8. Pomelo #5
Incluso en casa, las cosas fueron distintas en esos meses.
Todas las tardes, Pilar se asomaba a su ventana y contemplaba desde el muro de cristal, bajando por la colina sobre la que se alzaba el edificio, el largo y sinuoso camino que conducía a la carretera que quedaba allá abajo.
Habitualmente, salvo por el auto de su padre y alguna que otra entrega ocasional, podían pasar días enteros sin que hubiera movimiento en esa carretera.
En esos días, sin embargo, había momentos en los que se formaban pequeños atascos.
Estaba el ajetreo que provocaban las visitas del organizador de la fiesta.
(Un hombre presumido al que Pilar había elegido de entre el grupo que le ofrecieron, en buena medida porque le divertía cómo sacaba de quicio a su padre; su mera llegada le indicaba que se iba a gastar más dinero).
También los floristas hicieron varias visitas y, por supuesto, el catering .
Luego, a medida que se fue acercando el día, la casa se convirtió en un hervidero de actividad: la banda, la gente que se encargaba de las luces, las mesas y las sillas, los jardineros que podaban la exuberante vegetación del patio.
Pilar no podía dormir. No tanto por la ansiedad (como mucho le emocionaba su momento de protagonismo), sino por el bullicio de la vida, por recibir la atención de tanta gente y escuchar a todos aquellos trabajadores hablar de sus vidas o de sus jefes o de su padre mientras trabajaban en la organización de la fiesta, por la… alegría.
Cuando terminó la fiesta, tras bailar con su padre, Dagoberto y el resto de su corte bajo el centelleo de las luces de colores, tras cantar Madre Abandonada y cuando ya todos habían probado un trozo del gran pastel de varios pisos, y la banda terminó su segundo bis y su padre se quedó dormido por haber bebido demasiado tequila con sus primos y colegas, Pilar permaneció despierta.
Primero se quedó en el patio mientras colocaban los platos sucios en los carritos, metían los manteles en bolsas de lavandería y plegaban las mesas y las cargaban en los camiones.
Todo lo que acababa de ser mágico se desmontó ante sus ojos en lo que parecieron unos instantes.
Desde el muro de cristal, observó en la oscuridad cómo las luces traseras de todos los autos y camiones se alejaban por el largo camino de entrada y giraban, a un lado o al otro, hacia la carretera principal, haciéndose cada vez más pequeñas.
Y, por primera vez en su vida, Pilar comprendió realmente que al final de aquella entrada vacía había vidas que transcurrían en casas mucho más destartaladas que el castillo de cristal de su padre, con trabajos mucho más duros que los que probablemente su padre había tenido que hacer nunca, pero que esas personas tenían vidas mucho mejores.
Por primera vez en su corta existencia, sintió en su interior el deseo de formar parte de eso.
Eran casi las tres de la madrugada y ya hacía tiempo que había partido el último de los camiones cuando Pilar regresó al patio.
Todo estaba en silencio y, salvo por una copa de champán olvidada y manchada de pintalabios, era como si nada de aquello hubiera ocurrido.
Debajo del pomelo estaba el hueco que había cavado años antes con la esperanza de encontrar a su madre.
Ahora se ajustaba perfectamente a su cuerpo y, con todos en la casa dormidos, se sentó en él.
A menudo sentía que su madre estaba allí, y le desesperaba tanto el deseo de hablar con ella, de preguntarle por qué se sentía tan sola, cómo podía tener una vida propia, que se encontró a sí misma, despojada del lenguaje tradicional, tarareando.
Tarareaba la melodía de una canción que nunca había oído antes.
Una que provenía de su tristeza, o eso le parecía.
Aún con su vestido de fiesta, tumbada en el suelo, ya estaba a punto de arrullarse a sí misma para dormir cuando oyó a alguien más tarareando con ella. En armonía con su voz.
Se sentó erguida, pero sin dejar de tararear.
Cantó en voz baja un fragmento de una vieja canción religiosa y, desde arriba, oyó que la melodía se repetía.
Tarareó una nueva melodía, una triste que había oído en la radio, y, desde arriba, oyó que se reproducía de nuevo.
Comenzó a buscar frenéticamente el origen del sonido, tarareando y cantando lo más suavemente posible para no despertar a su padre ni a nadie en la casa.
Revisó los alrededores del árbol, buscando a algún invitado borracho que se hubiera quedado dormido en cualquier lugar, pero no encontró a nadie.
Comenzó a mirar hacia las ramas. El tarareo provenía de allí.
La vida. Se subió al árbol como no lo había hecho desde niña, desde antes de que su madre se le escapara como el agua entre las manos, y allí, mientras tarareaba y cantaba, se dio cuenta de que el sonido provenía de las frutas.
No de las frutas, sino de un pomelo en particular.
Pudo localizarlo porque vibraba, ya que el tarareo no solo provenía de él, sino también de ella.
Lo arrancó del árbol.
A la mañana siguiente, consciente de que su padre tendría resaca por la fiesta, se levantó temprano.
Llevó la fruta a la cocina, preparó café para Alma y esperó a que la mujer, ahora encorvada por la edad, entrara en la cocina arrastrando los pies.
