Lo que nos siguió a casa 9. Luz y Fer #3
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9. Luz y Fer #3

Llamé al timbre de su apartamento. No hubo respuesta. Volví a llamar. No hubo respuesta. Crucé la calle, contando los pisos de su edificio. El sol de invierno ya se había puesto, pero no había ninguna luz encendida.

Caminando por las calles empedradas cerca de English Kills, escudriñé las calles industriales vacías mientras dudaba de mi cordura.

Los depósitos de camiones y almacenes desolados me rodeaban en el crepúsculo cuando llegué al letrero de Johnson Street, el único camino para descubrir qué me estaba pasando. Llamé al #6.

Una voz crepitó en el intercomunicador:

—Segundo piso. Cierra la puerta cuando entres.

Mientras subía las escaleras, tuve la esperanza de que también hubiera encontrado a Tanita, que estuviera al otro lado de la puerta.

Se abrió de golpe y el hombre de la biblioteca me empujó al interior, cerró tras de sí y pegó la oreja a la cerradura.

Cuando se disponía a echar el pesado cerrojo, le agarré la mano.

—No. Antes de encerrarme contigo, dime quién eres. ¿Dónde está Tanita?

Su mano no opuso resistencia mientras hablaba, aunque yo la apretaba con fuerza.

—¿De qué serviría decirte que soy un amigo?

No supe qué decir. Al fin y al cabo, estaba allí a su merced. El cerrojo no significaba gran cosa. Le dejé girar el pomo y lo seguí al loft vacío. No había allí un lugar donde alguien se pudiera esconder, ni siquiera habían puesto aún la pared del baño.

Se sentó en un sillón raído y me indicó con un gesto que hiciera lo mismo. Opté por caminar de un lado a otro.

—No sé dónde está tu amiga del teléfono. Siento si te he asustado, pero no podía arriesgarme a revelar mi identidad. Ya fue bastante arriesgado encontrarte. Si vas a dar vueltas de ese modo, por favor, mantente alejado de las ventanas.

Se le veía bastante culto y elocuente para ser un desaliñado conspiranoico.

—No eres…

—¿El «Twinvestigator»? No. Ellos lo atraparon hace tiempo. No fue él quien te respondió. Me llamo Jay.

—¿«Ellos»? ¿Quién mierda son «ellos»?

Golpeé con el pie el barato calentador de propano que luchaba por mantener caliente la caja de hormigón de Jay.

—Ten cuidado, por favor —dijo sin inmutarse por mi entusiasmo—.

Se llaman The Birthing Room (La Sala de Partos); se podría decir que son los encargados de las gemelas.

Un grupo de personas que afirman ser científicos, fisiólogos, ingenieros sociales, pero en realidad están experimentando con las gemelas…

Digamos que hacen experimentos poco convencionales .

—¿Y sé que tú no eres uno de ellos porque…? ¿Cómo me has encontrado?

—He estado atento a cualquier cosa que apareciera en internet sobre las gemelas.

Soy uno de los pocos interesados. Lo cierto es que conocí a The Birthing Room hace muchos años.

Era profesor de religión comparada y se pusieron en contacto conmigo por una de mis investigaciones sobre magia luciferina, les hice el favor y luego cometí el error de indagar en su trabajo.

No les gustó nada. Ahora estoy… —Señaló la choza inhóspita en la que ahora vivía.

—Y estas personas tan atentas… ¿te enviaron a buscarme y qué? ¿También a mí me van a dar mi propio agujero para esconderme?

Jay suspiró.

—Estoy aquí por voluntad propia. Mis colegas no se involucran de este modo.

Les parece un riesgo demasiado grande. Pero, después de lo que le pasó a Twinvesti…

Michael. Después de lo que pasó con Michael, no podía quedarme de brazos cruzados.

Creo que el incidente del Javits fue demasiado grande como para que se pudiera pasar por alto.

Aún hay demasiada gente buscando respuestas.

Incluso antes de que publicaras nada, The Birthing Room ya había empezado a moverse en Nueva York.

Creo que van a poner fin a su experimento.

—¿Poner fin a su experimento? ¿Te refieres a las gemelas?

—Lucía y Fernanda, sí.

—¿Qué es ese «experimento»?

—Lucía de la Cruz, conocida como Luz, y la otra, Fernanda Griffiths, conocida como Fer.

Luz fue criada por una familia acomodada en Ciudad de México.

Fer creció sin recursos en el Bronx. Su madre era drogadicta y entraba y salía de prisión.

Dos gemelas, nacidas del mismo óvulo, del mismo cuerpo y con idéntica genética, separadas y colocadas en entornos opuestos supuestamente para estudiar la influencia de la naturaleza y la crianza.

A una de ellas se le muestra la destrucción, la privación, la oscuridad de la humanidad.

A la otra, la bondad, la calidez y todo lo bueno del mundo de Dios.

El sello de Lucifer está formado por dos flechas en la parte inferior, la creación a partir de la dualidad.

No es el mal en sí mismo, sino la capacidad de elegir entre el bien y el mal.

¿Alguna vez has visto una imagen de Baphomet?

¿La mano derecha y la izquierda? Creación y destrucción, cielo e infierno.

