9. Luz y Fer #5
—Porque, de la misma manera que siempre tuve esta profunda conexión con el collar blanco de mi madre…
, también a veces tengo sueños, pesadillas, visiones de uno negro.
A veces son solo nubes de sensaciones y sentimientos, y otras veces ni siquiera son realmente pesadillas, son como recuerdos.
Hace años, mi madre estuvo sobria el tiempo suficiente para ligarse a un tipo de las finanzas que nos llevó de vacaciones a Sumatra.
Entonces llegó el tsunami, y mi madre y yo escapamos, pero su novio no.
Todo fue muy traumático. Mi madre volvió a beber.
Cuando le conté lo de las pesadillas, no era solo que fueran flashbacks aterradores.
Recuerdo haber dicho: «No recuerdo esas cosas».
No podíamos permitirnos ninguna ayuda real, pero todos los trabajadores sociales y médicos decían: «Oh, es solo una forma de autoprotección de tu cerebro; recuerda algunas cosas y otras no», pero nadie entendía lo que era.
»Tengo mis propios recuerdos de lo que vivimos, los lugares a los que fuimos, las personas a las que vimos, lo que pasó, pero no, esas experiencias pertenecían a alguien más.
Una persona idéntica a mí, pero que vivió otras cosas, fue a otros lugares, vio a otras personas e hizo todo eso con el mismo colgante que yo tengo en blanco, y ella en negro.
»Las visiones continuaron durante un par de años, luego se hicieron más infrecuentes.
Me despertaba gritando o llorando por una ruptura con un chico cuando no había salido con nadie, cuando ni siquiera me gustan los chicos.
Cada tanto tenía un flash de una experiencia que no era mía.
A veces, de niña, incluso soñaba que me hacía daño y me despertaba con una nueva cicatriz, como si el hecho de verla la hubiese hecho real para mí.
Pero esos episodios cada vez eran más raros…
hasta el Javits Center. Como en las otras ocasiones, tengo todos mis recuerdos y emociones, pero luego me duermo y es como si pertenecieran a otra persona.
Por ejemplo, cuando evoco ese día, recuerdo todo lo que hice, pero si lo pienso bien, hay algo más.
Como si fuese otro ángulo de la cámara —Fer cerró los ojos, recordando—.
Llevo puesto un vestido largo de gala negro, tengo el pelo corto, hay polvo en el aire, todo está destruido, pero en vez de ayudar a la gente, me dirijo hacia la puerta, y entonces…
—Fer abrió los ojos y me miró de frente—. Te veo.
—Así que, en cierto modo, ya me habías visto antes —dije, atónito.
—Tal vez por eso confié en ti —Fernanda se inclinó sobre la mesa de la biblioteca y me tomó la mano—.
Sigo sin saber qué es real aquí, pero sé que no quiero encontrarme con quien nos perseguía.
Puedo darme cuenta de que arriesgaste algo para encontrarme, y sé que quieres encontrar a tu amiga, pero no sé qué puedo hacer para ayudarte. ¿Qué podemos hacer?
¿Qué podía hacer ella para ayudar? Acababa de decirle que la habían separado al nacer para un experimento de una secta luciferina.
Que parecía que ese experimento había tenido cierto éxito.
Que durante toda su miserable vida, los horrores de la pérdida y la destrucción le habían sido infligidos a propósito como parte de un retorcido experimento sobre el alma humana.
Ni siquiera su nombre era el suyo. Y ahí estaba ella, tendiéndome la mano, y lo único que parecía lamentar era no poder hacer más para ayudarme a mí .
Claro. Era la dualidad del sello de Lucifer, el «portador de la luz».
La hermana que había visto la oscuridad tenía dentro de sí una gran luz blanca, que llevaba alrededor del cuello.
Con los ojos llorosos y a punto de desmayarme, ni siquiera podía empezar a pensar en qué hacer a continuación.
Lo único que sabía era que al parecer habían suspendido nuestra persecución.
Fer y yo llevábamos más de dos horas en la sala de estudio y seguíamos siendo los únicos por allí.
No podía hacer mucho más sin descansar un instante.
Empujamos una silla bajo el pomo de la puerta de la habitación y, recostado contra la pared, cerré los ojos por primera vez en lo que me parecieron semanas.
No duró mucho.
Fernanda me sacudió para despertarme, con los ojos abiertos por el pánico.
—Lo siento. Te dije que estaría vigilando, pero me dormí —dije, levantándome de un salto—. ¿Están aquí?
—No… No lo sé, pero vi a Lucía. En mi sueño. Yo estaba… Ella estaba atada en una furgoneta. ¡La han atrapado, Aurelio!
Entendí de golpe lo que debería haber imaginado antes. En el instante en que me dijo que podía ver los recuerdos de Lucía.
—Si has podido ver a Lucía hace un momento y la tienen, entonces…
Fernanda asintió.
—Ella también nos ha visto a nosotros.
—¿Crees que se lo habrá contado?
—Aurelio —dijo Fernanda llorando y agarrándose el cuello—. Me han puesto un cuchillo en el cuello… en el cuello de Lucía. No creo que tuviese otra opción.
—Mierda.
