10. Espectro
Espectro
Ananda Lima
«Piensa en la humanidad —dijo— como una gran concha de ostra. Nuestra primera tarea, Soares, es extraer la perla, es decir, la razón».
M ACHADO DE A SSIS , El alienista
«Así que tengan cuidado, mucho cuidado».
P RINCE , 1999 Yahoo! Internet Online Music Awards.
Lo alimenté con palabras. Palabras que traía a casa en folletos, envoltorios, párrafos de páginas tomadas de revistas.
Las vertía en su boca vacía. Le susurraba historias, letras de canciones, recuerdos en el hueco de su oído.
Cuando entraba en mi habitación y encendía la lámpara de la mesilla de noche, allí estaba el hocico de cocodrilo de goma asomando por el costado de la estantería de madera.
Le gustaba esperarme en el viejo sillón de cuero de la esquina, acogedor bajo la luz ambarina, acurrucado bajo la manta de ganchillo marrón cobrizo.
La cabeza de cocodrilo parecía ser su favorita.
Desde lejos, parecía una máscara normal, una persona con un disfraz, pero si se miraba por los agujeros en busca de unos ojos, una boca gigante, no había nada allí.
Un vacío inconsciente que daba forma al caucho como una cabeza humana.
Si me detenía, sin saber cómo continuar después de relatarle el día, las novedades en el periódico en el que trabajaba, las noticias, me daba un codazo, colocando su mano de enormes uñas curvas sobre mi regazo, como un cachorro que busca que lo acaricien.
Y yo le daba más, hasta que se tranquilizaba.
A veces, cuando se marchaba, encontraba arañazos en el cojín de cuero y en el reposabrazos del sillón, provocados por sus movimientos al comer.
Obviamente, al principio estaba aterrorizada.
No estaba segura de que fuera real. Pensé que me estaba volviendo loca.
Antes de verlo por primera vez, de vez en cuando había vislumbrado por el rabillo del ojo una figura borrosa y sombría reflejada en el espejo, pero había desaparecido al mirarla directamente.
O sonaba una nana, apenas perceptible, entre las canciones de mi lista de reproducción mientras caminaba hacia el campus.
Cuando rebobinaba las canciones, la nana siempre había desaparecido.
Y el caso más espeluznante de todos: cuando se produjo un parpadeo de las luces fluorescentes y, de nuevo, la nana, pero con un sonido totalmente mecánico, apenas audible en los altavoces crepitantes del laboratorio de informática del departamento de Lingüística.
Después de aquello, intenté evitar el laboratorio, pero tenía que entregar un trabajo y no tenía computadora.
Era principios de la década del 2000 y yo era una estudiante de posgrado.
Mi beca solo me daba para vivir en un lugar de cuarta y comer, siempre y cuando asistiera a los actos del campus en los que ofrecían pizza gratis.
Tenía una beca y un visado de estudiante.
No podía jugármela con las notas. Además, no estaba del todo segura por aquel entonces.
Las obsesiones se parecen un poco a otras cosas malas de la vida: el diagnóstico de un cáncer inminente, el desahucio, la infidelidad del cónyuge…
Lo puedes sospechar, pero igual no te crees del todo que te vaya a pasar a ti.
O tal vez se parezca más a vivir un golpe de Estado.
Las señales están ahí, pero son contradictorias y difíciles de leer.
Todo parece tan improbable, tan absurdo.
Que no suceda parece lo más racional, hasta que ya es imposible negarlo.
Me dije a mí misma que todo había sido una coincidencia o fruto de mi imaginación.
Mientras caminaba por el pasillo vacío de Campbell Hall, rogaba a cualquier poder que pudiera asistirme que estuvieran allí mis compañeros de clase Ana o Zach trabajando también en sus ensayos, o cualquiera que no fuese un fantasma o un monstruo, pero sabía que no solían quedarse hasta tarde los martes por la noche.
Cuando entré en la sala, estaba oscura y vacía.
Prendí la luz. No había nada raro: una fila de monitores beige a lo largo de la pared derecha, torres de escritorio a juego y sillas de oficina con ruedas.
En la pared opuesta, un par de escritorios y una gran impresora gris.
Me senté en mi escritorio habitual, en el centro de la fila, y prendí la computadora.
Mientras se encendía (en aquella época tardaba un rato), me sobresaltó un ruido a mis espaldas.
Me di la vuelta despacio, con el corazón a mil, temiendo mirar, pero era solo la impresora.
Me di cuenta de que había puesto ambas manos sobre el pecho, como mi abuela y sus amigas cuando se sentaban en sus sillas plegables frente al televisor y comentaban los últimos rumores sobre los secuestros u otros crímenes horribles que supuestamente ocurrían en su pequeña ciudad.
