8. Pomelo #2
El hombre se retrajo, irritado porque ella sabía que ese era el botón que debía pulsar. Se apartó de la mesa, alejándose de ella, y, a regañadientes, sacó la cartera del bolsillo y dejó caer el dinero sobre la mesa antes de ponerse de pie y marcharse.
Durante el día, el hombre contemplaba la ciudad desde su posición de poder.
El dinero lo deleitaba, pero no tanto como la emoción de ganarlo, lo que le daba influencia sobre los demás.
Por ese motivo, sus intereses se centraban sobre todo en la adquisición y el arrendamiento de terrenos y, obviamente, en el préstamo de capital.
A través del cristal de su oficina, las personas que deambulaban por las calles le parecían lejanas e invisibles, pero sabía que muchísimas de ellas estaban en deuda con él.
Había gente ansiosa por encontrarse inesperadamente con él, gente que lamentaba los favores que le tenía que devolver.
Eso le producía una sensación de tranquila satisfacción, pero también cierta inquietud en aquel día en particular.
A sus pies había un mundo de caos. De indiferencia y desesperación.
La mayoría de los días, en lo más profundo de su ser encontraba consuelo en que su esposa, su hija y su hogar estuvieran a salvo de todo aquello, pero hoy estaban ahí fuera, en algún lugar, abajo. De compras.
Le enorgullecía ser capaz de anticiparse a todas sus necesidades, de conocer los entresijos de su hogar y de que ese conocimiento le permitiera mantener a su familia alejada del caos de la ciudad.
Era un impulso provocado más por su deseo de preservarlas de la contaminación que por el miedo a que les ocurriera algo malo.
Le agradaba saber que su hogar —su joyero y su contenido— no formaban parte realmente de ese mundo sórdido.
Que, al margen de las profundidades de la degradación por las que pudiera atravesar en el transcurso de sus días haciendo negocios o de sus noches buscando saciar sus otras sedes más carnales, cuando estaba en casa, aquel era un espacio puro.
Le frustraba aquel lapsus con respecto a la comunión, no solo porque había alejado a su mujer y a su hija del hogar, sino porque manifestaba un punto ciego.
Había borrado la comunión de su mente porque le agradaba apartar de ella todo lo que tenía que ver con la iglesia.
Aborrecía la piedad ostentosa de la fe y las artesanías de la superstición y la hechicería que la rodeaban.
¿Cuántas indulgencias y bendiciones había pagado mientras Marlen trataba de concebir otro hijo?
Por el perdón de sus supuestos pecados, en oraciones para curar su útero repentinamente estéril…
¿Cuántas ofrendas erigidas por Alma y su mujer en pequeños rincones de la casa y el jardín había obligado a retirar a los jardineros?
Como si él no se diera cuenta o lo aprobara.
Marlen era una mujer creyente, él lo sabía desde que la conoció.
Se casaron en una ceremonia llena de incienso, hostias y vino —él mismo provenía de una familia religiosa— pero le repugnaba la desesperación con la que ella se aferraba a la idea de que Dios pudiera darle otro hijo.
Un día, llegó a casa temprano y se la encontró bajo el pomelo con una anciana, una extraña en su casa, haciendo rodar un huevo a su alrededor…
¡un huevo! Como si con eso, después de haber acudido a un médico tras otro, a un especialista tras otro, y de que la revisaran de arriba a abajo, fuera a quedar embarazada.
En fin, todo era tan ridículo que tuvo que imponerse.
Echó a la anciana a la calle y le dio a Marlen un bofetón tan fuerte que la tiró al suelo, pero necesitaba que quedara claro.
Ya era suficiente. Se había acabado esa tontería.
Llamaron a la puerta de su despacho y entró Víctor, su empleado de mayor confianza, al que encomendaba todos los encargos que requerían discreción.
—Señor… hoy ha venido Gloria, quería verlo.
El hombre suspiró con pesadez, miró el reloj y se sirvió una copa.
—Ya le envié dinero —dijo, molesto.
—No era por dinero, señor —respondió Víctor—. La niña estaba con ella.
El hombre se bebió el whisky de un trago y dejó el vaso sobre la mesa.
—Solo aceptó marcharse cuando le juré que lo llevaría a verlas. Pronto —añadió Víctor.
—Está bien —dijo el hombre, volviendo a mirar por la ventana, hacia la calle. Había tanta gente en deuda con él—. Iré esta noche.
Era bien sabido entre las mujeres adineradas de la ciudad que la calle Princesa tenía las mejores tiendas de ropa, con las últimas tendencias importadas de Europa y los diseñadores más vanguardistas de Nueva York, pero Marlen no envió al chofer a la calle Princesa, sino a una tienda familiar sin nombre que vendía ropa de fiesta para niños en una zona popular de la ciudad, en la calle Siete, al final del callejón sin nombre que, según había oído, era también un barrio rojo.
Ella no lo sabía con certeza. Rara vez salía de casa por la noche, salvo para algún esporádico compromiso social con su marido, y, obviamente, jamás a esa parte de la ciudad.
