17. Estamos aquí reunidos
Estamos aquí reunidos
Diana Rodriguez Wallach
«La comunidad de Spring Mills, Pensilvania, se ha reunido hoy para despedir a uno de sus miembros más jóvenes.
Sabrina Méndez, de quince años, se quitó trágicamente la vida la semana pasada…
». Al oír el portazo del coche, a Katie se le atragantó el reportaje.
Levantó la mano, detuvo el video que estaban grabando para la emisión de las seis de la tarde y entrecerró los ojos para ver a través de la cortina de lluvia.
Tan cierto como que estoy aquí … Katie observó con sorpresa que aún no estaban todos los integrantes de la afligida familia en el interior de la funeraria.
La lluvia torrencial desdibujaba la figura de una pareja de mediana edad que se abría paso entre grupitos de adolescentes que rechinaban los dientes a causa de un frío más cruel que el corazón de su ex.
¿Lleva un velo esa mujer? Una diminuta gorra como de pescador con visera negra cubría los ojos de una pariente que se escabullía junto a la reencarnación de Cary Grant, un tipo ataviado con un sombrero gris de ala ancha inclinado.
Un enorme paraguas de golf facilitaba el ocultamiento.
El pulso de Katie se aceleró. Ningún periodista había conseguido ni una sola declaración o foto de la familia en toda la semana.
Considerando la atención que había suscitado el caso, su capacidad para pasar desapercibidos era francamente impresionante.
Sin embargo, ahí estaban: tarde y rodeados por la multitud.
«Señor, dame fuerzas o dinero para la fianza». Katie se apartó un mechón platino que se le había pegado a la base de maquillaje en la mejilla.
—Vamos, Juan.
El cámara se movió muy despacio, como si un espeso torrente de melaza circulara por sus venas y se mezclara con el enorme deseo de no ver cómo «una provinciana del sur» (sí, ella lo había oído) sustituía a sus queridos compañeros, Chaz y Natasha.
Ambos habían ocupado las sillas de presentadores desde la época en que los televisores llevaban antenas, pero Katie no se había abierto camino con uñas y dientes desde Alabama a Indiana, Míchigan y Ohio, hasta llegar a Filadelfia (¡uno de los diez telediarios más importantes!), para hacer de segundona de un par de baby boomers que no sabían retirarse a tiempo.
—¿Esa es la madre o la tía? —Katie se esforzaba por reconocer el perfil de la mujer.
La familia era puertorriqueña, todos tenían un parecido sorprendente: pelo negro y rizado, rasgos afilados, huesos marcados y una piel más pálida que el pegamento que se usa en las guarderías—. Yo digo que es la tía.
A Katie le resbaló el pie. Varios centímetros de lluvia empapaban aquel tacón alto que no podía permitirse reemplazar de ninguna manera. Es más, si no conseguía rápido este ascenso, iba a acabar vendiendo abrazos en las esquinas. Juan avanzaba a paso lento tras ella, aun manipulando la cámara.
—Ey, ¿cómo se dice en español —preguntó Katie—, «tía» o «tita»?
Juan adelantó la mandíbula, sin pronunciar palabra, pero la había oído.
Desde que el productor del telediario de la noche le había dicho a Katie que «quería hablar sobre su futuro», Juan había redoblado su incompetencia y había desarrollado una tremenda sordera selectiva cuando lo asignaban a sus reportajes.
Katie tenía treinta y cinco años, y solo Dios sabe que ya había pagado su parte con creces, así que no estaba dispuesta a permitir que ningún hombre se interpusiera ahora en su camino.
—¡Señora Méndez, señora Méndez! —gritó Katie, corriendo hacia la mujer y extendiéndole el micrófono—.
Siento mucho su pérdida —Katie hizo una breve pausa y esbozó su sonrisa más amable—.
¿Le gustaría contarle al mundo algo sobre Sabrina?
¿Notó señales de depresión? ¿Intervino la escuela cuando se denunció el acoso escolar por primera vez?
—Katie formulaba las preguntas con acento sureño.
La tía se detuvo y giró la cabeza hacia ella.
—Pobrecita —Katie exageró el acento con un tono aún más suave—, pero la mejor amiga de Sabrina, Naomi, sufrió un grave episodio de acoso en redes sociales a principios de este año.
¿Usted lo sabía? Por lo que he oído, los responsables no recibieron ningún castigo y ahora, la íntima amiga de Naomi se ha quitado la vida.
Es una auténtica tragedia. ¿Le preocupa que los adolescentes de su comunidad estén en peligro?
La tía se aseguró de mantener el rostro fuera del alcance de la cámara y sus labios no se movieron, mucho menos pronunciaron palabra.
Si Katie hubiese tenido cerca una Biblia, habría jurado que la tía ni siquiera respiraba.
Pero en ese momento los esqueléticos dedos de la mujer se aferraron con fuerza al codo del hombre desgarbado que sostenía el paraguas.
El corpulento caballero permaneció en silencio, con los músculos extrañamente rígidos y una pose tan correcta que el abrigo de lana le caía hasta las rodillas en una línea recta que parecía trazada.
