15. Susurros desde la raíz #3
—Mi madre fue asesinada. Se llamaba Iris —dijo Claudia levantando la pata y golpeando con su pezuña los pies calzados con sandalias de don Manuel, haciendo que el anciano cayera del sofá y gritara de dolor—.
Trabajaba como secretaria en una de sus fábricas.
Se dio cuenta de cómo sus trabajadores vertían ese líquido aceitoso en el río.
Mi madre nunca se callaba. Se lo contaba a todo el que quisiera escucharla.
Les decía que eso no estaba bien. Que esta era nuestra isla.
Si nosotros no decíamos nada, ¿quién lo haría?
Estas son las transcripciones de todas las llamadas que hizo. Está todo aquí.
Lanzó los documentos sobre la espalda de don Manuel.
—¿Lo recuerda ahora? —preguntó Claudia, elevándose por encima del hombre—.
Dijeron que era culpa suya. Que era demasiado promiscua, que salía a todas horas de la noche.
Que su ropa era demasiado ajustada, que era demasiado.
Pero sus compañeros de la fábrica nunca creyeron esas historias.
Sabían lo que le había pasado realmente.
Tenían miedo de que, si decían algo, los despedirían o algo peor.
Abrumada por la emoción, se alejó del anciano y regresó a su rincón.
Los artículos jamás mencionaban lo mucho que a su madre le gustaba montar a caballo.
Se sentía muy libre en aquella época, incluso con una niña a su cargo, siendo madre soltera.
Iris era intrépida. No se merecía la violencia que le infligieron por defender su causa.
Willie se contuvo para no acercarse y tratar de consolarla, de ofrecerle unas palabras de condolencia.
Las terapias grupales a las que asistía le habían enseñado que debía limitarse a escuchar.
Aun así, la ira que sintió en Florida bullía en su interior.
Al igual que Claudia, él quería más que nada en el mundo acabar con la vida de esa persona, un pensamiento que había ido creciendo durante demasiado tiempo, desde aquella conversación tan perturbadora con doña Mercedes.
—Lo curioso es que mi padre no era un buen hombre.
Dejó a mi madre durante largo tiempo —dijo Willie sin dirigirse a nadie en particular—.
Bebía demasiado, fumaba demasiado. La policía lo conocía.
Así que no me sorprendió que hubiera un expediente sobre él.
No, un expediente no. Espera, ¿cómo los llamaban?
—Carpetas —dijo Norma—. Los expedientes eran carpetas.
—Eso, carpetas —repitió Willie mirando fijamente sus extrañas garras.
Su voz se endureció de pronto—. Mi padre y yo nos parecemos mucho más de lo que me gustaría admitir.
No se le daba bien nada, salvo pintar. Y bueno, ayudó a esos estudiantes a diseñar los folletos y a hacer las pancartas de protesta.
Él siempre estaba dispuesto a luchar por una causa.
Cualquier cosa con tal de joder a esos cerdos.
Aun cuando relataba los hechos en voz alta, la verdadera historia de su padre no era tan noble como le hubiera gustado a Willie.
Su padre trabajaba en la librería simplemente para poder coquetear.
Se lo contó en broma una de las últimas veces que lo vio.
Los años 70 eran así, le dijeron, la gente se arriesgaba de todas las formas.
Una fiesta. La noche de su asesinato, su padre creía que iba a reunirse con unos amigos para salir con las bellas universitarias que frecuentaban la librería.
—¡Ayuda! ¡Por favor! —dijo don Manuel, arrastrándose hasta la puerta principal a paso de tortuga. Sus gritos de auxilio resultaron inútiles en la enorme mansión.
—No sé ustedes, muchachas, pero a mí alguien me envió la carpeta por correo.
Lo raro es que nadie sabía que me alojaba en ese lugar, ni mi familia, ni nadie cercano.
¿Cómo sabían qué dirección usar? —preguntó Willie—.
Me llevó una eternidad, años, revisar los papeles, pero cuando lo hice, el único nombre que destacaba era el suyo.
Willie clavó su garra en la espalda del anciano y lo arrastró hasta el centro de la habitación.
Pasara lo que pasara, don Manuel González era su único público cautivo.
Los tres contaron historias de sus seres queridos, momentos que echaban de menos, alegrías que habían vivido, hasta que cacareó el gallo al amanecer.
