Lo que nos siguió a casa 10. Espectro #2
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10. Espectro #2

Al día siguiente, tenía demasiado miedo para quedarme en casa, así que fui a clase para sentirme rodeada de mis compañeros de fonología.

Me tranquilizó un debate un poco idiota sobre la combinación de las teorías autosegmentales y de optimidad para explicar un corpus de datos de lenguas tonales.

No era precisamente el grupo que habría elegido para defenderme en una película de terror (tal vez en alguna conmovedora película sobre un concurso de ortografía), pero era mejor que estar sola.

Pedí una ampliación del plazo para entregar el trabajo y, al final, lo escribí.

Me llevó un tiempo armarme de valor para volver sola al laboratorio de informática, pero al poco tiempo descubrí que, mientras siguiera haciéndolo crecer con mis trabajos, divagaciones y palabras, el terror se mantenía en un nivel manejable y podía seguir más o menos como antes.

Antes de que apareciera la criatura de cabeza vacía, me pasaba la mayor parte del tiempo haciendo lo que se supone que debe hacer cualquier estudiante de posgrado en lingüística.

Mi especialidad era la sintaxis. Investigaba la forma en que las palabras se unen en oraciones, representadas en diagramas que parecen árboles.

Analizaba cómo sus hojas y raíces, sustantivos, verbos, cuantificadores y frases adverbiales se balanceaban y hablaban entre sí, cómo se unían para crear la estructura que daba sentido.

Mis compañeros trabajaban en morfología, fonología, lingüística computacional, cada uno asomado a una ventana diferente para comprender la gramática universal del lenguaje.

Cada día era una mezcla de asombro y emoción por las posibilidades del conocimiento, de placer por estar rodeados de personas que compartían la misma inquietud por primera vez en nuestras vidas, y también una pizca de terror latente.

Terror al mirar el corpus de datos que se negaban a encajar en un patrón.

La desesperación al mirar el sencillo reloj de plástico negro de la pared de la sala de posgrado, que marcaba las dos de la madrugada en vísperas de la fecha límite para entregar un trabajo.

Pensar que tal vez no éramos lo bastante buenos para estar allí.

Un miedo tácito pero palpable de que, si no lo hacíamos bien, si nos retrasábamos, nos expulsarían del programa (y, en mi caso, también del país).

Durante el día, me gustaba sentarme junto a las ventanas en el viejo sofá de flores de la sala de posgrado, trabajando en silencio junto a otros estudiantes, o discutiendo en ocasiones las repercusiones de diferentes teorías lingüísticas, dibujando mutaciones de oraciones en pizarras blancas.

La gran mesa de café de roble amarillo solía estar cubierta de notas, tazas de té y café, y viejas revistas de tapa lisa con títulos como Natural Language, Language y Linguistic Inquiry .

En algún momento de aquellos primeros días, alguien dibujó un caimán en la pizarra.

No le di mayor importancia y lo borré para dibujar diagramas de árboles sintácticos comparando la posición de los pronombres objetivos en portugués brasileño, español e inglés.

Cuando regresé de clase más tarde, alguien había borrado todas las palabras y dibujado un pequeño caimán de dibujos animados.

Llevaba gafas de sol y se tocaba su gran panza redonda, satisfecho, relamiéndose los labios, como si cada palabra del árbol hubiera sido una manzana que se hubiera comido.

Me reí y dibujé un corazón y pequeñas manzanas comidas esparcidas por la pizarra, ajena a lo que vendría después.

El mayor cambio que produjo la aparición de la criatura afectó al tiempo.

Ya tenía muy poco, pero ahora además tenía que pasar muchas noches despierta, relatando mis días, describiendo el paisaje, las historias que mi madre me contaba de niña, lo que había desayunado, alimentaba a la criatura con mis borradores, los folletos que recogía diligentemente de los diferentes clubs o de los repartidores evangelistas de Bruin Walk.

Necesitaba dormir. A aquella criatura descerebrada le gustaban los papeles y los folletos, pero lo que más le gustaba era que le hablara.

Pasado un tiempo, ya no tenía el cuerpo de la bruja de Blancanieves.

Ahora era un hombre, treinta centímetros más alto que yo, con hombros y espalda anchos, redondeados por los músculos que lo hacían más voraz, con piernas de ciclista.

A medida que se hacía más fuerte, era yo quien se marchitaba por el agotamiento.

Cierto día, tras unos meses delirantes, me despertó Ana sacudiéndome el hombro. Me había quedado dormida sobre mi escritorio.

—Vamos, amiga. La clase empieza en quince minutos —dijo, ayudándome a levantarme.

—¡Mierda!

Me levanté de un salto y saqué mi cepillo de dientes y la pasta del cajón del escritorio.

—Estoy preocupada por ti —dijo, asegurándose de hacer una pausa para mirarme a los ojos y transmitir cierta gravedad—. Luego me acompañó al baño de mujeres. Mientras me cepillaba los dientes, me miró fijamente en el espejo—. ¿Estás drogada?

