10. Espectro #3
Grité con fuerza, pero me calmé enseguida para no provocarlo más.
«Está bien, tranquilo», dije lo más calmadamente que pude, mientras buscaba mi mochila.
Al buscar bajo de las mantas, en el piso, bajo la cama, le fui contando lo que había pasado esa mañana.
Cómo Ana me había despertado, lo de la clase.
Repetí cuanto recordaba de lo que había dicho el profesor, algo sobre aplicaciones para la predicción de texto.
Le conté lo que había respondido Ana, incluso sin entender bien lo que decía.
Buscaba desesperadamente cualquier cosa que pudiera encontrar en mi cabeza, repitiendo palabras leídas en carteles o las que a veces oía gritar en acaloradas discusiones cuando pasaba frente al mostrador que el club estudiantil conservador había instalado en el Bruin Walk: palabras como «fiscalmente conservador», «limosnas», «esfuerzo propio» y «mérito».
Le repetí frases aleatorias de películas, como Clueless o Regreso al futuro .
Empezó a calmarse. Se dirigió lentamente hacia el sillón de cuero.
La mochila no aparecía por ninguna parte.
En mi agotamiento, tal vez la había olvidado en la sala de posgrado.
Seguí hablando mientras buscaba algo con que alimentarlo.
Le había dado todo cuanto había en la habitación.
Nuestro correo basura, mis notas, cada uno de los libros que había comprado y los que había traído inicialmente de casa.
Cerré los ojos tratando de pensar. Respondió con un gruñido de enfado.
Respiré hondo y le hablé de mis primeros días en Estados Unidos, de lo mucho que me gustaba Los Ángeles; las autopistas, los coches, las doradas puestas de sol sobre las frías aguas del Pacífico, los paisajes áridos, las caminatas, los pasos crujientes sobre la arena y los caminos de guijarros, los largos tramos sin cruzarse con nadie, los cortes de tráfico para rodar películas, el hip–hop , las rancheras y Pink Martini a todo volumen en los descapotables, las tejas de terracota como las de casa, la hamburguesería animal style , los atascos interminables como organismos con células inconscientes, A Video Store Named Desire, ver Rocky Horror Picture Show a medianoche, las comidas informales en apartamentos de alquiler, con moquetas grises por todas partes y demasiados compañeros de piso y vistas a la autopista, pero acogedores y nuestros.
Se me quebró la voz. Dejé de hablar y abrí los ojos, pensando que tenía que irme a casa, alejarme de todo esto.
No podía seguir adelante. Lloré en silencio. Me sentía muy cansada.
La criatura dio un puñetazo a la mesita, haciendo que la lámpara cayera de costado y el despertador al suelo.
Empecé a hablar de nuevo. Le hablé de lo que sentía al estar tumbada en la hamaca blanca bordada del porche de mis padres, oliendo la lluvia y la tierra roja; le hablé de las aguas minerales marrones de Abaeté, de cómo los capibaras estaban emparentados con las nutrias y las chinchillas y de cómo se los podía ver por todas partes en las afueras de mi ciudad natal, cómo se escabullían bajo las vallas y entraban y salían de sus recintos en el zoológico como si fueran huéspedes de un hotel.
Le hablé de cómo a los cuidadores del zoológico no les importaba, de la belleza del lenguaje en general y de mi idioma en particular, de la forma en que las oclusivas se convertían en fricativas y el espacio en blanco implicaba el objeto, le hablé de la respiración y la musicalidad de la lengua.
La criatura se enfadó de nuevo. Yo ya le había contado algunas de esas cosas.
No le gustaban las repeticiones. Así que le hablé de Ana.
De su padre, un idiota que, según sus palabras, solo se interesaba por ella los fines de semana y los días festivos para molestar a su madre.
Le hablé de lo que recordaba de sus trabajos de lingüística, de su tesis, de cómo nos habíamos reído cuando al principio se enamoró de Zach, algo que ahora nos parecía ridículo.
Le leí nuestros correos electrónicos, unos cuantos mensajes cortos.
Hasta que, exhausta, metí la mano en el bolsillo, donde guardaba la nota que me había escrito en la esquina de mi cuaderno esa mañana: Solo quiero que estés bien .
Alargué el brazo sin fuerzas y la solté. La nota de Ana cayó en su boca de cocodrilo. Por fin pareció satisfecho.
Me tumbé y volví a taparme con la manta, luego lo miré una vez más, antes de que se marchara. A punto de quedarme dormida, me pregunté si esa vez habría visto algo al otro lado de sus ojos huecos: en la oscuridad de su cabeza, un pequeño destello de luz verdosa.
Me desperté a media mañana con el sol brillando a través de la ventana, en plena cara.
