12. El mundo de arriba y el mundo de abajo
El mundo de arriba y el mundo de abajo
Mónica Ojeda
(Versión original)
«Como a la playa la marea debías sobrepasarme pero tu muerte crecía más rápido que mi amor delicada espina de erizo».
E FRAÍN J ARA I DROVO
PIEDRA I EL CONJURO
Esta escritura es un conjuro.
Escribo el segundo nacimiento de mi hija con el agua fresca de mis palabras. Soy un padre creador de conciencia, forjador de errores cósmicos. No tengo miedo en el alto páramo, sin deseo.
Cuando mi mujer vivía pronunciaba al sol: «A Dios no le importa que los pájaros canten el futuro». No le molesta que un cóndor planee sobre los volcanes y traiga con él la noche de las plumas.
«Dios es grande y entiende nuestra hambre».
Por eso un chamán deshuesa las palabras dormidas a la sombra de las montañas.
Conoce la musculatura del verbo, la descripción del universo como una enmarañada selva interior.
Es un padre y habla con la naturaleza. Pronuncia el idioma de los animales.
Les perdona la vida y se las quita con igual respeto.
Un chamán no es Dios pero se le parece.
En medio de los frailejones percibo la divinidad de las piedras blancas.
Escribo sobre ellas como si dibujara un porvenir.
Más allá, resguardándose del sol, una llama mastica las flores para la tumba de Gabriela.
No tengo miedo en el alto páramo, pero temeré.
Soy un padre, como Dios, y un chamán pequeño ante lo sagrado.
Esta criatura es un conjuro entretejido en lo más profundo de la tierra.
Un desafío arrojado al estómago de mi duelo.
«Renace a Gabriela», me dijo la voz antigua de las rocas.
«Porque tú formaste sus entrañas y la hiciste en el vientre de su madre».
Lloré muchas noches sobre los ojos abiertos de mi hija.
Muchas mañanas en la boca abierta de su madre.
«La paternidad me pesa», le respondí a esa voz antigua.
«Vi a mi hija nacer y morir. La enterré con mis propias manos.
Ahora mi mujer ha muerto y su cadáver permanece en casa».
«Renace a tu hija, Kay Pacha», susurró el viento.
Escribo cegado por las lágrimas sobre la tumba de Gabriela. Soy el hombre-puma. El hombre-lobo. Estas frases poseen el tamaño de mi respiración. Un conjuro que hace revivir a un muerto exige una escritura cardíaca: palabras que salgan del cuerpo para entrar en otro y transformarlo.
La magia es una encarnación: un canto que une el mundo de arriba y el mundo de abajo para renacer a Gabriela.
Estas palabras son la simiente.
PIEDRA II Y LA MADRE DIJO: «QUE REVIVA EN MI CUERPO».
En mi tierra es verano todos los días, invierno todas las noches. Por la mañana sudo junto a la puerta cerrada de mi habitación, pero cuando el sol se oculta, tiemblo.
El frío es una araña que teje sobre la piel desprotegida de los hombres.
Mi mujer se apagó veinticinco días después que nuestra hija.
Mientras agonizaba sostuvo mi mano adentro de la suya, una garra de águila cortándome la carne.
«Guarda mi cuerpo del viento y de la nieve, Hanan Pacha », dijo con los labios como el páramo.
«Llena mi boca con la ceniza del volcán, cúbreme la piel con colas de caballo y hojas de chuquiragua, pon en mi mano izquierda un colibrí y conjura el renacimiento de Gabriela».
Así lo hice porque ese era el deseo de mi mujer y el mío propio. La protegí del malaire y de la nieve. Llené su boca con la ceniza densa del volcán. Cubrí su piel con colas de caballo y hojas de chuquiragua. Puse en su mano derecha un colibrí. La dejé reposando sobre nuestra cama y cerré la puerta.
Han pasado cuarenta días y treinta y nueve noches desde la última vez que entré en nuestra habitación.
El frío es una araña oscura que huye cuando amanece. Al salir el sol, mi piel suda. Dejo la casa y camino cincuenta metros hasta la tumba de Gabriela. En cada paso la recuerdo viva, pequeña, con las manos del tamaño de una oreja de venado.
Mi hija cabello de zorro.
Mi hija dientes de pedernal.
Lloré sin palabras sobre sus ojos abiertos, con el pecho destrozado, minúsculo ante la vastedad de las montañas. «Este dolor es imposible», dijo mi mujer entonces mientras besaba el pie congelado de mi hija. «Yo también moriré, no hay otra manera».
Los pájaros lo cantaron en su alto vuelo. Los indios lo gritaron con sus miradas cenagosas:
Invasores. Terratenientes
que juegan a la andinidad.
«Esos salvajes le echaron un mal de ojo a nuestra guagua», dijo mi mujer mordiéndose las rodillas.
«Nos la quitaron. Nos la arrebataron». Ella se cortaba el pelo y lo ponía sobre la tumba de Gabriela igual que flores.
Doblaba la ropa de mi niña y se hundía en ella.
«No existe un dolor tan grande. Voy a morirme, es lo natural».
A lo lejos, los indios del pueblo miraron con desconfianza nuestra casa.
