14. El Jíbaro de Puerto Rico #5
Tengo los ojos cerrados y el rostro bañado en lágrimas.
Yo también lo veo. Miro mi vestido blanco y una sacudida me recorre el cuerpo.
Hay un agujero en el centro de mi pecho del que brota la sangre.
Me doy la vuelta para buscar a Mami, pero está boca arriba, con los ojos abiertos hacia el cielo, su boca se abre y cierra como la de un pez que se ahoga.
Le sangra el cuello. Llamo a Papi a gritos y veo cómo un soldado le golpea en el costado de la cabeza con la culata del rifle. Papi cae de rodillas.
—¡Por favor, no! —suplica Papi, a gritos, con las manos juntas en señal de oración.
El soldado presiona el cañón de su arma contra la frente de Papi y aprieta el gatillo.
La parte posterior de la cabeza de Papi estalla.
Su cuerpo se desploma sobre el suelo. Los fragmentos de su cráneo y lo que había en su interior, coágulos rosados y ensangrentados, salpican a las víctimas que yacen en el suelo tras él. Muchas ni siquiera se mueven.
—¡Abuelo! —grito. Y siento que tropiezo hacia atrás, que caigo sobre Mami.
Alzo la cabeza y grito una y otra vez llamando al Abuelo.
Lo sujeta un grupo de gente. Le cruzan los brazos sobre el pecho.
Otras personas de nuestra procesión le tiran de los hombros y los brazos, tratando de alejarlo de la escena, de alejarlo de mí.
Se oyen gritos, alaridos, llantos. Oigo el ruido de las ametralladoras y el tintineo metálico de las balas al caer.
El Abuelo sigue gritando que lo dejen pasar.
Tiene los ojos desorbitados y una mirada salvaje.
Tiene la cara manchada de sangre. Consigue liberar un brazo y lo extiende hacia mí.
Se alza una nube de polvo. Las madres abrazan a sus hijos. Alguien grita pidiendo ayuda. Otra persona deja de gritar para siempre. Consigo levantar un brazo y lo busco con la mano.
—¡Abuelo! —grito muy fuerte, más fuerte que ningún canto o trino de pájaro que haya oído nunca—. ¡Abuelo!
Lo oigo por encima del estruendo de los disparos y el alboroto de los pies.
Me llama por mi nombre, una y otra vez.
—¡Victoria! ¡Esa es mi Victoria!
El mundo está casi en silencio, salvo por el silbido de las balas y la voz del Abuelo que me llama.
Cierro los ojos.
Tres golpes.
—Victoria, despierta.
Los abro.
—Sí, Abuelo.
Estamos todos sentados alrededor de la mesa blanca. La señora Rosario, Jonathan, mi Abuelo y yo. Miro hacia abajo, llevo mi vestido blanco. Es bonito y está limpio.
—Victoria —dice el Abuelo—. La señora Rosario coincide conmigo en que, después de ver lo que ha visto, cree que Jonathan también es un médium, como yo. Ahora cree que los vivos pueden hablar con los muertos, y quiere darte las gracias por ayudarle a comprender.
La señora Rosario solloza en silencio sobre el hombro de Jonathan. Él le da palmaditas en la espalda y le dice en voz baja:
—Estoy bien, mami.
No sé qué decir. Estoy muy confundida.
Siento que Jonathan extiende su mano y encuentra la mía. Me la aprieta, y es una sensación que parece no estar aquí, sino muy lejos.
—Puedes venir a verme cuando quieras, Victoria —dice Jonathan.
Abro la boca para decir algo, pero luego me vuelvo hacia el Abuelo.
—Pero ¿por qué tendría que ir a visitar a Jonathan?
Mi Abuelo sonríe.
—Me estoy muriendo, Victoria. Tengo setenta y siete años.
Estamos en 1950. Tú moriste en 1937 en la Masacre de Ponce, junto a tu madre y a mi hijo, tu padre.
Desde ese día has estado conmigo como un fantasma, y fue allí donde te encontré de nuevo, rezando bajo el sol abrasador, trabajando en Pellejas.
Fue entonces cuando descubrí que yo también soy médium.
No sé cómo es el mundo de los espíritus, y te prometo que cuando muera haré todo lo que pueda para encontrarte allí, junto a tu Mami y tu Papi, pero solo quiero que sepas que también tienes otro amigo aquí en esta casa, en Jonathan.
Le gusta el trabajo de los jíbaros. Quiere vivir aquí, en estas montañas, eso me ha dicho la señora Rosario.
Va a ir a la universidad en Ponce a estudiar Agronomía.
Cuando yo muera, la señora Rosario se quedará con esta tierra y acá construirá una casa para Jonathan.
Así que, cuando ya no esté, si quieres volver aquí y no me encuentras, al menos tendrás a alguien con quien hablar.
Me encuentro apretando la mano de Jonathan, a través de esta gran distancia, y me alegro de haber conocido a un amigo.
Una quietud se apodera de mí. No es miedo. No del todo. Solo el comienzo de la comprensión, como el silencio que sigue al último repique de una campana de iglesia. Miro mis manos, firmes y pálidas. Miro al Abuelo.
—Morí —susurro, aunque hay tanto silencio que ni siquiera sé si lo dije en voz alta—. ¿Por qué tuvieron que matarme, que matarnos?
El Abuelo llora un poco más.
—¿Y el resto de cosas que me has contado hoy —pregunto a mi Abuelo—, todo eso sobre don Pedro, la bandera, todo lo que pretenden eliminar? Y las cosas que he visto. —Me vuelvo hacia Jonathan—. Lo que hemos visto juntos, ¿qué hay de los barcos?
—Ninguno de nosotros olvida, Victoria. La gente cree que estar muerto significa estar perdido, olvidado.
La gente cree que los muertos no pueden contar historias, pero sí pueden.
Tú puedes. Y también otras personas. Como El Gigante Dormido, como tú, como todos los que han muerto aquí, no se han ido.
No del todo. Siguen aquí con nosotros. Puede que estén durmiendo, como nuestro gigante allá en el horizonte, pero un día despertarán y recordaremos todo.