Me eché a reír, escupiendo pasta de dientes por todas partes y luego la risa se convirtió en llanto.

No había podido terminar mi tarea. Había leído todo el conjunto de datos a la criatura la noche anterior.

Esa vez había aparecido en la oficina con una cabeza de coco, dos agujeros para los ojos y uno para la boca.

La boca no era lo bastante grande para los papeles que había recopilado, de modo que tuve que leerle todo.

Cuando terminé, apenas podía mantener los ojos abiertos.

Recordaba haber estado allí, intentando trabajar, y al segundo siguiente a Ana sacudiéndome para que me despertara.

—No estoy drogada —dije, sollozando, con pasta de dientes corriéndome por la barbilla, la mano y la muñeca.

Me abrazó, me llevó las manos hasta el agua y me lavó la cara.

—Dime qué te pasa.

Negué con la cabeza. No quería hablar más.

Me secó la cara con una toalla de papel.

—Está bien. De momento vayamos a clase, ¿quieres? Ya hablaremos después.

Me ayudó a respirar lentamente mientras caminábamos hacia el aula. Ana y yo fuimos las últimas en llegar, pero al menos pude entrar sin llorar.

Nos sentamos junto a los otros nueve estudiantes alrededor de la mesa de madera de cerezo mientras el profesor continuaba con su discurso sobre el papel de las categorías gramaticales, la estructura de árbol binario y la entropía en la predicción de los límites de las frases.

Yo intentaba prestar atención, pero me costaba mucho concentrarme.

Antes me encantaban estas cosas, pero ahora estaba muy cansada.

Me hizo una pregunta sobre el conjunto de datos, supongo que relacionada con lo que acababa de explicar, pero yo tenía la cabeza en blanco.

—Tal vez si… —dije, entrecerrando los ojos para centrarme en una zona concreta del conjunto de datos proyectado en la pantalla blanca sobre la pizarra—, si nos fijamos en…

Hice una pausa, como si intentara expresar con palabras una idea brillante y compleja, pero lo cierto es que no había nada tras mi actuación. Tenía ganas de vomitar.

Zach y Ana intercambiaron miradas. Entonces intervino ella:

—¡Exacto! Entiendo lo que dices, justo ahí, en las dos últimas líneas.

—Sí, ahora lo veo —dijo Zach.

Ana tomó el control de la conversación con algo que seguramente le había costado mucho descubrir y que tenía pensado aportar al debate de clase como idea propia, en vez de fingir que yo la había visto primero.

Me sentí fatal, pero también muy agradecida con ella.

Mi situación en aquella clase se estaba poniendo muy delicada.

Pasaron a otro tema y ella me apretó suavemente la mano bajo la mesa, luego escribió en la esquina de la página abierta de mi cuaderno: Solo quiero que estés bien .

Ojalá se lo hubiera contado después de clase, pero pensaba que nadie me iba a creer.

No quería que la gente pensara que había perdido la cabeza.

No quería que me pusieran en libertad condicional, que me expulsaran, ni perder mi visado y que me enviaran de vuelta a casa.

No quería que me echaran del programa, ni perder mi vida en Los Ángeles, ni a ella y a Zach. Solo quería que todo desapareciera.

Ese día era el último jueves del mes. Ana, Zach y yo solíamos ir a la happy hour para estudiantes en un local que quedaba al sur del campus.

Compartíamos tragos a mitad de precio y hacíamos nuestro brindis mensual por «haber sobrevivido un mes más».

Me fui a casa temprano para recuperar algo de sueño, pero me desperté sobresaltada, aunque esta vez fueron unas uñas horribles las que se clavaron en mi hombro.

Eché un vistazo: volvía a llevar la máscara de cocodrilo.

Luego miré el despertador que estaba en la mesita de noche y me dieron ganas de llorar.

Era medianoche; me había perdido la happy hour .

Pensé en Ana y en Zach sentados allí esperándome, sin que yo apareciera, incluso después de haberme salvado en clase.

Me sacudió el hombro de nuevo. Nunca me había resistido antes, pero esa vez estaba demasiado cansada y triste.

—¡Vete! —murmuré.

Me sacudió con más fuerza.

—Déjame en paz —dije, mientras me cubría la cabeza con la manta.

Me dio un pinchazo en la espalda.

No le hice caso.

Tras un par de intentos más, se quedó en silencio. Durante unos segundos, pensé que se había marchado. Pensé que, durante todo este tiempo, lo único que había tenido que hacer era pedirlo.

Entonces me sacó la manta de golpe y la arrojó al otro lado de la habitación. Gritó, con una mezcla de silbido agudo entre tetera hirviendo, alarma de incendios y rugido de león.

Jadeaba con los puños cerrados a los costados, lo que me recordó a un gorila enojado. Ya era enorme, del tamaño de un culturista alto, y estaba furioso.