Lo que nos siguió a casa 11. Mechanical Servants LLC
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11. Mechanical Servants LLC

Mechanical Servants LLC

Juan Martinez

Durante los últimos siete años, aproximadamente a la misma hora todos los días, recibo una alerta por correo electrónico de eBay sobre las novedades de máquinas expendedoras de mediados del siglo XX de la empresa Mechanical Servants de Elgin, Illinois.

Vivo en Chicago, en Albany Park, no muy lejos de su sede.

Debí de configurar la alerta mucho antes de mudarme aquí, mucho antes de saber de su existencia, pero, aun así: quiero ver el lugar por mí mismo, a pesar de que imagino que la empresa ya no existe o está inactiva, no tengo carné de conducir ni auto, Uber es demasiado caro, ir en autobús me llevaría demasiado tiempo y tengo que entregar mi tesis a finales de esta semana.

Tras las dos últimas dos alertas de eBay, que solo pude leer después de encontrar mis gafas de cerca, decidí ir a la empresa de todos modos: una de las alertas era por un juego de esposas en miniatura aún dentro de su envase de plástico lechoso, y la otra por una pequeña e inquietantemente precisa réplica de la casa de la infancia de mi primera —y única— novia en Dade City, Florida, una casa en miniatura también envuelta en un envase de plástico lechoso.

Mi novia, Becky, falleció hace catorce años, un año después de nuestra ruptura. Estuvimos juntos dos años, durante el final del primero de mis muchos másteres en Florida Central, y nos separamos cuando me mudé a Illinois para cursar mi primer doctorado.

A ella le encantaba Florida; odiaba el frío, así que decidimos dejarlo.

Actualmente nos encontramos a principios de enero y todo Chicago está congelado.

Hay nieve por todas partes. En lo peor del invierno del Medio Oeste da la sensación de que la luz se escapa de todas las bombillas, como si la penumbra la absorbiera como ese mismo frío que se niega a salir.

No podía culpar a Becky por elegir el sol de Florida en vez de la perpetua capa de nubes de Illinois.

Una semana después de mi llegada a Chicago, Becky me escribió para decirme que no se encontraba bien. Tenía mareos inexplicables, decía en su correo electrónico. Se le nublaba la vista. Le temblaban las manos cuando trataba de hacer arte, como era su costumbre desde que estábamos juntos.

Tenía intención de responder, pero siempre había un capítulo que escribir, un artículo que buscar para la bibliografía, así que fue toda una sorpresa recibir la noticia de sus padres unos meses más tarde.

Tenía un tumor cerebral. La cirugía no había tenido éxito.

Me invitaron al funeral, pero no pude permitirme ir.

En ese momento aún no estaba seguro de si podía viajar: soy ciudadano colombiano con pasaporte colombiano y no sabía si bastaría con eso.

(Para ser sincero, siempre tengo un poco de duda sobre lo que puedo o no puedo hacer, a dónde puedo o no puedo ir, incluso hoy).

Es el mismo pasaporte de cuando vivía en Florida, ya tiene décadas de antigüedad.

Hace tiempo que caducó. Se supone que debo ir a la embajada para renovarlo, pero aún no lo he hecho.

Cada vez me resulta más difícil salir de mi pequeño apartamento, dejar mi destartalada computadora y mis capítulos a medio terminar.

No lloré, aunque lo esperaba. Habíamos roto, vivíamos en estados diferentes, así que tal vez era natural no llorar.

Me despertaba a medianoche, con el cuerpo empapado en sudor, posiblemente gritando, y si así era, lo más probable es que se tratara del nombre de Becky.

Todavía lo hago a veces, sobre todo cuando afronto la perspectiva de un viaje imprevisto e inesperado.

Debí de haber configurado yo mismo la alerta de eBay, aunque no lo recuerdo, y eso que en aquella época no tomaba demasiado.

Había empezado a tomar una o dos copas de vino con la cena tras una década de sobriedad.

Tengo más de cincuenta años. Durante una larga temporada de mi disoluta juventud en Colombia, fui un gran bebedor.

Es más, fue más o menos en esa misma época en que descubrí Mechanical Servants cuando empecé a hacer ejercicio y dejé de tomar por completo.

Solo cuando recobré la sobriedad me di cuenta de la gravedad de mi situación: había volado a Estados Unidos desde Colombia con un visado de turista.

Me quedé más tiempo del permitido y apenas conseguí permanecer en el país con un visado de estudiante F-1 conseguido a toda prisa y de la nada gracias a la amabilidad de un director de la Oficina de Estudiantes Internacionales en Orlando, hoy fallecido también.

No era mi intención seguir obteniendo títulos, pero las universidades públicas generalmente pagan la matrícula y yo recibía una beca, no muy grande, pero suficiente para vivir, y después de cada título tenía un año para trabajar, así que me vi envuelto en esa dinámica.

