8. Pomelo
Pomelo
Xochitl Gonzalez
Había una vez un hombre de sed insaciable.
Tenía los bolsillos repletos de monedas que apretaba con fuerza en el puño.
Con aquel puño y el peso de sus monedas, ejercía un gran poder en la ciudad en la que vivía, situada a orillas del ancho río.
Con la otra mano controlaba las idas y venidas de su casa en las afueras.
El hombre guardaba muchos secretos, por lo que tenía tendencia a sospechar de los demás y construyó su gran casa de cristal con forma de herradura para poder ver dos cosas desde casi cualquier punto estratégico: lo que hacían los demás y su querido pomelo, que se encontraba en el centro del patio.
El árbol había nacido de un esqueje extraído del pomelo de la casa de su padre, que a su vez había nacido de un esqueje del árbol de su padre, y así sucesivamente, remontándose a la época en que aquel lugar pertenecía a otro país o incluso, quizás, a ningún país en absoluto.
El árbol era la presencia central del patio, más alto que la mayoría de los pomelos, y se elevaba sobre los naranjos y limoneros que lo rodeaban.
Solo el ahuehuete lo eclipsaba en tamaño, pero ese majestuoso árbol no daba frutos, y eso era lo que más valoraba el hombre.
Los pomelos de su árbol eran una de las pocas cosas que lograban saciar su sed.
Hasta los más mínimos detalles de las necesidades personales y la vida doméstica de aquel hombre eran atendidos por su esposa y los sirvientes de la casa, con una excepción.
Cada mañana, al levantarse, cruzaba las puertas de cristal de su dormitorio y el patio y arrancaba un pomelo de su árbol.
Luego hincaba el diente en aquella pulpa de color amarillo pálido.
Era el único momento en el que abría los puños.
Casi todas las mañanas arrancaba la cáscara y mordía la pulpa tensa y fina con sus dientes casi perfectos, y arrojaba la cáscara sin cuidado para que otra persona la recogiera.
Pero algunos días la llevaba a la cocina y la dejaba en silencio frente a su esposa, que solía tomar el café en la pequeña mesa que había allí.
Ella se levantaba, obediente, y lo exprimía.
Obviamente lo habría podido hacer Alma, la cocinera, pero a él le gustaba más el zumo cuando sabía que era su esposa quien había exprimido la pulpa con sus propias manos.
Lamentaba no poder verla desde la mesa del comedor, donde se sentaba a leer el periódico.
La cocina era uno de los pocos puntos ciegos de la casa.
Pero podía imaginársela. Sus delicadas manos trabajando la fruta, los músculos de los brazos contrayéndose mientras giraba la pulpa alrededor del exprimidor de cerámica, tratando de extraer hasta la última gota, colando las semillas con mucho cuidado.
Para él. Podía olerlo antes de que entrara en la habitación, el aroma áspero y penetrante del pomelo flotando en el aire como el sudor de una mujer hermosa.
Disfrutaba enormemente al verla esas mañanas, cuando atravesaba la puerta redondeada y entraba en la habitación iluminada por el sol.
El vaso estaba lleno casi hasta el borde y lo llevaba sobre un pequeño platillo para evitar que se derramara.
—Tu zumo, mi amor —decía ella, sonriendo con recato mientras dejaba el vaso delante de él.
Él lo recibía con una sonrisa, mostrando unos dientes casi perfectos cuya blancura resaltaba en su rostro recién bronceado, antes de examinar el zumo con admiración y dar su primer sorbo largo y lento.
Tenía la garganta, el corazón, el alma, secos como matorrales humeantes a punto de arder.
El zumo lo empapaba todo; como una purificación.
Entonces, dejaba escapar un suspiro de satisfacción que, de otro modo, habría reservado para el dormitorio.
—¿Qué tal estaba, mi amor?
—Mi árbol da el zumo más delicioso —solía decir mirando exclusivamente al vaso, como si tratara de ignorar deliberadamente a Marlen y sus esfuerzos.
Por el rabillo del ojo, podía verla tratando de recuperarse, recogiendo el pequeño destello de resentimiento que goteaba sobre el suelo, sin ningún platillo que lo contuviera.
—¿Cómo tienes el día? —le preguntaba ella, al tiempo que se inclinaba sobre él para limpiar las migas de la mesa. Era entonces cuando él solía mirarla a los ojos.
—Ah, Marlen, muy ocupado. Muy ocupado. No llegaré a casa hasta muy tarde.
Justo cuando ella bajaba la mirada, triste porque ambos sabían lo que él realmente quería decir, él se reía y le agarraba el culo, la tomaba entre sus amplios brazos y la sentaba sobre su regazo, haciéndola sonreír. Y todo se borraba. Por un instante.
Desde la cocina escucharon cantar a su hija Pilar. Su voz era clara como una campana. Marlen se levantó de un salto, temerosa de que la descubrieran en un momento de intimidad con su marido.
—¡Apá! —gritó Pilar, irrumpiendo en la sala, seguida por Alma, que llevaba una cafetera con café recién hecho para el hombre.
Pilar corrió y besó a su padre en la mejilla.