Se oyó un ruido tras la puerta de la sala de estudio, había gente moviéndose en la biblioteca.
Habían utilizado a Lucía para encontrarnos.
Solo había una salida de aquel lugar. Ideé un plan: esperar a que llamaran a la puerta y entonces abrirnos paso a la fuerza y escapar.
Fernanda asintió. Las manillas de la puerta se movieron.
Entonces ¡BAM! Cuando el primer impacto golpeó la puerta, agarré su mano.
Ella temblaba. ¡BAM! Le apreté la mano con fuerza.
Fernanda empezó a temblar aún más y me di la vuelta.
Había comenzado a tener convulsiones, se aferraba y tiraba de su colgante.
—¿Fer? ¿Qué pasa?
Apenas podía articular palabra, tartamudeaba con la mirada perdida y débil, los ojos levemente en blanco.
—Lucía… Ellos… le han cortado. Está sangrando…
Tembló y se quedó rígida como una tabla.
Los golpes en la puerta continuaban a mis espaldas mientras vi que una gruesa cicatriz le atravesaba el cuello a Fernanda, hinchándose y desfigurando su piel sedosa.
La sangre le goteaba por la nariz y le salía por la comisura de la boca, sus ojos recuperaron de repente la vitalidad.
Una suave sonrisa se dibujó en sus labios.
—Vaya —dijo—, tienes el hoyuelo del otro lado. Qué curioso.
La puerta del estudio se abrió de golpe, pero no se oyó ningún ruido cuando los hombres entraron en la sala.
Lo sentí al instante. El opresivo velo de silencio.
El olor del mismo aire recalentándose a mi alrededor.
A continuación, todo lo que hubo en el mundo fue un gran destello brillante y, finalmente, una oscuridad atronadora.
Me despertó el olor a carne quemada. No se escuchaban gritos.
El aire frío de la noche entraba por donde antes había estado el techo.
A mi alrededor estaban los cuerpos desmembrados y chamuscados de los hombres que habían derribado la puerta.
Con la cabeza palpitándome, miré a mi alrededor.
Fernanda yacía en el suelo a pocos pasos, pero la explosión…
Seguí buscando a Luz con la mirada. Si las dos tenían que estar juntas para que se produjera la reacción, entonces ella tenía que estar allí. Pero no había nadie.
Me levanté lentamente y caminé hacia Fernanda.
Tenía los ojos abiertos y esa suave sonrisa aún en los labios.
La sacudí por el hombro y su cabeza simplemente cayó hacia un costado, dejando al descubierto la cicatriz en su cuello, donde le habían cortado la garganta a Lucía.
Realmente habían sido dos partes de un mismo ser, separadas al nacer.
Al mirar la destrucción a mi alrededor, parecía que también se habían reunido en la muerte.
Me incliné y cerré los ojos de Fer antes de quitarle el colgante blanco del cuello, la única pista o prueba que me llevaría hasta Tanita, si aún estaba viva.
—Lo siento. Lo mantendré a salvo.
Me lo colgué al cuello y salí tambaleándome, pasando sobre los cadáveres humeantes hacia la noche. Tenía que seguir adelante. Tenía que ir a algún sitio. Quizás podría encontrar a Jay de nuevo. Tal vez con el colgante podría…
Me sonó el celular. Me quedé inmóvil y lo saqué con mano temblorosa.
Tanita trataba de llamarme por FaceTime.
El viento soplaba a mi alrededor mientras miraba la pantalla y escuchaba la llamada.
¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía más pista que aquella.
Quizás Jay la había encontrado. Tal vez seguía en casa, tras haber decidido no unirse a mi delirante aventura.
Respondí.
—¿Tanita?
Al otro lado de la pantalla vi una habitación oscura, iluminada únicamente por las luces de la calle que se colaban entre las persianas. Quien estuviera al otro lado de la línea no hablaba, solo se movía en silencio por el apartamento. Lo reconocí. Era mi apartamento.
—Tanita, no deberías estar ahí. Tienes que irte.
Siguieron moviéndose por mi apartamento hasta llegar a mi dormitorio. Había alguien tumbado en la cama. Una mujer yacía en ella, con un brazo colgando flácido a un lado. La cámara se acercó. Tanita estaba tumbada boca arriba, con la garganta destrozada y sangrando.
—No. ¡No! ¡No! ¿Qué has hecho? ¡Ella ni siquiera sabía nada! Podías haberme secuestrado a mí. ¡Habrían pensado que simplemente había desaparecido! ¡Que me había suicidado! ¿Quién mierda eres?
Alguien habló por fin. Una mujer.
—Aurelio. ¿Sabes lo que significa ese nombre? Proviene del latín y significa «oro».
La cámara se alejó del cadáver desangrado de Tanita y enfocó a un hombre que estaba de pie en la esquina con un cuchillo en la mano.
Hasta en la oscuridad, lo reconocí. Había visto esa silueta muchas veces, toda mi vida.
Era la mía. Miré el colgante blanco que llevaba al cuello y luego el negro que brillaba en la oscuridad alrededor del pecho del hombre. La mujer volvió a hablar.
—Vuelve a casa, mi niño dorado.