Lo que nos siguió a casa 7. El regreso de La Muelona
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7. El regreso de La Muelona

El regreso de La Muelona

Carolina Flórez-Cerchiaro

Santa Elenita del Mar era un pueblo que solo podía existir a la sombra de la maldición de la tierra.

Si cerrabas los ojos y respirabas profundo, casi se podía saborear la podredumbre que se filtraba del suelo: la sangre de la tierra, derramada por las manos que la habían trabajado durante siglos.

El olor de los plátanos maduros flotaba en las calles, empalagoso, demasiado dulce, como un cementerio de fruta abandonada a la putrefacción bajo el abrasador sol caribeño.

Las moscas, negras y zumbonas, espesaban el aire en nubes, pegándose a todo: a la piel, a la comida, a las paredes. Se aferraban a las personas sin importar hacia dónde corrieran, revoloteando, implacables, como un hambre con alas.

Era como si el pueblo se arrastrara, como si algo se retorciera justo bajo su piel. Como si Santa Elenita viviera de la decadencia.

Yo había vivido allí toda mi vida. Todos lo habíamos hecho.

El fantasma de los conquistadores españoles aún permanecía en las fachadas agrietadas de las viejas casas del pueblo, enmarcadas por calles empedradas, con sus techos de teja roja y paredes de estuco desmoronadas, abatidas por siglos de historia, una historia de derramamiento de sangre, explotación y secretos que nunca debían salir a la luz.

Pero, aun así, esa historia comenzó a resurgir en el momento en que llegó Isabel.

Desde niña había escuchado cómo las mujeres susurraban su nombre. La llamaban La Muelona, pero no por afecto. No, Isabel era una criatura a la que casi todo el mundo temía. Decían que era una bruja, una adivina, una gitana, una corruptora de corazones.

Afirmaba que podía ver más allá del velo, entre los vivos y los muertos que estaban enterrados bajo nuestros pies, que podía comunicarse con los espíritus que moraban en los restos de nuestro pueblo, pero quienes acudían a ella en busca de consejo no tardaban en descubrir que sus dones iban más allá de la simple adivinación.

Ella sabía cosas. Cosas peligrosas, cosas que no debía saber.

Algunos decían que podía curar enfermedades imposibles para los médicos, que sus bebedizos y pociones eran más poderosos que los remedios: eran mágicos.

Pero otras personas, como Mamá y la abuela, contaban en secreto cosas más oscuras, siempre a modo de advertencias: decían que era una portadora de maldiciones, que ataba las almas de los muertos a su voluntad.

Decían que les sacaba sangre a los vivos, ofreciendo poder a cambio de sus sacrificios.

—No ha traído más que ruina a este pueblo. Sacrifica a bebés y se bebe la sangre de la gente como si fuera ron —decía Mamá con voz suave, pero también penetrante y llena de convicción.

La miré fijamente, sin saber si me perturbaban más los rumores o lo mucho que ella parecía creer en ellos.

Me dije a mí misma que no podían ser ciertos. Pero eso no duró mucho.

A medida que fui creciendo, empecé a preguntarme por Isabel.

Había rumores de que en otro tiempo había sido la esposa de uno de los propietarios de las plantaciones.

Una mujer confinada entre cuatro paredes mientras las cosechas de plátanos crecían bajo el cielo ardiente, pero cuando se le acabó la juventud, la atención de su marido se desvió hacia otro lugar y fue entonces la codicia, más que el amor, lo que marcó el rumbo de lo que vendría después.

La tierra ya era fértil y estaba cargada de frutos, pero él quería más. Más ganancias, más oro, más pruebas de que podía exprimir hasta la última gota de la tierra. Así que recurrió a antiguos saberes. Una sacerdotisa le dijo que la tierra podía darle el doble, pero solo si la alimentaba.

Él le ofreció a Isabel.

Pensó que su valor había concluido cuando se extinguió su belleza, pero la tierra recordó algo distinto en cuanto la consumió.

La llevó a los campos al atardecer, la besó en la mejilla y le cortó el cuello con la misma cuchilla que usaba para segar.

La enterró bajo el árbol más viejo, donde las raíces se enroscaban como venas.

La sangre de Isabel se filtró en el suelo como un despertar, junto a la sangre de los muchos trabajadores que se habían roto la espalda bajo el sol y perecido alimentando aquel lugar con su sudor y su vida.

La tierra se la bebió y se reconoció a sí misma en la mujer, y con ella, finalmente encontró su voz, vengativa, plena de decadencia y memoria. A través de ella, pudo alzarse, no solo para mostrarle al pueblo lo que le habían hecho, sino para que lo sintieran en sus huesos.

