8. Pomelo #6
Pero Pilar estaba demasiado aturdida para cantar.
Al menos en ese momento. Extendió los brazos para alzarlo y abrazarlo.
Era más pequeño que un recién nacido, pero estaba completamente formado como un hombre.
Lo apoyó en el hueco de su brazo, cerca de su cuerpo para darle calor, y la invadió por completo una sensación de amor y afecto muy puro.
Contempló su rostro, el de un joven de unos diecinueve o veinte años.
Su piel, de un color terracota más oscuro que el de ella, pero con las comisuras de sus labios hacia arriba, como las de ella.
Su nariz, perfectamente recta —más aún, noble—, era igual a la suya.
Sus ojos redondos, que se abrían solo lentamente, eran del mismo color ámbar que los de ella y los de su madre antes que ella.
—Se parece a mí —dijo ella, y Alma confirmó que, efectivamente, así era.
—¿Cómo lo llamaremos? —preguntó Pilar.
—Bueno, supongo que cuando pueda, él nos dirá cómo llamarlo pero, de momento, llamémoslo Pomelo.
Como el hombre nunca entraba en ese lugar y era la única habitación oculta a la vista del resto de la casa, las mujeres criaron a Pomelo en la cocina.
Al principio, como no sabían muy bien cómo cuidar a un bebé nacido de un árbol, hubo mucha confusión, pero al final encontraron una rutina.
Había que decidir qué darle de comer a Pomelo.
Pilar estaba convencida de que era vegetariano, porque provenía de un árbol, pero Alma no creía en el vegetarianismo, así que se decidieron por una dieta a base de caldo de pollo y atole, que le daban con un gotero.
Por la noche dormía en la habitación de Alma, junto a la cocina, en una caja de fruta, acurrucado entre pomelos, que Alma pensó que le ayudarían a sentirse de vuelta en el útero.
Como tenía las proporciones de un hombre, pero era más pequeño incluso que un recién nacido, la cuestión de vestirlo resultó ser todo un reto.
Pilar recordó algunos viejos juguetes que tenían guardados y vistieron a Pomelo con los trajecitos de sus muñecos Ken abandonados, pero a Pomelo no le gustaba la ropa y se la quitaba constantemente.
Además, crecía tan rápido que enseguida se le quedaba pequeña cualquier cosa que Pilar o Alma conseguían encontrar para él.
En un mes ya le llegaba a Pilar por la cintura.
Al cabo de dos meses ya caminaba, se movía con independencia y ayudaba a Alma en la cocina, preparando las comidas para la casa. Pero seguía sin hablar.
—¿Crees que le robé la voz cuando me bebí el zumo? —preguntó Pilar una noche en la habitación de Alma, mientras las dos mujeres observaban dormir a Pomelo.
Habían llegado a la conclusión de que, sin duda, el zumo de aquella fruta encantada había devuelto el habla a Pilar, pero ella pensó de pronto que quizás su recuperación se había producido a costa de su querido Pomelo.
Si así fuera, eso la llenaría de remordimiento porque, aunque el habla sin duda le facilitaba la vida cotidiana y criar a Pomelo junto a Alma, no le aportaba ninguna alegría real.
Al menos, no más que el silencio. De hecho, no había dejado entrever a nadie que las cosas hubieran cambiado y mucho menos a su padre, al que apenas había podido mirar a los ojos desde su quinceañera.
Aunque la llegada de Pomelo la había distraído, nada había borrado de su mente la revelación de que estaba atrapada en esa casa de cristal, destinada a vivir al servicio de su padre por lo que ella consideraba una causa injustificada.
Aunque quisiera ser libre, no veía ninguna salida.
Todos los que trabajaban para su padre, incluida Alma, le tenían miedo.
No tenía dinero, ni una educación adecuada, nunca le habían enseñado a manejar.
Y ahora tenía a Pomelo, a quien debía tener en cuenta.
Al menos él le proporcionaba cierto consuelo.
A los cuatro meses de vida, estaba claro que Pomelo había alcanzado su tamaño definitivo, aunque todavía no hablaba.
En teoría, era muy fácil ocultarlo del padre, ya que Alma podía vestirlo como jardinero, y el hombre, desde la pérdida de su esposa y sus dientes, se pasaba tanto tiempo de juerga que apenas prestaba atención al personal.
Pero Pomelo odiaba llevar ropa y se desnudaba en cuanto estaba a salvo en la cocina con Alma.
Para ella era de gran ayuda y tenía cierta habilidad natural para las sopas y los postres.
Como él la superaba en altura, ella agradecía no tener que usar su taburete para alcanzar sus mejores ollas y sartenes.
Aun así, su desnudez era una distracción, ya que, por un lado, a Alma le preocupaba constantemente que él se quemara toda esa carne desprotegida y, por otro, tampoco era de piedra.
Aunque lo quería mucho, desde luego no pensaba que ese hombre del pomelo pudiera tener ninguna relación con ella.
Era difícil no fijarse en su físico escultural mientras se movían el uno alrededor del otro en la cocina.
Por la noche, su aroma, con un fuerte olor a pomelo, le llegaba desde su catre en el suelo, bajo su cama, llenando sus sueños de una pasión que no habían tenido en años.
Una noche, seis meses después de que Pomelo llegara a su casa, Pilar se despertó sobresaltada a la madrugada debido a la inquietud de Alma.
—Mija, tienes que venir a mi habitación ahora mismo —le susurró—, es Pomelo.
Pilar sintió un nudo en el estómago mientras se vestía y atravesaba el patio, entraba en la cocina y se dirigía a la pequeña habitación de Alma, que quedaba al otro lado.
Pomelo estaba acurrucado en posición fetal, gimiendo con un llanto agudo.
—¡Es su espalda! —dijo Alma, con la voz alterada—. Está ardiendo. ¡Tiene toda la espalda llena de ampollas!
Pilar se acercó para examinarlo en la habitación tenuemente iluminada. Tenía la espalda hinchada en dos grandes montículos que, efectivamente, estaban cubiertos de carne levantada, visiblemente llena de líquido, pero algo en la piel que los recubría le pareció extraño a Pilar.