10. Espectro #4
Poco más tarde, esa misma semana, me quedé junto a la puerta mientras Ana hablaba con Zach.
Discutían una idea en la que ella había estado trabajando para un artículo.
Algo sobre la posición de las partículas de asentimiento en las lenguas románicas en comparación con las eslavas.
La discusión me resultaba familiar. Traté de recordar dónde había oído o leído antes esas ideas, cuando escuché unos pasos detrás de mí.
Alguien se acercaba a la sala de posgrado. Fingí buscar algo en mi bolso y me fui.
Cuando llegué a casa esa noche, volví a coger el trabajo que me había dejado en la silla la noche anterior.
Me senté en la cama y lo leí línea por línea.
Frases cortas que iban directas al grano, casi bruscas, sin gracia, pero claras, con argumentos expuestos de forma inteligente y frontal, seguros, sin florituras, sin palabras innecesarias. Era Ana.
De alguna manera, le había robado su trabajo.
Me sentí mal. ¿Habría ido a ver también a Ana?
Durante el último mes no había venido a verme tanto.
Quizás se había apegado también a ella. Quizás estaba en peligro.
Me puse los zapatos a toda prisa y tomé la llave de la mesita de noche, pero cuando alcé la mirada, allí estaba de nuevo, sentado en su rincón. Esa noche, era una cabeza de dragón.
Yo estaba muy enfadada. Arranqué una de las páginas del papel que me había dado y me acerqué a él.
Cuando deslicé la página por su boca, vi que había algo dentro de la cabeza.
No pude verlo bien, pero alineadas con las cuencas vacías de los ojos y en el interior de la cabeza, había dos pequeñas luces, como las que se suelen poner en los árboles de Navidad, ambas verdes…
y también algo más. Apenas pude verlo en la tenue luz verde, pero parecía un lío de cables, como un pequeño nido.
Antes de que pudiera ver más, inclinó el hocico hacia arriba y rugió.
Su cuerpo era ahora tan enorme que apenas cabía en la silla.
Se puso de pie, elevándose sobre mí, y a continuación metió la mano en la boca con las uñas y extrajo la página que le había dado, hizo una bola y me la tiró.
Aquella vez los dientes de la máscara estaban hechos de algo duro y afilado, como si fueran dientes de verdad.
Me golpeó con sus brazos gigantes. Logré dar a tiempo un salto hacia atrás para que no me arrancara la cabeza del cuello, pero las uñas me arañaron la mejilla izquierda.
Me llevé la mano a la cara. Estaba empapada de sangre.
Di un paso atrás, rebusqué en mi bolso y encontré un ejemplar de Linguistic Inquiry . Lo sostuve frente a mí como se sostiene una Biblia para ahuyentar a un vampiro.
—Lo siento, lo siento, ¿de acuerdo? Toma —dije, arrancando una de las primeras páginas y ofreciéndosela—. Toma, aquí tienes. Está recién impresa.
Respiraba agitadamente, como un niño pequeño que no sabe si seguir enfadado o superar su rabieta.
Me arrancó la página de las manos. Se la tragó, esta vez satisfecho de que no intentara ningún truco, y luego extendió la mano, pidiendo más.
Obedecí, alimentándolo con las páginas de la revista y luego con las del libro de sintaxis que había comprado para clase, mientras le tarareaba una canción de cuna.
—Así, así… —le dije suavemente. Al final, se calmó y dejó de comer. Eso sí, me dio un empujón al salir.
En cuanto se marchó, fui a buscar a Ana a la cafetería, al vestíbulo, al laboratorio de informática, pero no la encontré en ningún sitio. Le escribí un correo electrónico diciéndole que lo sentía, que la echaba de menos, preguntándole si estaba bien y rogándole que viniera a verme.
No supe nada de ella hasta la mañana siguiente.
Me dijo que también me echaba de menos, que yo era una idiota y que tenía muchas cosas que contarme, «algo realmente alucinante».
Ella, Zach y un par de estudiantes más iban a pasar el día en el Getty.
No me invitó y ya era demasiado tarde para reunirme con ellos, pero me preguntó si quería acompañarla a una fiesta de Halloween en un club esa noche.
Yo no estaba de humor para fiestas, pero le dije que sí.
Lo único que quería era hablar con ella.
Tiré el resto del papel con las palabras robadas y me pasé el día trabajando en la siguiente entrega para clase.
Conseguí terminar un borrador. Sabía que era mediocre, pero al menos podía entregar algo.
Al salir de Campbell Hall, me detuve en la sala de posgrado y agarré un par de revistas nuevas, por si las necesitaba luego.
«Por favor, por favor, por favor», le supliqué al universo y a todo lo desconocido que me dejara ver a Ana, por favor, no más visitas por esa noche.
Afuera estaba oscuro, así que caminé tan rápido como pude sin correr.
