12. El mundo de arriba y el mundo de abajo #3
«Para usted y para su guagua», me dice, pero yo sigo escribiendo sobre las piedras.
Escribo: Aprenderá a caminar y a hablar como antes. Soy el padre y el chamán. Soplo adentro de su boca. La insuflo de vida agreste. Le enseñaré a ponerse los zapatos. Le enseñaré a darle las gracias a la hierba .
Escribo: Habla, tesoro mío, vida mía .
Habla, mi Hanan Pacha .
De su boca abierta caen cinco dientes que rebotan como dados sobre el suelo.
«Este es tu destino», me dice el viento.
Su saliva es un río helado que no tiene peces.
PIEDRA X LA PASIÓN
Piedra blanca.
Piedra amarga.
Me duelen los párpados. En las madrugadas, aprieto la mandíbula y hago rechinar los dientes. Escupo sangre cuando sale el sol. El cuerpo me duele. Sé lo que esto significa, pero no me gusta escribirlo.
Piedra blanca.
Piedra amarga.
Gabriela no pronuncia el verbo que pongo en su boca, apenas se mueve en el agua de mis palabras.
Parece una hoja seca flotando en el lago y yo un niño torpe que la confunde con una visión: una hoja verde, un árbol, una semilla.
Pero en el páramo hay pocos árboles y la vida late como una piedra golpeando otra piedra.
Piedra blanca.
Piedra amarga.
La piel de mi hija tiene el color turbio de las cenizas.
No es la piel que amo. No es la piel que beso en sueños y recuerdo como un campo amarillo de mariposas.
A veces le canto en un ritmo inventado para que sus cartílagos despierten: «Tú no lo sabes, pero los volcanes son los lagrimales de la tierra».
Piedra blanca.
Piedra amarga.
Ascendimos a caballo contemplando el paisaje de rocas negras. Por la tarde, el volcán atravesó el cielo igual que una lanza terrestre: un arma que hería sin miedo el mundo de arriba. Abajo, el sol quemaba y el aire se volvía hielo en los pulmones. Yo canté, fatigado:
«Romerillo, tú no lo sabes, pero estamos subiendo al origen de la lágrima».
El oxígeno comenzó a faltarnos poco después.
Gabriela reposaba sobre mi espalda, pero mi cuerpo se tornó frágil como el cristal.
La tierra era pétrea y cada vez que el sendero se empinaba el caballo resbalaba unos metros hacia abajo.
Lo abandonamos, exhausto y con los cascos heridos, en alguna parte del trayecto.
Sobre mi espalda cargué a mi niña y la bolsa de piedras blancas donde conjuro su pulso. «Tus palabras no tienen la pasión suficiente para resucitarla», me dijo el viento gélido del volcán, pero mi trabajo es sacarle palabras vivas a la naturaleza.
Piedra blanca.
Piedra amarga.
El páramo es el corazón de la piedra. Sus criaturas conservan bajo el pelaje todo el placer y todo el dolor que hay en este mundo.
Escribo: Un venado da a luz a un cervatillo y descubre la bondad.
Descubre el sentido de su biología, el deseo de proteger lo que es imposible de proteger: lo vulnerable.
Entonces va hacia la vida acompañado, y los días son azules y las noches son blancas.
Pero un lobo aparece y el venado deja caer su leche sobre la tierra seca.
Siente, por primera vez, el desgarro. Brama en la bruma.
Come sin que haya alimento que calme su hambre.
La hierba es la misma, pero su cuerpo será débil para siempre y reposará en el polvo .
Yo comprendo la lengua de los animales, comprendo su llanto: soy un chamán. Y un hombre pequeño ante las constelaciones.
Piedra blanca.
Piedra amarga.
Cargué a Gabriela y subí pendiente arriba para mostrarle la altura del cielo.
A poca distancia vi al mismo lobo que cazó a la vicuña siguiéndonos con el hocico ensangrentado.
Su presencia me nubló la mente y, de pronto, vi granizo, lava, muslos, escorpiones.
Vi niños con rostros derretidos y mi mano tallando una súplica al fondo de una cueva.
Piedra blanca.
Piedra amarga.
