13. La revolución de los tejados de Selly Avilés #4
—Con historias —exclama Barnabas Hodge, finalizando su discurso—, podemos ir a cualquier parte, hacer cualquier cosa. No solo cambiar el mundo, sino crearlo de nuevo, ¿verdad? —Se vuelve hacia mí y me lanza un guiño afable—. Así que empecemos.
Ovación de pie.
OMAR SOLOMON: ¿Qué te parece esto? Esos cabrones del museo preferirían tenerme escondido en una cuba sucia antes que suelto por ahí causando más problemas, y se han asegurado de controlar a fondo cualquier cosa que me ayude a recuperarme.
OMAR SOLOMON: Por decirlo así.
Barnabas Hodge. Tiene que ser él. Omar Solomon me envió aquí para ayudarlo a salir de una situación difícil.
Seguramente el museo también lo esté reteniendo contra su voluntad de alguna manera, y cuando los dos se reencuentren, ¡se desatará el caos de verdad!
Eso explica el guiño y el codazo: el viejo equipo rebelde vuelve al ataque, y yo puedo desempeñar un pequeño papel para que eso ocurra.
Un sueño hecho realidad. Lo único que tengo que hacer es acompañar al viejo Barnabas hasta la puerta y alejarme.
Los aplausos aún no han cesado cuando él se acerca cojeando hacia mí.
Los perros lo reciben con entusiasmo. No sé qué pensar de esta gente del museo, teniendo en cuenta lo que me acaban de contar.
Parecen genuinamente emocionados y entusiastas.
Laina Faxwell cuenta algunos chistes más sin mucha gracia.
Lo siguiente será arrastrarme hasta allí, estoy segura. No tengo mucho tiempo.
Sostengo con firmeza el brazo de Barnabas Hodge con mi mano.
—Vamos, señor Hodge —susurro—. Lo acompaño a la salida.
Me mira con el ceño fruncido, discretamente horrorizado.
—¿Qué, de vuelta al ascensor, querida? ¿Por qué íbamos a hacer eso?
—Solomon me envió aquí para ayudar a un viejo amigo a salir de una situación complicada —susurro—. Y eso es lo que voy a hacer.
—Ridículo —insiste Hodge—. Solomon y yo éramos compañeros y siempre lo seremos, pero ¿amigos? No creo. Es demasiado libre para mi mundo, el sinvergüenza.
Y tras eso, se sienta definitivamente.
—… a quien no necesita presentación —concluye Laina Faxwell—. ¡Selly Dianamaría Avilés!
Me pongo de pie, recibo los aplausos. Trato de calmar mis manos temblorosas sin conseguirlo. Doy unos pasos vacilantes hacia el podio y solo entonces me doy cuenta de que sigo agarrando con fuerza las cinco correas con mi mano izquierda.
Frente a mí, un centenar de ojos expectantes, incluso hambrientos.
Sé lo que quieren: esa cosa nebulosa e imposible llamada discurso . Más aún, sé lo que quieren de mí. Puedo verlo en sus ojos abiertos y ansiosos, en sus bocas ligeramente entreabiertas, brillantes por el destello de la saliva y las expectativas.
Quieren que sangre. Ven mis botas militares, mis leggings y mi falda de colores, mi abrigo acolchado, los enormes auriculares colgados del cuello, estos piercings , y en cada detalle, ven algún trauma que devorar.
Todo un festín de conflictos, disfunciones y sistemas que fallan, un arco que se eleva artísticamente por encima de todo para unirme a sus filas y hacer que todos se sientan un poco mejor consigo mismos.
Claramente, hay guardianes aquí. Gente que podría hundirme o hacerme triunfar. Tienen esa mirada, sin embargo, de que si les ofrezco un dedo, me devorarán hasta el último bocado y se desharán en elogios sobre lo sabroso que era mientras yo me quedo allí, en los huesos.
Y para ser honesta: tengo el discurso en la recámara y listo para soltarlo cuando quiera.
Lo he ensayado diez mil veces durante mis paseos, frente al espejo, ante los perros en la playa.
He hilado las ideas, he repasado los movimientos, he organizado todo en una estructura de tres partes que culmina con un conmovedor y contundente regreso al inicio.
Digo unos cuantos gracias aquí y allá para ganar algo de tiempo.
Mi madre me enseñó a contar historias. Y sigue haciéndolo, todos los días.
