Lo que nos siguió a casa 8. Pomelo #7
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8. Pomelo #7

—Siento si esto te duele —le susurró a Pomelo mientras pinchaba uno con la punta de la uña y frotaba el dedo en el pus que supuraba.

Antes incluso de llevarse el dedo a la boca, el aroma del zumo de pomelo invadió el aire y, efectivamente, cuando tocó la yema de su dedo con la lengua, sintió la misma sensación eléctrica y brillante que había experimentado el día en que Pomelo nació. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Alma —dijo con el corazón destrozado—, creo que se está convirtiendo de nuevo en una fruta.

Durante toda la noche, las mujeres velaron a Pomelo, que se retorcía de dolor en la cama, con gotas de sudor que se formaban sobre su piel color terracota mientras los bultos de su espalda seguían creciendo.

Al amanecer, Pomelo comenzó a gritar y Alma le metió un trapo en la boca para amortiguar el sonido.

Los montículos, ahora enormes y cubiertos de ampollas llenas de líquido, se le desprendían de la carne de la espalda, expandiéndose lentamente cada vez más, hasta que se desplegaron por completo y quedó claro que Pomelo no se estaba convirtiendo en una fruta.

Simplemente le habían salido alas.

Eran enormes cuando las extendía por completo, tan grandes que su envergadura apenas cabía en la habitación de Alma. Estaban cubiertas por una piel parecida a la de una rodaja de pomelo, con vetas de fibras blancas como las que una vez lo habían acogido en su útero frutal. Eran preciosas.

El sol ya había salido hacía tiempo y escucharon al hombre atravesar la casa hacia el comedor para desayunar.

—¡Tu padre! —exclamó Alma, sorprendida. Se había olvidado por completo del mundo fuera de su dormitorio, de Pomelo y de sus alas—. ¡Ni siquiera he empezado a prepararle el desayuno!

Pomelo empezó a seguirla hacia la cocina, pero Pilar lo detuvo.

—Pomelo, quédate aquí. Yo ayudaré a Alma. No sé si podremos esconderte ya en la cocina.

Pilar se apresuró en elegir un pomelo para el zumo matutino de su padre mientras pensaba en cómo ella y Alma iban a hacer ahora para mantener a Pomelo en secreto.

Un hombre es fácil de esconder. Un hombre con alas es otra historia.

Acababa de cortar la fruta por la mitad y estaba a punto de ponerla en el exprimidor de cerámica cuando Pomelo le agarró la muñeca y la apartó.

—Hermana —dijo con voz rica como el mazapán—, ya basta.

Alma, que estaba preparando el desayuno del hombre, dejó caer los huevos revueltos al suelo, tal fue su sorpresa al oír la voz.

—¿Hermana? —dijo Pilar.

—¡Pomelo! —exclamó Alma con alegría—. Has encontrado tu voz.

Él le sonrió cálidamente.

—Sí, Alma, ahora estoy completamente formado, gracias por criarme. Y sí, Pilar, tú eres mi hermana. Mi media hermana. Compartimos la misma madre, por eso tenemos el mismo rostro.

—¿Y el árbol de mi padre es tu padre?

—No tengo padre, Pilar. Nací de tu madre, y mi otra madre es la Tierra. Tu madre embarazó a mi madre cuando se la llevó el agua y fue absorbida por la tierra. Mi otra madre nos colocó a mí y al resto de nuestros hermanos en el ser vivo más cercano que pudo encontrar, el pomelo.

Pilar y Alma ahora lloraban juntas. En el comedor, el hombre pedía su comida y su zumo, y Alma fue a calmarlo, recogiendo los huevos del suelo y secándose las lágrimas mientras salía corriendo de la cocina. Pilar tenía demasiadas preguntas, pero la conmoción casi la había vuelto muda de nuevo.

—Cuando estaba viva, nuestra madre quiso tener otro hijo, para que tú ya no fueras la más pequeña, y estuvieras atada a esta casa y a tu padre, pero no podía concebir.

Fue a ver a una bruja, que le dijo a nuestra madre que la única manera de que tú fueras libre era que ella se desvaneciera en la tierra. La bruja le dio una poción…

—Pero tú eres mayor que yo —dijo Pilar—. ¿Cómo vas a liberarme? Es el más joven el que se tiene que quedar.

—¿Para qué crees que mis madres me dieron alas?

Desde la cocina, podían oír a su padre llamándola, pidiendo a gritos su zumo.

—¿Y qué pasa con mi padre? —preguntó Pilar.

—Algún día Alma morirá y volverá con mi otra madre y las hijas no reconocidas de tu padre se habrán dispersado para entonces. Entonces volverá la niebla y tu padre seguirá aquí, solo con sus pensamientos y tendrá que enfrentarse a sus decisiones, y morirá solo. Esa fue la profecía de la bruja.

—¡Pilar! —gritó de nuevo el hombre desde el comedor—. ¿Qué está pasando ahí dentro?

Pero los hermanos ya habían salido al patio, y los dos besaron a Alma para despedirse antes de salir corriendo por la puerta.

—¿Cómo sabes que puedes volar? —preguntó Pilar.

—Simplemente lo sé.

—Espera —dijo ella, corriendo hacia el pomelo, arrancando un tallo y metiendo tantos pomelos como pudo en los bolsillos de su vestido—. ¡Así no estaremos solos!

Y al decir eso, su hermano la tomó en sus brazos, comenzó a batir sus maravillosas alas y saltó al aire, dejando atrás el aroma, ausente durante tanto tiempo, de los pomelos del árbol ancestral, un último tormento para el hombre.

Mientras se elevaban por el aire, Pilar miró hacia abajo: a la carretera inclinada que llevaba a la carretera principal, a la ciudad que la rodeaba, al río que había más allá…

y, por primera vez, aquella niña que había visto tan poco en su vida pudo ver muchas cosas.

Pomelo hizo lo que le habían dicho sus madres y voló hacia el sur, de vuelta a donde habían venido, a un lugar intacto para el hombre.