Lo que nos siguió a casa 15. Susurros desde la raíz #2
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15. Susurros desde la raíz #2

Los tres pares de zapatos de Willie (botas de obra, dos zapatillas gastadas) estaban meticulosamente alineados junto a la puerta.

Una silla de jardín de plástico que había tomado prestada del patio trasero sostenía cuidadosamente la ropa que se pondría al despertar.

En la pared mugrienta se veían lienzos de diversos tamaños con sus últimas pinturas.

Willie jamás se habría considerado un artista, nunca se habría atrevido, pero su terapeuta le animaba a hacerlo, a reconocer que él también era un artista como en su día lo fue su padre.

Mientras soñaba con una anciana de pie junto a sus cuadros a medio terminar, a Willie le empezó a picar la nariz.

Levantó la mano para tocarse la cara y gritó por el dolor del rasguño.

Bajó la vista y descubrió que le faltaban los dedos.

Las palmas de sus manos, más aún, toda su mano, había desaparecido.

En su lugar había cinco espuelas gruesas y gigantes que se curvaban desde su muñeca como las de un gallo.

Saltó de la cama, ignorando la sangre que goteaba del corte.

Willie respiraba fatigosamente mientras clavaba la mirada en sus nuevas garras.

—Mierda —dijo—. Mierda, mierda.

Willie llevaba años preparándose para ese momento.

La profecía se le había revelado cuando era un niño y vivía en Puerto Rico.

Fue en el velatorio de su padre cuando doña Mercedes lo llevó aparte.

Nunca había hablado con ella, le retraía e intimidaba la autoridad que imponía la doña.

Mientras los demás lloraban ante el ataúd de su padre, doña Mercedes se llevó a Willie a un aparte y le dijo que habría otros dos, desconocidos de los que no sabría nada, ni sus nombres, ni de dónde venían, ni cómo se entrelazaban sus historias. Le dijo:

—Los tres perderán la parte del cuerpo que más aprecian. Cuando llegue ese día, volverás a la isla y hablarás con quien causó dolor a tu padre.

Intentó examinar el resto de su fornido cuerpo, pero con cada toque dejaba una marca, olvidando lo afiladas que eran las espuelas.

Willie intentó recordar lo que su terapeuta le aconsejaba hacer cada vez que se enfadaba. Contó hasta cien, luego contó hacia atrás, pero la ira se intensificó. Willie quería romper cosas.

El camino que estaba a punto de emprender solo serviría para llevarlo de vuelta a la cárcel.

Todo lo que había trabajado, se perdería para siempre.

Nunca podría salir de aquella larga sucesión de penas si se dejaba llevar, pero al menos ahora tenía esta rabia.

Con las espuelas, destrozó las obras de arte que había creado, rasgando los lienzos de las montañas por las que había viajado con su padre y la representación de la pequeña granja que la familia había tenido en su día.

Su obra favorita era la de los gallos de pelea. A su padre le encantaban esos gallos.

—A la mierda —dijo Willie, con voz ronca—. Si esto es lo que Dios quiere, es lo que debo hacer.

Le llevó varios intentos ponerse los guantes de trabajo extragrandes para ocultar sus afiladas garras. Willie esperó a que la casa estuviera en silencio para escabullirse, con los papeles necesarios doblados en el bolsillo trasero, la prueba de quién era el responsable de la muerte de su padre.

Los tres se reunieron frente a la histórica casa de don Manuel González.

La majestuosa casa colonial, situada en el viejo San Juan, databa de mediados del siglo XIX y contaba con un framboyán en todo su esplendor en el patio.

La vivienda, de arquitectura española, tenía techos de cuatro metros y medio de altura, vigas de madera, y suelos de baldosas blancas y negras.

Durante muchos años, el lugar se había utilizado para proyectos comerciales, videos musicales, y hasta fue declarado monumento histórico hacía veinte años.

Cuando eso ocurrió, don Manuel organizó una gran fiesta con un trío, una banda de salsa y una actriz famosa que voló desde Miami, Florida, solo para la ocasión.

Fue un fin de semana repleto de baile y bebida, con don Manuel en el centro de su casa disfrutando de cada segundo.

De pie ante la finca se encontraron Norma, Claudia y Willie.

Los tres se miraron y se limitaron a asentir ligeramente en señal de reconocimiento.

Era tarde y las calles estaban tranquilas, salvo por los débiles sonidos de la música que salían de un bar cercano.

La pesada verja de hierro forjado se abrió ante ellos como si la empujara una ráfaga de viento, y los tres entraron sin dirigirse una palabra.

En el interior, don Manuel tenía dificultades para dormir.

El anciano de ochenta y tres años estaba sentado en su salón escuchando boleros cantados por su artista favorito, Tito Rodríguez, como solía hacer durante aquellas largas noches.

En la mano sostenía un vaso de ginebra sin hielo y la bebía a sorbos lentamente mientras contemplaba cómo se le escapaba el tiempo.

Cuántos viejos amigos habían muerto ya o estaban muriendo.