De hecho, Marlen no pudo evitar fijarse en la euforia de Pilar al mirar las bulliciosas calles que se veían desde las ventanillas del auto.
Ir al colegio y regresar. El mundo de la pobre chica era muy pequeño.
El auto se detuvo frente a la destartalada boutique y Pilar salió en cuanto el chofer abrió la puerta.
—Alma —le dijo Marlen a la mujer mayor mientras levantaba su corpulento cuerpo del asiento delantero—. Recuerda, punto suizo, quizás algo de encaje. Que sea de buen gusto. Algo que le guste a mi marido.
Marlen sacó cuatro billetes del fajo que le había dado el hombre y se quedó con uno.
—Después —le susurró—, llévala a comer algo rico o a una tienda de juguetes o algo así. Volveré en una hora.
—Por supuesto, doña Marlen.
Y las dos mujeres se quedaron allí, fingiendo charlar y mirar escaparates hasta que el chofer de su marido se marchó.
Marlen se escabulló por el callejón, mirando arriba y abajo los números de las casas y el trozo de papel en el que Alma había escrito la dirección de la mujer.
Nerviosa, tropezó con un adoquín que sobresalía y se cayó en un charco, manchándose el vestido, lo que le produjo tal ansiedad que empezó a sudar.
Podía sentir cómo la humedad se acumulaba en sus sienes, cómo las gotas de sudor le manchaban la base de maquillaje y se encrespaban las raíces de su pelo alisado.
El trayecto desde el auto hasta la casa de la mujer no era largo, pero cuando llegó, estaba desaliñada. Nerviosa.
—¿Doña Viviana? —preguntó Marlen, aunque no había duda de quién era la anciana que estaba al otro lado del umbral—.
Tenía la piel morena arrugada y manchada por la edad, y su escaso cabello blanco, recogido en un moño, dejaba ver su cuero cabelludo.
Pero sus ojos, pálidos y grises, seguían siendo claros, y cuando la anciana la miró, su mirada era tan penetrante, tan aguda, que a Marlen se le llenaron los ojos de lágrimas.
Condujo a Marlen a una pequeña mesa en su cocina, tenuemente iluminada e impregnada de olores a comida e incienso, le dio un vaso de agua y, solo cuando Marlen se hubo calmado, comenzó a hablar.
—Cuénteme —dijo la anciana—, ¿qué le pasa a su hija?
Marlen se sobresaltó ante la brujería de la mujer, lo que hizo que Viviana se riera.
—Por favor —dijo—, soy una bruja, no una adivina. También soy muy, muy vieja. Ese tipo de pánico solo puede provocarlo una hija.
De alguna manera, saber que su dolor era tan evidente fue como si le echaran sal en la herida.
—Mi hija —dijo Marlen— es perfecta. Es luz, canción, risa y curiosidad.
El problema es… que se suponía que iba a haber una casa llena de niños.
Hijos. Más hijas. Para que más tarde alguno de ellos, por elección o por casualidad, se quedara en casa con mi marido y conmigo.
Pero… me ha fallado el cuerpo y, debido a ese fracaso, mi niña, con su enorme espíritu, quedará confinada a ese minúsculo mundo.
Hubo un momento de silencio. Marlen sintió que Doña Viviana la miraba mientras la mente le daba vueltas. Bajó la vista avergonzada.
—He acudido a todos los sacerdotes y curanderas de todas las ciudades y pueblos a lo largo de este río —continuó Marlen—. Excepto a usted. ¿Puede ayudarme?
—¿Y por qué debería ayudarla? Me está insultando a la cara al decirme que soy su último recurso…
Marlen había temido esas palabras. Que Doña Viviana tomara su acto de desesperación como un desaire, cuando era todo lo contrario.
Todas las mujeres de la zona sabían que su brujería era la más poderosa.
Todas sabían cómo tras su intervención se habían reunido amantes separados, cómo familiares enfermos habían recuperado la salud al borde de la muerte y familias cercanas a la ruina financiera se habían visto colmadas de dinero tras una visita a Viviana.
Marlen, como todas las demás mujeres de esa ciudad, sabía aquello.
Pero al igual que todas las demás, sabía que esos milagros tenían también un lado oscuro.
Que los amantes se habían reencontrado después de que uno de ellos hubiera quedado mudo o ciego y necesitara cuidados.
Que el familiar al borde de la muerte recuperó la salud física, pero con la mente de un vegetal.
Que la familia repentinamente enriquecida, revivió su suerte gracias a la indemnización por un accidente fatal.
Los resultados deseados, sí, pero siempre con un toque de oscuridad.
El toque que Marlen había querido evitar, hasta que su tormento eclipsó también aquel miedo.
—Doña Viviana —dijo ahora con contrición—, no fue un desaire en absoluto. Es solo que ahora me doy cuenta de que sacrificaría cualquier cosa por darle a mi Pilar la libertad en este mundo.
—¿Y cómo quiere hacerlo?
—Teniendo otro hijo.
Doña Viviana la miró y se rio.
—¿Y qué pasará con esa otra criatura? ¿No le importará que no sea libre?