Lo que nos siguió a casa 17. Estamos aquí reunidos #2
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17. Estamos aquí reunidos #2

—Voy a sentarme con los Montgomery. No me hagas quedar mal ahí dentro —dijo su madre apuntándola con su manicura francesa, desviando la atención de Harper de su novio, con quien llevaba casi un año.

Luego se metió un caramelo de menta en la boca.

Suerte con ese aliento a vino —. Los telediarios están otra vez con lo de esa chica, Naomi.

—El tono de Mamá era serio—. Si esa mierda vuelve a salir a la luz y vuelven a pisotear nuestro buen nombre…

¿Tienes idea de lo que eso le afectaría a tu padre? Está a punto de que lo nombren socio…

—¡Lo sé! —exclamó Harper, abriendo de un empujón la puerta del coche y poniendo fin a aquel innecesario sermón que no había acertado en nada: fue Naomi quien se acostó con el novio de Harper. ¿Es que acaso lo habían olvidado todos?

Si la chica no era capaz de soportar que por el instituto circulara una foto de su lengua metida en la garganta de otra persona (y además así, hasta el fondo, era asqueroso), entonces tal vez no debería haberlo hecho.

Lo único que hizo Harper fue publicar la imagen en internet desde una cuenta anónima.

Y hacer zoom en ciertas partes del cuerpo.

No era culpa suya que la publicación se hubiera vuelto viral.

Naomi era la guarra. Además, Harper había perdonado a Will, lo cual había sido todo un detalle por su parte. Deberían agradecerle eso.

La lluvia empapaba el flequillo de Harper y lo pegaba a su frente. Se ajustó la capucha con fuerza y corrió más rápido hacia sus compañeros de tercero, que tiritaban bajo el cobertizo de la funeraria.

—¡Déjenme entrar, déjenme entrar! —Harper se zambulló en la multitud, con el aliento helado del aire de diciembre.

—¿De verdad hay una cola?

—Uf, sí —dijo Bella frunciendo la nariz—. Al parecer un funeral lleno de gente no es tan glamuroso como se piensa.

—¿Han visto su web? —preguntó Libby, mostrando su pantalla—. «¡Sabrina, te echaremos de menos!», «¡Qué pena que te vayas!», «¡Amiga, no será lo mismo sin ti!».

Bella se burló.

—¡Pero si solo llevaba en el instituto cuánto… dos meses! Lo siento, pero no me voy a poner a llorar por lo que ha ocurrido. Sí, sí, es triste, pero apenas la conocíamos.

—Porque era idiota —soltó Harper, ahora que su madre no la podía oír.

Sabrina Méndez había aparecido en el instituto Spring Mills en octubre y enseguida se había hecho amiga de Naomi Rivera, como si hubieran conectado al instante solo por ser las únicas latinas del curso (lo cual era un poco racista en realidad porque Sabrina ni siquiera había intentado salir con otras personas).

Después se habían pavoneado por los pasillos con el pelo negro a juego, camisetas cortas demasiado ajustadas y unas uñas ridículamente largas.

—¡Madre mía! ¿En serio sigues enfadada? —dijo Libby arqueando las cejas.

—¡Esa chica estaba mal de la cabeza! Sabrina me echó leche encima a propósito delante de todo el mundo, y después se hizo la víctima como si yo la estuviera acosando —añadió Harper inclinando la cabeza.

Sabrina se había puesto como una fiera aquel día.

Lo único que había hecho Harper era soltar un par de bromas, pero la mirada con la que le respondió Sabrina no era solo de odio, estaba como…

ida (¿tomaba drogas?). Prácticamente le gruñó con los dedos en forma de garras y unas horribles uñas verdes, dispuesta a sacarle los ojos a Harper…

así, sin más. Harper no pensaba pelear con nadie y un video lo habría podido demostrar claramente, pero Bella y Libby no grabaron nada, alegando que sus teléfonos «funcionaban mal».

Sí, claro. ¿Dos videos estropeados a la vez?

Por no hablar de que Sabrina no tenía ningún motivo para meterse en el lío de Naomi.

Ella ni siquiera vivía aquí cuando las fotos se hicieron virales.

Y el instituto no había encontrado ninguna prueba de que Harper hubiera hecho nada malo, al menos oficialmente (ella sabía borrar sus huellas en internet).

Por eso el padre de Harper había amenazado con presentar una demanda.

Naomi solo podía culparse a sí misma por haber acabado sola en la cafetería después del llamado de atención.

(Y no, Harper no se creía esa tontería de que Naomi estaba demasiado borracha como para recordar que se había liado con Will).

Si Naomi y Sabrina eran tan buenas amigas, ella debería estar en primera fila en este funeral, recibiendo a los invitados, pero Harper no la había vuelto a ver desde que se supo lo del suicidio.

¿A quién vas a culpar ahora, Naomi? Tú eres la que no se dio cuenta de que su mejor amiga estaba a punto de quitarse la vida .

—Hola, cariño. —El cálido aliento de Will rozó la mejilla de Harper y sus brazos la rodearon por la cintura.

