Lo que nos siguió a casa 7. El regreso de La Muelona #2
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7. El regreso de La Muelona #2

—Ya conoces tu futuro —dijo—. Ya sabes lo que te depara. Eres la hija del alcalde. Te casarás con el hijo del señor Andrews y darás a luz a niños de ojos claros. A cambio, tu padre seguirá teniendo poder, prestigio, aunque todo el mundo sepa quién tiene el poder real.

Ellos. Los propietarios de las plantaciones de plátanos. Los colonos. Los invasores de nuestra tierra. Los ladrones de recursos, de nombres, de cuerpos.

—Pero tú quieres cambiar todo eso, ¿verdad?

La voz de Isabel me sacó de mis pensamientos.

No sabía cómo responder. Sí, quería, pero no sabía lo que me estaba ofreciendo, ni lo que me iba a costar.

Solo sabía que no quería vivir como mi madre, como mi amiga Clara.

No quería seguir siendo objeto de intercambio como una fruta, ni que me tocaran sonriendo, como si fuera una tierra que alguien creía de su pertenencia mientras algo se arruinaba en mi interior.

—Lo que quieres no es sencillo —dijo con severidad—. Tiene un precio. Todo lo tiene. Lo exige la tierra.

Los ojos de Isabel se clavaron en los míos y, por un momento, sentí como si viera directamente dentro de mí, más allá de mi piel, más allá de mi alma, en lo más profundo, donde ni yo me atrevía a mirar.

Y tal vez así fuera. Porque, según las historias, Isabel sabía lo que significaba ser ofrecida en sacrificio. En otro tiempo había sido la esposa de un hombre poderoso, luego nada, y después algo peor, un cuerpo oculto bajo la tierra.

Sentí que mi corazón se me salía del pecho.

Si había un precio, yo no tenía dinero que ofrecer.

No estaba casada, no me mantenía ningún hombre, salvo Papá, y él no me daría ni un centavo para gastar en brujería, aunque le suplicara.

Pero quizás no fuera dinero lo que ella quería. Quizás fuera otra cosa.

Tragué saliva, cada respiración raspaba como ceniza. Aun así, me atreví a preguntar:

—¿A qué precio? ¿Cuánto me costará?

—Sangre —respondió ella—. Siempre es sangre.

Fruncí el ceño.

—No entiendo. ¿Qué quieres decir?

—La sangre es la moneda del poder —respondió Isabel, con una voz tan suave como la miel—. Es la base sobre la que se ha construido Santa Elenita. La tierra la exige. La tierra la toma y da algo a cambio.

Sentí el aguijón de sus palabras, aunque sin entenderlas del todo. Había oído rumores sobre la magia de la sangre, sobre maldiciones transmitidas de generación en generación, pero nunca imaginé que fuera cierto.

—¿Qué quieres? —pregunté con voz temblorosa.

Isabel no respondió de inmediato. En cambio, se acercó más, sin apartar los ojos de los míos. Luego, casi en un susurro, dijo:

—No tienes por qué darla ahora, si no quieres. Pero algún día, vendrá a por ti. La tierra, la sangre… todo vendrá a por ti. Tu sangre, para el futuro.

Sangre. Quizás solo unas gotas. Papá ya me había vendido, sin ceremonia, sin votos, con silenciosos acuerdos a puerta cerrada. Había dejado que los hombres me tocaran, me utilizaran. Me prometió a hombres con manos como cuerdas y voces como barro.

Y, aun así, esperaba que fuera al altar con una sonrisa.

Estaba desesperada, pero no era solo desesperación. Lo que me hicieron no se había desvanecido, sino que se había enquistado, un hambre lenta se arrastraba por mi piel.

Quizás por eso Isabel no apartó la mirada cuando entré por la puerta, porque vio la llama de la rebelión ardiendo en mi interior, una llama salvaje que desentrañaba el silencio y los huesos que lo sostenían.

Por eso le tendí la mano.

—Hazlo —le dije—. Tómala.

Isabel se dio la vuelta y recogió unas hierbas y unos polvos de sus estantes.

La habitación estaba impregnada del aroma de las hojas trituradas, algo terroso y penetrante.

Se situó frente a la mesa de madera y sus manos y dedos, largos y elegantes, comenzaron a moverse con rapidez, añadiendo con cada movimiento preciso un nuevo ingrediente a un mortero de piedra.

—Esto servirá —dijo, en voz baja, casi tranquilizadora, aunque con una intensidad silenciosa en el tono—.

Se inclinó sobre el mortero, con la respiración firme, y añadió unas gotas de líquido: un aceite ámbar y pegajoso, con un toque de algo que brillaba débilmente, casi plateado a la luz de las velas.

Mi estómago gimió, repugnado por el olor que invadió mis fosas nasales.

—Esto te ayudará —dijo Isabel acercándome un pequeño frasco con el brebaje de color negro azabache—. Bébetelo todo.

Agarré el frasco y lo vacié de un trago. El denso líquido sabía a óxido, a metal. Mi estómago protestó y la bilis se me acumuló rápidamente en la garganta, pero me lo tragué igual.

—Bien —dijo Isabel, agarrándome del brazo.

