14. El Jíbaro de Puerto Rico
El Jíbaro de Puerto Rico
Cynthia Pelayo
«Cuanto hicimos en las Indias destaca entre las ofensas más imperdonables jamás cometidas contra Dios y la humanidad, y este comercio [de esclavos indígenas] como uno de los más injustos, perversos y crueles entre ellos».
«Los espíritus, como hemos comprobado, son seres como nosotros y constituyen una población que nos rodea por todas partes, aunque nos resulten invisibles en nuestro estado normal; decimos “nuestro estado normal” porque, como veremos, esa invisibilidad no es absoluta».
A LLAN K ARDEC , educador, escritor y traductor francés y fundador del movimiento espiritista, El libro de los médiums , 1861.
«Grande es el imperio al que nos enfrentamos, pero mayor aún es nuestro derecho a ser libres».
P EDRO A LBIZU C AMPOS , expresidente y portavoz del Partido Nacionalista de Puerto Rico.
No hay muerte. No hay principio. No hay fin. Lo único que hay es una continuidad de todos nosotros. Ojalá pudiera describírtelo con claridad. Lo intentaré. Es como si los recuerdos desafiaran nuestra percepción actual y se hace difícil distinguir dónde estoy.
¿Estoy ahora mismo aquí, con el Abuelo o estoy en algún otro lugar completamente distinto?
Hay días y noches y también la nana de las dulces y pequeñas ranas verdes. Coquís. Por la noche, su bonita canción me arrulla hasta dormirme: Co-quííí, co-quííí, co-quííí.
Cuando llueve, se produce un suave silencio mientras las gotas caen sobre la espesa vegetación verde, las orquídeas moradas y los gigantescos helechos que rodean nuestro hogar. Me imagino que las estrellas fugaces del cielo hacen sonidos parecidos a los de nuestra selva tropical.
Grandes palmeras, magnolios y cafetos cubren cada rincón de nuestra tierra, menos la misma cima de la colina en la que vivimos.
Es como un pequeño rincón en lo alto del universo desde el que disfruto brillantes y doradas puestas de sol.
Sé también que, no muy lejos, en cualquier dirección, hay una gran extensión azul, el océano.
Estamos rodeados de una belleza mística.
Creo que nunca estaremos realmente separados de aquellos a los que amamos y del sitio al que llamamos hogar, porque por mucho que cualquiera intente separarnos de nuestra luz renombrándonos, despojándonos, aniquilándonos o deshumanizándonos, no comprenden que somos eternos.
La eternidad es esta isla situada en el ecuador, esa línea imaginaria entre los polos que divide la Tierra entre norte y sur.
Somos ese gran lugar intermedio.
Esta isla es la brisa del océano, el sabor de la sal marina en los labios, la arena cálida bajo los pies, el suave balanceo y la danza de las hojas de las palmeras, el canto de los pájaros. Eso nos recuerda que estamos aquí, que es aquí donde existimos.
El pueblo que nos precedió en esta tierra, los taínos, contaban historias sobre la creación. Afirmaban que el sol surgió de la cueva de Iguanaboina. La luna también.
Esos relatos se arremolinan en mi cabeza, recorren mi mente a toda velocidad como los poderosos vientos de un huracán.
Incluso ese nombre, huracán, juracán , es de origen taíno, los huracanes son conjurados por nuestro espíritu ancestral Guabancex, que controla el clima.
Es ella quien convoca las tormentas cuando se enfada.
Verás, no existe realmente el olvido. Todo permanece aquí.
Las leyendas y los cuentos populares son formas de evitar el olvido.
Son recuerdos en forma de historias. Son oro enterrado en lo más profundo de las minas, a la espera de ser extraído.
A veces, todo lo que necesitamos para recordar quiénes somos es que nos despierten con un susurro, y para lograrlo, lo único necesario es alguien con fe y amor que nos saque de la oscuridad.
Oigo tres golpes y el Abuelo me llama por mi nombre.
—Victoria, despierta.
Abro los ojos y miro fijamente el techo blanco. Afuera, nuestro gallo Cacao canta con fuerza. Una suave luz azul se cuela por las rendijas de la ventana. La llegada del amanecer.
—Abuelo —digo al otro lado de la puerta. Tengo la mente confusa. No estoy segura de qué día de la semana es—. ¿Vas a ir a Pellejas hoy?
Central de Pellejas, el ingenio azucarero donde trabaja el Abuelo.
Por las mañanas suelo despertarme antes que él, me visto y salgo a hurtadillas.
Reúno maíz seco y lo esparzo en el gallinero, doy los buenos días a Beatrice, Yesenia, Xiomara, Lucy y Yarelis.
A esas horas, Diego y Linda —nuestras dos cabras— se han despertado también y me rozan con sus húmedos hocicos las manos, buscando grano.
Les doy a cada una un beso en la cabeza, lleno sus comederos y me siento en el escalón de la entrada de nuestra pequeña casa de madera a esperar a que salga el sol.
Hace mucho, Mami y Papi vivían también aquí, pero ahora solo estamos el Abuelo y yo.
Me gusta la tranquilidad, pero los echo de menos, y empiezo a preocuparme por el Abuelo.