Y cuando eso ocurrió, Norma, Claudia y Willie abandonaron a don Manuel desplomado allí, con el cuerpo magullado y sacudido por los terribles recuerdos de sus fechorías pasadas.
El hijo de don Manuel, Ramón, acababa de enviar una foto de su pene a una mujer a la que había conocido en un bar.
La mujer no se la había pedido, pero él se la envió de todos modos.
Ramón llevaba los últimos cinco años viviendo en Los Ángeles.
Cada vez que alguien le preguntaba a qué se dedicaba decía que era productor, pero en realidad no era más que un hombre que asistía a reuniones, tratando de congraciarse con otros hombres blancos que lo consideraban una especie de bufón.
Lo llamaban cada vez que necesitaban a un «experto» latino, pero los proyectos cinematográficos sobre personas de piel morena rara vez llegaban a realizarse. Todo estaba en eterno desarrollo.
Pero la última propuesta de Ramón estaba destinada a ser un éxito.
Estaba muy seguro de sí mismo. La película no solo era una historia personal, sino que reunía todos los ingredientes de Hollywood: suspense, una trama romántica y un contexto histórico perfecto para la temporada de premios.
Consideraba la película como una mezcla entre Los asesinos de la luna y El contable , pero con un toque tropical.
Cuando Ramón presentó el proyecto, apenas mencionó que estaba ambientada en Puerto Rico, para no limitar el alcance.
El protagonista no tenía por qué ser moreno.
Se imaginaba perfectamente a un aspirante a Ben Affleck interpretando el papel, aportando la solemnidad necesaria para representar la lucha interior del personaje.
Ramón siempre mencionaba a Salma, Jennifer, Zoe y Selena como potenciales interesadas.
Sus papeles podrían ocupar mucho más espacio del que preveía el guion actual, potenciando el elemento romántico.
No estaría de más incluir una canción de Selena o de Jennifer.
Había muchas formas en que la película podría llegar al público deseado.
Susurros desde la raíz: La historia jamás contada de Las Carpetas era una película sobre un hombre de fe y principios que llevaba la democracia a una pequeña isla desgarrada por infiltrados comunistas y sobre la indómita mujer ideológicamente en las antípodas de la que se enamoraba.
¿Quién no querría ver eso en la gran pantalla?
La película tenía el potencial de El color púrpura, Doce años de esclavitud o incluso Titanic .
La casa que Ramón había alquilado era toda de cristal, de suelo a techo, y tenía unas hermosas vistas del centro de Los Ángeles.
Pagaba demasiado por ella, pero la apariencia lo era todo en esa ciudad.
Necesitaba el coche adecuado, la casa adecuada, la ropa adecuada.
Cada vez que hablaba con su padre, Ramón siempre le aseguraba que las reuniones iban de maravilla y eran muy «prometedoras».
Era solo cuestión de tiempo que alguien aceptara su propuesta sobre la historia de las carpetas.
Ya había hablado con el representante de Bad Bunny, que tenía una copia del guion.
A los ojos de su padre, Ramón estaba triunfando.
Un hombre que se había mudado de la isla a Hollywood.
Tan ansioso por vender una historia. Por vender lo que fuera.
Cuando la actriz en ciernes no respondió enseguida a sus insinuaciones, Ramón tomó hasta ponerse torpe y se arrastró hasta su cama de matrimonio.
Se masturbó y se quedó dormido enseguida.
Rodeado por el silencio, Ramón dormía profundamente y sin preocupaciones.
Toda su vida había sido así. Su padre se había encargado de ello.
Las mejores escuelas. Un flujo constante de dinero.
Todo al alcance de la mano. Pero lo más importante era que el padre le había inculcado que todo lo que Ramón quisiera, le pertenecía. Solo tenía que eliminar los obstáculos.
Poco más tarde, esa misma noche, justo antes de que aparecieran en el cielo los primeros indicios del amanecer, Ramón se despertó con el sonido de un caballo irrumpiendo en su casa.
Cuando abrió los ojos, vio tres siluetas oscuras de pie frente a él.
Antes de que pudiera levantarse para empuñar el bate que tenía junto a la cama, una espuela le atravesó el pecho.
—Siri, pon Pecador de Tito Rodríguez —dijo alguien.
Primero, le arrancaron la lengua para que no pudiera gritar. Luego, le pisotearon los pies para que no pudiera correr. Finalmente, le sacaron los ojos, pero no sin que antes pudiera ver claramente a los tres que habían ido a visitarlo.