14. El Jíbaro de Puerto Rico #4
La señora Rosario esboza una sonrisa forzada y deja la taza de café sobre la mesa de golpe. El líquido salpica la superficie de la encimera. El Abuelo se apresura a limpiar el estropicio y le dice que no se preocupe en absoluto.
—Gracias —dice ella—, y gracias también por esas historias populares tan aterradoras —añade, pero sus palabras van dirigidas únicamente al Abuelo. Es entonces cuando de verdad percibo miedo en sus ojos.
Sé que se les llama historias populares, pero muchas son historias reales que se han transmitido de generación en generación sobre cosas que la gente ha visto y oído.
Han ocurrido cosas horribles en esta isla, y las recordamos.
A veces las llamamos leyendas o mitos, pero quizás sería mejor describirlas simplemente como historias verdaderas.
Algunas las leí en libros. Otras me las contó Mami, Papi o el Abuelo, y algunas no recuerdo de dónde las saqué; es como si me las hubiera susurrado el viento.
Me vuelvo a sentar junto a Jonathan. Él pone una mano sobre la mía, pero no la noto. Estoy muy nerviosa de conocerlo a él y a su madre, y de las preguntas que me puedan hacer.
Oigo un soplo de viento y el susurro de las hojas de las palmeras. Veo que el Abuelo y la señora Rosario terminan su café. El espacio es tan pequeño que los oigo con claridad, hablando de poesía y libros.
Jonathan señala con la mirada la mesa blanca que hemos puesto en medio del salón para la misa.
—¿Da miedo?
—No —miro la mesa y las sillas—. Es así.
El Abuelo y la señora Rosario cambian de tema. Ella le cuenta que está preocupada por su hijo, por las cosas que ve mientras duerme y también por las que ve a veces cuando está despierto.
—Va a estar bien —le dice el Abuelo, y a continuación alza la voz para que todos podamos oírlo—. Es la hora.
El Abuelo se levanta y se dirige hacia la mesa blanca.
Me siento a su derecha. La señora Rosario se sienta a su izquierda, y Jonathan se sienta frente al Abuelo.
La señora Rosario nos mira a cada uno de nosotros. Se muerde el labio inferior.
—Soy católica —dice.
—Yo también —sonríe el Abuelo y eso parece tranquilizar un poco a la señora Rosario. Se inclina y besa a su hijo en la mejilla.
—Gracias. Estamos listos —dice la señora Rosario.
El Abuelo levanta la mano derecha hacia la mesa y da tres golpecitos.
—Victoria, despierta.
—Estoy lista —digo.
El Abuelo junta las manos en señal de oración, inclina la cabeza, y comienza la misa.
Primero, empieza recitando varias oraciones y pasajes de las Escrituras que se sabe de memoria: el padrenuestro, el Salmo 91.
—… en todos tus caminos; te sostendrán en sus manos… —dice el Abuelo.
Jonathan trata de no reírse. Le piso el pie y los dos nos reímos. El Abuelo abre los ojos, me guiña un ojo y prosigue.
Cuando el Abuelo termina sus oraciones, es cuando empieza mi parte favorita de la misa. Empieza a dar palmas con un ritmo lento y constante. Mantiene los ojos cerrados y abre la boca.
Creía que me sabía todas las canciones populares que cantaba el Abuelo, pero esta nunca la había oído. El Abuelo canta la historia del Gigante Dormido y cómo surgió:
La leyenda relata que hace mucho
había gente que deseaba apropiarse de esta tierra.
Porque es fértil, verde,
y exuberante y hermosa.
Aquí crecía el café, y también la caña,
la papaya, el mango, el aguacate y mucho más.
La gente sabía que en esta tierra
vivía un poderoso gigante.
Cuya cabeza se alzaba sobre
las cimas de las montañas, hacia el cielo.
Sus brazos, cuando los extendía
cubrían toda la cordillera.
Una bruja tuvo una visión sobre cómo matarlo
atacándolo en el ojo derecho.
Un día, la bruja subió a la montaña
apuntó con una flecha envenenada y alcanzó al gigante.
El gigante cayó de espaldas, herido por la flecha en su ojo derecho
y mientras yacía boca arriba, golpeaba el suelo.
Abrió allí un agujero en la tierra
y de él brotó el agua y surgieron cascadas.
El gigante, lleno de miedo y dolor,
permaneció en esa posición
y allí sigue. Vemos su silueta
pero sabemos que no está muerto, solo duerme.
Cuando el Abuelo abre los ojos, le desaparecen las pupilas y quedan reemplazadas por dos esferas blancas y lechosas que brillan como canicas bajo la luz, sin vida y mirándonos fijamente. A la señora Rosario se le escapa un jadeo ahogado de la garganta antes de convertirse en un grito.
Da un paso atrás tambaleándose, tirando la silla al suelo con un ruido seco, agitando las manos para mantener el equilibrio como si el aire mismo pudiera sostenerla.
—Por favor —le digo—. Quédese sentada. Aquí, en la misa, todos estamos a salvo.
—¿Qué ves, Jonathan? —pregunta el Abuelo.
