con la mano aún en las de la madre.
La mujer llevaba un sombrero antiguo y un velo negro muy al estilo de Jackie Kennedy.
Stephanie agitó el brazo, tratando de convertir aquel momento incómodo en un apretón de manos—.
No puedo ni imaginar por lo que debe estar pasando.
Stephanie intentó recuperar su mano, pero la mujer se aferraba a ella con los nudillos de alabastro apretando sus huesos.
—Mis condolencias…
Stephanie tiró, pero los dedos de la mujer la apretaron con más fuerza.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Stephanie, tirando una vez más, entre jadeos—. ¿Puedo hacer algo por usted?
Buscó ayuda con la mirada. Greg Cohen estaba de pie tras de ella. ¿No era el orientador que había dejado abandonada a esta chica? Stephanie lo miró fijamente a los ojos, señalando su mano. ¡Ey! ¿Me ayudas, por favor?
El hombre no hizo nada, parecía completamente ajeno a lo que estaba sucediendo. Quizás se merecía todo lo malo que se decía de él.
Stephanie tiró con todas sus fuerzas, con un movimiento brusco del codo, sin éxito.
—Disculpe, señora. ¿Se encuentra bien?
Pero el que reaccionó fue el adolescente que estaba al lado de la madre.
De golpe, levantó la cabeza y el sombrero de ala ancha se cayó a sus espaldas.
¿Qué clase de chico lleva un sombrero de película en blanco y negro?
Entonces se abalanzó —no, mejor dicho, corrió a toda velocidad, ¿o acaso iba flotando?
— a través de la funeraria abarrotada de gente, directamente hacia una guapa reportera que entraba con un micrófono en la mano.
El apretón alrededor de los dedos de Stephanie se volvió tan fuerte que echó la cabeza hacia atrás. Sus ojos se pusieron en blanco, las pestañas le temblaban y se le escapó un aullido entre los dientes. Los huesos le crujían. Se iban a quebrar.
Una puerta se cerró de golpe. Se escuchó un cerrojo.
Por encima del dolor agudo que le oprimía la mano y de las conversaciones fúnebres entrecortadas, el portazo sonó como algo definitivo.
Miró hacia la salida. El adolescente, vestido con un traje negro que le quedaba muy mal, como de enterrador montado en un carruaje de caballos, estaba de pie…
No, claramente estaba flotando. ¿Acaso nadie se daba cuenta?
Los ojos de Stephanie parpadeaban frenéticamente y al instante volvieron a posarse en el intenso dolor de su mano derecha y en la afligida madre que no la soltaba. La mujer ya no llevaba el velo. Su pálida piel se veía rígida de forma poco natural sobre los pómulos marcados. Pero sus ojos…
Todos sus músculos se tensaron y Stephanie quedó boquiabierta. Se le secó la saliva y el abrumador dolor de la mano desapareció de golpe. ¿O era diferente? ¿Insignificante?
Los ojos de la madre eran de un rojo intenso.
Rojo carmín. Rojo sangre. Una expresión cruel deformaba aquel rostro de una blancura sorprendente.
¿No se suponía que los latinos tenían la piel más morena?
Sus labios carmesíes se curvaron hacia arriba.
Unos colmillos blancos asomaron entre las encías cubiertas de baba.
Sí, eran colmillos. Las luces se reflejaban en aquellas puntas afiladas como cuchillas.
Todos los integrantes de la familia en duelo mostraron por fin sus rostros, sin sombreros ni velos. Los ojos rojo escarlata, todos iguales, habían quedado al descubierto. Entonces el ataúd empezó a moverse. El soporte metálico chirrió. La madera crujió.
La hermosa quinceañera que se había quitado la vida estaba ahora sentada muy erguida.
Su espalda recta como una escuadra, en medio del ataúd de satén blanco y roble oscuro que se suponía que debía acogerla por toda la eternidad.
La cabeza de Sabrina Méndez giró a una velocidad aterradora.
Sus rizos negros se desparramaron, desprendiendo aquel olor —no era madreselva, era perfume, quizás Loveshack Fancy—.
El cadáver (¡Sabrina estaba muerta! ¡Si estaban todos en su maldito funeral, por el amor de Dios!) se inclinó hacia el grupo de chicas que estaba cerca.
Sí, esa era sin duda Harper White. Salía con Will, el amigo de Brett.
¡De eso iba el escándalo del año pasado!
Una pálida mano salió rápidamente del ataúd y agarró el pelo de Harper por detrás.
Los dedos increíblemente largos tiraron con fuerza y un mechón de cabello rubio se desprendió del cráneo de Harper con un desgarro que sonó como una cremallera.
La sangre brotó a borbotones. Harper gritó y los labios de Sabrina Méndez se curvaron hacia arriba para revelar sus afiladas armas de marfil.
El ardor se intensificó en la mano de Stephanie, que se encogía de dolor.
Le quemaban los dedos. No, prácticamente había perdido la mano.
Abría y cerraba los ojos. Los pulmones se habían quedado sin aire.
La desencajada mandíbula de la madre se había aferrado a su muñeca.
La pulsera de diamantes de Stephanie, regalo de su décimo aniversario de boda, ahora goteaba un rojo carmesí.
El gorgoteante sonido de la succión, como el de una aspiradora industrial, absorbía la sangre a través de unos enfurecidos labios rojos.
La invadió una náusea. Mareos. Las rodillas de Stephanie cedieron.
La habitación se volvió cada vez más blanca con destellos que giraban y giraban en un calor abrasador.
Un grito desgarró el pecho de Stephanie, su último suspiro. La ardiente bocanada salió a toda velocidad de sus pulmones, pero Stephanie no alcanzó a oírla, porque los gritos que llenaban la habitación se habían fundido en una oleada enorme de dolor.