12. El mundo de arriba y el mundo de abajo #4
Di un golpe estruendoso sobre la mesa. Más allá los cuerpos bailaban al ritmo del canto de los pájaros del subsuelo.
Un lobo conoce los caminos, conoce el olor del miedo.
Junta a su manada y busca al desviado, al torcido.
Le pide que entre en razón, que regrese a la vida.
Un hombre que es un lobo reconoce a otro hombre que es un lobo.
«No la salvaste, ahora vete», le respondí con todo el rencor que llevaba dentro.
En su mejilla izquierda vi la muerte de mi hija. En su derecha, la de mi mujer.
Acercó su asiento y yo lo dejé examinar a mi estrella como antes, cuando sus manos poseían el poder limpio de la sanación.
Lo dejé reposar su oído en el tórax amado.
Lo dejé palparle las costillas. Y escuchó el débil aleteo del colibrí bombeando aire puro, aire de montaña, al interior de un corazón.
Así lo hice antes y le rogué que la salvara.
Los indios no querían, pero él puso plantas y ungüentos sobre el cuerpo de Gabriela.
«No eres un chamán, sino un hombre», me dijo cuando la fiebre no bajó.
«Prepárate para lo que el viento traiga».
En el refugio exploró a mi hija con la misma intensidad. Sus dedos se movieron por el cuello amoratado de Gabriela renacida. Dio suaves golpecitos en su vientre hinchado. Nadó en el espacio blanco de sus ojos, blanco como piedras sepulcrales, y me dijo:
«Hay retornos más tristes que desapariciones».
Mis manos temblaron. Por un instante mi hija giró la cabeza y creí que me llamaría «papaíto», que me abrazaría, que me daría besos en la frente.
Pero de su boca cayó la última muela y vi, muy adentro de ella, un precipicio: una lengua recogida sobre sí misma, pálida, como un monolito en Marte. Y quise llorar.
«¡Los volcanes son los lagrimales de la tierra!», gritó la mujer que mojaba el suelo con las lágrimas alegres.
Es inagotable la pena que un cuerpo es capaz de sostener.
Gabriela: desde tu muerte aparto
la mirada de cualquier retoño.
PIEDRA XII LA CIMA
El lugar es la oscuridad. El sol de la tarde muriendo estalla con una primitiva violencia sobre mi cabeza.
Estoy cansado, las piernas me tiemblan. Subo el glaciar con mi hija colgando de un paño a mi espalda.
Subo y lucho contra la pendiente, el hielo y la soledad.
No hay neblina en esta cumbre. El cielo se ha despejado y frente a mí queda una tundra blanca y resplandeciente que refleja la luz menguante.
Veo dunas de nieve. Picos de hielo escarchado.
El viento del glaciar es gélido y me obliga a ir despacio. A seis mil metros de altitud el aire entra en el cuerpo a cortas bocanadas. Los pulmones se marchitan. Siento una punzada en el centro de la frente y abrazo la bolsa con las piedras de la tumba de mi hija.
Pongo un pie delante de otro. Me hundo, pero emerjo.
No es normal que un padre sobreviva a su hija, que las flores broten, que las alpacas coman juntas en la hierba y el agua sea fresca y llegue a los ríos y a las lagunas. No es normal que la vida continúe después del dolor, del envejecimiento repentino de mis huesos ante la integridad de las cosas.
La vida es joven y yo estoy por fuera de ella.
Abajo queda el verdor del páramo andino. Un mar de nubes blancas se confunde con la nieve y se extiende hasta el horizonte.
«Estamos en el cielo, mi Hanan Pacha ».
Siento a Gabriela en el hielo y me siento junto a ella. Reposamos en silencio sobre la cúpula del volcán. Hay un océano falso que nos alumbra y el sol cae, cae hacia el mundo de abajo que está oculto y oscila.
El lugar del duelo es la noche.
«Romerillo», le digo casi en un susurro, con los labios temblorosos y desnudos de pasión.
Yo creí que su alma estaría escondida en una de estas piedras. Las limpié y escribí palabras que cruzaran el vacío mineral, pero la belleza sigue y el vacío crece. El viento se levanta.
Tomo la diminuta mano de Gabriela y le digo:
«Quise verte crecer. Imaginé que crecías. Tenías el cabello largo hasta los talones, lustroso. Eras bella como tu madre. Te imaginé corriendo con las piernas fuertes, acariciando a las ovejas, hablando de caballos que luego montabas sin ningún miedo».
Su mano es una libélula dormida en el agua. Frágil, hace que la mía parezca un pantano.
«No podrá ser, perdóname», le susurro llorando sobre la nieve.
El colibrí azul, con su aletear enfermo, desciende hasta la mano de Gabriela y se posa en ella. Miro a mi hija con la hondura de mi desasosiego. A mi alrededor el mundo se muestra amplio y hermoso, conmovedor y agresivo. Estoy solo en esta inmensidad. Solo y desprotegido.
«No va a poder ser».
La miro con ternura irreductible. Gabriela me ha enseñado esta ternura, pero es una emoción que ya no necesito.
Escucho el silbar del viento, el hielo cruje, me parece que la tierra tiembla cuando en realidad soy yo quien se estremece.
No me sirven ni el amor ni la belleza. Descubro, por primera vez, lo único que la palabra hace sobre la blancura de estas piedras: plantar una semilla de árbol en la luna.
Una semilla de árbol destinada a la sed.
«Perdóname».
Gabriela no me devuelve la mirada, pero hay una semilla de árbol en sus ojos lunares. Le beso la frente. Escribo: Delicadamente ella cierra la mano con el colibrí adentro y cae, inerte, sobre la nieve .
Y Gabriela cae como un cuerpo muerto cae.