Cuando me vuelvo hacia Jonathan, él tampoco tiene pupilas, solo dos ojos blancos lechosos.
—¡Jonathan! —grita la señora Rosario acercándose a su cara.
—¡No! Por favor, no lo toque —insisto de nuevo—. Aquí, en la misa, todos estamos a salvo.
La señora Rosario respira con dificultad. Le suben y bajan los hombros. Le tiembla la barbilla.
—Se lo prometo —digo—. Aquí nadie nos hará daño.
—¿Dónde está?
—Está de paso por el otro lado. En un lugar intermedio. No está lejos. Simplemente mira desde allí.
El cuerpo de Jonathan está rígido. Sus labios se mueven lentamente, habla como si soñara.
—¿Qué ves, Jonathan? —le pregunto.
—Veo… barcos que navegan hacia tierra firme. Hombres con armaduras. Espadas. Hay gente en la playa. Esta es la tierra en la que han nacido.
Me inclino ligeramente, con voz suave.
—¿Qué pasa luego?
—Está oscuro. No veo nada. Oigo golpes de cincel. Llantos. Sollozos. Lamentos. Estamos en una cueva. Trabajando en una mina.
Miro a su madre. Tiene las manos entrelazadas y susurra oraciones en voz baja.
—¿Qué pasa luego? —pregunto de nuevo, pero con más cuidado, preparándome para lo que venga.
—Está oscuro. Es de noche. Hay una hoguera.
Veo cuerpos desnudos, apilados. Hay montones de ellos.
Cientos. Miles. A algunos los arrojan al mar.
Oigo el salpicar. Los hombres de armadura también arrojan cuerpos al fuego, pero algunas personas aún se mueven, a muchas les faltan brazos o piernas.
Están cubiertas de sangre. Hay muchos gritos. Los gritos proceden del fuego.
Mi voz es apenas un susurro.
—¿Y luego?
Jonathan tiembla. Aprieta los puños.
—Hay gente escondida en las cuevas. Mujeres.
Muchas mujeres. También hay bebés. Una mujer lleva a un bebé acurrucado contra su pecho.
Llegan los hombres de armadura. Ella sale disparada de la cueva.
Corre. La persiguen. Se abren paso entre las palmeras, cruzan arroyos.
La alcanzan. Ella está de pie en la cima de una montaña.
Mira hacia abajo y ve las olas rompiendo.
Les grita que prefiere esa muerte y salta.
Su madre jadea. Las lágrimas le caen por las mejillas. Me contengo para no estirar la mano hacia él. Mi mano se queda suspendida en el espacio que nos separa.
—¿Y luego? —pregunto, con una voz apenas por encima de un susurro.
—Más barcos —dice Jonathan—. Pero estos son distintos. No van tripulados por hombres con armadura. Están llenos de gente. Llevan cadenas en las manos, los pies y el cuello. Están todos encadenados entre sí. Son muchísimos. Los alinean en la playa. Están cubiertos de sudor. Hay sangre. Vómitos.
Tomo aire.
—¿Y luego? —pregunto en voz baja, tratando de no romper el hilo que lo mantiene ahí.
—La gente trabaja en los campos. Café. Caña de azúcar. Bajo el sol. Hace calor. Hace muchísimo calor. Se les quema la piel, les salen ampollas con el calor. Tienen cicatrices y cortes que sangran y están llenos de pus. Les gritan que se muevan más rápido. Uno de ellos se desmaya. Nadie lo ayuda.
Su madre gime, tapándose la boca, meciéndose.
Mantengo la voz firme, pero me puede la urgencia.
—¿Y luego?
—Otros hombres. Visten de verde. Soldados. Son soldados estadounidenses. Están en un barco. Desembarcan en una playa.
Insisto de nuevo, ahora con más firmeza.
—¿Y luego?
—Hay un desfile… no, una marcha, en la ciudad. Ponce. Sé que es Ponce. He ido allí con el colegio. La gente se reúne frente a un edificio, y veo… eres tú, Victoria. Te veo. Estás allí.
Siento que me tiemblan las manos. Jonathan continúa.
—Es Domingo de Ramos. Algunas personas llevan palmas en las manos y carteles que dicen Patria .
Otras llevan banderas puertorriqueñas. Hay mujeres, hombres, niños, bebés, jóvenes, ancianos.
Todo el mundo. Hay muchísima gente en la procesión.
Todos van muy bien vestidos. Con ropa de domingo.
Los soldados se agrupan en formación frente a ellos.
Soldados estadounidenses. Llevan ametralladoras.
Apuntan hacia la procesión pacífica. Los soldados estadounidenses empiezan a disparar contra la multitud.
Se oyen gritos. Muchos gritos. La gente corre.
Algunos caen, tropiezan unos con otros. Se forma un charco de sangre alrededor.
La sangre inunda las calles. Es la Masacre de Ponce.
Me levanto y grito, pateando el suelo con el pie derecho. Tiembla la casa. Tiembla la mesa. Tiembla el mundo.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!
Oigo tres golpes y la voz del Abuelo.
—Victoria, despierta.