12. El mundo de arriba y el mundo de abajo #2
Cuando enterré a Gabriela le pedí a Dios que guardara su espíritu dentro de su cuerpo como una alondra. Desde entonces un aleteo antiguo vibra en su pecho.
En la cama hay un cadáver de noventa centímetros de altura.
El cabello fino, negro como el basalto. Las mejillas ígneas.
Mi corazón tiembla al ver ese pecho subir y bajar de un modo apenas perceptible.
Es la respiración de Gabriela ensanchándose a la velocidad de un vencejo: el aire de la montaña que entra en ella y la amplifica.
El aire de la palabra.
Sobre su tórax de niña muerta reposé mi cabeza día y noche hasta que oí sus primeros latidos, lejos, como el sonido de un tambor de vientre.
Le cepillé el cabello con la peineta de su madre.
Le limé las uñas todavía feas, todavía azules.
Le coloqué el vestido blanco en el que mi mujer hundía su cara para llorar.
Le acaricié sus piernas de potrilla recién nacida.
Le lavé los pies, los genitales, las axilas, el cuello.
Besé su piel acartonada e infantil con toda la pasión que alberga un padre y observé, conmovido, el rostro ovalado de mi mujer desvaneciéndose para darle paso a uno redondo, de pestañas densas y labios delgados.
Yo vi un cráneo reduciéndose junto a cada falange, cada omóplato, cada costilla. Vi cicatrices desapareciendo en el paisaje puro y libre de dolor de Gabriela.
Me acuesto a su lado. Su exterior hiede, pero adentro respira y bombea sangre para que yo duerma tranquilo. «Despierta, pequeña», le digo con el verbo que es como el agua y moja las piedras. «Cabalgaremos juntos hacia el volcán, lo subiremos y conocerás la verdadera altura de las nubes».
Sus párpados tiemblan. Se abren.
Con los últimos rayos de sol veo la grandeza de sus ojos de vicuña devolviéndome la mirada. Una de sus pupilas se fija en mí, pero la otra cae hacia la izquierda y se oculta en el interior de su cráneo.
El sol se apaga.
De su mano abierta sale disparado y frenético un colibrí azul.
PIEDRA VII LA PROMESA
«Cabalgaremos juntos hacia el volcán, lo subiremos y conocerás la verdadera altura de las nubes», le dije a Gabriela renacida mientras le hacía una trenza.
El páramo estaba quieto y luminoso. A lo lejos, la tierra temblaba.
Un indio cruzó las inmediaciones montado en un caballo colorado y nos miró con horror.
Yo le sonreí al viento.
«No tengo miedo en el alto páramo, pero temeré», le dije a Gabriela y le limpié la saliva que empapaba su cuello.
El colibrí azul vuela muy cerca de ella en un aletear inagotable.
Cada tres horas le mete el pico en el centro del pecho como si se alimentara de su corazón.
Gabriela apenas se mueve. Su pulso es arrítmico, su respiración tosca.
Sus ojos se pierden a menudo en la llanura y en el interior de su cabeza.
Entonces una mirada blanca y lunar como las piedras de su tumba se le talla en el rostro: una que me muestra la profundidad real del mundo de abajo.
El Uku Pacha , el sitio de donde yo arranqué su sombra.
Mi hija no habla. Su mandíbula cae abierta cuando la saco de la casa para que le dé el aire.
El olor de su carne es fuerte, pero fuertes son los pajonales y las marcas que los tapires dejan sobre la tierra.
Fuerte es el amor de un padre que la cubre del frío de su propia muerte.
«Gabriela, tu taita y tu mama han vuelto a engendrarte», le digo acariciando su espalda amoratada.
«¿Recuerdas lo mucho que te gustan las flores, mis manos, el maíz, la neblina?
¿Recuerdas que encoges la nariz cuando te llamo tesoro, romerillo, estrella? ».
Su boca se abre para dejar salir un poco de saliva anaranjada.
«He llenado la casa de flores. Te entrego mis manos, el maíz, la neblina. Son para ti, mi Hanan Pacha ».
Cuando la mezo entre mis brazos regreso a la primera vez que la sostuve. Lo más bello y frágil de este mundo, pensé, un huevo de colibrí que pedía a gritos mi calor.
Y lo llamé Gabriela.
Gabriela dientes de piedra blanca.
Gabriela pelo de estrella.
Le puse nombre y su nombre me cubrió de las cenizas y del hambre de los halcones.
«No es normal que un padre sobreviva a su hija», le digo al viento y la veo intentar caminar hacia mí, pero se tambalea y cae de espaldas como cuando tenía tres años.
Su madre la habría levantado, pero yo dejo que encuentre el camino de vuelta hacia sí misma.
Le pongo la montura al caballo, le cuelgo a la derecha una mochila con agua y víveres. «Haremos un viaje juntos, romerillo. Un viaje hacia el volcán». Le cuelgo a la izquierda una bolsa llena de piedras blancas.
Una pluma negra cae sobre mi cabeza.
PIEDRA VIII EL LOBO Y EL ERIAL
Cabalgamos ladera adentro con el sol escondiéndose tras la montaña. Vimos cabritos, liebres, vacas, corderos, hasta que la tierra dejó de ser verde y la arena cubrió demasiado espacio y solo hubo silencio tras los frailejones florecidos.
