Lo que nos siguió a casa 8. Pomelo #3
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8. Pomelo #3

Marlen sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

Nunca lo había pensado de ese modo. Le había obsesionado tanto encontrar una solución, había estado tan preocupada con castigar a su cuerpo por su traición, que no había sido capaz de ver el defecto más básico de su plan. De repente, se sintió atrapada.

—No te preocupes, mija —le dijo Doña Viviana en voz baja mientras colocaba su mano arrugada sobre la suave mano de Marlen—. Te puedo ayudar.

Esa noche, poco más tarde, incapaz de avanzar por el estrecho callejón iluminado por las luces rojas del barrio, el auto del hombre se detuvo en una tienda de ropa infantil.

El hombre caminaba deprisa, deseando terminar cuanto antes con aquel asunto.

Miró los números de las puertas y, distraído, estuvo a punto de tropezar con un adoquín suelto y metió todo el pie en un charco turbio, lo que lo enfureció aún más.

En la puerta, Gloria lo recibió con una gran sonrisa, abrazándose a él, rozando su mejilla morena con hoyuelos contra su barba grisácea, pasando los dedos por su espeso cabello negro.

Su irritación y su frustración con aquella mujer quedaron mitigadas por su sed insaciable. Ella lo llevó al dormitorio.

Poco después, tumbado en la cama, descansando los ojos, oyó a Gloria salir de la habitación y regresar unos minutos más tarde, hundiendo el borde de la cama con su peso.

Incluso con los ojos cerrados, sabía que la niña estaba a su lado.

Se negó a abrirlos, a seguirle el juego.

¿Para qué? ¿Para que ella insistiera en los ojos almendrados que compartían, en la similitud de sus amplias sonrisas (que él nunca mostraba cuando estaba frente a la niña), para que Gloria le preguntara, cada vez más triste, con el hoyuelo transformado en una triste marca en su rostro, por qué no podía reconocerla como su hija?

Así podría tener las mismas oportunidades que Pilar, podría ser la persona que se quedara en casa y lo cuidara en su vejez.

En esos momentos, el hombre sentía lástima por ella.

La mujer realmente no veía la diferencia.

Él lo sabía. La diferencia entre una mujer como Marlen, que a pesar de todos sus defectos era de una belleza tan refinada, pertenecía a una familia conocida y tenía una educación de primera clase, y la pobre Gloria, que, sin culpa alguna por su parte, había nacido de un padre desconocido y una especie de bruja charlatana y trabajaba principalmente en clubes de baile privados por dinero, como aquel en el que él la había conocido.

No, mantendría los ojos cerrados hasta que ella comprendiera sus intenciones.

Cuando se dispuso a marcharse, en el pasillo del apartamento, impregnado del olor a comida, incienso y sexo reciente, la madre de Gloria estaba esperándolo; la cocina tenuemente iluminada la convertía en una silueta.

—Al final —le gritó—, morirás solo.

Afuera, una extraña niebla había descendido sobre el valle del río, espesándose con tanta rapidez que, si no huberia sido por el resplandor de las luces de la casa de cristal, el chofer no habría podido encontrar el camino de vuelta.

Y con la niebla también descendió sobre la ciudad una peculiar tristeza.

Las jóvenes lloraban por recuerdos aún no vividos, los jóvenes lloraban por sus amantes perdidas a las que aún no habían conocido.

¿Y los ancianos? Los ancianos de la ciudad se sentían abrumados por un profundo arrepentimiento por las decisiones no tomadas, los caminos no recorridos, las oportunidades no aprovechadas, con un dolor tan intenso que el arrepentimiento les dejaba también un regusto amargo.

En la casa de cristal, Alma lloraba en la cocina mientras preparaba el desayuno.

Las lágrimas de Marlen caían en el exprimidor mientras extraía el jugo del pomelo para su marido.

Pilar, de repente, solo podía recordar la letra de las canciones más melancólicas y se veía incapaz de dejar de cantarlas.

¿Y el hombre? Aquella mañana, cuando cruzó el patio envuelto en la niebla para recoger su pomelo, sintió cómo un dolor físico se apoderaba de su cuerpo.

Le vinieron a la mente todos los daños que había infligido a los demás, y cuando llegó a la cocina y le entregó el pomelo a Marlen, el cuerpo le empezó a temblar entre sollozos.

Después de tres días así, atravesando la niebla, cayó una tormenta sobre el valle.

Se oyó un fuerte trueno y, al instante, fue como si se abriera el cielo.

La lluvia caía a cántaros, rebotando en la tierra, habitualmente dura y seca.

El ruido despertó a Pilar en mitad de la noche y observó fascinada cómo la lluvia cubría el patio.

Nunca había visto nada que se le pareciera.

Cada gota parecía más pesada que el agua, más grande de lo que jamás había pensado que pudiera ser una gota de lluvia.

Caían todas en perfecta línea recta desde el cielo.

