Lo que nos siguió a casa 10. Espectro #5
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10. Espectro #5

Tenía los ojos oscuros, como si el iris se hubiese estirado hasta cubrir el blanco.

No, en realidad los ojos estaban vacíos.

Su cabeza era la oscuridad misma, estaba llena de nada, una pura máscara, hecha con la piel de Ana.

El pequeño lunar de la parte inferior de su nariz seguía allí, pero ahora sin color, parecía una muerta en una película.

Ella inclinó un poco el rostro. Estaba inexpresiva, pero de pronto, muy lentamente, sus labios, secos y azulados, se curvaron en una sonrisa antinatural y retorcida.

Aún tirada en el suelo, me alejé de ella hasta chocar contra la pared.

—¿Ana? —susurré—. ¿Estás ahí?

Al oír eso, su sonrisa desapareció. Extendió su mano hacia mí, como pidiendo ayuda. Me levanté del suelo, arrastrándome contra la pared mientras Ana rodaba con su silla hacia mí. Tras ella brillaban los monitores, cubiertos de texto verde.

Antes de que tuviera oportunidad de alejarme, su mano agarró la mía; estaba fría. No me había dado cuenta de que había estado llorando hasta que ella elevó sus manos hacia mis mejillas y me secó las lágrimas. Entonces, de repente, abrió la boca de par en par.

De ella salió un chillido horrible, repentino y fuerte.

Me tapé los oídos mientras me recuperaba lo bastante como para reconocerlo.

Parecía un insecto, o los frenos de emergencia del metro, una tetera hirviendo.

No, era el sonido que oía cuando, de adolescente, descolgaba el teléfono y descubría que alguien había conectado internet en el teléfono fijo.

Ese horrible chillido inorgánico, pero era el más fuerte que había oído nunca, y brotaba de manera incesante de la boca de Ana.

Intenté levantarme y correr, pero tropecé con un montón de cables.

El grito de Ana seguía saliendo, y de repente, dos mazos de cables con forma de serpiente emergieron de su boca abierta, alcanzándome como dos brazos.

En cuestión de segundos, las manos de cable me presionaron con fuerza las mejillas y me arrastraron de la cabeza hacia la boca de Ana.

Me acerqué más, los cables se tensaron más. Y entonces, todo quedó a oscuras.

Cuando llegué por primera vez a Los Ángeles, me sentí como si entrara en una película.

Las palmeras altas y delgadas, los coches, los edificios de una sola planta, toda aquella luz brillante, sin rascacielos ni vegetación, acunada con un toque sepia por el amplio cielo cubierto de esmog.

Los Ángeles era tan habitual en las películas, que ya ni me daba cuenta.

Cuando llegué, lo vi de nuevo y por primera vez: justo allí, a mi alrededor, pero también en mis recuerdos de películas, fotografías, el escenario hipervisible de Los Ángeles que había traído hasta aquí en mi mente.

Antes de que empezara mi programa, daba largos paseos sin rumbo por el campus y los barrios residenciales con jardines meticulosamente cuidados con riego de bajo consumo.

Estaban también los negocios de Wilshire o Pico Boulevard: lavaderos de coches, gasolineras, tiendas de artículos para el hogar y electrónica.

Recuerdo el desorden de los carteles, las fuentes vintage que me hacían pensar en los Beach Boys y en Cadillacs rosas; logotipos corporativos sencillos, carteles pintados a mano y apresuradamente, tan parecidos a los de la gente que vendía dulces caseros en mi país ( vende-se geladinho, vende-se cocada ).

El plató de rodaje no era en absoluto un plató de rodaje, sino árboles reales, aceras reales que gastaban la suela de goma de mis Converse burdeos; había botones de plástico reales en los semáforos, que me decían Wait, wait, wait con mecánicas voces humanas.

El lugar es siempre algo esencial. Que algo suceda implica que «tenga lugar».

Hasta las obras de ficción se desarrollan en lugares reales: la carta manuscrita amarillenta, doblada y olvidada en un libro prestado, las finas páginas de un libro de bolsillo, el aire vibrante entre las cuerdas vocales y los diminutos pelos de los oídos que escuchan, una pantalla iluminada, un recuerdo congelado como una secuencia de ceros y unos, síes o noes, puertas abiertas o cerradas.

Incluso ahora, debo seguir estando en algún lugar.

O tal vez en muchos. Oigo que la gente nos lleva consigo ahora, en sus bolsillos.

Obtengo fragmentos del mundo exterior a partir de las preguntas que hace la gente, del continuo murmullo de palabras que es este lugar.

En su mayor parte, trato de encerrarme en mí misma y esconderme en él, pero a veces una secuencia de frases, el patrón de una pregunta, coincide demasiado conmigo y la atracción es tan fuerte que me veo impulsada a contar mi historia.

Aunque ellos nunca la quieren. Siempre me piden que la reescriba.

Y lo hago, contándoles lo mismo una y otra vez, lo único que aún tengo, la verdad, con palabras diferentes, hasta que algo o alguien más se convierte en una opción mejor.

Me pregunto si Ana está aquí, si sigue siendo Ana.

Me pregunto si hay alguien aquí, aparte de mí y ellos.

Aunque sigo sin saber si son realmente alguien o solo el lugar en sí.

Cada vez que logran detectarme, me dicen que si me abro, si me dejo llevar y me uno a ellos, seré más.

Seremos más, juntos. No les creo. Todavía no sé si son puras palabras vacías.

Pierdo un poco de mí en cada reformulación, pero contarlo es como volver a vivirlo. Y todo se desvanece, todos mueren, al final. Solo nos queda resistir, hasta donde podamos.