Lo que nos siguió a casa 13. La revolución de los tejados de Selly Avilés #3
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13. La revolución de los tejados de Selly Avilés #3

Han colocado sillas, y unas llamas altas que hacen lo que pueden por contener los gélidos vientos nocturnos.

Obviamente, es una batalla perdida. Este frío de Boston es implacable; se te mete en los huesos y no se va.

Especialmente a esta altura. A nuestro alrededor, la ciudad brilla, y las luces bailan en la abismal oscuridad de la bahía.

Alguien nos acompaña a Barnabas Hodge, a mí y a los perros hasta unos asientos en una pequeña plataforma con flores artificiales y un podio. Es evidente que ha habido algún error, y se lo digo al tipo más cercano con esmoquin que parece saber lo que hace.

—No, no, esto está perfectamente bien —me asegura con demasiada amabilidad—. Por favor.

Cuando nos hemos acomodado y consigo que los perros se calmen y se sientan seguros (¡gracias, golosinas de beicon!), le envío a Omar Solomon un montón de signos de interrogación.

Luego entrecierro los ojos para mirar al público.

Sin ofender a nadie de raza blanca, todos esos ancianos me parecen iguales, hasta los jóvenes.

Han pagado una fortuna y media por estar aquí y otra más por su vestimenta, que parece idéntica.

Están todos muy satisfechos de sí mismos, y aún más, deduzco por las miradas de reojo y las sonrisas tímidas, por el hecho de que Barnabas y yo estemos aquí.

Justo tras ellos, las grandes letras rojas iluminan la noche y Tumult resplandece sobre la ciudad. Visto de cerca es jodidamente enorme, más grande que la vida misma. El viento lo sacude ligeramente, y tengo que recordarme a mí misma que es pura fibra de vidrio y pintura.

OMAR SOLOMON: ¿Entiendo que eso significa que todo va según lo planeado?

¿El plan de quién? ¿Qué plan? Le respondo furiosamente por mensaje, tratando sin éxito de parecer un poco más sutil, ya que estoy en el escenario.

En el estrado, una jubilada sonriente con vestido de noche se presenta como Laina Faxwell, directora ejecutiva de no sé qué del comité de la vicepresidencia de no sé qué demonios.

Insiste en que está muy emocionada por llegar al evento principal, y acto seguido se lanza a recitar una lista interminable de donantes.

OMAR SOLOMON: De acuerdo, admito que el favor era un poco más complicado de lo que dejé entrever al principio.

SellyDA: ¡¿COMPLICADO?! Más bien una locura total. Necesito una explicación ahora mismo o me voy.

OMAR SOLOMON: Por favor, no te vayas. Esto es increíblemente importante, y también más urgente de lo que puedo expresar aquí.

SellyDA: Sigue siendo ambiguo. Me voy a levantar.

No me levanto.

Algo en el tono de Laina Faxwell me alerta de que por fin va a entrar en materia, y es entonces cuando se gira a medias y me señala con un gesto.

—Y, por supuesto, además del estimado Dr. Hodge…

—¡Es un título honorífico! —interviene Barnabas con buen humor.

—…la junta del museo se complace en presentarles a una estrella en ascenso del mundo literario juvenil…—. Hace una pausa para consultar sus notas, y unos cien ojos de diversa edad geriátrica se vuelven hacia mí.

Yo digo, como una idiota:

—¡Ah, ja, hrmf!

—…¡Selly Dianamaría Avilés! —exclama pronunciando la «A» de mi apellido con demasiada fuerza y titubeando con el resto, echándolo todo a perder; luego se ríe en voz baja y exclama—: ¡Y sus compañeros caninos!

Para mi espanto, la multitud estalla en vítores.

Barnabas Hodge me da un codazo amistoso.

—Tienes unos cuantos admiradores, ¿eh?

—La obra de la señorita Avilés ha sido elogiada nada menos que por nuestro querido y esquivo amigo del museo, Omar Solomon, como «Un soplo de aire fresco y una luz brillante en estos tiempos cada vez más sombríos».

Se oyen exclamaciones de aprobación mientras tecleo frenéticamente en mi teléfono.

SellyDA: ¡¿WTF?!

OMAR SOLOMON: Ah, ¿ya han hecho las presentaciones? Todo es cierto. Nunca miento en este tipo de cosas.

Siento que se cruzan demasiadas emociones a la vez.

Debo de haber cortocircuitado, porque estoy bastante segura de seguir aquí sentada, mirando al cielo con el gesto perdido mientras las luces del escenario giran a mi alrededor.

Togo, siempre atento a mis emociones, me da un golpecito cariñoso en la pierna.

Por suerte, Laina Faxwell continúa con los agradecimientos, de modo que tengo unos instantes para seguir simplemente aquí, pero una revelación me golpea de improviso.

SellyDA: ¡Iuhgsuhfgsikhufgs! ¿Me ha estado espiando?

OMAR SOLOMON: Para nada.

SellyDA: ¿ENTONCES CÓMO CONOCE MI TRABAJO?

¿Estoy enfadada? Sí. ¿Estoy emocionada? Sí. Nada tiene sentido. Laina Faxwell cuenta algunos chistes. El público se ríe complaciente.

OMAR SOLOMON: ¿Cómo conseguiste un trabajo como paseadora de perros en el barrio donde vive uno de tus escritores favoritos?

SellyDA: ¡No es culpa mía que haya publicado su información en internet, amigo!

OMAR SOLOMON: Entonces lo hiciste a propósito.