Era —pensó él— una chica muy linda: de ojos redondos y ámbar, nariz noble y unos labios de comisuras naturalmente alzadas.
Todo lo bueno lo había heredado de su madre, con la afortunada excepción de ese carácter melancólico que lastraba a su esposa como las pequeñas pesas en una red de pesca.
No había sido así al principio. Al menos no en la noche en que se conocieron, cuando los invitaron a los dos a una cena organizada por un amigo común de la familia.
Ella se había sentado frente a él en la mesa larga y estrecha, y él recordaba lo brillantes que le parecieron sus ojos bajo el reflejo de las altas velas cónicas, cómo le caían en cascada sus largas ondas de cabello castaño sobre los hombros desnudos, del color de una crema espesa, y cómo echaba la cabeza hacia atrás al reír, cosa que hizo a menudo esa noche y durante su breve noviazgo.
Recordaba cómo se inclinó hacia ella y le susurró chistes levemente picantes para ver si era capaz de soportarlo pero también para vislumbrar el perfecto destello rosado de su lengua al reír.
Cómo le había tentado esa noche. Ahora, la tristeza se cernía sobre ella como una nube que le helaba los huesos sin motivo.
¿Pero Pilar? Era pura luz. Hermosa y brillante, con una personalidad jovial que le recordaba a la de su propia hermana menor, fallecida hacía mucho y de quien había recibido su nombre.
Era ese vínculo que perduraba en su mente, entre su pequeña Pilar y su hermana favorita, lo que daba crédito a su hija y le permitía sobreponerse al hecho de que no fuera un niño.
—Apá —dijo ella, saltando a su regazo—, Alma dijo que hoy había zumo.
—Sí —respondió el hombre.
—He venido a tomar un sorbo.
—Solo un sorbo, mija —dijo él.
El vaso de zumo parecía enorme en sus manos de siete años. Con la reverencia de una discípula devota, frunció los labios y tomó solo un sorbo antes de echar la cabeza hacia atrás y chasquear dramáticamente los labios.
—¡Ahhhhh! —exclamó Pilar—. No hay ningún pomelo como el nuestro, apá.
—Eso creo, mija —dijo él—. Excepto, quizás, el de Welo, porque su árbol es el padre del mío.
—¡Estoy deseando crecer y tener mi propio pomelo para poder tomar zumo todas las mañanas!
Marlen cambió de postura y miró hacia el patio, mientras el hombre se reía alegremente y tiraba de la impecable trenza de su hija. Su cabello, color azabache y espeso, era el único rasgo que había heredado de él.
—Pilar, solo los hijos varones pueden cortar ramas del pomelo, ya lo sabes. Además —dijo, abrazándola con fuerza—, tú eres la más pequeña. Te vas a quedar aquí para cuidar de Apá y Mamá.
Una mirada de enojo cruzó el rostro de Pilar.
—¡Soy la mayor! —gritó.
—Mija —dijo Alma mientras recogía el plato del desayuno del hombre—, eres la única. Lo que te convierte en la mayor y la más pequeña.
—¡Pilar! —exclamó su madre, con más tensión en la voz de la que pretendía—. Ve a vestirte; tenemos que irnos pronto. ¡Alma! Más tostadas para mi marido.
A solas, el hombre se dio cuenta de que su esposa se había envuelto de nuevo en su manto de tristeza, tratando de cubrir la herida que él sabía que acababa de reabrirse, aquella que ambos sabían que nunca había sanado.
Ella se inclinó hacia él, le quitó la servilleta del regazo y la volvió a doblar con delicadeza.
—¿Vas a salir? —le preguntó él.
—Necesito un poco de dinero, amor —respondió Marlen con recato.
—¿Para qué? —replicó él, volviendo a fijar la vista en el periódico—. ¿Qué podrías necesitar que no tengamos ya en esta casa?
Aquello era (y Marlen lo habría admitido si le hubieran preguntado) cierto en general.
En la casa de cristal se servían constantemente verduras frescas, los mejores cortes de carne, pescado recién sacado del mar, pan recién horneado, vinos, tequilas y whiskies.
Todo cuanto el hombre pudiera desear o anhelar.
Si ella tenía que acompañarlo a un compromiso de negocios o a una gala, él casi siempre le elegía un vestido y lo hacía enviar a la casa.
Le encantaba que su cabello tuviera un tono más rojizo que su castaño natural, por lo que una esteticista acudía cada dos meses para mantenerlo así.
Su lencería, su perfume. Todo lo elegía él.
Todo lo que Marlen o Pilar pudieran necesitar o desear. Al menos según el criterio del hombre.
—Se acerca la comunión de Pilar; tengo que llevarla a la ciudad a comprarle un vestido.
El hombre pagaba con gusto la escuela católica de Pilar, porque era la mejor y la frecuentaban las hijas de otros hombres importantes cuyos jardines albergaban árboles nacidos de los esquejes de sus antepasados, pero él rechazaba la religión.
Temía su fuego infernal y su azufre. Despreciaba su desprecio por su gran sed. Su esposa lo sabía.
—Todas las familias del colegio estarán allí —añadió ella con tono seco, presionando su esbelto cuerpo contra él.