15. Susurros desde la raíz
Susurros desde la raíz
Lilliam Rivera
Era una aburrida y anodina mañana de martes cuando Norma se despertó y descubrió que sus luminosos ojos marrones habían desaparecido.
Norma era una mujer deslumbrante de cincuenta y un años, de complexión esbelta y siempre impecable, y atraía a muchas personas gracias a sus ojos.
Sus iris color ámbar reflejaban los mechones cobrizos de su cabello.
Aquellos ojos tristes y expresivos hacían que todos se preguntaran qué trágica historia se escondía tras ellos, hasta el punto de que un antiguo amante había compuesto un largo y profundo poema en su honor.
Pero aquel martes por la mañana, los ojos de Norma simplemente se habían desvanecido y en su lugar habían quedado dos espeluznantes pozos de obsidiana líquida.
Aquellos ojos negros reflejaban un abismo oscuro y habían dejado a Norma con una expresión monstruosa.
Sus largas pestañas, que se rizaba cada mañana, se habían convertido en unos exagerados párpados blancos que enmarcaban dos inquietantes globos oculares.
Su rutina diaria siempre había sido la misma, y ese día no fue una excepción.
Sonó la alarma, Norma dio un sorbo al vaso de agua que tenía sobre la mesita de noche, susurró en silencio una oración y se dirigió al baño.
Cuando se puso en pie para lavarse las manos, vio su reflejo en el espejo del botiquín y se quedó muda.
Las rodillas le fallaron, pero logró agarrarse al borde del lavabo de porcelana fría.
Se obligó a ponerse en pie, con todo el cuerpo temblando.
Norma respiró hondo y murmuró para sí:
—Cálmate. Cálmate.
Ya no había vuelta atrás. El destino de Norma había quedado sellado hacía mucho, aquel día lúgubre en que se le acercó Doña Mercedes.
Aunque los ojos de Norma eran negros, aquel cambio repentino solo había aumentado su visión.
Norma podía ver todo con tanta intensidad que al principio le resultaba doloroso.
Al regresar a su dormitorio, sus oscuros ojos captaron los colores de un modo más vibrante.
Los rojos eran más profundos, los verdes más intensos.
Corrió a la cocina y sacó una naranja magullada de un cuenco de madera.
Norma podía ver el interior de la pulpa, recorrer cada vesícula de jugo, asomarse a los saquitos de aceite de la piel de la naranja como si entrara en un mundo inmenso.
Tiró la fruta y se apoyó contra la pared para evitar derrumbarse.
Las fotos enmarcadas parecían hablarle, transmitiéndole las conversaciones que una vez mantuvo con sus seres queridos, desaparecidos hacía mucho.
Podía oír cómo las olas del océano rompían contra las rocas de Mar Chiquita.
Olores a barbacoa y sudor. Voces familiares que reían.
Los recuerdos le resultaban insoportables bajo esa nueva y maldita visión.
Se rio de forma histérica, aferrándose al rosario que tanto amaba su padre.
Estaba horrorizada, pero decidida a seguir adelante según lo planeado.
Antes de salir para abordar su vuelo, localizó las enormes gafas de sol de diseño que había encargado hacía años.
Cuando Norma llegó al aeropuerto de La Guardia, no llevaba equipaje, solo el rosario, la vieja carpeta de manila cuidadosamente guardada en su bolso y la ropa que llevaba puesta.
Se decidió por una blusa blanca con pantalones de lino a juego, un tejido transpirable para soportar el calor.
El agente de la TSA, un joven afroamericano, le pidió a Norma que se quitara las gafas de sol y mirara fijamente a la pantalla para la foto.
El agente solo pensaba en que ya se acercaba su descanso y en cómo le había sonreído su mujer cuando la noche anterior le susurró ciertas cosas.
Echó un vistazo a la foto de Norma y la comparó con su documento de identidad, pero no se fijó en sus ojos de búho.
Lo único que vio fue a una hermosa mujer mayor que coincidía perfectamente con el documento que había presentado.
—Que tenga un buen vuelo —dijo.
Norma le dio las gracias, volvió a ponerse las gafas de sol para ocultar su antinatural aspecto y atravesó el control de seguridad de la TSA hacia la puerta de embarque.
En el barrio de Southwark, Filadelfia, una mujer cinco años más joven que Norma sacó las piernas de la cama y se dio cuenta de que le faltaban los pies.
Claudia necesitaba tres alarmas para despertarse.
Las dos primeras siempre las ignoraba, pulsando el botón de repetición.
La tercera alarma del teléfono era su última oportunidad.
Cuando el ruido la despertó sobresaltada, Claudia reaccionó como siempre.
Saltó de la cama presa del pánico, solo que esta vez sus inexistentes pies no estaban allí para sostenerla.
Claudia cayó al suelo y gritó. Se agarró las rodillas, gimiendo porque sus pies se habían convertido en pezuñas.
