7. El regreso de La Muelona #4
Me acerqué, con pasos firmes y seguros. Las moscas me seguían, arrastrándose por el calor, como una mancha en movimiento que nunca se desintegraba.
Su presión enfermiza me zumbaba en los oídos, como si royera los bordes del pensamiento.
Aún podía oír los gritos lejanos de los habitantes del pueblo, débiles, dispersos, apenas más fuertes que el susurro de aquellas alas.
Algunos habían visto lo que se avecinaba y habían tratado de huir, pero no tenían dónde esconderse.
La espera de la tierra había terminado. Levanté los brazos.
Los muertos se detuvieron. Uno a uno, los cuerpos destrozados se volvieron hacia mí, con la cabeza inclinada y la mirada vacía, pero consciente.
Esperaban.
Les di lo que querían.
Se abalanzaron sobre nosotros, agitando sus alas y formando un velo que atenuaba la luz, lentamente al principio, pero luego con velocidad creciente, sacudiendo sus cuerpos hacia adelante en una ola de hambre implacable.
El pueblo siguió gritando, pero no había escapatoria.
Levanté las manos y algo se movió a través de mí; vasto, antiguo y definitivo.
Los muertos se movían ahora más rápido, con pasos vacilantes pero decididos. Llegaron a la primera casa, la finca del señor Andrews.
No se detuvieron ante las puertas. Manos marchitas tiraron, retorcieron y desgarraron cuanto encontraron a su paso. La madera se astilló como el hueso y el hierro cedió.
Luego sobrevino la plaga: las moscas se precipitaron por las ventanas destrozadas, se colaron por las puertas y se adentraron en las paredes. Llenaron la casa con aquel sonido que no era exactamente un zumbido, sino más bien un chillido grave e interminable.
La finca se retorcía, viva de furia. No quedó nada a salvo en su interior.
El aire se volvió denso y rancio, presionaba por todos lados mientras los muertos avanzaban, atraídos no solo por la rabia, sino también por el recuerdo.
Me acerqué, con pasos ligeros, sin que el suelo se resistiera ya a mi presencia.
La puerta principal se abrió de golpe antes de que pudiera llegar a ella.
En el interior, el señor Andrews estaba de pie, temblando, con el rostro pálido por el terror. Tras él, estaban acurrucados su esposa y sus hijos, con los ojos abiertos de incredulidad. Habían oído los gritos, habían sentido temblar el suelo, pero creyeron que los protegerían su riqueza y su poder.
Se equivocaban.
—¿Qué es esto? —gritó en su mediocre español—. ¿Qué quieren de nosotros?
Entré. La habitación se estrechó a mi alrededor, cada silueta parecía inclinarse más cerca. El poder de Isabel se adueñó de mí, su voz se entrelazó con mis pensamientos.
«Haz que lo sientan», dijo ella. «Que lo recuerden».
Abrí la boca, pero no fue mi voz la que habló, fue la suya. Fría y precisa, como una espada envuelta en seda.
—¿Recuerda la sangre que se derramó en esta tierra, señor Andrews? ¿Las vidas que destruyó para construir su imperio? ¿Las manos que sangraron en sus cosechas? ¿Las vidas que se consumieron bajo sus pies mientras usted celebraba sus banquetes?
Él se burló, pero vi un atisbo de miedo en sus ojos.
—No sé de qué hablas —dijo—. Yo no he hecho nada. Estás… estás loca. No puedo creer que tu padre quisiera que mi hijo se casara con una loca como tú.
Soltó aquellas palabras, pero se quedó paralizado cuando extendí la mano hacia él. Mi mano se cerró alrededor de su muñeca, fría y firme como una piedra.
—¿Loca? —repetí, con el veneno de Isabel impregnando cada sílaba—. Dice que esta tierra es suya, pero nunca lo fue. La convirtió en una tumba.
Él trató de zafarse, pero no lo solté. En vez de eso, esbocé una sonrisa lenta y amplia, que se extendió más de la cuenta, estirando las comisuras de mi boca hasta que casi se abrieron. Me dolían las mejillas, pero no me detuve.
Un grito le desgarró la garganta, un grito crudo y áspero, cuando los muertos se abalanzaron sobre él. Lo arrebataron de su familia; los miembros lo envolvieron como raíces que reclaman el terreno robado. El hambre lo había encontrado.
Su esposa gritó, sus hijos se aferraron a sus faldas, pero ninguno de ellos trató de ayudarlo. También ellos formaban parte del castigo.
Y a continuación, el silencio. Poco más que un suspiro. El sonido de un desgarro y apenas el recuerdo de la tierra.
Pero incluso cuando los muertos regresaron a la tierra, yo permanecí inmóvil.
Ni obsesionada, ni poseída.
Cambiada.
Lo que Isabel había comenzado no terminó con ella. Se alojó en mí, no como un huésped, sino como la rabia esculpida durante generaciones.
La gente contaría la historia de Santa Elenita, mucho después de que el pueblo hubiese quedado borrado del mapa.
Cómo Santa Elenita nunca volvió a ser la misma y lo que una vez había sido una comunidad próspera se convirtió en un cascarón vacío, con sus calles desiertas y sus edificios reducidos a polvo.
Las moscas no se marcharon. Revoloteaban como fantasmas, un recordatorio constante de lo que había ocurrido.
Algunos incluso afirmaban que los muertos seguían vagando por las calles durante la noche, guiados por una mujer de ojos tan sombríos como el eterno crepúsculo.
Otros decían que La Muelona aún merodeaba por las ruinas de Santa Elenita, escondida en las sombras, esperando para reclamar más almas.
Pero la verdad era aún más oscura.
La chica que una vez anheló la libertad fue reducida a polvo, devorada por las raíces, tragada por el silencio como todos los demás.
La venganza inunda ya mi corazón y mi alma.
Ahora yo soy La Muelona.
Sonrío de oreja a oreja y comienza el festín.