Lo que nos siguió a casa 16. Fidelidad #2
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16. Fidelidad #2

Ella lo miró entonces. Sus ojos parecieron brillar por un segundo.

Luego, vislumbró algo más. Un crepitar de gris, blanco y negro.

Como si la estática se apoderara de la pantalla del televisor.

El silbido de esa imagen similar a la nieve.

Por un segundo. Parpadeó y desapareció. Sustituida por su rostro cincelado.

La barba incipiente en sus mejillas. Las patas de gallo en sus ojos.

Quería besarlo .

—Por supuesto —dijo Joe asintiendo, con un ligero gesto de burla—. A veces estoy con Ángel todo el día. Es demasiado. Imposible trabajar realmente en nada.

Susana soltó una risa seca.

—Esa es la cuestión —dijo—. No tengo ningún trabajo que hacer. Este es mi trabajo. Esta es mi vida. Y a veces… en fin, va a sonar muy mal, pero… es aburridísimo.

Se miraron fijamente durante un momento, dejando que la mirada se prolongara.

Ella notó cómo sus ojos recorrían su rostro, su sonrisa sin gracia, sus ojos ligeramente llorosos, su coleta enredada.

Ella también lo miró. La barba incipiente y desigual, el rostro resplandeciente por el calor, las patas de gallo en cada ojo.

Era como si ambos dejaran atrás sus defectos, sus imperfecciones, para dirigirse hacia otra cosa. Algo nuevo.

Susana se miró las manos. Por un segundo, le pareció que alguien silbaba.

Susana se guardó el recibo en el bolsillo trasero al salir del supermercado Publix de Coral Way. Eran casi las nueve. Le resultaba extraño estar fuera a esas horas, pero Oscar le había dicho que ella necesitaba tiempo para sí misma. Un raro destello de lucidez.

La hora de acostarse había sido dura. Muchas negociaciones.

Algunas discusiones. Una rabieta de categoría cuatro.

Lágrimas. Susana deseaba que esas cosas fueran menos frecuentes, pero ahora parecían parte del mobiliario.

La mayor parte del tiempo, Susana se daba cuenta de que se estaba preparando para el impacto.

Con Jamie. Con Oscar. Con su teléfono. Todas las relaciones se basaban en minimizar el daño.

—¿Qué tiene eso de divertido? —murmuró para sí misma.

No oyó a la mujer que corría hacia ella.

Sin embargo, sintió unas manos —secas y ásperas— agarrándole los brazos con fuerza.

Susana alzó la vista y vio el rostro de una mujer —lo que supuso que era el rostro de una mujer—, demacrado, con los ojos atónitos, la boca abierta…

como alguien gritando, pero sin emitir ningún sonido.

Aunque había algo más también. Parecía la caricatura de una persona: su rostro estirado, desgastado y demacrado, no como un zombi, sino…

Así es como me siento .

Susana intentó zafarse, pero el apretón de la mujer era inquebrantable y hasta parecía expandirse.

Bajó la mirada para ver las manos de la mujer e intentó gritar, pero no le salieron las palabras.

Una especie de líquido negro y viscoso se extendía por sus brazos.

Sentía cómo la cubría, resbaladizo y caliente.

Entonces oyó el ruido de algo al caer al suelo.

—Tú eres la siguiente, mija… Eres la próxima… mi próxima… No lo toques… No lo hagas, niña…

Ella gritó, un sonido fuerte y agudo, un grito primitivo que no había emitido desde pequeña, cuando veía una película de terror o su hermano mayor la sorprendía en la oscuridad.

Se echó hacia atrás con fuerza, envuelta por un mareo y una extraña euforia.

Su visión se volvió negra por un segundo, una especie de estática grisácea, un ruido blanco, un dolor en el pecho…

Luego, nada.

Susana miró a su alrededor. La mujer había desaparecido. El recibo estaba en el suelo. Solo había una mujer mayor, con una mano en el pecho y la otra empujando un carrito de la compra tambaleante.

—¿Estás bien, mija? —preguntó.

—Sí, sí… Sí… Estoy bien —dijo Susana, jadeando, con las manos en las rodillas mientras se inclinaba hacia delante, segura de que iba a vomitar.

Miró el oscuro asfalto. Vio el destello de algo.

Una pequeña pulsera. De oro. Una diminuta foto de un niño pequeño, sonriente.

Susana dejó que la pulsera se deslizara entre sus dedos y escuchó.

Escuchó el ruido de la goma barata alejándose y dirigiéndose hacia el aparcamiento.

Escuchó los cláxones y el ruido de Coral Way.

El chirrido agudo de un cuervo en la distancia.

Eres la próxima .

—¿Qué quieres decir con que no discuten?

La pregunta de Joe quedó suspendida entre los dos mientras Susana daba un sorbo a su café con leche.

Era una táctica para ganar tiempo. La había utilizado con sus clientes durante años.

Si necesitas un segundo más para pensar en una respuesta, dale un sorbo.

O di «buena pregunta», te dará un segundo, tal vez menos, pero ayudará.

¿Por qué no discutía con Oscar? Susana no sabía la respuesta.

Al menos no de forma racional. Simplemente lo sentía.