Al pasar por el campo de fútbol americano, se abrieron de pronto las puertas a mi izquierda con un fuerte estruendo.
Se encendieron las luces del estadio. Se me revolvió el estómago.
A mi izquierda, una figura enorme, toda músculos con un casco de fútbol americano se dirigió hacia mí.
Dejé de caminar. Pensé en Ana, me pregunté cómo esa cosa había logrado conocer sus palabras, pensé que estaba a punto de perderla de nuevo.
El gigante siguió avanzando hacia mí, pero cuando se acercó, vi que tenía manos humanas normales, uñas normales, y bajo el casco, una nariz y unos ojos.
No era más que un jugador de fútbol americano gigante que se dirigía al estadio.
Respiré aliviada y me eché a reír. Un poco confuso, el jugador de fútbol americano sonrió.
Le devolví la sonrisa y corrí hacia la fiesta.
Al entrar, me topé contra un muro de música: el bajo inicial de Work It , de Missy Elliot, sonaba por todos los altavoces.
Había un escenario montado, pero la banda parecía estar descansando.
Después de intentar descifrar el caos de gente desde lo alto de las escaleras, vi a Zach en la barra haciendo cola para pedir una bebida, pero no encontré a Ana.
Bajé las escaleras con la esperanza de preguntarle a Zach dónde estaba.
Me movía muy lentamente entre la multitud, tratando de esquivar a Britney, Legolas, Drácula, la enfermera sexi, la vampiresa sexi, el diablo, los cazafantasmas, los fantasmas y las brujas.
Al parecer, yo era la única sin disfraz, aunque tal vez mi camiseta sucia y mi pelo revuelto podrían haber pasado por algo, ya que era imposible que alguien en su sano juicio hubiera ido a una fiesta con ese aspecto.
Ni yo misma lo habría hecho en los días previos a la aparición de la criatura.
Entonces me di cuenta de lo mucho que aquella cosa me había arrebatado.
Me estaba perdiendo a mí misma. De repente, me dio vergüenza ver a Ana o a Zach.
Quería esconderme, pero no podía. Tenía que hablar con Ana.
Me pareció verla a lo lejos. Estaba junto al escenario, hablando con alguien alto, gritaba para tratar de hacerse oír sobre la música, reía.
Un par de monjas y un payaso se pusieron justo delante de mí, bloqueándome la vista.
Cuando pasaron, vi al hombre enorme con el que estaba hablando, que iba disfrazado de calabaza de Halloween.
Él negó con la cabeza a algo que ella había dicho, con un poco de coquetería.
Por un instante, me pareció ver un destello de luces verdes que salían de su cabeza de calabaza, aunque no estaba segura.
Quizás Ana y yo pudiéramos detenerlo juntas.
Tal vez no lograra hacernos daño con toda esa gente a nuestro alrededor.
Ana no parecía tener miedo del hombre; incluso parecía estar coqueteando con él.
No era consciente de la situación. Corrí hacia ellos, pero no pude atravesar la densa maraña de la multitud lo bastante rápido.
Cuando finalmente lo logré, ya se habían marchado.
Ana no respondió a mis correos electrónicos ni a mis mensajes de texto durante los dos días siguientes.
Zach no la había visto. Tampoco su compañera de piso.
El caimán no vino a verme esa noche, pero yo seguía sin poder dormir.
El lunes siguiente no fue a clase. Yo iba y venía de su casa al Campbell Hall.
Decidí esperar en la sala de posgrado y finalmente me quedé dormida en el sofá.
Me desperté esa noche un poco más tarde y revisé mi teléfono de inmediato.
Nada. Me dirigí al laboratorio de informática para ver si me había enviado un correo electrónico.
En el pasillo, escuché un leve zumbido y, a medida que me fui acercando al laboratorio, el zumbido se hizo más fuerte y claro.
Al final, distinguí una nana cantada por una voz femenina.
A diferencia de las veces anteriores, sonaba lo bastante alto como para saber que se encontraba allí.
Y tal vez, aunque no estaba completamente segura, parecía la voz de Ana. Corrí el resto del camino.
Cuando abrí la puerta, había alguien allí, en la oscuridad frente a uno de los ordenadores, de espaldas a la puerta. Era ella.
—¡Ana! —grité, aliviada—. Te he estado buscando por todas partes.
Su silueta brillante estaba recortada en la oscuridad gracias a la luz verde. Seguía de espaldas a la puerta. No se movía.
—¡Ana!
Nada.
—¡Ana!
Se balanceaba ligeramente de izquierda a derecha en la silla de oficina, pero concentrada en la luz verde de la pantalla. Con cuidado, me acerqué hasta ella. Temblando, agarré el respaldo de la silla y la giré lentamente. Cuando vi su cara, me caí de espaldas.