14. El Jíbaro de Puerto Rico #2
—Abuelo —digo, de pie en el pasillo a oscuras, frotándome los ojos.
La casita es pequeña y puedo ver directamente parte del salón que da a la cocina. Me muevo despacio, confundida, sin saber muy bien qué hora es exactamente.
Lo encuentro frente a la cocina. Lleva pantalones negros y una camisa guayabera blanca y limpia. Los mechones de pelo gris aún están un poco húmedos, pero bien peinados y limpios.
Debe de haberse bañado en la tina de metal de fuera con agua de lluvia mientras la noche cubría por completo la montaña.
No iba vestido para ir hoy a Pellejas.
El Abuelo no se da la vuelta. Sigue removiendo el café que hierve en la cocina, cuyo aroma a tostado inunda la estancia.
—Hoy es la última misa, Victoria —dice, con un tono entre serio y triste.
Me quedo en silencio, sin saber qué decir.
Mira por encima del hombro y esboza su habitual sonrisa cálida, y siento una sensación de alivio, incluso considerando la impactante noticia que acaba de compartir.
—Qué guapa estás hoy —dice.
Bajo la mirada y admiro mi vestido blanco que me llega más allá de las rodillas, mis calcetines y zapatos blancos. Me río para mis adentros.
—Parece que me he vestido para Pascua.
De repente, se detiene el sonido de la cuchara de metal al remover el café en la olla de metal. Los hombros del Abuelo se sacuden una vez, como si se hubiera sobresaltado por un fuerte estruendo. Se vuelve de nuevo. Tiene los ojos muy abiertos.
—No, no es Pascua. Es Domingo de Ramos.
—Domingo de Ramos —repito mirándome las manos—. ¿No se supone que tenemos que ir a la…?
—Victoria… —me llama de nuevo el Abuelo, haciéndome perder el hilo—. Los invitados están en camino.
Claro. Los invitados. Para la misa. La última misa.
—¿A qué hora llegan? —pregunto.
—Deberían llegar cuando salga el sol.
Las gallinas cacarean fuera, muy charlatanas. Un perro ladra en la distancia, seguido de otro.
—¿De dónde son? —pregunto.
—De San Juan —dice apagando el fogón y sin dejar de remover.
San Juan. La ciudad. Me siento un poco cohibida.
Mi vestido es bonito, sí, pero quizás no lo suficiente para San Juan.
Me imagino que la gente que vive en San Juan viste muy a la moda, al estilo estadounidense.
Me descubro examinando nuestras paredes, de madera desnuda con fotos que el Abuelo había tomado en el estudio fotográfico de Ponce por un dólar.
Pinturas que ha hecho él mismo, acuarelas de la cueva de Camuy, de frutas como las quenepas, o de pájaros como los loros verdes que volaban en picado de rama en rama.
Las láminas eran de cosas que le habían gustado, recortes de la revista Time con fotos de la isla o artículos sobre don Pedro, el presidente del Partido Nacionalista y el primer puertorriqueño en estudiar en la Facultad de Derecho de Harvard.
El Abuelo estaba muy orgulloso de poder llamar «amigo» a don Pedro.
Había muchas más fotos, recortes y pinturas en la pared.
Nuestra casita es pequeña, sí, pero muy limpia.
Las paredes son de madera con techo de chapa.
Mantengo el exterior bien cuidado y en buen estado y a los animales felices, pero no se parece en nada a las majestuosas casas de San Juan.
Esas casas de la ciudad principal están construidas en piedra, con balcones de hierro forjado.
En el interior tienen patios y jardines con grandes fuentes de agua y buganvillas de un púrpura brillante que trepan por las paredes.
El Abuelo sostiene un colador sobre su taza de café y vierte con cuidado el líquido oscuro de la cafetera de metal a través de él en su taza, mientras los posos de café quedan atrapados en la malla.
—La madre se llama señora Camila Rosario. Es poeta y profesora. La señora Rosario da clases en la Universidad de Puerto Rico. La misa es por su hijo, Jonathan. Es solo unos años mayor que tú.
Nunca he conocido a una poeta, y mucho menos a una profesora, y pensar que hay una mujer que es ambas cosas. Aunque me da un poco de vergüenza conocerlos, sigo estando muy emocionada.
—Deben de ser muy ricos —me oigo decir.
El Abuelo da un sorbo de café y luego sonríe para sus adentros, feliz con su obra. A continuación, suspira.
—Ser rico no significa tener dinero o poseer cosas, Victoria. Puedes ser millonario y no tener realmente nada. Mi madre solía decir: «Aquí arriba vivimos mejor que todos los ricos del mundo».
—¿Por qué?
—Porque somos felices, a pesar de todo. Siempre encontramos algo que nos ayuda a sobrellevar el día, algo por lo que estar agradecidos.
El Abuelo tiene razón. Yo le estoy agradecida a él. Estoy agradecida a las gallinas y las cabras y la música que hacen los grillos por la noche. Estoy agradecida a la montaña.
—Te harán muchas preguntas.
¿A mí? Estoy confundida. No es así como funciona la misa. Normalmente, las preguntas son para otras personas.
—¿Qué quieren preguntarme?
—El hijo, Jonathan, ha estado teniendo pesadillas.
El Abuelo deja el café y se dirige arrastrando los pies hacia una pequeña habitación en la que yo no entré.