Yo soy el hombre-puma. El hombre-lobo. Escribo en las blancas piedras que recubren el cuerpo de mi hija. Rompo la ley natural: impido que su espíritu alcance el mundo de los muertos. Me rebelo contra los dioses porque he sido despojado y no hay nada más miserable que un hombre despojado.
Los animales me lo recuerdan: un chamán debe respetar el ciclo de la vida, honrar la muerte. Pero renacer a Gabriela era el deseo de mi mujer y el mío propio.
Señor, perdona esta profanación.
Ten piedad de mi hambre.
Los indios me miran como buitres esperando carroña.
Hace dos meses un cóndor cruzó el ancho cielo y trajo la noche de la muerte de Gabriela.
Plumas negras cubrieron el páramo, plumas como la pavesa, y yo le dije a la nada con las rodillas sangrando sobre el suelo: «No es normal que un padre sobreviva a su hija.
No es lógico que un grano de arena pese lo mismo que una pluma».
Tanta fortaleza es solo privilegio de los dioses.
En cambio, nosotros, hombres y mujeres de carne y hueso, sabemos que no hay fuerza en la pérdida sino derrota.
Este ulular en las costillas es mi llanto: una soledad que pide ser nombrada en el desierto. Por eso escribo palabras como el agua que alimenten a Gabriela. Porque yo te enterré, hija mía, igual que a una semilla de árbol.
Rodeado de oscuridad, busco contigo el sol.
PIEDRA III LA ESPERA
Respiro junto a la puerta cerrada de la habitación. Huelo algo dulce, como miel de panal. Es el aroma del mundo de arriba, pero también del misterio que exploro en la blancura de las piedras.
Al otro lado de la puerta unos pulmones rejuvenecen.
Un útero.
Un corazón.
En ocasiones me asomo por la mirilla y veo el cuerpo seco de mi mujer sobre la cama, cada día más joven, como si la muerte estuviera retrocediendo.
No recuerdo la última vez que sentí tanto amor.
PIEDRA IV LA NOCHE DE LAS PLUMAS
En mi tierra es verano todos los días, invierno todas las noches. Pero la noche en que murió Gabriela hizo calor y los indios salieron de sus chozas para rodear nuestro terreno.
Invasores, nos llamaron. Terratenientes
que juegan a la andinidad.
Dibujo sobre las piedras blancas. Le pongo nombre a la muerta porque una palabra es como un volcán que guarda la elevada temperatura de la tierra. Esta escritura extática, mineral, une el mundo de arriba y el mundo de abajo en un solo canto resurrector.
Un canto de la aridez, del silencio que queda tras el vacío.
Aquella noche un cóndor soltó sus plumas sobre el páramo seco.
Fue un presagio, pero no lo quisimos ver.
Los animales huyeron junto al curandero.
Miré la cara del terror en el polvo. Mi hija sudó sobre el catre y sus ojos se volvieron hacia el fondo de ella.
Besé sus noventa centímetros de piel pálida.
Le canté la canción de la Mama Quilla. Le prometí que cabalgaríamos juntos hacia el volcán y que lo subiríamos para que conociera la verdadera altura de las nubes.
Un hilo de sangre cayó de su mentón al pecho. Un río quieto y desnudo de peces.
Desde los cerros me llegaron las voces roncas de los indios: «No eres un chamán, sino un hombre».
Un hombre flaco, desorbitado, que no puede sostenerse.
Al amanecer, mientras mi mujer apretaba el pie frío de mi hija contra su cara como si fuera un corazón, entré en trance: fui un águila, un ciervo, una alpaca, pero ninguna criatura terrestre pudo cargar con mi soledad.
Estoy solo, supe, y la tierra es yerma.
Ahora camino descalzo en la negrura. Escucho el grito del viento. Trato de percibir lo sagrado y me abrazo a mí mismo, loco de pena, cuando noto que ya es imposible.
Para algunos la muerte es líquida como la lluvia. Para otros, sólida como una roca. Sé que el sonido de lenguas largas y pequeñas es el espíritu de Gabriela levantándose en el cadáver de su madre. La semilla de árbol que se rompe para regalarme una hija nueva.
Una hija que me perdone.
Una segunda oportunidad.
Desde el fondo de los huesos de mi mujer, como una flor abriéndose paso en la grieta, mi hija nace.
Igual que un cóndor, encuentro luz y alimento en la carroña.
PIEDRA V ESTA ES EL AGUA
He llevado el cuerpo de mi mujer hacia la cama de Gabriela. Un cadáver encogido, a medio transformar, que tiene el tamaño de una niña. Observé su rostro de ocelote y le dije al viento: «Es todavía el rostro de mi mujer».
El viento me respondió:
«Sí, pero mira sus manos: dos orejas de venado».
Y yo miré, enternecido hasta las lágrimas, las manos de mi hija en el cuerpo de su madre.
Sus pequeños pies, su pecho plano.
Cuando escribo le doy agua a la muerte para que calme su sed.
Cumplo con el presagio.
En mi casa reposa un cuerpo casi convertido en Gabriela. Una criatura pequeña y joven, con la piel de la edad de una niña.
Hablará la lengua de los animales.
Espantará al cóndor.
Cuando mi hija renazca abrirá la boca llena de agua y pronunciará: Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas .
Este es el libro.
Esta es el agua.
PIEDRA VI EL DESPERTAR