Lo que nos siguió a casa 17. Estamos aquí reunidos #5
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17. Estamos aquí reunidos #5

—¡Te juro que esa chica, Harper, tenía un sabor incluso mejor de lo que esperaba!

—afirmó Sabrina aplaudiendo con entusiasmo mientras salía de la funeraria junto a su familia.

La boca le chorreaba y el vestido estaba tan empapado, que la tela había pasado del negro al burdeos—.

No te imaginas lo cerca que estuve de morderla en el comedor del colegio. ¡Tantas veces!

—¡Deberías haber probado a su madre! El chardonnay todavía estaba fresco en su sangre.

¡Estoy mareado! En serio, si me haces una prueba de alcoholemia, la suspendo.

Se había puesto ciega —dijo Xavier, el hermano de Sabrina, mientras se subía al asiento trasero del todoterreno extralargo con cristales tintados.

Xavier apestaba a gasolina y la camisa blanca con botones estaba completamente empapada de rojo escarlata tras haberse abalanzado sobre los cuerpos como si estuviera en una carrera por ver quién bebía más.

Sabrina prefería deleitarse con los sabores, disfrutar de las sutiles diferencias entre los estadounidenses y los europeos.

Eso ampliaba su paladar. Las columnas de humo gris se elevaban por encima de las titilantes llamas anaranjadas de la funeraria a la que acababan de prender fuego.

—¡Vaya, hacía mucho que no me sentía tan llena! —se quejó Margarita, la hermana de Sabrina, desde el asiento de al lado—. ¡Tío Ventura y tía Anna, lo que fuera que estuvieran haciendo en Sevilla, les llevó demasiado tiempo!

Margarita giró la cabeza hacia el asiento trasero, donde su tía y su tío se frotaban las barrigas hinchadas.

—¡No hay que esperar tanto para comer!

—¡Ay, bendito! ¡Pero ha valido la pena! —dijo la tía Anna, con los rizos negros rebotando en su frente.

—Me encantan los funerales. ¡Hace tanto que no íbamos a uno! —respondió mamá con una sonrisa en la voz. No había ni una sola mancha de sangre en el cabello color caoba de su madre, ni en su vestido. Iba sentada en el asiento del copiloto, impecable, una habilidad que Sabrina aún tenía que aprender.

—¿Crees que se tragarán lo de la fuga de gas? —preguntó Papá mientras alejaba el todoterreno del edificio victoriano en llamas. Las sirenas de los camiones de bomberos se oían a lo lejos.

—Siempre se lo creen. —Xavier eructó, sonriendo con lágrimas en los ojos—. ¡Te juro que estoy tan borracho!

—Para mí, ni siquiera se trata de la sangre —dijo Sabrina, estirando el cuerpo lánguido mientras del cabello azabache le caían tantas gotas escarlatas que le entraban ganas de meterse los mechones en la boca y chuparlos como si fueran piruletas, pero se contuvo, tratando de imitar el pulcro ejemplo de su madre—.

Para mí es la expresión de esos bastardos cuando les clavo los dientes la primera vez, eso es lo que me encanta.

El primer impacto… me llena. De verdad. Me siento plena.

Sabrina posó la mano sobre su pecho sin latido. No le costaba fingir ser un cadáver, aunque odiaba que le saliera la varita más corta porque le tocaba ser la que se metía en el ataúd. Los ataúdes eran tan agobiantes. Y era difícil no reírse de los «deudos».

—Te sientes plena porque te acabas de beber a la mitad del equipo de hóckey sobre hierba de Spring Mills —bromeó Margarita. Luego señaló con la cabeza hacia la ventana—. Vaya, vaya, miren quién ha aparecido.

Sabrina siguió la mirada de su hermana y vio a Naomi de pie en la calle; en sus ojos marrones se reflejaba la danza de las llamas.

Naomi no debería estar allí, la policía podía culparla de todo esto.

La chica tenía un móvil posible. El ciberacoso que había sufrido era de dominio público.

De hecho, era lo que había traído a Sabrina y a su familia hasta aquí.

Solo que Naomi nunca supo quién era Sabrina en realidad.

Ni qué era. Aunque probablemente ahora ya lo supiera.

Las dos amigas (Sabrina la iba a echar mucho de menos) se miraron a través del cristal tintado, y Sabrina levantó la mano para despedirse.

Naomi imitó el gesto, moviendo el brazo mecánicamente, en estado de shock , mientras contemplaba el rostro de la chica a la que Naomi había creído muerta, la chica que acababa de aniquilar a todos los enemigos de Naomi (y a algunos más).

Naomi no lo sabía, pero todo lo que acababa de suceder había sido por ella. Una venganza dulce, inesperada. Eso diferenciaba a la familia de Sabrina de otras como ellos. Sí, mataban. Tenían que hacerlo para sobrevivir. Pero solo mataban a los malos.

—¿Y a dónde vamos ahora? —preguntó la tía Anna.

Papá conducía hacia el norte por la autopista, con las nubes retumbando arriba con los destellos de los relámpagos.

—He estado siguiendo las redes sociales de unas chicas de Manhattan, en un colegio privado —comentó mamá—. Es horrible.

—¡Uf, odio la sangre de ciudad! —se quejó el tío Ventura, fingiendo que se le revolvían las tripas—. Está sucia.

—¡Eres tan esnob! —lo regañó mamá—. Hay un pueblecito en Maine. Un chico ha estado publicando fotos de su novia en internet…

—¿Fotos subidas de tono? —preguntó Xavier con hipo. Mamá asintió—. ¡Me lo pido! —dijo levantando la mano.

Sabrina esbozó una sonrisa. Su hermano se ponía muy dramático cuando se trataba de novios maltratadores.

—¡Yo también me apunto!

—¡Vamos!

Con todos de acuerdo, la familia Méndez puso rumbo al norte, mientras la lluvia salpicaba el parabrisas y se unía al chapoteo de sus estómagos llenos.