13. La revolución de los tejados de Selly Avilés
La revolución de los tejados de Selly Avilés
Daniel José Older
Voy a dejar una cosa clara desde el principio: no es acoso porque la dirección estaba fácilmente disponible en internet.
Estaba ahí mismo, literalmente en su página web.
Además, el acoso implica algún tipo de interés, y debo decir que ni en sueños.
Para empezar, Omar Solomon es un hombre.
Puaj . Y debe de tener unos ochenta y tantos.
Entonces, ¿qué hago a la intemperie en esta gélida noche de Boston recogiendo un montón humeante de caca que acaba de dejar el perro de mi escritor favorito? Bueno, tampoco es casualidad, lo reconozco.
Aunque siempre se me han dado bien los perros.
Cuando voy por la calle, me saludan como a una vieja amiga, como si me dijeran: ¿Dónde te habías metido, chica?
Y al aburrido humano que los pasea, ni palabra.
Lo que quiero decir es que para esto tengo un don natural y, por desgracia, necesitaba un segundo trabajo, porque repartir paquetes en el centro ya no me daba para vivir.
Que se vaya al carajo la economía gig , eso es lo que pienso.
Y escribir lleva tiempo, amiga. Me han publicado tres relatos en algunas páginas web, pero eso no es precisamente esprintar en el cruel maratón de la escritura.
Va a pasar bastante tiempo antes de que pueda decir que es mi trabajo de verdad y ver mi nombre junto al de los grandes.
Pero ese día llegará.
Y ahí es donde entra en juego mi gran plan.
Una no pensaría que fuera a haber mucho trabajo para una paseadora de perros nocturna en el distrito de South Seaport, pero sí que lo hay, carajo.
Supongo que muchos de estos ricachones se van de la ciudad u organizan pijamadas salvajes con sus amantes o simplemente les da pereza.
Ni lo sé, ni me importa, no pregunto. Recojo a los cachorros, recojo su caca, tiro una a la basura, devuelvo los otros a su casa, y me largo.
Un clic en la app Scoopr cierra el trato; las propinas son bienvenidas y se promueven con entusiasmo, sobre todo porque mi servicio es de primera, y que tengas un buen día, carajo. O noche, mejor dicho.
Sí, sé lo que podría parecer: resulta que mi trabajo consiste en pasear perros por el barrio en el que vive mi héroe absoluto, el gran cerebro tras la revuelta mundial conocida como la Revolución del Dragón, y resulta que tiene un perro que necesita que lo saquen a pasear.
Obviamente, una parte es premeditada, ¿vale?
Porque, en fin, algún día me acabaré encontrando a Omar Solomon mientras llevo a Singe de vuelta a casa —me he topado con la mayoría de los clientes al menos una vez— y entonces charlaremos.
Se me da bien charlar; le diré que soy escritora y él levantará una ceja con interés y me preguntará qué tipo de cosas escribo.
Escribo libros infantiles, en realidad, como él en los años de la Revolución (ahora escribe sobre todo ensayos, buuu ).
Y él querrá ver lo que escribo, soy así de encantadora…
Quieres conocerme en cuanto me ves; no es culpa mía.
Así que le pasaré el manuscrito con naturalidad, tal y como me pidió, y a él le encantará, por supuesto, y se lo pasará a su gente de la editorial, que lo veneran como corresponde, ya que, al fin y al cabo, él cambió el mundo, y entonces, ¡bam, bum, kabum!
, mi mundo también cambiará, y girará ferozmente hacia la fuerza gravitatoria de mi destino, que es prosperar, ser una luz entre las luces, y desterrar la oscuridad que se cierne sobre mí con estas historias que no dejan de brotar de mi interior cada vez que cierro los ojos.
Para llegar hasta allí, tengo que ceñirme al plan, que es seguir paseando perros.
Por eso estoy a las ocho de la noche recogiendo caca en el parque bajo la inmensa oscuridad de la bahía y las llamativas luces de la ciudad, con cinco —sí, cinco— perros incorregibles e implacables que merodean a mis pies, opinan sobre las cosas, hacen caca y charlan entre ellos con ladridos enérgicos y corre que te corre.
Meto la mano en el bolsillo del abrigo y lanzo la pelota de tenis gastada.
Suelto las correas al grito de «¡Pelota! » y los veo saltar hacia la oscuridad.
Singe siempre tiene unas lucecitas raras que bailan a su alrededor cuando corre.
Como cabría esperar de alguien como Omar Solomon, es una perra realmente rara.
Para empezar, no tiene pelo. Es decir, es pura piel negra y sus ojos brillan con un tono azul y amarillo cuando se altera.
Además, sus patas parecen tener dedos en vez de garras.
Me detengo un momento a observar cómo mi aliento se eleva y desvanece en la noche, se eleva y desvanece.
Mi madre solía llevarme a este parque cuando era pequeña.
Siempre me hablaba de la estatua, de cómo la derribaron durante la rebelión, todos con sus cometas de dragón hechas a mano.
