Lo que nos siguió a casa 7. El regreso de La Muelona #3
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7. El regreso de La Muelona #3

Aquella verdad me pesaba cuando regresé a la casa de Isabel.

No tenía ningún destino, ni más propósito que huir de la quietud que se cernía sobre la ciudad como un sudario.

La vi de pie en el claro que había junto a la selva, esperándome.

Sus ojos brillaban a la luz de la luna, y aquellos seres de alas negras revoloteaban a su alrededor, como centinelas que guardaban un secreto.

Tenía el rostro tan sereno como siempre, pero en lo más profundo de mi ser yo sabía que algo terrible estaba sucediendo.

—Lo has visto, ¿verdad? —preguntó con voz fría—. La verdad de la tierra.

El aire se volvió pesado a nuestro alrededor. La humedad omnipresente hacía difícil llenar los pulmones.

—La tierra siempre recupera lo que le robaron —dijo Isabel, con poco más que un susurro—. Los invasores llegaron con palabras suaves y acero afilado. Sembraron el hambre. Cosecharon cuerpos. Convirtieron a las hijas en dotes y a los hijos en sombras.

Algo en los árboles pareció agitarse.

—Pensaron que la tierra olvidaría. Que la sangre se filtraría y permanecería allí. Pero resurgió. Siempre lo hace.

—¿Qué está pasando, Isabel? —pregunté al fin, con voz temblorosa—. ¿Qué es todo esto?

—Las moscas —susurró—. Son una señal, un síntoma de lo que ha estado pudriéndose aquí durante generaciones. La tierra está enferma, envenenada por la codicia, por los cuerpos enterrados en el suelo, olvidados. Ha llegado la hora de cobrar.

—¿Cobrar qué? —pregunté, aunque la respuesta ya se abría paso en mis entrañas.

—Lo que nunca tuvo descanso —dijo—. La deuda del bienestar construida sobre el sufrimiento. El precio de mirar hacia otro lado.

Me impactó la intensidad de sus palabras, la certeza en sus ojos. No solo hablaba de la tierra, hablaba como ella. Lenta y profunda, había algo antiguo en su aliento. Como si la propia tierra hubiera tomado prestada su boca para expresar su ira.

Físicamente, también parecía cambiada. No exactamente enferma. Pero sí desgastada, agotada, como alguien que había sobrevivido a un incendio solo para arder por dentro.

—¿Para esto me trajiste hasta aquí? —dije con la voz temblorosa—. Una lanza de puro terror me había clavado al suelo. ¿Para… presenciar esto? ¿Para… formar parte de ello?

Se acercó.

—Ya lo eres —dijo suavemente—. La tierra sabe a quién han destrozado. A quién han utilizado y desechado. Lo recuerda.

Me estremecí, todo mi ser gritaba que me diera la vuelta. Sus palabras arañaban la verdad que llevaba conmigo como una herida.

Los campos. El trato de Papá. Los hombres. Sus manos. Mi silencio. Y en medio de todo ello, la vergüenza que nunca pude nombrar.

Quería negarlo. Quería huir, pero algo en mí ya se había roto.

Tal vez por eso había venido.

Su voz se redujo a un murmullo casi ahogado por el zumbido que nos rodeaba, pero aun así la oí.

—Te ayudaré —se ofreció—, pero debes tomar una decisión. Puedes dejar que la tierra te atrape, te arrastre como a todos los demás, que derrame y beba tu sangre, para hacerte desaparecer en sus profundidades. O puedes alzarte, formar parte de ella, liderarla.

—¿Liderarla? —susurré con la garganta seca.

Ella asintió con la cabeza.

—Ya le perteneces. La tierra escuchó lo que no pudiste decir. Solo tienes que aceptarlo.

Abrí la boca para hablar, pero no salió ningún sonido.

Una oleada de frío me recorrió el cuerpo, afilada como el cristal, como dedos que se deslizaban por mi médula, buscando la parte de mí que había tratado de olvidar.

Isabel acortó la distancia entre nosotras sin hacer ruido. Su presencia me oprimía, vasta, silenciosa e insoportable.

De pronto me asaltó un pensamiento: convertirme en alguien como ella, antigua, incognoscible, debería haberme llenado de terror. Y quizás fue así.

Pero también había algo más. Un dolor. Una atracción.

¿Era eso acaso la libertad? No lo había imaginado así antes, sino con cielos abiertos y sin límites. Aquella libertad no implicaba olvidar, sino convertirme en lo que ellos temían.

El mundo cambió cuando me fui, la noche se volvió tranquila y expectante a mi alrededor.

Horas después, de regreso a casa, mientras caminaba por las calles con pasos erráticos, sentí el peso del poder de Isabel empujándome hacia adelante.

La gente no reparaba en mí, no me miraba con la misma curiosidad que antes.

Ya no era la hija del alcalde. Ahora era diferente, y podía sentir su miedo desde la distancia.

No sabían en qué me había convertido, pero intuían la oscuridad que acechaba en mi interior.

No tardé en encontrarme con Papá en la plaza del pueblo. El sol del mediodía ardía sobre nosotros en un cielo despejado. Parecía un día cualquiera, pero estaba lejos de serlo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté con voz tranquila pero firme—. Todo parece… fuera de lugar.

El rostro de mi padre, antes como tallado en piedra, se quebró de incredulidad; no había en él ira ni odio, solo un miedo vacuo y frío.

