8. Pomelo #4
En los años siguientes, a medida que Pilar fue pasando de niña a adolescente, los peores temores de su madre se hicieron realidad.
El hombre, cuya ira fue creciendo a medida que aumentaba la belleza de su hija, al principio estaba convencido de que su esposa se había instalado en una nueva vida con otro hombre, que volvería y se llevaría a su Pilar.
Más tarde, a medida que esa posibilidad fue desvaneciéndose, su hija comenzó a parecer menos una niña y más una mujer.
Él estaba cada vez más convencido de que, si se le daba la oportunidad, cualquier joven se la robaría.
Para empezar, dejó de permitirle ir a casa de sus amigos.
Luego, a medida que pasaban los meses y ella seguía sin poder hacer nada más que cantar —y las canciones más tristes, por cierto—, decidió que ya no tenía sentido enviarla a la escuela, y en su lugar contrató a un profesor particular para que intentara enseñar a Pilar a hablar y, como mínimo, mantener su instrucción.
De hecho, la única vez que la niña salía de casa era para ir a los ensayos del coro de la escuela; al menos así podría utilizar su don para Dios, le habían suplicado las hermanas al hombre.
En realidad, sentían lástima por ella, y él veía su piedad y le molestaba que eso implicara que él no era suficiente.
La culpa (sus terribles miradas de reproche) resultó ser demasiado para él, y cedió.
De ese modo, tres veces por semana, su chofer llevaba a Pilar a los ensayos del coro y, aparte de eso, durante muchos años, ella no salió de la casa de cristal.
El árbol nunca volvió a dar frutos comestibles.
Por las mañanas, él ya no cruzaba el patio para ir a desayunar, sino que atravesaba la casa.
Los pomelos llegaban ahora regularmente con la entrega de mangos, peras y granadas y, cuando Pilar creció, empezó como había hecho su madre a preparar el zumo a su padre mientras cantaba canciones melancólicas.
En cuanto a él, se le había engrosado la cintura, el cabello se le había debilitado y sus dientes habían sido reemplazados por una dentadura postiza igualmente perfecta, pero que lo hacía sentirse cohibido donde antes había estado seguro de sí mismo.
Su sed, insaciable sin los frutos de su pomelo, lo había llevado a buscar satisfacción en los rincones más oscuros de la ciudad, lo que hacía que pasara cada vez más tiempo fuera de casa.
Alma y el tutor eran los únicos compañeros de su hija.
Tal vez fuera mejor así, ya que ningún vicio podía colmarlo como antes los frutos de su pomelo.
Su frustración crecía, y la sola visión del árbol lo enfurecía de tal modo que se enfadaba con todos los que se cruzaban en su camino.
Fue en este estado de ánimo cuando Alma entró en el comedor una mañana para decirle que dos de las hermanas de la escuela estaban allí para verlo.
—¿Sin invitación? —preguntó mientras interrumpía su desayuno, con su vaso de zumo intacto.
—Dijeron que era urgente. Querían verlo antes de que se fuera al trabajo.
Asintió a regañadientes e indicó a Alma que se llevara su plato.
Unos segundos después, dos monjas de la escuela a la que su hija ya ni siquiera asistía estaban ante él.
Las recordaba vagamente de cuando desapareció su esposa.
A la alta la recordaba como la hermana Beatrice.
Era más grande que él y corpulenta, pero tenía un rostro que podría haber sido bonito si hubiera elegido otra profesión.
La otra, la hermana Dorcas, era pequeña y tenía un rostro que parecía el de un armadillo.
—Señor —dijo la hermana Dorcas—, lamentamos mucho molestarlo sin haber avisado.
—Intentamos concertar una cita en su oficina —dijo la hermana Beatrice, mirándolo desde arriba—. Pero nadie nos devuelve las llamadas.
Recordaba vagamente haber ignorado sus mensajes, suponiendo que llamaban para pedir más donaciones para esto o aquello.
Su corazón y su confianza habían quedado destrozados tras la desaparición de Marlen, pero también con ella había desaparecido en gran medida la presencia de la iglesia.
Descontando el canto de Pilar en el coro, ahora era libre para ignorar casi por completo su existencia.
—Disculpen, hermanas —dijo entonces—. ¿Qué puede ser tan urgente?
