Lo que nos siguió a casa 17. Estamos aquí reunidos #3
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17. Estamos aquí reunidos #3

La mirada de Greg se desvió hacia la familia.

Esperaba ver ataques de histeria, pero esa gente casi ni parecía respirar, mucho menos contener los sollozos.

No es que fuera a decirle a nadie cómo afrontar el duelo, porque, contrariamente a lo que todo el mundo creía, él no era terapeuta.

Sí, los chicos le contaban sus problemas (todo el maldito tiempo), pero Greg no podía diagnosticar una mierda.

Sencillamente ese no era su trabajo, pero si hubiese comentado eso, los padres lo habrían tachado de inútil.

Y no, no pensaba disculparse por no ser capaz de predecir el futuro.

Obviamente, Greg sabía que Sabrina Méndez era amiga de esa chica que había sufrido ciberacoso el año pasado, pero él se había mantenido al margen del caso Naomi Rivera por una buena razón: había ocurrido fuera del ámbito escolar, durante un fin de semana.

Sí, evidentemente las fotos eran humillantes y crueles, pero no involucraban recursos del instituto.

Greg no era Bill Gates, no las podía borrar de la nube, pero en cambio sí escuchó a Naomi cuando se puso a llorar y le dio un consejo sincero: tenía que asumir un poco la responsabilidad.

La chica había tomado ciertas decisiones equivocadas en aquella fiesta y ahora tenía que afrontar las consecuencias.

Así es la vida. De todos modos, se alegró por Naomi cuando por fin hizo una amiga.

No tenía motivos para pensar que la chica nueva estuviera pasando por un mal momento.

Aparte de darle a Sabrina sus horarios, la única vez que la vio fue tras un incidente en el comedor entre ella, Naomi y Harper White.

Sabrina le había arrojado leche a Harper.

Así que nadie era inocente, pero todos se negaban a asumir la responsabilidad. Incluidos los padres.

Las familias seguían enviando correos electrónicos: ¡Debería haber una política de tolerancia cero contra el acoso escolar!

Genial, gracias por el consejo . ¿De verdad creían que él no sabía lo que era sufrir acoso?

En los años ochenta, un chico le tiraba piedras a Greg a la cabeza todos los días cuando volvía a casa del colegio.

Soportarlas había sido un lamentable rito de iniciación.

¿Cómo demonios iba a saber él que esa chica no iba a ser capaz de soportarlo?

Eso era tarea de los padres. Pero, claro, todos en el instituto eran unos cobardes y no se atrevían a decirlo.

Todos actuaban como si él hubiese tenido que hacer algo más.

Debería haber seguido el caso. Hasta los medios de comunicación se cebaron en él: El acoso y el abuso campan a sus anchas en Spring Mill, y los pedidos de auxilio de las chicas quedan sin respuesta .

¿Abuso? ¿Pedidos de auxilio? Si Greg tuviera el poder de acabar con el ciberacoso, sería multimillonario.

—Hola, Greg —dijo una voz grave, mientras le daba unos golpecitos en el hombro—. ¿Cómo lo llevas?

Jamal, el profesor de educación física, lo miraba con los húmedos ojos de un sabueso lloroso. Tenía un pañuelo lleno de mocos pegado a la nariz.

Mierda, Greg tendría que parecer más afectado. Se sonó la nariz dos veces antes de contestar.

—Hola, qué día más triste.

—No puedo ni mirar a la familia.

Jamal señaló con la cabeza a la hilera de parientes: los padres, la tía y el tío, y los dos hermanos de Sabrina, que también iban al instituto Spring Mills, pero estaban en otros cursos así que no eran problema de Greg.

—Nadie te culpa a ti. No había forma de que supieras —dijo Jamal, dándole una fuerte palmada en el hombro con una mano enorme.

¿Me estás tomando el pelo? El profesor de deporte (al que, por algún motivo, le pagaban más que a Greg) tenía el descaro de mirarlo directamente a los ojos, como si fuera un gran gesto de consideración de su parte.

Greg sintió que una oleada de calor le trepaba por la nuca y se le aceleraba el pulso.

—Voy a hablar con la familia. —Greg soltó las palabras entre dientes y se sacudió la sudorosa mano del hombre.

Largó el aire con fuerza por la nariz mientras avanzaba por la alfombra del pasillo, decorada con motivos rojos y dorados, y se detuvo tras aquella madre que llevaba un vestido negro demasiado ajustado para un funeral.

Por primera vez, Greg echó un vistazo al cadáver. Madre mía, allí había un cadáver de verdad .

Nunca antes había ido a un velatorio con el ataúd abierto.

La mayoría de los funerales judíos solían ser con sencillos ataúdes de pino cerrados o incluso cremaciones, pero aquella chica estaba tumbada allí, a la vista de todos, como una Blancanieves a la espera de su maldito príncipe.

Tenía la piel jodidamente pálida. Por supuesto, no tenía sangre por el proceso de embalsamamiento, pero igual…

Nunca había visto una piel tan blanca. Y sus labios eran rosas, quizás demasiado rosas, y esbozaban una sonrisa.