—Algo va mal —murmuró, tratando de alejar ese pensamiento como si fuera un mal olor.

Sus ojos se apartaron de mí en dirección a la espesura de la selva que se tragaba la carretera que salía de la ciudad, el lugar donde buscaba una libertad fuera de su alcance.

Vi su interior. Vi lo cobarde que era.

Yo no le pertenecía. Ya no.

Un fuego salvaje rugía dentro de mí, nacido de todas las heridas que fingía no ver.

Lo odiaba con una ferocidad que me parecía sagrada.

Y me había convertido en alguien completamente distinta: peligrosa, inflexible, viva.

—La tierra ha venido a recuperarlo todo —dije, con palabras algo disonantes, como si brotaran de algún lugar ajeno a mí—. Todo esto desaparecerá.

El zumbido se intensificó, primero en un tono bajo, luego más denso, más espeso, acompañado de unas alas negras que vibraban en el aire como una advertencia. No era fuerte pero sí firme, contundente.

Papá retrocedió un poco, pero fue suficiente. Capté el brillo en sus ojos, la mirada ausente, como si observara algo antiguo que salía a la luz, algo que había fingido olvidar durante mucho tiempo.

Y en mi interior, sentí una presión. Un poder. Algo a la espera. La presencia de Isabel.

Deja que lo vean. Deja que lo sientan.

No era un susurro. Se expandía dentro de mí como humo, lento, pegajoso, algo imposible de retener ni evitar. Intenté resistirme, mantenerme al margen de Isabel. De todo aquello. Pero ¿acaso no había tomado, por primera vez, una decisión por mí misma?

Aun así, cuanto más me alejaba, más fuerte se hacía. No sabía cómo acallar la llamada, cómo resistir a aquel tirón.

Me volví hacia mi padre, con una voz más firme de lo que me sentía.

—Dile a la gente que se vaya. La tierra se los llevará a todos, uno a uno, hasta que esté satisfecha. Hasta que recupere lo que es suyo.

Pasaron los días y una neblina persistente se enroscó a mi alrededor como una niebla viva. Los murmullos se extendieron entre la gente de Santa Elenita, con los ojos muy abiertos por la inquietud, pero nadie se atrevía a moverse. Estaban atrapados en un miedo silencioso.

Los dejé atrás y me dirigí a las afueras del pueblo, al claro que había junto a la casa de Isabel. El crepúsculo se convirtió en oscuridad y engulló la última luz. Junto a la selva, Isabel permanecía inmóvil; sus ojos captaban el resplandor que se desvanecía, fríos e indescifrables.

—Lo sientes ahora, ¿verdad? —preguntó con voz tranquila, pero llena de algo más profundo y duro que el viento que soplaba entre los árboles—. El hambre. El poder.

No lograba encontrar las palabras. Se me atascaban como piedras en la garganta, pesadas y frías. En mi lengua persistía un sabor amargo. En el fondo, sabía que Isabel decía la verdad.

—Has tomado una decisión —repitió Isabel, con una sonrisa juguetona en la comisura de los labios—. Ahora es el momento de cumplir tu destino.

Asentí lentamente, asimilando lo irrevocable de la sentencia.

Isabel alzó la mano y, al hacerlo, volví a sentir un cambio. Era como si la propia tierra se moviera con nosotras, respondiendo a nuestra llamada. El frío se intensificó, las formas parpadeaban de manera antinatural a nuestro alrededor y, entonces, en la distancia, los vi.

Los trabajadores. Sus familias. Los nativos. Víctimas centenarias de la guerra por la tierra.

Emergían de las garras de la selva, con los cuerpos rígidos y los ojos vacíos. Estaban muertos, pero se movían como si estuvieran vivos, sus extremidades se sacudían torpemente y sus rostros estaban contorsionados por el dolor.

—Se han despertado —susurró Isabel—, los ha reclamado la tierra.

Los muertos se acercaban, saliendo de las grietas de la tierra, con los ojos vacíos ardiendo con un hambre insaciable, deseosos de arrastrar consigo a aquellos que se habían atrevido a ocultar sus pecados bajo las tumbas de los olvidados.

—Nos seguirán —dijo Isabel, alzando la voz por encima del creciente zumbido de las moscas—. Tú los guiarás, como yo los he guiado hasta aquí.

Los muertos comenzaron a moverse, lentamente al principio, pero luego a un ritmo cada vez mayor, como una marea imparable que invadía la ciudad, dirigiéndose directamente al corazón de Santa Elenita, donde vivían los ricos, donde los propietarios de las plantaciones se sentaban en sus mansiones, con toda su riqueza amasada a costa de aquella gente a la que habían esclavizado.

Había llegado la hora del juicio final.

Santa Elenita temblaba inquieta mientras los muertos avanzaban. Las persianas se agitaban, las puertas crujían, pequeñas señales de un temor creciente. El ruido de la multitud se intensificó, mientras los rostros pálidos aparecían en las ventanas, observando la procesión que inundaba las calles.

Observé desde las afueras de la ciudad cómo los muertos se arrastraban por las sinuosas callejuelas, con los rasgos desfigurados por la furia y la desesperación. Era como si la historia de Santa Elenita hubiera resurgido de las cenizas de sus propios pecados.

Ahora , susurró Isabel dentro de mí. Ha llegado el momento .