El lobo nos siguió hasta la lengua del glaciar y lo hizo con más ímpetu aún sobre la nieve. Sus ojos son grandes y oscuros como la carne de noche. Cuando los miro temo por Gabriela, agarro sus manos y las beso con mis labios rotos y sangrantes.
Le digo: «Romerillo. Estrella. Tesoro».
Mi hija no bebe de las palabras que le entrego. Mi hija ya no sabe beber.
Piedra blanca.
Piedra amarga.
Solo hay una verdad manando de las grietas: escribir es estar cerca de Dios, pero también de lo que se hunde. Solo hay una verdad brotando desde el fondo del hielo: la escritura y lo sagrado se encuentran en la sed.
En cada piedra hay revelaciones que no pedí: fósiles entre los pajonales, uñas y cabellos entre las flores. «Tú no lo sabes, pero los volcanes son los lagrimales de la tierra y yo te estoy llevando al origen de la lágrima», le digo al colibrí que revolotea sobre el cráneo de Gabriela.
Piedra blanca.
Piedra amarga.
De mi espalda cuelga ahorcado el universo.
PIEDRA XI SEGUNDO REFUGIO
Cuando llegamos al segundo refugio la neblina entró con nosotros.
En el salón una docena de hombres y mujeres se abrazaban, se besaban, se acostaban sobre las mesas con las mejillas rojas y las pupilas abiertas.
Se reían con plenitud. Un hombre calvo tocaba una quena de hueso y la gente bailaba a su alrededor en círculos.
Palpaban las caderas de sus compañeros y también el aire.
Saltaban, jadeaban, repetían palabras con los brazos extendidos y los ojos cerrados.
Tenían los cabellos adheridos a la nuca y a la frente.
Suspiraban. Bebían San Pedro en jarras grandes. Se mojaban el pecho.
Hacía calor y una luz tenue bañaba los pies descalzos que golpeaban el suelo. Gabriela y yo nos sentamos lejos de la fiebre. Apoyé los codos sobre la mesa y mi respiración fue calmándose poco a poco, descansando del peso y del apunamiento. La de ella, en cambio, se mantuvo estertórea.
El colibrí volaba con torpeza sobre nuestros hombros.
«No está bien subir tan rápido el volcán: un volcán debe treparse lento», le dije a Gabriela. «Pero temo los pasos del lobo y su olor a ponzoña».
La quena tañía una música del mundo de abajo que hechizaba los tímpanos. Un sonido de esqueleto de pájaro, una posesión. Frente a nosotros los cuerpos danzaban en el aire, de la cintura para abajo se hundían en la tierra. Llorando de alegría una mujer levantó los brazos y dijo:
«¡Aprendamos a llorar! Llorar es hermoso. Llorar es darle de beber a la piedra, darle de beber al desierto».
Miré a Gabriela. Su piel amoratada y sus ojos lunares me recordaron el verdadero aspecto de mi hija: la apariencia que no he traído de vuelta, la voz que ya solo escucho en mi memoria.
Un lobo se mueve raudo en la nieve, pero lento es el glaciar que se derrite. Lenta la lava y los lahares. Lento es el día. Lenta es la noche. Lentos los rayos y el olor a muerte que lo impregna todo para recordarles a los vivos: «Yo arrancaré tu sombra del fondo del monte y del sol».
No hay alimento para un lobo a esta altura, solo nosotros.
La puerta del refugio se abrió y un indio de poncho gris se detuvo en el umbral.
Los cuerpos continuaron su danza, indiferentes, mientras él cerraba la puerta tras de sí.
Se sacó los zapatos, saludó a una señora robusta a la distancia.
La luz era tan leve que al principio no reconocí su rostro, entonces se acercó encorvado, aterido, y vi en su piel las marcas de todos los muertos.
La quena silbó más fuerte. Yo tomé a Gabriela y la pegué a mi pecho.
«Es duro seguir las huellas de un hombre que sufre», me dijo sentándose con nosotros como si los miembros le pesaran demasiado.
Sus ojos eran carne de noche. Su boca, un hocico manchado con sangre seca de vicuña niña.
«Pedro, vengo a decirte algo importante», me dijo apuntándome con su dedo calloso.
«No eres un chamán, sino un hombre. Y no existen palabras en este mundo con la pasión suficiente para resucitar a un muerto».