No le quedaba mucho que hacer, salvo disfrutar de los tesoros que lo rodeaban, del bien que creía haber hecho a lo largo de su vida.

Don Manuel daba gracias por sus bendiciones, pero no se percató de cómo los tres habían entrado en la habitación.

Sobresaltado, el anciano se puso de pie, molesto por la intrusión.

—¿Qué quieren? —dijo, incapaz de ocultar un tono de miedo—. What do you want?

Su inglés era correcto, lo que no era de extrañar en alguien que creía que el idioma lo salvaría, en las paredes se representaba la vasta cronología de los logros de don Manuel.

Allí se le podía ver a don Manuel posando con varios presidentes: los Bush, el presidente Trump, el presidente Obama y Trump de nuevo.

Allí se lo podía ver riendo con Ferré, Barceló y Rosselló.

Todos con sonrisas siniestras. Miró intencionadamente hacia la foto enmarcada de sí mismo de pie frente a una de sus nuevas fábricas, como si quisiera alertar a los desconocidos de su importancia.

Willie se acercó a la pared y se dirigió a los premios y a los artículos de periódico enmarcados.

Antes de levantar la foto de don Manuel graduándose en una universidad estadounidense, Willie se quitó los enormes guantes.

Con sus largas espuelas, estrelló la foto contra una mesa. Agarró otra e hizo lo mismo.

—¡Eh… no puedes hacer eso! La policía llegará en cualquier momento —dijo don Manuel—. ¿Sabes quién soy?

Willie ignoró su pregunta y se volvió hacia la pared del lado opuesto de la habitación, que estaba cubierta de obras de arte.

—Tiene usted una colección preciosa. Hay muchos cuadros colgados aquí para su disfrute —dijo Willie—. Este lo recuerdo bien.

La obra, una versión borrosa de la vida en una granja, tenía un estilo similar al de las obras de Willie. Se acercó al anciano y, con su espuela, lo empujó hacia atrás hasta que lo hizo caer sobre el sofá. Willie acarició el rostro de don Manuel, dejándole una herida sangrante.

—El artista se llamaba Pedro. Trabajaba en la librería, pero todo el mundo lo buscaba por sus pinturas. Su trabajo consistía en crear los folletos —dijo Willie—. ¿Se acuerda de lo que le hizo? No se preocupe, yo se lo recordaré.

Norma se quitó las gafas de sol y don Manuel gimió. Apretó el cuerpo contra el sillón y trató de desaparecer entre la tela.

—Mi padre se llamaba Rogelio, pero todos le decían Yayo.

Dirigía una pequeña congregación —dijo Norma, agarrándose con fuerza al rosario—.

Cuando comenzaron las nuevas obras en la playa, los vecinos acudieron a él.

Celebraba reuniones por las tardes para ayudarlos a descifrar los documentos legales.

—No conozco a nadie con ese nombre —gritó don Manuel—. Vete, por favor.

Norma continuó a pesar de las protestas de don Manuel.

—Por supuesto que sabe quién era. Este es el expediente que le hizo. Contrató a un fotógrafo para que le hiciera fotos antes y después de las reuniones. Documentó las fechas y horas, quién se reunía con él, dónde vivían. Aquí está el expediente.

Señaló los documentos, pero el anciano cerró los ojos con fuerza.

—¡Míreme! —gritó Norma.

Willie se situó tras el hombre y pasó la garra por los cojines del sofá.

—Abra los ojos o se los sacaré como si fueran aceitunas.

Don Manuel abrió mucho los ojos. El sudor empapaba su cara camisa de lino. Poco a poco iba comprendiendo el motivo de aquella visita repentina.

—Firmó la orden para que mi padre se reuniera con un grupo en Vega Baja que necesitaba su ayuda. Pero nunca llegó allí, ¿verdad? —dijo Norma—. Encontraron su cuerpo días más tarde. Un accidente, según los periódicos. Pero muchos sabían que no fue así.

—¡No! ¡No! No fui yo. Se trata de un error —suplicó—. Escuchen, tengo dinero. Puedo pagarles. Puedo darles mucho dinero a los tres.

Claudia, la más joven, observaba desde un rincón oscuro de la habitación.

—Matémoslo y punto —susurró—. ¿Por qué alargamos esto?

Norma se acercó a ella, pero Claudia apartó rápidamente la mirada de aquellos ojos de pesadilla, deseando que la mujer se volviera a poner las gafas de sol.

—No es así como se supone que debemos hacerlo. Si no se hace bien, nuestros cuerpos quedarán atrapados. ¿Es eso lo que quieres? —preguntó con calma—. Doña Mercedes fue muy clara. Tenemos que seguir sus instrucciones.

—No puedo —dijo Claudia esforzándose por no llorar. Sus pezuñas hacían un ruido sordo al golpear las baldosas españolas mientras caminaba de un lado a otro—. Esto es demasiado.

Los ojos del anciano se volvieron frenéticamente hacia ella.

—Por favor, ayúdame —dijo con voz temblorosa.

Claudia se acercó a él con un repiqueteo y le dio una fuerte bofetada en su rostro arrugado.