Esperaba que alguien me dijera que parara, pero nadie lo hizo.

Esta mañana, la alerta de eBay no fue tan alarmante.

Tuve que volver a buscar mis gafas de cerca: siempre estaban tiradas por el suelo y no paraba de pisarlas.

Intentaba dejarlas junto al escritorio, pero era como si las gafas se escaparan en busca de un hogar más ordenado, más firme y menos solitario.

La alerta era sobre un llavero-robot que podías montar tú mismo.

Me imaginé a algún niño estadounidense en el vestíbulo de un hotel insistiendo a un padre cansado para que le comprara ese juguete en concreto, pidiéndole veinticinco centavos.

O a un padre que viaja solo y lo compra para su hijo, que está en algún otro estado, el típico regalo de un solitario viaje por carretera.

Fuera como fuera, no sería yo. Ni mi viaje por carretera, ni mi hijo, ni mi llavero-robot. Becky y yo habíamos decidido no tener hijos. No creíamos en el matrimonio.

No se me había pasado por la cabeza la posibilidad muy real de que el matrimonio fuera una de las pocas formas de quedarme legalmente y de manera indefinida en el país, que nos queríamos lo suficiente o más que suficiente como para que pudiera ser una solución real y feliz a un problema que ahora ya era irresoluble y (muy pronto) sería catastrófico.

La siguiente alerta de correo electrónico era sobre un juego de alianzas de boda de fantasía, y la siguiente, para dos bebés. La misma cubierta lechosa para todos los artículos.

Cuando Becky me conoció, yo estaba en forma.

Antes y después de nuestra relación, estaba gordo.

Me encantaban, y aún me encantan, los bufés chinos de all-you-can-eat . Me encantaba, y aún me encanta, la cerveza, sobre todo las belgas fuertes y las imperial stouts .

Si hablaba con alguien, era sobre todo con los estudiantes que trabajaban en los laboratorios de informática, la mayoría de los cuales estudiaban informática y pocos compartían mi interés por la antropología, la sociología de la América de la posguerra de los años 50, la extraña y enredada historia de las películas industriales y documentales de los años 70 y las películas de terror independientes de la misma década.

Conectaba con gente que compartía mis mismos intereses a través de las clases y de algunos foros especializados online .

Nadie, ni siquiera Becky, supo nunca realmente qué les había pasado a mis padres en Colombia, ni por qué volver no era una opción para mí, ni por qué no me apetecía hablar de mi país natal, ni por qué me inquietaba y me quedaba callado cuando se tocaba el tema.

Sigo atrasado con mi capítulo.

Esta mañana, la alerta de eBay es sobre una muñequita vestida con la falda negra tradicional y la blusa blanca bordada de una campesina colombiana.

No me sorprendió.

A estas alturas ya me he acostumbrado a las alertas por correo electrónico y a su carácter inquietante e intrusivo, y me parecen tan inofensivas y rutinarias como lo que solía recibir si hacía clic en cualquier cosa, o pensaba en algo, y luego veía a las empresas anunciándolo en Instagram o Reddit.

Le envié un correo a mi tutora para garantizarle que entregaría el capítulo mañana.

Poco después llegó una alerta de eBay de Mechanical Servants: mi propia computadora portátil como juguete en miniatura, envuelta en plástico.

Solo envía el sobre , pensé.

Y entonces lo dije, aunque estaba solo. «Envíalo», le dije a la habitación vacía mientras caía la nieve, pesada y gris, y el invierno cubría la ventana. Lo dije más de una vez a lo largo del día, mientras escribía una frase sin sentido tras otra en el archivo de la tesis.

—Envía el sobre —dije de nuevo—. Envíalo. Envía el sobre. Envía el sobre y vendré a verte. Lo haré. Te lo prometo.

Envíalo .

Encontré el sobre por primera vez cuando era estudiante universitario, el año antes de conocer a Becky.

Tenía resaca, estaba solo, vivía en Orlando y trabajaba en el turno de noche en el laboratorio de informática del campus.

Fumaba sin parar. A menudo no podía permitirme comprar cigarrillos, sobre todo a fin de mes, y aprendí de un compañero en la misma situación que se podía fumar lo que quedara en las colillas que habían apagado en los ceniceros de la puerta del laboratorio.

No había muchas opciones: a veces el mentol asfixiante de un Newport o el subidón infantil de un Virginia Slims. En ocasiones me acordaba de pasar la llama del mechero por debajo y por encima del filtro para desinfectarlo, y otras veces me olvidaba, y así era como me manejaba en la vida.

Trabajaba hasta tarde, iba a clase sin asearme y medio dormido, volvía a casa a tomarme un montón de Natural Ice y una cena a base de perritos calientes y puré de patatas instantáneo, y luego me desmayaba y me despertaba para empezar de nuevo a medianoche.