Era inútil discutir. Habían tomado sus decisiones y ahora, estaban ahí, se habían materializado: la niña, la casa en las afueras, el trabajo, la falta de trabajo.

Pequeñas minidecisiones tomadas sin el contexto adecuado, a las que veía ahora como parte de un todo más grande y complejo.

—Simplemente no lo hacemos —dijo Susana con una ligera inclinación de cabeza mientras dejaba la taza sobre la mesa.

La cafetería —un local diminuto en Bird Road y la 92 a Avenida, en el suroeste de Miami— era anodina.

Casi surrealista. Cuando Joe se la sugirió enviándole un mensaje de texto de improviso un martes por la mañana, a Susana le costó recordar si alguna vez había estado dentro, y al entrar, tuvo la certeza de que nunca había estado.

No estaba segura de por qué estaba allí.

Aún molesta y sin aliento tras el difícil trayecto, no esperaba que Joe se pusiera en contacto con ella.

Le había costado recordar cuándo se habían intercambiado los números, pero su nombre apareció en la pantalla de su teléfono: JOE FÚTBOL.

Se sentía incómoda con la blusa y los pantalones de «trabajo» que se había puesto a toda prisa para reunirse con él en la cafetería, y su día pasó de repente de ser mundano y gris a ser…

algo más. La tela se le pegaba al cuerpo sudoroso.

Se preguntó si se había mirado al espejo, ni siquiera sabía si se había puesto desodorante antes de acompañar a Jamie a la puerta. Ahora ya era demasiado tarde.

¿Qué estoy haciendo aquí?

Joe se inclinó hacia delante, alzando las cejas.

—Todas las parejas discuten —dijo con un susurro confidencial. Y hasta miró alrededor, como si compartiera un secreto de Estado. El tipo de información que podría costarles la vida a ambos.

—Mi mujer y yo discutimos al menos una vez a la semana. Si no lo hacemos, es que algo va mal.

Susana se echó hacia atrás.

—Nunca hablas de tu mujer.

Joe pareció sorprendido por el comentario.

—Claro que sí.

—No es verdad, no lo haces —dijo ella. Susana se sentía empoderada ahora. Llevaba la voz cantante en la conversación. La narrativa. Él la había invitado, pero ella estaba al mando—. ¿Por qué no lo haces?

Ahora le tocaba a Joe hacer una pausa.

Por mucho que Susana se dejara llevar —por mucho que dejara que su cuerpo se hundiera y ahogara en su vida rutinaria: la compra, la limpieza, los traslados, las reuniones con los padres, el parque—, no era ninguna tonta.

Había pasado años en salas de reuniones, eventos y meetings con todo tipo de hombres; buenos, malos, todo el espectro, pero aún no había descifrado a Joe.

Quizás eso era lo que le atraía. A diferencia de los demás —los repulsivos, los raros, los introvertidos—, Joe parecía a gusto consigo mismo.

No parecía que le importara nada en particular.

Ella quería romper esa coraza. Quería ver qué había debajo, qué criatura vivía y respiraba bajo la superficie, pero ya no estaba segura de que fuera una buena idea.

¿Qué estoy haciendo aquí?

Lo observó mientras se frotaba la barbilla. Observó cómo la expresión de su rostro cambiaba de algo parecido a la confusión a… ¿resignación?

Frunció el ceño antes de hablar.

—No creo que un café sea suficiente para esta conversación.

Susana miró el teléfono. Apenas eran las diez de la mañana.

—¿Estás de broma, no?

Joe dejó unos cuantos dólares sobre la mesa y se levantó.

—Tal vez sí —dijo, mientras esperaba a que Susana recogiera su bolso—, o tal vez no.

Por mucho que pareciera que se pasaba el día entre pañales, toallitas, comidas, dibujos y todo lo demás, lo cierto es que seguía teniendo ratos libres.

Varias horas después de que cesara el ruido de la aspiradora, cuando se sentaba en el cuarto de estar, esperando a que Oscar volviera a casa.

A primera hora de la mañana, tras su apurado entrenamiento, cuando se sentaba en el suelo, el sudor resbalándole por el cuerpo, la respiración entrecortada retumbando en su cráneo como único sonido.

Cuando se escuchaba el crepitar y el silbido del monitor, asegurándole que Jamie dormía la siesta. En esos momentos, Susana tenía tiempo para pensar. No eran pensamientos racionales. No pensaba en su carrera, en lo que hacían sus padres, en los viajes que deberían hacer.

Pensaba en aquella mujer. En aquel caparazón monstruoso y demacrado de mujer.

Habría sido fácil restarle importancia. Un mal viaje. Una alucinación.

Un efecto adverso de la medicación que tomaba.

Pero Susana Martínez no era tonta. Creía en lo que veían sus ojos. Creía en todos sus sentidos. Aquella mujer había sido real.

Hasta que dejó de serlo.

Susana notó la pulsera. La dejó deslizarse entre sus dedos.

Luego abrió el portátil y, a continuación, el navegador. Las pestañas parecían estar esperándola. Artículos de prensa. PDF de libros antiguos, agotados hace tiempo. Historias que su mami solía susurrarle para dormir, historias de demonios y brujas, sobre un hombre silbador y desquiciado. El Silbón.