Cuando lo hizo, Pilar dejó la fruta sobre la encimera y comenzó a cantar Itotiani al cítrico.
—Mija, esa no es una canción triste —dijo Alma.
Pilar se encogió de hombros. Supongo que depende , escribió en un trozo de papel.
Pilar cantó al pomelo y Alma observó, asombrada, cómo la pulpa de la cáscara se ondulaba lentamente bajo la superficie, al ritmo de la música. Alma soltó un grito, pero Pilar le puso el dedo en los labios a la anciana y pasó al estribillo de la canción, mientras se inclinaba más cerca del pomelo.
—Uiuiuiui uiuiuiu —cantó Pilar suavemente, arrullando a la fruta.
—Uiuiuiui uiuiuiu —respondió la fruta.
Alma agarró la muñeca de Pilar, atónita por un momento en silencio, mientras Pilar y el pomelo armonizaban entre sí.
—¡Pilar! —susurró—, ¿qué está pasando?
Pilar volvió a encogerse de hombros. Creo que tenemos que pelarlo para saber , escribió.
—¡No! —exclamó Alma—. ¿Y si lo dañamos?
Pero el pomelo, ahora sobre la encimera, comenzó a rodar hacia Pilar, y ambas lo tomaron por una señal.
La fruta era grande en las delicadas manos de Pilar.
Vibraba de anticipación cuando, con la mayor delicadeza posible, ella le clavó el borde de la uña del pulgar en la suave piel amarilla, rompiendo las bolsas de jugo y lanzando al aire una penetrante fragancia.
Cuando pudo sentir el grueso albedo firmemente bajo su uña, insertó a toda prisa el pulgar entre la pulpa y la cáscara, y la fruta gimió suavemente.
Alma soltó un grito y se santiguó, pero Pilar le lanzó una mirada y volvió a su labor de comadrona.
Pasó luego el pulgar con un movimiento enérgico alejándolo de ella, y al arrancar la cáscara de la pulpa de la fruta, el pomelo gritó con un auténtico alarido de dolor.
Pilar se movió rápidamente, sin necesidad de alargar la tarea, y los trozos de cáscara amarilla cayeron al suelo de baldosas marrones.
La fruta gritaba ahora sin cesar; Alma tuvo que apartar la mirada de la dolorida fruta, pero Pilar continuó con su trabajo, sin distraerse, hasta que la fruta quedó desnuda, salvo por su gruesa piel blanca.
Su llanto cesó, pero se estremeció mientras Pilar continuaba con la delicada tarea de pelar las capas de fibras, limpiando lo poco que quedaba de la cáscara, hasta que tanto ella como Alma pudieron ver claramente lo que habían llegado a sospechar.
Que en su interior no había ninguna fruta.
En sus manos, acurrucado en el saco rosáceo del pomelo, había un hombre.
Pilar miró a Alma, desconcertada, sin saber qué hacer a continuación.
—¡Pues termínalo! —dijo Alma—. ¡Tienes que dejarlo salir!
Las lágrimas brotaron de los redondos ojos ambarinos de Pilar. Tenía miedo de hacerle daño.
—Pilar —dijo Alma suavemente—, todos los partos duelen.
Pilar asintió con la cabeza, se llevó la fruta a la boca y perforó las paredes de la bolsa con los dientes.
El jugo de pomelo más sabroso y delicioso que había probado jamás le chorreó por la barbilla, empapándole la parte delantera del vestido, pero Pilar se bebió todo lo que logró que no se derramara, chupando la delicada bolsa hasta dejarla seca y no quedó más que una película translúcida sobre el cuerpo desnudo del hombre.
Pilar lo dejó sobre la encimera y le quitó la manta.
Las mujeres se quedaron en silencio, asombradas, sentimiento que rápidamente se convirtió en preocupación, ya que el hombre seguía sin moverse, a pesar de todo aquel alboroto.
—Lo maté —susurró Pilar, sorprendida al oír su propia voz. Una voz que ninguna de las dos mujeres había oído en más de siete años.
—¡Mija! —dijo Alma, maravillada ante tantos milagros, sin saber en cuál centrarse primero.
Miró al hombrecillo, cuyo cuerpo marrón claro cubierto de pequeños trozos de pulpa de pomelo temblaba ligeramente en el frescor de la mañana.
Su pequeño pecho subía y bajaba suavemente con la respiración.
Ya celebraría más tarde el regreso de la voz de Pilar—. Mija, solo necesita un poco de ayuda.
Alma acunó al hombre acurrucándolo en las palmas de las manos y se lo llevó al fregadero, donde lo lavó con agua tibia, tal como había hecho con Pilar quince años atrás.
Con el meñique le limpió la boca, observando que ya tenía todos los dientes, y le despejó las vías respiratorias de la pulpa de pomelo.
Con el dedo índice, le dio un golpecito en las nalgas y al instante comenzó a llorar como el recién nacido que era.
Ella lo envolvió en un paño de cocina y acurrucó aquel pequeño cuerpo sobre su nuca para calmarlo.
—Deberías cantarle algo —ordenó Alma.