—¡No, no, no! —exclamó Claudia—. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
Las pezuñas eran del mismo color que el bolso de cuero desgastado que ella tenía desde hacía mucho: una albarda de los años setenta que había pertenecido a su madre.
En la foto que había junto a la mesita de noche de Claudia, se veía a su madre sosteniendo el bolso con forma de media luna: con una mano agarraba con fuerza la correa sobre el hombro contra su cuerpo, mientras que con la otra sostenía una pancarta de protesta.
Para conservar la reliquia familiar, Claudia llevaba el bolso de cuando en cuando a la peletería local para que se lo lustraran y repararan.
El preciado accesorio de su madre le había servido a Claudia durante muchos años, pero ahora yacía en una estantería del abarrotado estudio, expuesto como una posesión muy preciada.
Transcurrió el tiempo y Claudia seguía en el suelo, lamentando su transformación y maldiciendo el nombre de la anciana.
Había sido doña Mercedes quien le había dicho cómo sería su futuro, quien le susurró en el funeral: «Cuando llegue el día, tu cuerpo se transformará y volarás de vuelta a casa».
Claudia estaba demasiado sumida en el dolor como para tomarse en serio sus palabras y pensó que la mujer no era más que una extraña, una loca, pero a lo largo de los años, doña Mercedes se le apareció en sueños, repitiendo las mismas palabras.
Sonó el teléfono y Claudia supo de inmediato que era su compañera de trabajo que la llamaba para ver cómo estaba, preocupada por su tardanza. Se arrastró hasta la mesita de noche, reacia a usar sus nuevas extremidades, y buscó el teléfono que sonaba.
—Siento no haber llamado antes —dijo Claudia, tratando de parecer tranquila—. No me encuentro bien. Me he hecho la prueba del covid… Sí, estaré de baja al menos una semana. Siento las molestias.
Claudia nunca había mentido en el trabajo. El puesto en la universidad era demasiado importante para ella, pero no tenía otra opción. Apretó los ojos con fuerza y se preparó para levantarse sobre sus nuevos y extraños pies.
Sus nuevas piernas la hacían más alta. Ya no medía metro y medio, sino que se alzaba imponente en la habitación.
Las lágrimas le resbalaban por la cara, pero al menos esa parte del cuerpo animal le daba una estatura que nunca había tenido antes.
Claudia siempre había sido un poco vanidosa.
Las horas de pilates le garantizaban que su voluptuoso cuerpo se mantuviera impecable, con unas piernas fuertes gracias a las carreras nocturnas diarias.
Se plantó frente al espejo de cuerpo entero.
Cuanto más se miraba, más se forjaba la nueva silueta en su mente.
Se recogió su largo cabello negro en una coleta alta y luego se inclinó para sentir la dureza de la pezuña, deslizando los dedos hasta la dura planta.
Durante todo ese tiempo, fue en aumento su desesperación.
El ruido de cascos que Claudia hacía en el suelo le recordó una época en la que iba a lomos de un caballo al galope.
Recordó cómo cabalgaba sentada delante de su madre y cómo sus risas se unían a la cálida brisa.
Por aquel entonces, Claudia no comprendía lo fugaz que sería aquel día en Río Grande con su madre.
Un fuerte viento azotaba la ciudad. Una inminente tormenta de nieve parecía decidida a abalanzarse en cualquier momento, pero lo único que Claudia podía hacer era gemir.
Había pensado que tal vez el presagio pasaría de largo.
Nunca le habían dicho la fecha en que ocurriría ese maldito momento.
Claudia había pensado que tal vez sobreviviría a él.
Se secó las lágrimas con rabia y fue en busca del vestido largo y recatado color blanco que tenía escondido al fondo del armario. Era un diseño largo hasta los pies, pensado para cubrir las piernas, y lo había comprado hacía años pensando precisamente en esa terrible ocasión.
Ya vestida y lista, Claudia pidió un taxi para que la llevara al aeropuerto.
En la soleada Ybor City, Florida, Willie ni se molestó en quitarse su mugrienta ropa de trabajo blanca y se dejó caer a plomo sobre la cama de matrimonio, con tanta fuerza que la sábana bajera se soltó, y se quedó roncando sobre el viejo colchón.
Aquel hombre de cincuenta y cuatro años había trabajado en el turno de noche en la fábrica y tenía todo el cuerpo dolorido de levantar pesados paquetes.
Un trabajo sin apenas ventajas, ganaba lo suficiente para pagar la habitación que alquilaba, donde compartía baño con otros cuatro hombres.
El centro de reinserción era temporal. Y tampoco era que ese fuera el primer centro de reinserción en el que había vivido Willie.
Habían sido demasiados para contarlos, pero al menos lo seguía intentando.
Aun así, el responsable del centro le recordaba constantemente que se le estaban acabando las oportunidades.