Deja la puerta abierta y aparece tras unos instantes cargando con una mesita, que procede a colocar en medio del salón.
Nada de todo esto se parece en absoluto a las misas que hemos tenido hasta ahora.
—No lo entiendo —digo desde el salón.
El Abuelo vuelve a la habitación y sale con dos sillas, que coloca en los extremos opuestos de la mesa, antes de volver a por las dos últimas sillas, que coloca en los extremos restantes de la mesa.
Bajo un brazo lleva un mantel blanco doblado.
Lo despliega y lo alisa sobre la superficie de la mesa.
Es de un blanco tan brillante que casi resplandece contra toda esta madera.
Luego vuelve a la habitación una vez más y cierra la puerta.
El Abuelo se dirige a la puerta principal y la abre a la espera de nuestros invitados.
La casa es tan pequeña que puedo ver el exterior desde donde estoy parada.
Respira hondo y luego entra en la cocina, da un sorbo a la taza de café que dejó en la encimera y dice:
—Vas a confirmarle a la señora Rosario lo que Jonathan ve en sus sueños.
Las misas son para que los vivos se comuniquen con los muertos, pienso, y normalmente no tienen nada que ver con los sueños.
—¿Es eso lo que hace que sea la última misa? Porque las misas son para cuando hablamos con los muertos, ¿y en esta misa estamos hablando con los vivos?
—Sí.
Estoy molesta, así que me concentro en la pared que tengo delante, admirando las fotos.
Hay fotografías del Abuelo con Mami, Papi y conmigo.
Hay una foto del Abuelo y la Abuela en el día de su boda.
Hay una foto del Abuelo, Papi, don Pedro y todos los miembros masculinos de los Cadetes de la República.
En otra foto, estamos Mami y yo con todas las mujeres del Partido Nacionalista de nuestra zona, las Hijas de la República.
En cada una de esas imágenes, estamos de pie frente a un edificio de dos plantas en esquina con un balcón que rodea todo el segundo piso.
Doy un paso adelante, y luego otro. Ese edificio de dos plantas. Lo recuerdo.
Las tablas del suelo crujen detrás de mí. Oigo al Abuelo arrastrar los pies lentamente.
—Esto… —señalo.
—Sí…
Papi consiguió el permiso para el desfile. Estaba muy emocionado. «Vamos a celebrarlo todo el día», me dijo Papi. Más tarde me explicó que el desfile era la conmemoración del sexagésimo cuarto aniversario de la prohibición de la esclavitud en Puerto Rico.
—Eso ya pasó —dijo el Abuelo detrás de mí—. Me refiero a esa celebración.
No recuerdo nada de ese día. Íbamos a reunirnos todos frente a la sede del Partido Nacionalista, ese edificio de dos plantas, y luego la procesión saldría por la calle.
¿Cómo es que ya pasó? Me descubro tratando de evocar ese recuerdo, pero no me viene nada a la mente. Hay un vacío que cubre ese momento.
—¿Pero no hemos vuelto a la sede del Partido Nacionalista desde ese día? —pregunto. Porque eso, al menos, lo habría recordado.
El Abuelo no dice nada.
—¿Cómo le va a don Pedro? —pregunto para romper el silencio.
Me vuelvo hacia el Abuelo y veo que tiene los ojos llorosos. Frunce los labios, se da la vuelta y regresa al mostrador. Bebe de su taza y mira por la ventana.
—Hubo revueltas por toda la isla. Mayagüez. Arecibo. Peñuelas. San Juan. Blanca estuvo al mando del levantamiento en Jayuya. Defendió la ciudad durante tres días. No tardamos en encontrar resistencia. Llamaron a la Guardia Nacional. Mataron a decenas de personas.
Se lleva la mano a la cara y se seca las lágrimas.
El Abuelo sigue hablando, ahora entre sollozos entrecortados.
Cuanto más cuenta, menos puedo creer lo que oigo. Empiezo a sentir un dolor sordo entre las costillas.
—En Untuado se rindieron cuatro nacionalistas.
El más joven tenía diecisiete años. La Guardia Nacional les hizo quitarse los zapatos y cinturones y los obligaron a marchar frente a todo el mundo hasta la comisaría.
Cuando llegaron, recibieron su rendición con una ametralladora. Los asesinaron, Victoria.
Siento que me tambaleo hacia atrás.
—No pueden hacer eso…
Pienso en cómo recitamos el Juramento de Lealtad en la escuela, con la mano sobre el corazón. Libertad y justicia para todos . Yo creía en eso. Quería creer en eso, pero ahora siento que se abre el suelo bajo esas palabras, ya no sé qué es real.
Juro lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América, y a la república que representa, una nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos .
Pienso en cómo cuelga una bandera estadounidense en la entrada de cada una de nuestras aulas. Roja, blanca y azul.
Pienso en cómo nos regañan si hablamos español en el colegio y en cómo todas las clases son en inglés.
Siento frío en la cara. Se me entumecen los brazos y las manos. El sordo dolor en el pecho se intensifica.
—¿Acaso no formamos parte de Estados Unidos? ¿Cómo puede Estados Unidos bombardear sus propias ciudades?
—No creo que nos vean como a sus semejantes, Victoria. Simplemente somos algo que hay que controlar y conservar.