Según ella, se reían, incluso cuando la situación era aterradora y se acercaba la policía.
Reían y reían y, de alguna manera, lograban escapar, al menos la mayoría de las veces.
Y los cielos estaban llenos de dragones.
Un pitido de la app Scoopr me saca de esos recuerdos. Probablemente algún yuppie que necesita un paseo de emergencia para su chucho, pero no, no es una solicitud, es un mensaje. Casi se me cae el teléfono cuando veo de quién es.
OMAR SOLOMON: Siento mucho molestarte, Selly, pero me preguntaba si podrías hacerme un pequeño favor. No pasa nada si no quieres.
¿Perdón? «Selly». Omar Solomon me acaba de llamar por mi nombre de pila.
Quiero decir, sé que lo sabe por la app , pero, en fin, lo sabe.
Y lo ha usado. ¿Y quiere un favor? Esto es justo lo que estaba esperando y, además, es absolutamente imposible y no está pasando.
Me guardo el móvil en el bolsillo y camino las tres manzanas hasta su edificio, meto a los cinco perritos en el ascensor y no vuelvo a sacar el móvil hasta que me encuentro en el cálido resplandor de su cuarto de estar.
Sí, el mensaje sigue ahí. Omar Solomon realmente me está pidiendo un favor.
Genial, genial, genial. (No es genial. En realidad, es temible. Demasiado bueno de golpe. Estoy totalmente abrumada).
Lo único que me salva es que la sala de estar de Omar Solomon es uno de los mejores lugares del mundo.
Para cualquier escritora de libros infantiles, es como una catedral.
Y como él nunca está en casa cuando yo estoy aquí, me siento libre para empaparme de todo y deambular entre las estanterías y estanterías de primeras ediciones, la colección, casi como un santuario, de juguetes y baratijas antiguas, los bocetos enmarcados de otras celebridades.
Y luego, por supuesto, las fotos. Ahí está, con esa sonrisa tranquila y discreta que lo caracteriza, Omar Solomon al frente de una de las marchas por el centro de Boston, con cien cometas de dragón sobre su cabeza y mil guerreros pacíficos a sus espaldas.
He buscado muchas veces a mi madre entre los rostros borrosos, pero hasta ahora no he tenido suerte.
Y en esa otra está también Omar Solomon, pero ahora mucho mayor, aún con ese halo afro, posando con diversos dignatarios, bibliotecarios y revolucionarios en Bolivia, Palestina, Japón, todos expuestos en un frenético collage de fotos sobre un mapamundi.
Las cometas dragón cuelgan del techo; algunas aún sucias y con manchas de sangre.
Fuera, tras el enorme ventanal, las luces de la ciudad brillan y se dispersan bajo la bahía.
Solo se oye el zumbido sordo y el gorgoteo ocasional de un gran acuario abovedado con un líquido gelatinoso y una forma turbia en la parte superior.
Descansa sobre un soporte de latón decorado con bombillas antiguas.
Conociendo a Omar Solomon, probablemente sea el tanque donde el capitán Nemo tenía un pulpito como mascota, y el pulpito probablemente siga ahí dentro.
Llevo tres meses viniendo aquí cinco noches a la semana y el lugar sigue dejándome sin aliento. A veces estoy chateando con Tina o Xander o cualquiera de los freaks con los que me lío por Zing, y cuando entro me callo unos segundos antes de volver a sumergirme en nuestras charlas.
Vale, estoy lista. Solo han pasado unos minutos.
Espero que no haya encontrado a otra persona para hacerle el favor.
Saco mi teléfono, empiezo a teclear y se me resbala inmediatamente de las manos, lo que hace que envíe accidentalmente «Por supastois», y la vergüenza que siento es tan profunda que casi me parte al medio.
«¡Perdón!», añado rápidamente. «Se me ha caído el móvil». No digo «Como una idiota», pero se sobreentiende.
Él está escribiendo, pero sigo adelante de todos modos por si acaso se replantea todo a causa de mi torpeza, y pierdo mi única oportunidad de conocer a mi Omar Solomon.
SellyDA: Por supuesto, puedo echarte una mano. ¿Qué necesitas?
Dice mucho de la integridad de este tipo que ni siquiera se me haya ocurrido, hasta después de pulsar «Enviar», que este podría ser el comienzo del incidente más deprimente de mi vida con un acosador, y eso que he tenido unos cuantos, se lo aseguro.
Pero este me iba a doler aún más. No me iba a quebrar, pero yo podría quebrarlo a él si me dejaba acercarme lo suficiente.
Escribe. Escribe. Yo sigo de pie en el cuarto de estar, rodeada de objetos y cachivaches, con mi gran abrigo, cuatro perros atados con correa y uno que parece devorar su pienso. Él escribe y escribe.
Escribe otro maldito libro, supongo.
Por fin aparece la respuesta en mi pantalla, y es una bomba: