Lo que nos siguió a casa 16. Fidelidad
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16. Fidelidad

Fidelidad

Alex Segura

The Miami News

DESAPARECIDA DESDE HACE AL MENOS DOS SEMANAS, SE TEME QUE UNA MUJER DE LA LOCALIDAD HAYA FALLECIDO

Una madre local fue vista por última vez saliendo de su casa en Kendall el miércoles por la mañana.

El balón de fútbol pasó silbando junto a la cabeza de Susana Martínez, sin llegar a impactar por menos de dos centímetros y medio.

Se apartó por puro instinto. Le salvaron la experiencia de años de juguetes lanzados contra su persona y una breve y olvidable temporada jugando al fútbol en el instituto.

Tuvo que recordarse a sí misma que debía respirar mientras se giraba para ver cómo el balón rodaba por el césped del parque y se dirigía hacia una acera de asfalto cercana al pequeño aparcamiento.

Se dio cuenta de que tenía la boca abierta.

—¿Estás bien?

Susana se volvió hacia esa voz grave y tranquila, pero cargada de preocupación y cariño. No podía negar que ese descubrimiento le había acelerado un poco el pulso.

—Sí, yo… eh —dijo Susana, acomodándose tras la oreja un mechón de su cabello castaño, que le llegaba hasta los hombros. Sintió que se sonrojaba. Probablemente él pensaría que era porque le había sorprendido, pero era otra cosa.

—Es solo que no me lo esperaba.

Joe le devolvió una sonrisa relajada. Se echó hacia atrás su cabello entrecano, silbando una melodía que a Susana le resultaba familiar, pero que no fue capaz de identificar.

Susana no podía negar que era guapo. Estaba en forma.

Tenía unos ojos penetrantes, azules verdosos, y un aire de despreocupación casual que hacía que su aspecto y su actitud parecieran auténticos.

Él extendió la mano y le dio una palmadita en la suya.

Un contacto rápido y fugaz. Notó que se le calentaba la piel allí donde la había tocado, y que aquello no tenía nada que ver con el intenso sol de Miami que quemaba a todos por igual.

Susana le devolvió la sonrisa y luego intentó centrarse en el partido…

bueno, no era exactamente un partido. Era imposible organizar a una pandilla de niños de cuatro años en ningún tipo de deporte organizado.

Al menos no por mucho tiempo. Ella y otros padres, incluido Joe, estaban sentados en un pequeño trozo de césped del parque, observando cómo un puñado de «entrenadores» —en realidad, unos chicos universitarios que querían ganarse un dinero extra dando clases de fútbol— enseñaban a sus respectivos hijos a chutar el balón hacia la portería.

Susana no imaginaba que su hija, Jamie, se fuera a convertir en una estrella del fútbol, pero una parte importante de la crianza consistía en buscar cosas que hacer con los niños.

Sobre todo cuando no estaban en el colegio.

Para Susana, el infierno más temible eran esos largos e inesperados momentos en casa, sin planes, sin ideas y sin opciones.

Trataba de no darle a Jamie la tablet o encender la televisión, pero a veces no le quedaba otra.

Susana prefería esto. Algo activo. Algo que, aparentemente, «enseñara» una habilidad a Jamie o al menos le permitiera socializar con otros niños.

Susana se inclinó hacia delante, estirándose ligeramente.

Sintió aquel dolor y tirón tan familiares.

No era joven, pero se recordó a sí misma que tampoco era tan mayor.

Ahora que estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, a veces se preguntaba si había sido una buena idea tener a Jamie tan tarde, pero Oscar quería seguir intentándolo.

Se habían centrado tanto en la bebé. La bebé.

Tras un aborto espontáneo hacía unos años, Jamie pareció surgir de una niebla profunda y oscura, como un ángel.

Había sido la bebé perfecta. Dormía bien, comía bien, hacía todas las cosas en el momento adecuado.

Parecía casi surrealista. Como si, tras años de dolor y fracasos, por fin hubieran tenido un respiro.

Susana sabía que tenía que estar agradecida por ello, o se acabaría olvidando, era como el alcohólico que sigue yendo a las reuniones, desesperado por no olvidar cómo era lo que lo había llevado a esas reuniones.

Susana no quería olvidar el miedo y la desesperación que había sentido antes de que llegara Jamie.

La desolación. Incluso ahora, cuando las cosas parecían casi… fáciles.

Intercambió una mirada con Jamie, que en ese momento se disponía a chutar el balón hacia la portería.

Sonrió a su hija —aquella niña pequeña, fuerte, rebelde y sensible— y le hizo un rápido gesto de aprobación con el pulgar.

Susana nunca había tenido nada de eso cuando era niña.

Nunca había ido a clases, ni a campamentos de verano, ni a actividades extraescolares.

Era afortunada si había un adulto cerca la mitad del tiempo.

Durante las vacaciones de verano o los días libres, la dejaban tirada en casa de sus abuelos en Kendall y tenía que valerse por sí misma.

Había pasado más tiempo sola en una semana que Jamie en toda su vida.

Ahora la crianza era diferente, se intentaba decir a sí misma.

El mundo había cambiado. Susana —y Oscar, cuando estaba presente— tenían que proteger a Jamie, guiarla, ser atentos.

Aunque eso significara no tener tiempo para sí mismos.

Sentía la mirada de Joe sobre ella. Imaginaba cómo le recorría el cuello y subía hacia su rostro.

Él y su hijo —un chico de aspecto estudioso llamado Ángel— eran nuevos en las clases de fútbol.

Susana llevaba a Jamie dos veces por semana, aunque se podía ir más a menudo.

Y Joe siempre parecía estar allí. Esperando, con un trozo de césped despejado a su lado.

Sentía ese cosquilleo familiar cuando él daba una palmadita en el suelo y sonreía al ver que ella y Jamie se acercaban.

Como diciendo: Ven. Este es tu sitio. Siéntate conmigo .

Y ella lo hacía. Todos los miércoles y viernes, se sentaba junto a Joe y contemplaban a sus hijos tropezar durante el entrenamiento —aprendiendo a dar patadas, a llevar el balón por el campo, a pasar—.

Todas las clases parecían la primera, aunque llevaban meses haciéndolo.

Al igual que Susana, los entrenadores de fútbol estaban ahí solo para pasar el rato.

Para hacer algo y que los niños se cansaran y regresaran a casa agotados y se desplomaran después de cenar.

Ese era el acuerdo tácito. Susana no esperaba más.

Esperaba tener una hora para navegar en su teléfono, ponerse al día con los correos electrónicos, quizás echar un vistazo a unos cuantos reels de Instagram mientras Jamie corría de un lado a otro. Eso en el mejor de los casos.

No había contado con Joe.

Susana tragó saliva. Sacó el móvil y, distraída, revisó el correo.

Nada. Ofertas promocionales. Un paquete de Amazon en camino.

Una nota de su tía de Broward. Antes hacía otras cosas.

Antes de Jamie, incluso mientras intentaba quedarse embarazada, tenía un trabajo.

Las relaciones públicas corporativas no eran divertidas, ni mucho menos: eran agotadoras, absorbentes y se cruzaba a cada instante con todo un elenco de personajes asquerosos, pero en cuanto supieron que Jamie estaba en camino, Oscar y ella comprendieron que tendría que dejar el trabajo.

Solo un año o dos, había dicho él. De eso hacía ya cinco años.

Susana lo entendía, por supuesto. No habría forma de criar a su bebé como querían si ella trabajaba a tiempo completo, viajaba, llegaba tarde a casa y respondía correos electrónicos a todas horas.

Además, Oscar ganaba un buen sueldo trabajando en el sector tecnológico.

Pero el resultado fue que Oscar trabajaba constantemente, y Susana…

no. Ella estaba con Jamie. Y si Jamie dormía, comía o estaba en alguna actividad, Susana se ocupaba de la casa.

Limpiar. Cocinar. Organizar. Era ama de casa.

Por mucho que a Susana le repugnara la idea, era así.

Y no había modo de justificarse. Ella había elegido este camino.

¿Qué diría su mami? , se preguntó.

Te pensaste tan especial .

Habría tenido razón. Susana sí pensaba que era especial.

Mejor que el modelo de género en el que parecían vivir sus padres.

Papi trabajaba, Mami trabajaba, y Mami trabajaba un poco más: ocupándose de la casa, atendiéndolo a él, sirviéndole.

Hasta que dejó de funcionar. Entonces llegaron las lágrimas.

La oscuridad. Susana se había prometido que eso nunca le pasaría a ella.

Conocería a un hombre que comprendiera el equilibrio.

Que quisiera que ella tuviera una carrera profesional. Que colaborara.

¿Qué había pasado?

Dejó escapar un breve suspiro mientras guardaba el teléfono en el bolso.

—¿Un día duro?

Susana se volvió para mirar a Joe. Él tenía la vista fija en el campo de fútbol, con una expresión serena y feliz.

Era una especie de consultor, eso le había dicho; trabajaba por cuenta propia.

Susana sabía que estaba casado; se fijó en el anillo de plata que llevaba en la mano izquierda, pero él solo había mencionado a su mujer de pasada.

—No, lo cierto es que no —dijo Susana, apoyándose en las palmas de las manos, con los dedos entrelazados entre las briznas de hierba marchitas, tirando de ellas suavemente mientras pensaba en qué decir a continuación—.

Es solo que… no sé. Estoy aburrida. Después de esto, iremos a hacer la compra, prepararemos la cena, y luego… Oh, da igual…

Susana sacudió ligeramente la cabeza. Entonces Joe le puso la mano en el brazo. Sin moverse.

—Oye, no pasa nada, lo entiendo —dijo él, retirándola mientras ella miraba su mano, cálida y áspera—. Es muy difícil hacer lo haces. Lo tengo claro.

—¿De verdad?