Lo que nos siguió a casa 9. Luz y Fer
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9. Luz y Fer

LUZ Y FER

Leopoldo Goût

Hace tres años, fui a la Cine Gear Expo en el Javits Center.

Sí, esa misma. Allí estaba yo, en estado de shock y ensangrentado, caminando como un zombi entre los escombros mientras me ahogaba entre el acre olor a carne quemada.

Ciento dieciséis muertos, innumerables heridos, y ningún sospechoso.

Algunos lo llamaron «ataque», a pesar de que nadie, ni siquiera los habituales grupos terroristas, siempre dispuestos a buscar notoriedad atribuyéndose cualquier atentado con víctimas múltiples, reinvindicó la autoría.

Desde los púlpitos, muchos proclamaron la furia divina: el martillo de Dios se abatió sobre esos mercaderes de sueños de celuloide y sus discípulos de luz y sombra.

Cuando cae la oscuridad, la plebe se aferra a sus certezas —el juicio divino o la mano del terror— para iluminar su propio vacío personal.

Yo había ido allí para visitar el stand de un fabricante de cámaras al que me había mantenido fiel durante mis años de realización de documentales.

Acababa de sacar al mercado una nueva cámara para condiciones de poca luz, que me pareció perfecta para una película en la que estaba trabajando.

El enorme salón de convenciones estaba repleto y yo estaba ansioso por agarrar la cámara y salir de allí.

Las multitudes resultaban sofocantes en aquellos años posteriores a la pandemia.

Con la cámara bajo el brazo, me dirigí hacia la salida y pasé por un puesto de café que habían instalado en el recinto.

Al pasar, no pude evitar volver la cabeza cuando percibí el aroma del perfume de una mujer, una sutil mezcla de almizcle y caramelo con geranios que de alguna manera se había abierto paso entre la multitud, y no pude evitar fijarme en la mujer de la que procedía, que esperaba su café.

Su largo cabello negro y ondulado le caía sobre los hombros y le llegaba hasta la mitad de la espalda, sobre un jersey oversize que cubría un vestido amarillo pálido.

Me quedé embelesado, observándola mientras se giraba desde la barra para revelar su llamativo rostro, con un hoyuelo en la mejilla izquierda mientras sonreía al vendedor.

Llevaba un colgante blanco de aspecto pesado con un extraño símbolo de dos triángulos invertidos.

Me vibró el bolsillo, era una llamada de uno de mis productores, Quin.

Llevaba un tiempo evitándolo tras una acalorada discusión, pero su apoyo era demasiado importante como para volver a enviarlo al buzón de voz.

Respondí. La señal en el interior era pésima y la llamada se cortó al instante, por lo que me apresuré hacia la salida.

Cuando me acerqué a la puerta, finalmente recuperé la llamada.

—¿Quin? ¿Me oyes? La señal es pésima aquí, espera —fueron las únicas palabras que pude decir antes de que cesara todo el sonido.

Sentí que mi boca se movía, pero el espacio estaba envuelto en un silencio absoluto.

Una respiración contenida precedió al ruido más fuerte que había oído jamás, mientras todos volaban hacia al suelo y yo me sumergía en la oscuridad.

Me despertó el hedor de la carne quemada.

Con un zumbido en los oídos, desorientado, la vista borrosa y un tremendo dolor de cabeza, rescaté mi teléfono destrozado del suelo —es extraño lo confusas que se vuelven las prioridades en un momento así— y me puse de pie.

El sordo latido en mis oídos comenzó a disminuir a medida que el zumbido iba quedando lentamente reemplazado por los gritos que resonaban más allá de la espesa nube de polvo y humo.

Con la mente aún aturdida por la explosión, no recordaba dónde estaba ni qué hacía allí.

El mundo había sido engullido por una nube de hollín, un vacío gris del que solo se oían esos aullidos desesperados.

Forzando la vista mientras el polvo se asentaba, vi un grupo de miembros indeterminados, no tanto entrelazados como fusionados bajo una piel ennegrecida, carbonizada, supurante y pegada.

La carne tenía ampollas y burbujas, y seguía cocinándose por el calor que aún brotaba de su interior.

Me volví hacia una fuente cercana de gritos a mi izquierda; un hombre yacía en el suelo agarrando un brazo amputado, que ahora descansaba junto al trozo de cristal caído que lo había desmembrado de forma brutal.

Me palpé, todavía entumecido, comprobando que mis extremidades seguían en su sitio.

Di un paso adelante, sentí cómo me crujía el tobillo bajo mi peso y caí al suelo.

Entonces, entre el olor a detritus atomizados, sangre y carne humana chamuscada, lo volví a oler: almizcle, caramelo y geranios.

De la nube tóxica, emergió la mujer del puesto de café.

Pero ahora llevaba su largo cabello cortado a lo garçon y vestía un traje negro formal.

No podía haber cambiado de ropa desde que la vi por primera vez, y mucho menos de peinado.

