Lo que nos siguió a casa 13. La revolución de los tejados de Selly Avilés #2
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13. La revolución de los tejados de Selly Avilés #2

OMAR SOLOMON: Un viejo amigo está en un pequeño apuro en un evento y necesita ayuda para salir de ahí.

Yo no puedo, si no, iría. Está cerca, en el Museo Infantil del Libro de Harborside, en la 3 a .

Un montón de patrocinadores y gente elegante, todo muy sofisticado, muy estirado.

No es su estilo, pero lo tienen bastante atrapado.

Sé que está muy lejos de tus funciones, pero te estaría enormemente agradecido y sin duda puedo compensarte como sea necesario, y, por descontado, ¡no pasa nada si te parece que te pido más de la cuenta!

Me quedo un rato mirando la pantalla, tratando de entender qué es lo que me pide, y finalmente decido que no puedo porque en realidad no lo ha dicho.

SellyDA: ¿Y qué quieres que haga exactamente? ¿Rescatar a tu amigo de una velada incómoda con un montón de gente rica en un museo en plena noche?

Hay una pausa y, luego, con un agradable pitido, aparece un emoji de pulgar hacia arriba.

SellyDA: Todavía me quedan otros cuatro perros para terminar.

Esta vez la respuesta es casi instantánea: Llévalos. Y llévate a Singe también. Le vendría bien un poco de cultura .

El secreto de la literatura de Omar Solomon, capaz de cambiar el mundo, es que nadie lo vio venir.

Su primer libro, El vuelo de Tumult , era breve en cuanto a la trama, pero rebosante de encanto.

Básicamente, un dragón —el protagonista, Tumult— aprende a volar y sobrevuela distintas ciudades de todo el mundo, difundiendo la alegría allá donde va.

Fue rechazado por muchos editores que decían que necesitaba más trama.

¡Más trama! Y entonces vendió cientos de millones de copias en todo el mundo y desencadenó una revolución que derrocó no uno, sino varios imperios.

Ningún poderoso lo vio venir, porque ¿por qué iban a hacerlo?

¿Qué hay más inofensivo que un dragón feliz que vuela por el mundo haciendo feliz a la gente?

Las cometas dragón cubrieron los cielos, cientos de ellas.

Ocultaron el sol. Primero en Nueva York, luego en Los Ángeles.

Los medios hicieron su trabajo y, en cuestión de días, hubo manifestaciones también en Mogadiscio, La Habana, Bogotá, Glasgow y la ciudad de Gaza, y en todas ellas flameaban miles de banderas de Tumult.

Se produjeron más; se convirtieron en campamentos, barricadas, paraísos.

Entre ellos surgieron microeconomías; se intercambiaron tácticas, se crearon redes clandestinas que trasladaban a los organizadores a lugares seguros durante las represiones.

Toda una nueva era de solidaridad global surgió casi de la noche a la mañana.

Meses después, varios regímenes habían caído con un número mínimo de víctimas, sobre todo teniendo en cuenta la magnitud del cambio.

Al margen de cualquier análisis sobre el fenómeno (y fueron muchos, créanme, por desgracia los he leído casi todos), había algo en lo que todos coincidían: el mundo previo a la Revolución del Dragón había desaparecido, era polvo, un mero recuerdo, y lo único que se podía decir de lo que había surgido a partir de ella era que estaba completamente abierto, a disposición de cualquiera.

Tal vez, tantos años después, siga estándolo.

Se han visto señales de que las viejas costumbres vuelven a florecer: el totalitarismo y el hipercapitalismo empiezan a colarse en las conversaciones cotidianas, y algunas pequeñas ciudades-estado se han aliado para arruinar las economías de sus vecinos.

El Museo Harborside de Literatura Infantil, o Hmchul, como lo llamamos los asiduos (bueno, en realidad solo yo), se construyó como un alegre homenaje al poder de la literatura para cambiar el mundo.

Evidentemente, no fue solo el dragón de Omar Solomon.

Todo un renacimiento de escritores de libros infantiles surgió para sumarse a la ola de cambio que transformó el planeta.

El museo se eleva hacia el cielo desde el borde del Muelle 7.

Unas enormes letras rojas anuncian su nombre desde la azotea, y una gigantesca réplica de fibra de vidrio de Tumult se arrastra sobre la palabra «Infantil», contemplando el paisaje urbano con esos ojos feroces y ardientes.

Obviamente, soy socia. Soy escritora de libros infantiles, o lo seré algún día, ¿qué otra cosa se podía esperar?

Y, con suerte, ese día comienza esta noche.

Pero la cuestión es que he estado aquí más veces de las que puedo contar, desde que era un bebé y mi madre me traía en cochecito y se esforzaba por leer las cartelas con su inglés titubeante, señalándome hologramas de baile a tamaño real y esculturas de yeso de los amados personajes de los libros que yo le obligaba a sacar de la biblioteca una y otra y otra vez.

Pero de noche la experiencia es totalmente distinta.