El corte de su cuchillo me atravesó la piel. La sangre brotó, caliente y pegajosa, mientras ella la recogía en un frasco.

Se la había ofrecido libremente, pero ahora que me abandonaba, no estaba tan segura. Aun así, dejé que se la llevara. No tenía nada más que ofrecer. Ni mi nombre. Ni mi cuerpo. Esos ya habían sido reclamados. Aquella sangre era lo único que aún sentía como mío.

La habitación pareció cambiar. No de forma repentina sino sutil, como si las paredes se hubieran aproximado unos centímetros. Me tambaleé donde estaba y se difuminaron los contornos de todo. El aroma a hierro y hierbas quedó impregnado en mi garganta.

Los ojos de Isabel no se apartaban de mí. La mirada era fija pero penetrante, como si comprendiera el peso que tenía que soportar, el dolor, la furia, la negativa a quebrarme, como si lo hubiera visto venir mucho antes que yo misma.

—Ya lo verás —susurró.

En ese momento no sabía lo que iba a pasar, pero me desperté en mi cama horas más tarde, con la piel palpitando donde Isabel me había hecho el corte. El calor de mi dormitorio no era nada comparado con el fuego que ardía dentro de mí.

Lo primero que llegó fueron los recuerdos de lo que había hecho; abrumadores, asfixiantes. Luego vino una visión.

La tierra. Las plantaciones se extendían infinitas por el horizonte, un océano de verde y amarillo.

Bajo la superficie, la tierra estaba agrietada y seca, y unas venas de corrupción palpitaban, manchadas de rojo.

Los trabajadores, hombres y mujeres, vagaban por los campos como caracolas vacías, ignorantes de su propia falta de vida.

Tenían los ojos apagados, los cuerpos encorvados y maltrechos, destrozados por el peso interminable del trabajo. Eran fantasmas a los que la tierra les había robado la vida.

Y en el centro estaba Isabel. Silenciosa. Inmóvil. Sus ojos encontraron los míos como si hubiera estado esperando.

Las historias decían que su marido la había entregado a la tierra porque su codicia deseaba más: más beneficios, más poder. Había cedido a la tentación y la había ofrecido para calmar esa sed insaciable.

Antes pensaba que esas historias sobre su marido y lo que le había hecho eran puras supersticiones, cuentos para asustarnos.

Pero ahora sentía lo que habían omitido esas historias: el dolor que le carcomía las entrañas.

Ella permaneció allí. La tierra la retuvo. Se convirtió en sus raíces y su veneno. Su fruto y su anhelo. Ella era la tierra que seguía creciendo y la maldición que pronto la haría sangrar.

No como castigo, sino como testigo. Como recuerdo. Como ajuste de cuentas.

Ella no era un monstruo. Era lo que quedaba cuando una mujer se niega a desaparecer.

Me desperté con una fuerte opresión en el pecho, algo había cambiado dentro de mí, algo no estaba bien. Las sábanas se pegaban húmedas a mi piel. Entonces llegó el sonido. Un temblor en las paredes. Un gemido tenue y estremecedor.

Me quedé quieta, con el corazón acelerado, forzando la vista en la oscuridad. Las alas revoloteaban por la habitación como navajas en el calor.

El hedor que siguió era dulce y agrio, pesado como el sirope. Se instaló en mi garganta. Lo tragué.

¿Había provocado yo esto? ¿Era esto lo que había provocado la sangre?

El sonido se intensificó, cada vez más agudo.

Como si algo hubiera despertado.

Como si me hubiera oído.

Y en algún lugar bajo el suelo, o en lo más profundo de mí, algo comenzó a latir como respuesta.

Los días siguientes fueron más insoportables de lo habitual.

El pueblo había quedado en silencio, inquietantemente tranquilo.

No se oía a los niños jugar en la tierra, ni a las mujeres chismorrear en los mercados o después de la misa de media mañana, no había risas en las calles.

Era como si la vida misma de Santa Elenita se hubiera agotado, dejando solo un vacío, un silencio sepulcral lleno del incesante zumbido de las moscas.

La situación era aún peor en las plantaciones de plátanos.

Los trabajadores, los que se afanaban cada día en los campos bajo un sol abrasador, habían desaparecido sin dejar rastro.

Los propietarios de las plantaciones, antes ansiosos por aumentar sus beneficios, ahora deambulaban errantes por las calles.

El tren partía con los vagones vacíos. Los mismos cultivos que alimentaban la economía del pueblo ahora se marchitaban, con los frutos ennegrecidos y enfermos.

Caminé por las plantaciones abandonadas bajo un calor sofocante, con un silencio opresivo que hacía que cada paso pareciera una traición.

Fue en esa quietud cuando lo vi. El enjambre, inquieto, con su zumbido como un coro mortal.

Cubría los plátanos hinchados por el sol, con la piel agrietada y supurante, la pulpa grisácea y llorosa.

Aquellas cosas no solo se alimentaban, florecían.

Fue entonces cuando comprendí lo que había dicho Isabel. La tierra estaba enfadada. No eran solo los cultivos o los trabajadores. Era la propia tierra bajo nuestros pies la que se estaba rebelando. Isabel era la tierra que recordaba y había enviado la maldición para hacernos pagar.