Serpientes de un único color emergieron de las rocas surcando el suelo.
Me pareció ver una sin ojos levantarse igual que una cobra a pocos metros de distancia.
Le pregunté a Gabriela si alguna vez había visto un animal sin ojos, pero no me respondió.
Sobre su cabeza el colibrí aleteaba incasable como el pensamiento.
Sentí el peso de mi hija apoyada contra mi espalda y el batir de las alas de su pecho.
Le tomé las manos azules, aseguré sus brazos lánguidos alrededor de mi cintura.
«Mijita, no te caigas», le dije. Y no me respondió.
Antes, la piel de Gabriela era limpia y suave como la de un pájaro. Ahora está seca igual que un nido vacío.
«Aprenderá a hablar y a caminar», le susurré al aire proveniente de la montaña. «Lo sé porque yo arranqué su sombra del subsuelo».
Esta escritura es un conjuro.
El erial nos encontró solos y solo lo encontramos a él.
Mientras nos adentrábamos en su terreno los pajonales se multiplicaron y el viento arreció levantando el polvo.
A medio enterrar vimos cráneos, vértebras y fémures: esqueletos de alpacas, halcones, venados, lobos, zarigüeyas y curiquingues poblaron nuestro camino.
El caballo los esquivaba, pero a veces pisaba un hueso y sus músculos se encogían hasta el fondo del sol.
«Un caballo jamás pisa a un muerto», le recordé a Gabriela.
Cerca del volcán los esqueletos aumentaron y la arena se oscureció como la noche. El sol se apagó, la luna y las estrellas iluminaron el sendero con claridad. Le acaricié la crin al caballo y le tarareé una vieja canción para que ignorara el olor de las cenizas. Levanté la mirada al cielo.
Descansé de la visión ósea de la tierra.
Los esqueletos se rompían bajo los cascos y el sonido trajo consigo un dolor próximo que me hizo apretar con fuerza las manos de mi hija. Había huesos grandes como la pelvis de un hombre, y otros tan delicados que con nuestro peso se convirtieron en polvo.
Había cráneos de Dios. Espinas dorsales que formaban jardines.
La muerte esculpe nuestros cuerpos a su forma esencial y luego nos deja solos. «Somos esculturas relegadas al desierto», le dije a Gabriela. «Menos tú, romerillo mío, que fuiste arrancada de tu propia sombra». Los crujidos me tensaron la espalda en donde mi hija dejaba caer su saliva lentamente.
El volcán arriba parecía un planeta. Comenzamos el ascenso y entre las rocas vimos un lobo de ojos brillantes sonriéndole a la noche. En su hocico sostenía el cuello largo de una vicuña niña. Creí verla llorar y el frío del nevado caló en mi sien.
Le pedí a Gabriela que no mirara la sangre, pero no me respondió.
PIEDRA IX PRIMER REFUGIO
Llegamos al primer refugio antes de que amaneciera.
Até al caballo salpicado por el polvo de los muertos y me senté con mi hija sobre mi regazo.
La abracé tiernamente. Le di de mi calor aunque yo era el único que temblaba.
El sol subió por detrás del volcán como una llaga sanguinolenta hasta que tomó el color del pistilo de las margaritas.
«Romerillo, a ti te gustaban las margaritas que nunca crecerán en este páramo», le dije a Gabriela mientras el colibrí bebía de su pecho.
Una india de tres trenzas abrió el refugio. Cojeaba de una pierna y tenía el rostro hinchado y enrojecido.
«Es muy temprano», me dijo escrutando a mi hija.
«Mejor temprano que tarde», le respondí.
Nos miró con recelo y quitó los candados y las rejas de la puerta principal.
Llevaba con ella un perro sarnoso. Un perro enano y negro que le lamía los talones.
Gabriela entró al refugio dando sus primeros pasos renqueantes.
La sostuve del brazo y me dije: es la fuerza del volcán entrando en ella .
La fuerza del volcán y la geología de mi amor.
Sobre una mesa ancha descansé la bolsa con las piedras de su tumba.
Escribo: Hombres y mujeres llegan. Un anciano arrastra un trozo gigante de hielo por la estancia hasta el mostrador.
Hielo fresco del volcán. Hielo para las bebidas que nos protegen.
La gente hace el espacio pequeño. Sus rostros son rojos.
Sus manos, callosas. Cargan sacos de papas y choclo que dejan en el suelo junto a sus pies.
Beben, hablan, ríen a carcajadas estrepitosas.
El viento se hace oír sobre el tejado y los cristales de las ventanas .
De vez en cuando la pupila de Gabriela se asoma al exterior de su cuenca, pero casi siempre sus ojos son dos lunas que no me corresponden.
«Mijita, ¿qué es eso que ves al interior de ti?», le pregunto en voz muy baja.
Su mandíbula se abre y un hilo de saliva maloliente cae sobre la mesa.
Miro a mis costados. Varios indios han dejado de hablar entre ellos y nos observan con expresiones toscas y arrugas del tamaño de cicatrices.
El colibrí azul vuela en círculos. Desde el mostrador, la mujer de las tres trenzas camina hacia nosotros con el perro siguiéndole el paso. En total silencio coloca frente a mí un puñado de hojas de coca.