—Bueno, nos hemos dado cuenta de que se acerca el decimoquinto cumpleaños de Pilar —comenzó la hermana Beatrice.
—¿Y? —preguntó el hombre.
—Y —continuó la hermana Dorcas— no se ha empezado a planificar la quinceañera en la iglesia y se nos está acabando el tiempo.
El hombre dejó escapar un suspiro de resignación.
No quería celebrar esa quinceañera en absoluto.
Ni la ceremonia en la iglesia, ni la fiesta, pero, al igual que las hermanas se habían dado cuenta de que se acercaba un hito importante en la vida de su hija, él sabía que también se habrían dado cuenta las esposas de sus colegas, todas ellas —en su opinión— demasiado atentas al bienestar de sus hijas.
Odiaba ser objeto de chismes y sabía que ignorar el cumpleaños lo convertiría en el tema de conversación de las familias de su entorno, que apenas habían dejado de cuchichear a sus espaldas sobre el tema de Marlen.
—Entendemos que, normalmente, esto sería algo de lo que su madre…
—¡Puedo encargarme yo perfectamente! —dijo a la defensiva.
Había descubierto que las monjas eran siempre la fuente del caudal de rumores que fluía por aquella ciudad y decidió aprovechar esa oportunidad para salir del paso—.
Es solo que… pensé que tal vez podría ahorrárselo a la niña.
¿A qué amigos va a invitar? ¡Lleva siete años muda, por el amor de Dios!
—¡Señor! —lo reprendió la hermana Dorcas.
—¡Pilar no es muda! —exclamó Beatrice, casi como si se sintiera ofendida personalmente—. Tiene una voz de ángel…
—Para quien le gusten las canciones tristes —intervino el hombre.
—Canta canciones religiosas en la iglesia…
—Es lo mismo, ¿no? —dijo, riéndose de su propio chiste, pero las hermanas no lo encontraron gracioso.
—A pesar de sus dificultades —dijo la hermana Dorcas con firmeza—, su hija es muy popular entre las demás alumnas del coro. Estoy segura de que no le faltarán invitados. A menos que… bueno, a menos que el problema sea el dinero.
Y tras decir eso, sus pequeños ojos negros recorrieron rápidamente el comedor de la casa acristalada, el patio detrás del hombre, los techos a medida y las obras de arte.
—De acuerdo —dijo el hombre, resignado—. Haremos una quinceañera.
—¡Maravilloso! —dijo la hermana Beatrice con una amplia sonrisa—. Y, ya que estamos aquí, podríamos cobrar el depósito para la ceremonia.
Durante seis meses, Pilar pudo saborear aquello que ansiaba disfrutar plenamente: ¡la vida!
Los preparativos para su quinceañera la obligaban a estar fuera de casa para elegir las invitaciones, las flores, ir a comprar su vestido, o más bien el vestido de Alma (que fue la que convenció a su padre para que se lo comprara) y ensayar la ceremonia religiosa, practicar el vals y, por supuesto, las canciones que cantaría en la ceremonia y en la recepción.
Obviamente lo mejor de todo era practicar su entrada y bailar con su corte de quinceañera: los catorce amigos, amigas y familiares que serían sus damas y chambelanes en el día especial de su decimoquinto cumpleaños.
Oh, todos ellos eran pésimos bailarines.
Chela no podía dar un paso sin pisarle los pies a Rodrigo, José necesitaba que lo guiaran, Carmen no tenía el menor sentido del ritmo, pero en vez de enfadarse, Pilar estaba encantada, porque aquel grupo variopinto implicaba más tiempo fuera de casa, más tiempo para practicar, porque todos esos amigos, familiares y conocidos tenían que acudir a casa, y al tenerlos como espectadores, sabía que su padre necesitaba que todo —tanto ellos como ella— fuera perfecto.
Y alcanzar la perfección también implicaba pasar más tiempo con Dagoberto.
Dagoberto, cuya voz de tenor complementaba a la perfección la suya de soprano en el coro que habían creado conjuntamente la escuela católica de niñas y la escuela católica de niños.
Dagoberto, que (para su deleite) le había metido la lengua hasta la garganta en los intervalos entre algún final de los ensayos y la llegada del chofer de Apá.
Dagoberto, que ese verano iría a un programa de música en Nueva York, al que había enviado una grabación, un programa al que sabía que ella nunca podría asistir.