Con el ruido de la lluvia, no oyó cómo se abría la puerta de la habitación de sus padres.

Estaba tan concentrada en las gotas de lluvia, tratando de localizar cada una y seguir su descenso hasta el suelo, que no se dio cuenta de que su madre había salido al patio.

No la vio hasta que perdió la cuenta y miró a través de la lluvia hacia el pomelo.

Su madre llevaba su largo camisón blanco, con el que Pilar pensaba que parecía un ángel.

Una confección de algodón fina y voluminosa, que se había pegado a su delgado cuerpo, empapada por la lluvia.

Su cabello castaño rojizo colgaba lacio, con mechones húmedos pegados a los hombros.

Su visión llenó a Pilar de una extraña ansiedad.

La niña abrió la puerta de cristal y llamó a su madre, pero el aguacero ahogó su voz.

Pilar quiso ir hacia ella, pero sus pies pesaban como el plomo.

Solo alcanzó a ver cómo su madre se tumbaba bajo el árbol y se desvanecía en medio de la lluvia.

Por la mañana, el sol brillaba de nuevo.

La tormenta había disipado la niebla y, con ella, la tristeza que había traído consigo.

El hombre despertó tarareando, ni siquiera le importó que su esposa hubiera dejado abierta la puerta del patio.

Hoy no quería zumo. Hoy quería hincar sus fuertes dientes en la gruesa corteza, escuchar el sonido del desgarro al separarla de la fruta, sentir la explosión brillante del cítrico al perforar sus finas paredes, parecidas al papel, y probar la jugosa pulpa con la lengua.

Con mucho cuidado, eligió el pomelo que le pareció más maduro, más robusto, más apetecible, y lo arrancó ceremoniosamente.

Por un momento, sintió el peso, particularmente macizo, en sus grandes manos.

Qué jugo delicioso , pensó mientras lo contemplaba.

Se llevó la fruta a la boca abierta, mordió y soltó un aullido tan desgarrador que todo el personal acudió corriendo al patio para ver qué le había sucedido a la bestia herida.

Allí estaba el hombre, con la boca ensangrentada, inclinado sobre el pomelo abandonado y con los restos de sus perfectos y hermosos dientes blancos esparcidos por el suelo.

El árbol nunca dejó de dar frutos, pero el hombre nunca volvió a tocarlos.

Después de la niebla, cuando la melancolía de todos se hubo disipado, Pilar se dio cuenta de que solo era capaz de recordar las canciones tristes.

Después de que su madre se desvaneciera bajo la lluvia, sin dejar rastro, ni siquiera los hilos del camisón blanco, se dio cuenta de que, de hecho, era incapaz de emitir sonidos si no era mediante canciones.

Por más que lo intentara, no podía contar a su padre lo que había presenciado sobre la muerte de su madre, las palabras no le salían de la boca.

Su padre, por su lado, cuando vio que su esposa no acudía a consolarlo después de que el pomelo le rompiera los dientes, supo que algo andaba mal, y como sabía que no estaba enferma y no aparecía por ninguna parte, no se le ocurrió otro motivo para su desaparición que la infidelidad.

Se enfureció. Envió a jardineros y amas de llaves a buscarla por toda la ciudad.

Hizo que Víctor interrogara a todos los hombres que trabajaban para él, en las oficinas, en los callejones, en la casa, y al no encontrar a nadie que pudiera ser el amante de su esposa, concluyó que debía ser Víctor y ordenó a sus hombres que le dieran una paliza y lo pusieran de patitas en la calle.

Con su madre desaparecida y la casa patas arriba por las locuras de su padre, Pilar se sentía cada vez más frustrada.

¡Tenían que desenterrar el árbol! Su madre se había fundido con él y la única forma posible de encontrarla era mirar abajo.

Como no podía pronunciar palabra alguna y desconocía una canción que se ajustara a la circunstancia, Pilar decidió escribir lo que había visto para explicarle que la única forma de salvar a su madre era destruir el árbol, cuyos pomelos claramente ya no servían para nada.

Escribió lo que había visto y corrió a buscar a su padre, que desayunaba en ese momento, pero él rompió sin más su nota en pedazos, renunciando a cualquier brujería que hubiera poseído a su hija para inventar una historia semejante.

Fue menos generoso aún cuando, días más tarde, se la encontró a gatas, con el uniforme escolar manchado de tierra y las rodillas hundidas en un agujero que había cavado al pie del pomelo.

Ella gritó y lloró mientras él la agarraba por la deshecha trenza y la alejaba del agujero donde sabía que estaba su madre.

La golpeó hasta que le sangró la nariz y sus muñecas se cubrieron de moretones donde la había agarrado con sus manos.

Más tarde, cuando Alma le limpió la cara de suciedad y lágrimas, Pilar se cantó a sí misma hasta quedarse dormida.

Vuelvo a ti, madrecita ,

a llorar en tus brazos

y a curar si es posible

mi alma ya hecha pedazos .

II.