Conceptos estables por sí mismos, pero ¿y si los juntas?

¿Qué ocurre cuando el cielo y el infierno se unen?

Igual que el sodio y el agua, se produce una reacción violenta en la que algo nuevo lucha por nacer.

—Javits —concluí.

Él asintió. Lo miré con incredulidad.

—Lucía y Fernanda. Luz y Fer. ¿Luz y Fer?

Jay se encogió de hombros.

—Di el nombre del diablo y se manifestará.

—Dijiste que ya se estaban mudando a Nueva York para poner fin al experimento. Te refieres a Fernanda.

—Limpiar todo y empezar de cero. Sí.

—Pero vamos a ir a buscarla antes de eso, ¿verdad?

Jay me miró como si fuera idiota. Ya estaba metiendo lo poco que tenía en una mochila.

—¿Qué? No. Solo tuve tiempo para ir a buscarte a ti, eso es todo. Ir tras Fernanda sería un suicidio. Te digo que cuando quieren limpiar, no dejan rastro.

Se me cayeron los brazos y sentí un nudo en el estómago.

—Tanita… No apareció en la biblioteca. Tampoco contestó en su casa.

Mi anfitrión se quedó paralizado. Me había acostumbrado a su actitud paranoica, pero la expresión de su rostro cuando se volvió para mirarme era de puro terror.

—¿Fuiste a su apartamento antes de venir aquí? ¿Estás loco? No. No. Nos vamos. Nos largamos antes de que aparezcan por aquí.

—¿Dónde está Fernanda? Está en el Bronx, ¿no es así? Si es ahí dónde va esa gente, yo también voy. Tal vez tengan a Tanita con ellos. ¿La dirección?

Jay negó con la cabeza.

—No serviría de nada. Morirás. Desaparecerás. Ella ya no está. Fernanda tampoco, con toda probabilidad. Caerías en una trampa para nada.

—¿Y qué hago? ¿Me voy contigo y me paso el resto de la vida en un lugar como este? ¿Esquivando sombras y mirando por encima del hombro a perpetuidad?

Jay no supo qué responder, se limitó a mirarme. Parecía decir que la respuesta era «sí». Volví a mirar aquel loft desierto, polvoriento, frío. Un lugar en el que alguien vivía con miedo, acurrucado sobre un quemador de propano para calentarse y esperando un apocalipsis silencioso.

Jay se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—Tenemos que irnos.

Me abalancé sobre él y lo inmovilicé contra la pared con el antebrazo sobre la garganta.

—¿Qué mierda estás haciendo? ¡Trato de ayudarte!

—Dime ahora mismo la dirección de Fernanda. Voy a buscar a Tanita.

Me dio un rodillazo en la parte interna del muslo, apuntando a mis testículos. Le rompí la nariz con la frente y grité:

—Dices que probablemente estén de camino, ¿verdad? ¿Me han seguido? ¿Qué tal si te mantengo inmovilizado aquí hasta que lleguen?

La sangre de su nariz ya le goteaba desde su labio superior sobre mi brazo.

—¡Te atraparán!

—Me atraparán si voy a casa de Fernanda o me atraparán aquí. Sea como sea, estoy perdido. Solo hay una forma de que te lleve conmigo. Dime la dirección.

Dejó de retorcerse, y con la voz ahogada por la sangre que le caía por la nariz, dijo:

—¡Siede, siede, dres, esde, ciendo ochenda y dres sdreet! ¡Sedto be!

Lo dejé caer, tosiendo como un ganso mientras su tráquea recuperaba su forma habitual.

Gritó algo, pero yo ya había salido por la puerta.

Tropezando de vuelta hacia la noche, el corazón me latía en los oídos mientras rememoraba en mi mente todos los detalles de aquel día: el hedor, los gritos, la sangre, el polvo, el colapso, el zumbido en los oídos, el pánico, seguido por aquellas dos mujeres, Fer y Luz, Luz y Fer, una y otra vez.

Ahora podía ponerles nombre a sus caras; sus caras era lo único que veía.

Estaba de nuevo en el Javits Center y veía a Fer por primera vez del mismo modo en que ahora me encaminaba a verla de nuevo.

Rumbo al metro, fingí no ver al hombre que había empezado a seguirme.

Entré en el vagón más concurrido que pude, abriéndome paso entre los pasajeros para llegar al mapa del metro y orientarme sin el teléfono.

Durante todo el trayecto hasta el Bronx, el hombre me observó a través de la ventanilla del vagón contiguo.

Estaba extrañamente tranquilo. Pensé: No vendrá aquí a por mí.

Ya sabe a dónde voy . Aun así, necesitaba suficiente espacio para alejarme de él y poder ir del tren al apartamento.

Al entrar en Harlem, vi un tren C esperando en la estación al otro lado del andén.

Seguí a los demás pasajeros hasta él, asegurándome de que el hombre me seguía al entrar en el vagón contiguo.

Justo cuando las puertas empezaban a cerrarse, empujé a una abuela y su carrito de la compra, salí de nuevo al andén y regresé corriendo al B, observando por la ventana cómo se llevaban al hombre a Washington Heights.