Qué detalle de tu parte saludarme . Lo había visto muy acurrucado junto a Libby.

—¿Dónde estabas?

—Esperándote —dijo, rechinando los dientes como si la mordiera, y Harper se derritió al instante.

—¿Quieren que nos veamos luego en mi sótano? —interrumpió Libby con la mirada fija en Will—. Mis padres están en la oficina.

—¡Genial! No me puedo creer que tengamos el día libre por esto. —Will se dio media vuelta—. ¡Eh, Brett, vamos a casa de Libby!

—¿Podemos irnos ya? —preguntó Brett, rodeado por la mitad del equipo masculino de lacrosse .

—No, mi madre está dentro —dijo Harper y consiguió que Will volviera a prestarle atención—. Tengo que quedarme aquí.

—No voy a dejarte sola, cariño —dijo Will, dándole un besito en la nariz.

—Hablando de madres, ¿han visto a los padres de Sabrina? —A la voz de Libby se le escapó una risita.

—No, ¿qué pasa?

—Llevan velos negros y sombreros antiguos.

—¡Los vi, qué vergüenza! —exclamó Bella.

—¿Será algo típico de Puerto Rico?

—Puede ser —dijo Libby con los ojos en blanco.

—Deberíamos publicar algo, para que parezca que somos, ya sabes, respetuosas. —Bella frunció los labios, dejando al descubierto las encías—. ¿Tengo labial en los dientes?

—No —dijo Harper negando con la cabeza y sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta.

Tenía el flequillo despeinado, lo que significaba que sus amigas seguro volverían a publicar esa foto horrible el día de su cumpleaños para hacerla sentir mal, pero si sacaba la foto ella misma, al menos podría elegir qué imagen publicar.

—Apriétense —dijo Harper inclinando la cámara para capturar al mayor número posible de alumnos de Spring Mill—. Que nadie sonría.

—Obvio —dijo Will.

—Ya lo sabemos —gruñó Libby, apretándose contra el novio de Harper.

El obturador hizo clic una y otra vez, pero el flequillo de Harper salía peor en cada foto.

Escogió la mejor y escribió al pie: «No puedo creer que esto esté pasando.

#tantriste #RIPsabrina #teechamosdemenossabrina».

Harper pinchó «Publicar» y escuchó el tintineo de unos tacones altos tras ella.

Se giró, esperando ver de nuevo la cara de reprobación de su madre, pero en su lugar se encontró frente a una periodista que llevaba delineador negro en las pestañas de abajo, lo que la delataba como alguien del siglo pasado.

La mujer acercó el micrófono a la boca a Harper.

—Hola, cariño. ¿Conocían a Sabrina, chicas? —La periodista tenía un acento como de Bama-Rush que a Harper le encantó—. ¿O a su amiga Naomi? ¿Les gustaría comentar algo?

La sonrisa de Harper se hacía cada vez más amplia a medida que la cámara se acercaba en un primer plano.

A Greg le temblaban los dedos y tenía las palmas sudorosas.

No podía creer que su marido no lo hubiera acompañado al funeral.

¿Una maldita reunión sobre el presupuesto?

¡Greg había tenido que atravesar el vestíbulo solo!

La mirada de reprobación de sus compañeros de departamento casi le había hecho salir corriendo.

Una persona llegó a exclamar entre susurros: «¿No es ese el consejero? ¿El que la cagó?». ¿En serio?

Greg era consejero escolar de noveno grado y tenía a su cargo a 466 alumnos, casi el doble de lo recomendado a nivel nacional.

¿Pero acaso había mencionado eso la supervisora en la rueda de prensa?

¡Por supuesto que no! Más bien tuvo la desfachatez de plantarse frente a un micrófono y decir: «Llevaremos a cabo una investigación exhaustiva para identificar cualquier fallo en nuestros protocolos o en nuestro personal docente».

¿O en nuestro personal docente? ¿En serio?

¡Y qué hay del fallo de la administración a la hora de dotar al instituto del personal adecuado!

¡O del fallo de los padres a la hora de prestar atención a sus propios hijos!

El instituto esperaba que él (¡él solo!) se ocupara de la salud mental y de los traumas de todo el curso, al tiempo que gestionaba la asistencia, las notas, los exámenes oficiales, los horarios de clase, etc.

La junta ni siquiera sabía lo que hacía Greg, porque si lo hubieran sabido, no le habrían soltado un montón de pelotas antiestrés en su despacho diciendo que eran «recursos».

Realmente, si no se callaban de una vez, Greg iba a darles a los periodistas algo de lo que hablar.

De ninguna manera iba a permitir que lo culparan de la muerte de esa chica.

Se apoyó contra el papel pintado desvaído con la intención de esconderse detrás de una maceta en la que había una planta con hojas del tamaño de las orejas de un elefante.

Hablando de plantas, ¿eso que estaba junto al ataúd eran aves del paraíso?

Qué flor más rara para un funeral. ¿Quizás era algo latino?

¿O hispano? ¿Latinx? Maldita capacitación en sensibilidad.