No parecían dispuestos a dar nada a los televidentes.
Durante esa semana, la mayoría de los reportajes se habían centrado en la inacción de la escuela.
Ya se sabe, a alguien hay que echarle la culpa.
Y tras pasar un rato a solas con el consejero de noveno grado del instituto Spring Mills, quedaba claro que no estaba del todo en sus cabales.
Pero la familia ni siquiera se había molestado en emitir un comunicado.
No había habido reclamos a la justicia, ni lágrimas ante las cámaras.
Ni siquiera un pedido de donaciones «en lugar de flores…
». Eso hizo que Katie se preguntara si a esas personas les importaba realmente la chica como para darse cuenta de que padecía un episodio de depresión grave. Quizás había sido negligencia.
El micrófono de Katie rozó la mejilla de la tía.
—¿Qué les diría a las demás familias, a los padres de los acosadores o a quienes se quedan de brazos cruzados mientras sufren sus hijos inocentes? ¿Cree que se podría haber hecho algo más?
Por fin, la tía dejó escapar un gruñido.
Juan, más te vale grabar esto … Katie se inclinó hacia delante y alcanzó a ver la expresión de la mujer, más enfadada que tres demonios juntos.
¿De qué color eran sus ojos? El velo le impedía distinguirlos, pero Katie juraría que había vislumbrado un destello carmín.
Sin duda había sido su pintalabios. La pareja se dio la vuelta con rigidez, en silencio, y luego se dirigieron a toda prisa a la entrada de la funeraria, tan rápido que parecía que sus zapatos tenían ruedas.
Prácticamente flotaban. Los adolescentes se apartaron de un salto y el mango de un paraguas estuvo a punto de clavarse en el ojo de una de las chicas.
—¡Adiós! —exclamó Katie con un ligero acento sureño. Luego bajó la voz—. Vaya, esa familia está tan unida como mi primer matrimonio.
Katie recorrió con la mirada a la multitud cada vez más numerosa.
Tal vez la familia no quisiera hablar de la prematura muerte de aquella chica de quince años, pero habría apostado lo que fuera a que los adolescentes que se apiñaban alrededor estarían encantados de salir en la pantalla.
Katie le acercó el micrófono a la chica más rubia del grupo.
—Hola, cariño, ¿conocías a Sabrina? ¿O a su amiga Naomi? ¿Qué opinas de los escándalos de acoso que sufrieron Sabrina y Naomi? ¿Crees que los hechos tienen alguna relación?
—Dios mío, no me lo puedo creer… Ya tenemos bastante con estar aquí, ¡pero afuera está horrible!
—exclamó Harper, frunciendo sus perfectos labios rosados.
Los mechones de color rubio ceniza, brillantes gracias a la mascarilla que se había puesto hacía poco, caían en cascada sobre sus hombros, desprendiendo el aroma floral que se había convertido en su marca personal.
—Era de esperar que Sabrina siguiera siendo una pesada incluso después de muerta —dijo Bella, la mejor amiga de Harper, con un leve gesto de irritación. Luego se inclinó hacia delante desde el asiento trasero, dirigiendo su sonrisa más falsa hacia el lado del conductor—. Es una broma, señora White.
La madre de Harper apretó los dientes. Dilo de una vez, mamá: «Tus amigas son insoportables» .
Era el estribillo constante de su madre, pero luego se pasaba el sábado por la noche en su «club de lectura» criticando a todo el mundo y bebiendo vino.
El todoterreno se deslizó hasta una plaza de aparcamiento bajo el zumbido de los limpiaparabrisas.
—Cuando muera, espero que llueva así en mi funeral. Es la mejor manera de que todos se depriman —dijo Bella, mientras se alisaba el moño con la mano. Llevaba un collar de perlas blancas y un vestido tubo de algodón negro elegido directamente de una guía online sobre «Qué vestir en un funeral».
Harper, sin embargo, tenía que conformarse con el mismo minivestido de satén negro que se había puesto para el bar mitzvá de su primo, porque sus padres eran demasiado tacaños para comprarle uno nuevo y no estaba dispuesta a salir de casa con unos pantalones de pinzas y un jersey de señora mayor sacados del armario de su madre.
—Hoy es un día triste, chicas, pórtense bien.
Las palabras de su madre eran secas y su mirada lucía vidriosa, pero no por el llanto. Harper sabía exactamente lo que había en la taza del desayuno de su madre, y no era café.
—No somos tontas. Tranquila. —Harper puso los ojos en blanco mientras se acomodaba su pelo alisado bajo la capucha a cuadros del impermeable. Fuera había periodistas de televisión.
—¡Mira, ahí está Libby! —Bella le dio tres golpecitos rápidos al apoyacabezas de Harper.
Antes de que Harper pudiera responder, Bella abrió con fuerza la puerta del coche y salió disparada hacia el furioso vendaval.
La lluvia le cayó con fuerza de costado mientras intentaba desplegar el paraguas, pero Bella se abalanzó como una fiera sobre la amiga con el pelo color fresa, que estaba demasiado cerca de Will. Una vez más.