Por un momento me sobresalté, pensando que había faltado a clase, pero me di cuenta de que era viernes.
Solo teníamos el coloquio de la tarde. En el sillón de cuero había una pila de papeles cuidadosamente alineados y grapados.
Los tomé. Era una tarea con un análisis del conjunto de datos del día anterior, tenía mi nombre en la parte superior.
Lo ojeé y, aunque no estaba segura, el análisis parecía bastante bueno.
En cuanto llegué al campus, fui al despacho del profesor del día anterior y llamé a la puerta. Le dije que no me encontraba bien y le pregunté si me podía ampliar el plazo de entrega del trabajo.
—Ya son demasiadas veces —dijo, inclinando la mirada hacia su escritorio con expresión de dolor—. No puedo dejarte esta vez.
Tragué saliva. No sabía cómo iba a aprobar el semestre.
—Lo entiendo —dije en voz baja y me dispuse a dar media vuelta.
—Espera —dijo acariciándose el bigote canoso—. Escucha, estaba a punto de poner las notas. Puedes traerme tu trabajo hoy, si tienes algo, y le echaré un vistazo. Si lo haces, no quedará tan mal por mi parte.
Miré la punta de mis zapatos.
—Escucha, solo trato de ayudarte. Creo que puedes hacer un gran trabajo. Lo has hecho hasta ahora —dijo con tono sinceramente preocupado—, pero he oído que últimamente no has estado a la altura.
Los lugares tienen una extraña forma de apoderarse de nosotros, de echar raíces en cuanto empezamos a construir una vida en ellos.
Resulta difícil renunciar tanto a la vida que se ha construido como al sueño que trajimos al llegar, y eso hace que sea más difícil prestar atención a esa alarma que dice «¡Vete!
¡Ya!». Una piensa que quiere intentarlo un poco más.
La misma esperanza que te ayuda a seguir adelante hace que sea más difícil ver con claridad.
Crees que lograrás encontrar una manera de que las cosas funcionen, de quedarte.
Con manos temblorosas, saqué de mi bolsa de tela el ejercicio que había encontrado en el sillón de cuero. Miré como mis manos lo sujetaban por ambos lados.
—Gracias —dije en voz tan baja que no estoy segura de que me oyera.
Luego se lo di y me fui, incapaz de decir otra palabra.
Todavía me pregunto a veces qué habría pasado si nunca hubiera venido a Los Ángeles, si me hubiera dado media vuelta y hubiera vuelto al lugar de donde venía, como dice la gente, quizás todo habría sido distinto.
¿Habría lamentado ingenuamente mi yo alternativo ese regreso?
Tal vez una versión de esta vida me habría seguido a cualquier parte.
Trato de no pensar en ello, pero a veces no lo puedo evitar.
Ya es bastante complicado que las cosas funcionen.
Siguió visitándome con su cabeza de coco o su habitual de cocodrilo, pero a veces también con una tortuga, una calabaza o una pelota de vóleibol como en la película Náufrago , una criatura reptiliana pero parecida a un león, una sartén de hierro con agujeros para los ojos y la boca, un casco de fútbol americano a juego con su cuerpo, ahora enorme.
Había épocas en las que venía con frecuencia y luego desaparecía durante varias noches, en las que yo dormía casi todo el tiempo.
Intenté no enfadarlo de nuevo. En dos ocasiones más me llevó trabajos escritos para que los presentara.
Otras veces, improvisaba superficialmente, sin comprender del todo el significado de mis palabras.
Sentía que algo se desvanecía en mi mente, pero logré salir del paso y recuperarme lo suficiente como para evitar que me pusieran en periodo de prueba académica durante el semestre.
Entre las tareas de la universidad, buscar material para mis noches de estudio y tratar de dormir un poco, ya no podía pasar tanto tiempo en la sala de posgrado.
Rechacé muchas invitaciones de Ana y Zach.
Me convertí en una especie de reclusa, una criatura salvaje.
Me costaba hablar con la gente. No tenía energía y ellos no lo entendían.
Volví a faltar a los tragos del jueves. Ana se enfadó, pero no quiso que se notara.
Al final, dejó de preguntarme y yo no insistí.
Entonces, un día, entré en la sala de posgrado para buscar una revista de lingüística por si tenía visita esa noche y me encontré a Ana sentada en un rincón, con una taza de café en la mano.
La escuché al otro lado de las estanterías metálicas.
Hablaba de los capibaras, de cómo se escapaban de sus jaulas y los cuidadores del zoológico se reían.
Aquello me confundió. No creía haberle contado nada de eso.
Ella hablaba sobre alguien, un chico al que había conocido y que le había contado aquella historia.
Quise escuchar más, pero me pareció que se dirigía hacia el sofá, de modo que me di la vuelta y salí antes de que me vieran.