Por un momento pensé que se habría quemado, y tenía el pelo chamuscado y la ropa ennegrecida por el hollín y el polvo, pero cuando pasó corriendo, ni siquiera cojeaba.

Es más, estaba completamente ilesa, casi serena, y el colgante que llevaba al cuello no era blanco perla, sino negro.

Aquella breve visión a través de la neblina fue todo lo que pude ver antes de que ella cruzara las puertas y desapareciera.

La catástrofe, accidente, ataque, o como demonios lo llame la gente, atrajo una atención global.

Sin una explicación aparente, sin pruebas satisfactorias, todo el mundo se puso a improvisar teorías descabelladas.

Al principio, no hablaba del asunto. Solo cuando la gente me preguntaba, y solo después de unos tragos de mezcal que me quemaban las entrañas, empezaba a hablar a mis amigos de lo de la chica, y muchos de ellos sugirieron que era una alucinación provocada por el shock o un traumatismo craneal.

Al final me hice una resonancia magnética para callarlos.

Los amigos menos escépticos me seguían la corriente y me preguntaban qué relación creía yo que tenía la chica que vi con lo que había pasado.

Al final se lo contaba a cualquiera que me quisiera escuchar, la imagen de aquellas dos mujeres aún grabada en mi mente, y seguía hasta que mi único público era el fondo de una botella.

Intenté encontrarle alguna utilidad a aquella experiencia en una película sobre el desastre, o al menos en algún proyecto, pero no solo por razones profesionales: pensaba que, si lograba desentrañar la verdad sobre ese día, terminaría con el asunto y el asunto terminaría conmigo.

Tenía cada detalle grabado a fuego en la mente. Los recuerdos no me dejaban dormir por la noche. No podía escapar. El hedor. Los gritos. La mujer.

Ahí fue donde realmente entró en juego la bebida.

Me dediqué a investigar otros desastres inexplicables en mis noches de insomnio, con una botella de mezcal en mi escritorio: terremotos en ciudades sin fallas, incendios forestales durante la temporada de lluvias, tsunamis sin desencadenante, hasta que el alcohol lograba vencer el insomnio y me despertaba de una noche sin sueños en mi silla.

Mi asistente, Tanita, Dios la bendiga, me llamaba sin parar en esos días. Incluso cuando los productores y otros colaboradores habían renunciado a contactar conmigo, ya que estaba cada vez más encerrado en mí mismo, Tanita se empeñaba en sacarme de nuevo a la luz del día.

Pero yo estaba en la madriguera del conejo, como dicen, navegando por foros y blogs, hogar de los igualmente obsesionados con lo inexplicable.

La mayoría eran fanáticos de los ovnis, paranoicos antigubernamentales y antisemitas del Nuevo Orden Mundial.

Almas solitarias absortas en el resplandor de sus pantallas que buscaban frenéticamente una mirada tras la cortina que ocultaba cualquier máquina que pudiera estar operando en secreto para hacerlos miserables.

Invariablemente encontraba hilos y misivas de personas que se autoproclamaban detectives de casos de desastres sobrenaturales.

Eran esas migajas las que me mantenían aferrado a mi estudio, encorvado en la oscuridad sobre el resplandor azul de la pantalla, mientras buscaba desesperadamente cualquier cosa que pudiera conducirme a una explicación de lo que había ocurrido ese día.

Más hilos que seguir, más madrigueras de conejo en las que adentrarse.

Noche tras noche, aquello se convirtió en mi ritual.

Al final, hasta Tanita se cansó de dejar mensajes de voz y luego dejó de llamar por completo, pero no me importó, porque por fin había encontrado lo que buscaba.

Navegando por un oscuro foro, me quedé paralizado al ver un hilo titulado «Las gemelas».

En la miniatura granulada, aparecía una mujer con el cabello largo y ondulado y un colgante blanco alrededor del cuello.

Un usuario apodado Twinvestigator por otros miembros del foro explicaba en su publicación que lo había sacado de un video grabado por una pareja de vacaciones en Indonesia cuando golpeó el tsunami.

Revisé el resto del hilo. Más desastres, más imágenes granuladas.

Twinvestigator había acumulado un auténtico archivo de noticias y capturas de pantalla de emisiones locales e internacionales sobre este tipo de desastres y las dos mujeres que parecían presagiarlo.

Casi nadie más en el foro parecía dar crédito a las pruebas recopiladas por Twinvestigator; casi todas las publicaciones de su hilo que no eran de su autoría las descartaban como un «esquizofrénico» más, considerándolas poco más que una novedad, pero era el único hilo al que podía aferrarme con la esperanza de responder a mis preguntas sobre lo que había sucedido ese día en el Javits Center, lo que yo había visto.

Me sumergí en él, abriendo una pestaña tras otra de los enlaces y fotos publicados por Twinvestigator. Cuanto más me adentraba en el hilo, más las publicaciones de Twinvestigator parecían alejarse gradualmente del simple archivo de pruebas y adentrarse en la paranoia.