Lo que nos siguió a casa 16. Fidelidad #3
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16. Fidelidad #3

Sintió cómo la copa de vino le rozaba los labios. Sintió cómo el frío chardonnay se deslizaba por la garganta mientras hacía clic en el desgastado trackpad de su portátil.

Volvió a fijarse en su rostro cálido y acogedor, sonrió.

—Merece la pena, te lo prometo; ese vino es especial —dijo Joe, con las llaves de casa tintineando en la mano. Susana podía oler su colonia. Algún tipo de Dolce vio cómo cambiaban de azul verdoso a algo rojo, algo…

inhumano. Sintió cómo sus dedos se volvían más afilados.

Sintió cómo se clavaban en sus brazos desnudos.

Al principio, con suavidad. Sin hacer sangrar.

Su grito de dolor fue repentino, pero también placentero.

Su lengua recorrió sus dientes: los incisivos, ahora más afilados, puntiagudos y hambrientos.

Y el silbido. Podía seguirlo. Provenía de él.

—Me alegro tanto de que hayas venido —dijo. La voz potente y ronca había desaparecido, sustituida por algo más ligero, desesperado y etéreo, diferente a todo lo que Susana había oído jamás—. Me alegro tanto…

Pero ella ya lo había previsto.

Sacó la hoja. Corta, robusta, plateada, como la de la historia.

La de la chica a la que perseguía el fantasma.

El Silbón. El hombre que silbaba. Un cretino egoísta que había matado a su propio padre por no hacer lo que él le había pedido.

Un egocéntrico en un mundo lleno de egocéntricos.

Un tipo desesperado por conseguir lo que quería, no importaba a qué precio.

¿Importaba que, llegado un momento, ella también lo hubiera deseado?, pensó Susana. ¿El sabor de algo —de alguien— diferente? ¿La emoción de la caza? ¿La chispa de coquetear y hablar y respirar junto a otra persona? ¿De una fantasía que cada vez se acercaba más a la realidad?

El silbido se vio interrumpido por el sonido sordo que produjo la hoja al hundirse en el abdomen de Joe.

Sus ojos rojos se abrieron de par en par, conmocionados.

Desapareció el blanco, sustituido por un gris que a Susana le resultaba inquietante, incluso ahora, semanas después.

Sus dientes, blancos como el marfil, brillaron enfurecidos.

Giró la hoja, tal y como decía el libro.

El silbido se hizo más fuerte, pero también más inseguro, temeroso.

El libro también decía que eso sucedería.

Recordó el volumen polvoriento — Hechizos inmortales — que había encontrado en la caja del garaje de la casa de mami.

Una caja que no había abierto en años, que había evitado.

Recordaba el libro enterrado en el fondo del armario de mami, bajo los abrigos, los vestidos y los zapatos, cubierto por una capa de polvo.

Susana recordaba haberlo sacado, haber soplado sobre la capa de polvo y haber pasado sus pequeños dedos por las páginas envejecidas.

Entonces no lo había entendido. Tampoco lo entendía del todo ahora, pero sabía lo suficiente.

Su mente rememoró aquella noche: el vino recorriendo su cuerpo.

El tintineo de la pulsera entre sus dedos.

La imagen en el buscador. El destello del recuerdo.

El clic de la bombilla del garaje. El polvo y el sudor al mover las cajas, al abrirse paso hacia la pared del fondo.

La última caja. La marca de rotulador en la parte superior: LIbrOS IMPORTANTES .

Susana se inclinó hacia delante, sintiendo cómo Joe —o la criatura que era Joe— se estremecía bajo el movimiento.

La hoja estaba tan clavada en él que ella podía sentir cómo su sangre se le secaba en la mano, mientras sus dedos presionaban la herida.

Podía sentir su interior: la piel desgarrada y reblandecida alrededor de sus yemas mientras giraba la hoja.

Le pareció oír cómo se desgarraban sus entrañas, la hoja girando dentro de él como una especie de tortuoso ventilador, destripándolo mientras él observaba.

Él lloraba. Las lágrimas, rojas, casi negras, resbalaban por sus rasgos afilados, sobre su piel gris y cenicienta.

La colonia había desaparecido; el olor había dado paso a algo cobrizo y tóxico.

Ella posó sus labios sobre los de él y lo sintió: una energía, como una ráfaga de viento, soplaba a través de él y hacia ella.

Dejó que le llenara el cuerpo, sintió la energía crepitar y hervir bajo su piel.

Entonces, su cuerpo sin vida golpeó el suelo con un ruido sordo.

Susana se limpió la boca con el dorso de la mano, la sangre le manchaba la cara.

Bajó la mirada hacia ella. Más roja que la piel.

Sonrió e, instintivamente, se humedeció los labios.

Entonces observó cómo el cuerpo de Joe retrocedía, replegándose sobre sí mismo, su forma se desvaneció en la alfombra barata de su patético y pequeño piso de soltero haciéndose más pequeña, como si se derritiera o convirtiera en polvo.

Él ya no importaba. En realidad, ya nada importaba.

Susana se sentía diferente. Su visión era más nítida.

Ya no oía el silbido, pero podía oír mucho más: el susurro de las ramas en el nido de una ardilla.

Las maldiciones de un conductor a dos cuadras de distancia.

Un niño que lloraba en una silla de coche en Bird Road.

Sintió un cosquilleo en la piel. Bajó la mirada hacia sus manos y vio la pequeña pulsera en la que se reflejaba la luz del sol que entraba por la ventana de la sala principal.

Apretó los dedos en torno a ella, cerrando el puño.

Notó cómo el metal se doblaba y vencía. Abrió la mano.

La pulsera desapareció, sustituida por una pasta dorada y polvorienta.

La dejó caer al suelo. Joe también se había ido.

Una mancha roja y negra era la única señal de que algo había ocurrido allí.

—Yo soy la próxima —dijo, lo bastante bajo como para que solo ella pudiera oírlo.

Susana Martínez sonrió. Se arregló la blusa y se dio media vuelta. Abrió la endeble puerta y salió.

Dirigiéndose a su coche, aparcado tras el anodino Hyundai de Joe, se puso a silbar.