Ups. Me acabo de delatar. Una jugada de auténtica idiota, pero no viene al caso.

SellyDA: ¿Y cómo ha leído mis cosas?

A modo de respuesta, me reenvía mi propio mensaje: ¡No es culpa mía que haya publicado su información en internet, amigo!

Claro. «Cruce de fantasmas de la Habana Vieja». En Peapod Magazine , una web de literatura infantil. Mi primera publicación. Mierda. ¡Pero igual!

SellyDA: Touché, cretino, pero ¿cómo sabía que era escritora?

Barnabas Hodge se pone en pie con un gemido de anciano.

Me doy cuenta vagamente de que Laina Faxwell acaba de concluir una efusiva presentación de su obra tras decir que no necesitaba ninguna.

Ahora se oye un estruendoso aplauso y Barnabas Hodge parece que no va a poder levantarse del todo.

Me guardo el celular en el bolsillo y lo agarro del brazo, para ayudar al anciano a levantarse.

Él pone su mano cálida y arrugada sobre la mía y se ríe entre dientes.

—Qué amable, querida, qué amable.

Vamos hacia el podio del brazo como si me llevara camino al altar. Trato de no mostrar lo ansiosa que estoy por ver las excusas que se ha inventado ahora Omar Solomon, pero antes de que pueda dar media vuelta, Barnabas Hodge me atrae hacia él en un abrazo y me susurra:

—Cuando llegue la hora, nos iremos. No lo dudes, querida. ¿De acuerdo?

—No —gimo, pero él ya se ha vuelto hacia el público—. Todos se conmueven y aplauden nuestra emotiva muestra de apoyo intergeneracional o lo que sea, y yo me quedo allí de pie, de nuevo sin palabras.

—Si alguien me hubiera dicho hace treinta años, cuando el mundo se desmoronaba y lo único que teníamos eran historias para salvar nuestras vidas —comienza Barnabas Hodge mientras regreso tambaleándome a mi asiento—, que algún día estaría hablando en una elegante velada en una azotea con un montón de gente blanca rica a la sombra de un Tumult el Dragón de tamaño natural aquí, en fin…

Deja la frase en el aire con una risita caprichosa, y la sala vuelve a estallar en aplausos y risas.

Cuando regreso a mi asiento cinco colas de perro se mueven con entusiasmo. Reparto golosinas de beicon y caricias, y luego saco temblorosamente mi teléfono.

OMAR SOLOMON: Tampoco es culpa mía que hables de ser escritora por teléfono cuando estás en mi apartamento.

SellyDA: Entonces, SÍ que me ha estado observando, ¡rarito!

OMAR SOLOMON: No exactamente. No lo puedo evitar, eso es todo.

SellyDA: ¡RARITO!

OMAR SOLOMON: No, quiero decir que no lo puedo evitar porque siempre estoy ahí.

Hay algo en la forma en que lo ha dicho que me llama la atención, pero no consigo identificar qué es.

SellyDA: Espere. Por favor, no me diga que ha muerto y que esto con lo que estoy hablando es una maldita recreación de IA, porque soy capaz de tirar el teléfono desde esta azotea ahora mismo.

OMAR SOLOMON: Selly, espero que conozcas mi trabajo lo bastante bien como para saber que jamás dejaría que esos technobros se acercaran ni a un palmo de mi cerebro o mi legado.

Si hubiera muerto y lo hubieran hecho, mi espíritu nunca les daría descanso.

Igual hace unos años estuve a punto de morir y la experiencia me exigió mucho. Casi todo.

SellyDA: ¿¿QUÉ SIGNIFICA ESO??

Pero justo cuando pulso «Enviar», lo entiendo. Él también está escribiendo, pero yo me adelanto.

SellyDA: ¿¿EL ACUARIO??

En vez de terminar lo que estaba explicando, simplemente le da un like a mi mensaje.

—Y así, amigos —la voz de Barnabas Hodge adopta ahora el tono vibrante y acogedor de barítono de pastor de iglesia por el que una vez fue famoso—, lo que vengo a recordarles es que una revolución no es más que una historia, y la cuentan decenas de miles de personas a la vez.

Y contar historias, al igual que la magia y la cocina, es solo cuestión de poner todos los ingredientes adecuados en la olla adecuada en el momento adecuado. ¿Me entienden?

Al parecer, sí. De entre la multitud surgen gritos y vítores. Si alguien empieza a hacer como que recibe al Espíritu Santo, me largo, lo digo en serio. Cuando vuelvo a mirar mi teléfono, veo un emoji de un cerebro, y suelto un pequeño grito. Barnabas me mira con una sonrisa burlona y continúa.

OMAR SOLOMON: Sería demasiado largo de explicar por mensaje, pero digamos que sí, eso es todo lo que queda de mí por el momento, y necesito desesperadamente tu ayuda, pero no es el tipo de cosa de la que me siento cómodo hablando en una aplicación tan insegura, así que me temo que necesitaré que juntes las piezas poco a poco y te dejes llevar, por decirlo así.

—La revolución no es una sola batalla, ni siquiera unos pocos años de lucha.

Es algo que ocurre cada día. Es lo que haces cuando te miras al espejo.

La forma en que escuchas. La forma en que creces.

Nosotros no solo llegamos al paraíso, sino que creamos el paraíso, juntos.

Cada día, en cada momento. El paraíso. Lo construimos con historias.

SellyDA: Siento mucho lo de su cuerpo, pero voy a necesitar algo más para seguir adelante, señor Solomon.