Lo hizo con aquel viaje a Matanzas y la gente que conoció en el camino, o el día que vio aquel cadáver en la calle, o los trucos que le enseñó a su primer perro.
Y yo estaba allí, a su lado, viendo cómo sucedía todo, y salté junto a ella y corrí hacia el muerto con el polvo alzándose sobre mis zapatos de los domingos, el aire zumbando en los oídos mientras mi mundo explotaba junto al suyo y todo se desmoronaba por primera vez.
También estaba a su lado cuando empezó a recomponerlo todo con las manos temblorosas, acompañada de otras diez mil personas, diez mil cometas de dragón en el cielo, y fueron las historias las que lo lograron, las que rehicieron el mundo tras tanta muerte.
Pero no digo nada de eso. Habría sido un bonito discurso, por supuesto, pero no para estas fauces espeluznantes y devoradoras.
Suelto un chiste para ganar tiempo, pero uno bueno, para variar, que provoca una carcajada real, no una de cortesía.
Y entonces alzo la vista y mis ojos se clavan en el trasero gigante de ese dragón justo frente a mí. Es enorme, todo el bicho es enorme.
Un viejo amigo, sin duda. Los dragones custodian tesoros; llevan consigo la sabiduría del mundo.
Una mano cálida me rodea el antebrazo; las colas me dan golpecitos en la pierna. Barnabas Hodge me sonríe.
—¿Lo ves?
El espacio entre las alas del dragón es amplio, hay incluso una silla de montar allí, esperando.
Solo tenemos que llegar hasta ella. Sonrío, y en ese mismo instante, una oleada vertiginosa recorre al público.
Sus sonrisas se contraen, las cuerdas se tensan de repente contra sus gestos hoscos y vencidos.
—¿Qué están tramando ustedes dos ahí arriba? —pregunta Laina Faxwell con una risa sin gracia—. Tomémonos todos un respiro.
Agarro a Barnabas Hodge. Susurro:
—Hagámoslo —y nos lanzamos hacia delante, empujando a la gente y apartando sillas plegables a ambos lados a medida que avanzamos.
—¡Oye! —gruñe un anciano—. No puedes hacer eso…
—Quita tus sucias manos…
—¡Deténganlos!
Aunque los perros gruñen y ladran en todas direcciones, la multitud se acerca.
Siento puños sudorosos que me golpean, unos dedos ancianos que se aferran desesperadamente en busca de apoyo.
Peor aún: se acercan los de seguridad. No los había visto antes.
Tienen ese aspecto inevitable de tipos fornidos y serios, tal vez no lo logremos.
Apenas consigo ver al dragón a través del caos de cuerpos, bocas abiertas, ojos entrecerrados.
Los de seguridad avanzan en formación a través de la multitud.
No tengo nada más que cinco perros y una vieja leyenda extravagante.
Pero eso no es cierto.
Meto la mano en el bolsillo. Agarro la desgastada pelota de tenis. La lanzo directamente contra el escuadrón de matones que se aproxima con un solo grito: «¡PELOTA!».
Cinco duendes se lanzan al unísono entre aullidos. Derriban al primer tipo, que se lleva a otro por delante. Todavía quedan cuatro más.
—¡Singe! —grito, porque esa perra no es como las demás; es especial, y en este momento me vale cualquier cosa.
La electricidad crepita en la atmósfera, de repente se adensa y recorre el tejado en un arco de luz. Singe ladra dos veces y unos relámpagos azul brillante explotan hacia el exterior con un crepitar y un estruendo, lo que provoca que el resto de los matones salgan disparados a los costados.
Arrasto a Barnabas Hodge conmigo con la mayor suavidad y urgencia posibles.
Los de esmoquin se acercan de nuevo mientras lo subo al dragón, luego subo a todos los perros y me subo yo también.
Cierro los ojos e imagino cómo debían de verse los cielos en aquellos días embriagadores de amor y rebelión.
Lo que Mamá sintió al ver el interminable desfile de libertad flotando sobre su cabeza, cuando el mundo cambió sin remedio.
Haremos una parada rápida para recoger un viejo acuario, y luego, ¿quién sabe? El dragón se despereza y gruñe con nueva vida, cada ingrediente en su sitio, cada historia en marcha, y entonces saltamos hacia la noche y dejamos el pasado atrás, para siempre.