A veces tose hasta bien entrada la noche.
Se está haciendo muy mayor, y me preocupa que trabaje todo el día en el ingenio azucarero, por eso ayudo todo lo que puedo.
Cuando los animales han comido y ha salido el sol, suelo entrar en casa y, casi siempre, me encuentro al Abuelo en la cocina. Allí está, de pie junto a los fogones, preparando café y cantando para sí.
Echo de menos la época, hace ya mucho, en que el Abuelo se sentaba fuera con Mami y Papi en las frescas tardes, junto a sus amigos.
Allí tocaban música jíbara hasta bien entrada la noche.
Se oía el punteo de las cuerdas del cuatro, alegre y melancólico; el rasgueo agudo y rápido del tiple; el traqueteo de las maracas; el chirrido, el roce del güiro; y el golpeo rítmico de los tambores bomba.
Las canciones que cantaban eran muy alegres, y mucha gente del pueblo cercano se reunía también aquí, aplaudiendo al compás y cantando con ellos. Es triste que esa época haya terminado.
Casi todas las mañanas me encontraba al Abuelo con su ropa de siempre, pantalones marrones y una camisa de manga larga abotonada. La ropa que llevaba todo el día en el campo, rematada por su sombrero de pava.
Esta mañana, sin embargo, su sombrero de pava y su machete siguen colgados junto a la puerta.
El Abuelo se pasaba la mayor parte de los días en los campos de caña, con el machete en la mano, cortando y despejando hileras de esos tallos altos, verdes y ondulantes.
La mayoría medía más de tres metros y medio, elevándose por encima de él.
Las hojas, afiladas como cuchillas, le cortaban los nudillos y las manos.
Regresaba a casa con los dedos cubiertos de callos nuevos y los zapatos empapados de barro, pero por muy agotado que estuviera, siempre estaba de buen humor, con una sonrisa cariñosa en el rostro. Siempre me saludaba con alegría:
—¿Cómo estás, mi Victoria querida?
Se aseaba y preparaba la cena. La mayoría de los días comíamos arroz con habichuelas.
A veces comíamos arroz con gandules. En ocasiones especiales nos preparaba mofongo, machacando plátanos verdes y añadiéndoles chicharrones, o bacalaítos, buñuelos de bacalao.
Hacía lo que podía con el dinero que ganaba en el ingenio.
A veces, durante la cena, el Abuelo me contaba historias de fantasmas o cuentos populares que había aprendido de niño.
También me hablaba de cómo eran las cosas hace mucho, de los campos de café y caña que había poseído su familia.
Decía que muchas familias tenían sus propias fincas allí, pero que Estados Unidos no dejaba de cambiar las reglas del juego.
Repetía nombres de leyes que yo no conocía: la Ley Jones, de 1918, y la Operación Bootstrap.
A Estados Unidos, decía, le gustaba poner títulos benévolos a leyes que en realidad solo pretendían hacer más daño a la isla. Era una tiranía envuelta en engaños.
—Somos la colonia más antigua del mundo —dijo un día tras la cena mientras fregaba los platos—.
Después de prepararse su taza de café de la noche, se quedó de pie en la puerta, con el vapor saliendo de la taza de aluminio.
Repasó con la mirada la forma inclinada del Gigante Dormido, una formación montañosa con forma de hombre que duerme.
Fue en ese momento cuando realmente me di cuenta de lo cansado que parecía el Abuelo.
Su rostro, oscurecido por el sol, estaba marcado por profundas arrugas, pero sus ojos, pese a estar cansados y nublados, aún brillaban con mucha sabiduría.
Apuntó con su taza en dirección a la montaña.
—Dicen que Yúcahu, el dios del pueblo taíno, vive en la cima de El Yunque.
Pensé en un dios que viviera en la cima de un pico de selva tropical cubierto de niebla, rodeado de arroyos, ríos y cascadas. Dio un sorbo y luego sacudió la cabeza.
—No hay mucha gente que comprenda lo importante que es el Gigante Dormido en Adjuntas.
Todo el mundo lo conoce. Se lo puede ver desde muchas partes de la isla.
Nosotros lo vemos. Está ahí. Algunas leyendas afirman que está muerto, pero yo no lo creo.
Creo que está dormido y que algún día despertará.
Yo abro la boca para decir algo, pero me doy cuenta de que es la bruma de un recuerdo.
Oigo al Abuelo llamar de nuevo.
Tres golpes.
—Victoria, despierta.
Vuelvo a quedarme dormida, sumida en mis pensamientos, en el trabajo de mi Abuelo.
Había algo misterioso en ese trabajo metódico, aunque brutal, que realizó durante años.
En mi opinión, ese era el lugar donde él encontraba algo de paz.
Quizás fuera en ese movimiento rítmico y preciso de blandir repetidamente el machete, podando hojas y clasificando los tallos de caña de azúcar por tamaño.
Me imagino que debía de ser como un estado de trance hipnótico.
El Abuelo me contó una vez cómo se hablaba a sí mismo allí fuera, en susurros bajos, bajo el zumbido de los insectos, con la piel oscurecida por el sol y el sudor.
Me contó que hablaba con mi mami, mi papi y conmigo allí fuera.