Me reí de mí misma, por haberme asustado tanto por nada.
Probablemente solo fuera alguna vieja solicitud de impresión que se había activado al prender la computadora.
Me levanté y me acerqué a la impresora. Las páginas empezaron a salir a raudales, pero completamente en blanco.
Esperé que la vieja máquina no se hubiera quedado sin tóner.
Quizás alguien había colocado el papel en la bandeja de alimentación al revés y la solicitud se había quedado atascada en la cola.
Volví a la computadora mientras seguía escupiendo su creciente pila de nada.
En cuanto me senté de nuevo, la impresora se detuvo.
Las luces fluorescentes del techo se apagaron.
Por un segundo, pensé que había sido un corte de electricidad.
En aquellos días, la gente de mi país no creía que en Estados Unidos pudiera haber cortes, ni gente viviendo en la calle, ni largas esperas para ver a un especialista, pero para entonces yo ya sabía que esas impresiones eran erróneas.
Así que por qué no un corte de electricidad.
Pero entonces, el monitor izquierdo se prendió.
Grité. Estaba aterrorizada, pero también extrañamente avergonzada de que alguien me hubiera oído, o quizás era una broma y había una persona escondida, riéndose de mí.
Me quedé muy quieta, con la mano izquierda sobre el pecho y el corazón acelerado.
Entonces se prendió otro monitor, seguido de otro: todas las filas de monitores se activaron uno a uno, de izquierda a derecha.
Gritaba cada vez que se encendían, la vergüenza dando paso al terror.
En las pantallas apareció un videojuego de los de toda la vida, tipo Pac-Man.
Excepto que en lugar de Pac-Man, se veía a un pequeño caimán dando saltos por el laberinto.
Se comió a todos los fantasmas aterrorizados y se rio a carcajadas.
A continuación, todas las pantallas se oscurecieron, menos la de mi derecha y la de mi izquierda.
Ambas mostraban un círculo verde pixelado, del tamaño de un plato de postre, rodeado de oscuridad.
Un tercer círculo apareció en el monitor que tenía frente a mí, proyectando su luz verde sobre mi cara y mis manos temblorosas.
Los tres círculos juntos conformaban un triángulo, como los agujeros de una bola de bolos, creando una cara rudimentaria.
Aparecieron unas ridículas cejas pixeladas, que le daban un aspecto desesperado, asustado y gritando que imitaba mi gesto.
Se burlaba de mí. Entonces las cejas se invirtieron para mostrar enfado.
Dejé caer mis notas, mi taza de café vacía de la máquina expendedora, y eché a correr.
Mientras salía, los dos círculos que formaban los ojos se entrecerraron para mostrar regocijo. Escuché cómo la cara reía sin parar.
Llegué a casa sin saber qué pensar, pero aliviada de haberme marchado del laboratorio de informática.
No estaban mis compañeras de piso. Intenté que no me temblaran las manos al sacar el agua de la nevera, pero cuando cerré la puerta lo vi allí, justo a mi lado, por primera vez: la cabeza de cocodrilo, los ojos vacíos.
Su cuerpo era entonces el de una anciana delgada, como la malvada madrastra que se transforma en bruja en el viejo cuento de Blancanieves, encorvada sobre su cesta de manzanas.
Grité de nuevo y dejé caer la botella de cristal al suelo.
No se rompió, pero el agua se derramó por todas partes.
Estuve a punto de caer hacia atrás, pero me mantuve en pie gracias a la encimera de la cocina.
Aquella cosa se me acercó extendiendo sus largas uñas amarillentas.
Pensé que quería comerme o tal vez robarme la cabeza para reemplazar aquella nada que flotaba sobre su cuello.
Incapaz de moverme, cerré los ojos con fuerza y me protegí de aquello que se dirigía hacia mí.
Y a continuación… nada. Pasó a mi lado, tirando una cesta de manzanas rojas, que rodaron por el suelo. Agarró el libro de cocina vegetariana de mi compañera Meg, que estaba justo al lado de la cesta de la fruta, y empezó a arrancar las páginas y metérselas una a una en su gran boca de goma.
La mente tiene una capacidad asombrosa para acostumbrarse a lo que sea y el hecho de que una empiece a recibir la visita de un monstruo no significa que se vaya a olvidar del alquiler o de renovar el permiso de residencia.
Resulta sorprendente cómo tras el shock y el malestar, tras pensar lo injusto que es, lo mal que está, lo de por qué a mí, esto no debería estar pasando, qué voy a hacer ahora, etc.
, etc., de alguna manera simplemente me acostumbré.