De día los chillidos de montones de niños suelen llenar el amplio vestíbulo; ahora, puedo oír el susurro del sistema de ventilación, el suave golpeteo de veinte patitas de perro a mi alrededor sobre el linóleo, el azote del viento del mar en el exterior.

Un hombre blanco de mediana edad me recibe en el mostrador; lleva un esmoquin y me mira con la inquietud de alguien que realmente espera no tener que llamar a la policía.

Casi puedo sentir cómo todo este favor está a punto de irse al traste en las arrugas de la amplia frente de este hombre.

—Me temo que el museo está cerrado por un evento privado —explica, esforzándose un poco más de lo necesario para transmitir ese «me temo».

—Lo sé —respondo—. Es solo que…

—Además, lamentablemente, no permitimos mascotas en el recinto, a menos que, por supuesto, sean de asistencia.

Hago un enorme esfuerzo para contener una respuesta sarcástica sobre tener cinco perros de asistencia.

Lo consigo. Recuerdo que estoy aquí como representante de otra persona, alguien a quien no quiero avergonzar, así que me limito a sonreír con los dientes apretados e inclino la cabeza hacia un lado.

Cuando todo lo demás falla, hay que sacar a relucir un nombre famoso, supongo, aunque no veo por qué iba a creerme.

—Estoy aquí en nombre de Omar Solomon —digo con la mayor autoridad posible. Y luego, sintiéndome completamente ridícula—. Fue él quien me dijo que trajera a los perros.

Bueno, eso lo dejó callado. El hombre trata de averiguar qué hacer con toda esta información dudosa cuando una mujer —también blanca, bien vestida y de mediana edad (y también muy preocupada)— aparece tras el mostrador y susurra apresuradamente algo a su compañero.

—Ah —dice el hombre, volviéndose hacia mí—. Tú debes de ser Selly. Por aquí.

Me llevan a toda prisa a un ascensor, atravesamos unos pasillos demasiado iluminados en los que se lee «solo personal autorizado», luego otros más tenues, y finalmente me dejan junto a Singe, Memo, Tchatchky, Bustelo y Togo en una elegante sala de espera.

Dormitando plácidamente en un sofá de terciopelo se encuentra el famoso autor e ilustrador Barnabas Hodge.

Un querido amigo sin duda. Debería haber imaginado que la lista de amigos de Omar Solomon incluiría a uno de los narradores más queridos de todos los tiempos.

Barnabas Hodge es uno de esos tipos que tendrá al Papa en su funeral.

Lleva siendo más viejo que el carajo desde que nací, tendrá unos ochenta años, puede que sea inmortal a estas alturas.

Por lo que tengo entendido, permaneció un poco al margen durante la Revolución del Dragón, pero cumplió su papel de una manera tranquila y discreta.

Barnabas Hodge babea un poco y ronca mucho.

Lleva un traje a cuadros de color tostado que combina a la perfección con su piel bronceada.

Es casi totalmente redondo y calvo como el día en que nació.

El nervioso tipo del museo desaparece en cuanto entro en la sala, así que nos quedamos solos yo, este antiguo icono dormido y los perros, que enseguida se acercan a olfatearle la entrepierna.

—¡Memo! ¡Tchatchky! ¡Singe! —grito en voz baja, lo suficientemente alto como para despertar al pobre anciano.

—Ah —murmura, limpiándose los labios y parpadeando—. ¿Ya es la hora?

—No lo creo —digo—. Siento haberlo despertado.

—¡Oh, perros!

Inmediatamente empieza a rascarlos detrás de las orejas y se convierte en el único humano sobre la Tierra para esos adoradores cinco pares de ojos.

—¡Menuda forma de despertarse! —dice, dándose cuenta de que estoy ahí de pie y levanta la vista—. Y una niña. ¡Qué bien!

Tengo veintiséis años.

—Me pregunto cuándo empezará esta maldita cosa, entonces —reflexiona, distraído—. Probablemente se esté haciendo tarde. ¿Ahora dejan entrar perros en los museos?

—Ah, no, no exactamente. Estoy aquí porque Omar Solomon me pidió que le echara una mano.

Barnabas Hodge se endereza, se ajusta las gafas y me mira parpadeando.

—Perdona, ¿has dicho…? —. De repente, se queda ensimismado. Sabe lo que he dicho. Lo que eso significa para él, eso ya es otra historia—. De modo que ha llegado el momento, ¿no?

Arqueo las cejas.

—¿Hmm? ¿El momento de qué? Tenía entendido que quizás necesitaría una mano para escapar de una fiesta incómoda.

Barnabas Hodge suelta una risita irónica. Luego niega con la cabeza, pasándose una mano por su brillante cabeza marrón.

—Oh, Omar… qué astuto eres.

Trato de entender qué está pasando cuando el tipo de la frente fruncida aparece de nuevo y anuncia:

—Ya es la hora.

Barnabas Hodge y yo salimos a la azotea, acompañados, por supuesto, por mi antigua y siempre olfateante comitiva: Singe, Memo, Tchatchky, Bustelo y Togo. Se están portando extremadamente bien dadas las circunstancias. Togo aún no le ha meado a nadie, lo cual es en sí mismo un pequeño milagro.