O una mueca. ¿Los habrían cosido con esa expresión?

Greg no podía entender que una familia estuviera de pie junto a su hija muerta y con una sonrisa burlona. Apartó la mirada. Esto no es culpa mía. Esto no es culpa mía … ¿Qué se suponía que debía hacer cuando se acercara a ella? ¿Rezar junto a su cadáver?

Alguien tosió a sus espaldas y Greg se dio cuenta de que la cola había avanzado unos pasos. Él la estaba retrasando. Él estaba causando problemas, como siempre.

No puedo creer que hayan perdido a su HIJA . No hay palabras para describir eso. Stephanie se esforzó por imaginar qué le gustaría oír en esa situación, pero enseguida cambió de opinión, no quería arriesgarse ni a lanzar ese pensamiento al universo. ¡Dios!

Apretó con fuerza su paquete de pañuelos desechables.

Eran los baratos, sin perfume, y le estaban enrojeciendo aún más la nariz (el corrector ya no hacía efecto).

Pero los paquetes pequeños cabían perfectamente en su bolso de noche.

Pensándolo bien, debería haber imaginado que la funeraria iba a poner cajas de pañuelos por todas partes.

El funeral de su tía se había celebrado aquí hacía tres años.

No, espera, Stephanie tenía el Ford por entonces, así que debió de ser hace cuatro años.

En fin, sus primos encargaron un arreglo de calas gigantes, esas calas blancas con los pétalos ondulados que había llevado su tía en el ramo de novia.

Un detalle precioso, habían colocado la foto de la boda justo al lado de las flores para que todo el mundo viera lo bien que combinaban los arreglos. Los pequeños detalles importan.

¿Pero a los adolescentes les gustan realmente las aves del paraíso?

Tal vez era la flor oficial del estado de Puerto Rico.

No, Puerto Rico no era un estado. Era un país, o un territorio, algo así.

Da igual. La extraña decoración se veía aún más acentuada por la ausencia de fotos.

No había ni una sola imagen de la chica enmarcada.

Ni folletos ni tarjetas conmemorativas. Tal vez era una cuestión de dinero, pero si ese fuera el caso, y los Méndez no podían permitirse un funeral digno (Stephanie no tenía ni idea de a qué se dedicaban), entonces la escuela tendría que haber dado un paso al frente.

Francamente, era una vergüenza que no lo hubieran hecho.

Stephanie debería abrir una campaña en GoFundMe cuando llegara a casa. Probablemente la familia la necesitaba.

Vaya, era la siguiente en la fila. Los chicos que estaban delante eran muy amables, daban la mano y ofrecían sus condolencias. Esa chica parecía Harper White. Su madre debía de estar por aquí en alguna parte.

Stephanie echó un vistazo a la sala. ¿No habían protagonizado algún escándalo hacía poco?

Tenía algo que ver con esa otra chica latina.

¿Cómo se llamaba? ¿Nancy? ¿Natalie? Había salido en el periódico.

Stephanie había sido madre delegada en la clase de segundo de Brett, en la que también estaban Harper y esa niña hispana.

¡Tenía unos rizos increíbles! El periódico había dicho que las dos chicas latinas eran amigas, lo cual tenía todo el sentido.

Maldita sea, ¿cómo se llamaba? ¿Y dónde se había metido Brett?

Stephanie respiró profundo. Debería ir a yoga después de esto.

Le sentaría de maravillas. Eran apenas las 11:00 de la mañana, de modo que, si terminaba pronto, quizás podía llegar a su clase de siempre.

Debería enviar un mensaje al chat del grupo.

De momento no había ni rastro de un sacerdote o un rosario.

Una diría que los Méndez eran católicos —se supone que los latinos son religiosos—, pero mejor, eso significaba que podría marcharse antes.

La fila avanzó unos centímetros y el cuerpo quedó ante sus ojos.

La respiración de Stephanie se aceleró. Había una niña muerta a pocos pasos de distancia y la madre estaba de pie junto a ella.

La mujer ni siquiera lloraba, ¡ni una sola lágrima!

Si se tratara de Brett, Stephanie sería un puro charco.

Sin embargo, ahí estaba aquella mujer, totalmente inexpresiva, junto a un ataúd abierto en el que descansaba su pequeña.

Madre mía, la chica era preciosa. ¿Cómo era aquella cita sobre morir joven?

¿La de dejar un bonito cadáver? No es que Stephanie deseara que la gente muriera joven, eso era terrible, pero la piel de Sabrina estaba radiante, como la de Nicole Kidman después de un día de spa, lo que hacía que sus labios rojos resultaran aún más atractivos.

No era un tono adecuado para una chica de quince años.

Stephanie entró en una zona fría, sintió que un estremecimiento le recorría la espalda y percibió un aroma…

no a flores, sino a perfume. Venía del cuerpo.

Nunca antes había percibido el olor de un cadáver.

Habría esperado el olor fuerte del líquido para embalsamar, algo parecido a los químicos que se usan en la limpieza, pero este aroma era dulce.

Y las mejillas de la chica estaban sonrosadas. Sus labios casi esbozaban una sonrisa.