Pero la tierra no guarda secretos. Y nada permanece enterrado para siempre .

Días más tarde, regresó Isabel. No como un fantasma, sino en carne y hueso, silenciosa, transformada.

No habló de lo que le habían hecho, pero sí lo hizo la tierra.

Y habló con su voz.

El día que la conocí, yo tenía diecisiete años.

El sol ya estaba alto en el cielo, su calor aplastaba todo, sofocando al pueblo con un abrazo implacable.

Había sido una noche de insomnio, mi mente me atormentaba con la idea de que no podía quedarme en Santa Elenita.

Ya no. Era el peso de la tradición, de la vida que se esperaba que llevara.

Como hija del alcalde, tenía que casarme con el dueño de una plantación, el hijo del señor Andrews, entregarle mi cuerpo, como cualquier otra esposa obediente, y darle hijos que no sabía si quería.

Las mujeres de Santa Elenita sabían cuál era su lugar: esposas, madres, hijas. Habíamos nacido para servir, para trabajar, para dar a luz. Y cuando dábamos a luz, a menudo era a hijos que más tarde servirían a la tierra, a las plantaciones. No había pie para preguntas ni protestas.

Pero yo soñaba con otra cosa: con la libertad, sí, pero no solo con eso.

Soñaba con que no me volvieran a arrastrar nunca más entre surcos de caña de azúcar, con los moretones que me dejaban las manos ásperas y con aquellas risas aún más ásperas.

Soñaba con no volver a oler nunca más el ron ni el aliento de otra persona, con no tener que saborear nunca más la sangre en la boca después de morderme con fuerza para no gritar.

Fantaseaba con arrancarme aquella piel que había pasado de un hombre a otro, una transacción sellada entre puros y apretones de manos.

Nunca había tenido la oportunidad de elegir, solo expectativas. Una mirada cómplice, un gesto con la cabeza, una puerta cerrada con llave.

Era un cuerpo prometido antes de que pudiera negarse, una deuda pagada en silencio.

Y aunque nunca hablé de ello, ni con Mamá ni con la abuela, algo dentro de mí cambió.

No se rompió, se abrió. En nuestra familia, las mujeres cosían silenciosamente su ira sobre las cosas: un dobladillo, una oración, una boca sellada.

Me habían enseñado que el silencio era más seguro que mostrar los dientes.

Pero las ganas de morder habían arraigado en mí, sombrías y obstinadas, incluso cuando ya estaba a unos pasos del altar, hacia una boda que parecía más un entierro que una promesa.

La tierra debió de sentirlo.

Y ella también, como si un mismo hilo nos uniera a las dos, una atada por el destino, la otra por elección.

La casa de Isabel se alzaba a las afueras del pueblo, cerca de la densa selva de donde parecían venir las moscas, escondida entre enredaderas y árboles, lejos de las miradas de los hombres que poseían la tierra.

El aire allí siempre olía de otro modo: una mezcla de hierbas, sangre y algo que se pudría en las profundidades de la tierra.

Había oído historias de personas que desaparecían en esa selva y no regresaban más.

Todas comenzaban y terminaban con ella: La Muelona.

Ah, si yo pudiera desvanecerme, desaparecer, ¿no sería eso también una forma de escapar? ¿No era eso lo que quería?

Tendría que haber sabido que no debía involucrarme.

La casa de La Muelona era un lugar en ruinas, inclinado y como a punto de derrumbarse por su propio peso, con unas ventanas oscuras que parecían mirarte fijamente, aunque no hubiera nadie en su interior.

Dudé, consideré mis opciones, pero no tenía ninguna.

Llamé a la puerta. Se abrió inmediatamente, sin crujidos, sin bisagras, sin demoras, revelando a Isabel en su interior.

Estaba de pie en la puerta, los ojos negros brillaban con algo antiguo y frío.

Tenía una piel pálida, demasiado pálida, y el cabello castaño y rizado le caía sobre la cara.

Isabel era alta, casi de forma antinatural.

No sonreía, no lo necesitaba. Podía sentir la atracción, como un gancho en el pecho, que me empujaba a entrar.

—Estás aquí —dijo con voz suave y penetrante—. Pasa.

Era como si mi llegada nunca hubiera sido una incógnita, solo una cuestión de tiempo. Obedecí, con el corazón latiéndome con fuerza mientras daba un paso adelante.

La casa estaba cubierta de una oscuridad que parecía retorcerse cuando no la mirabas.

En el interior, el aire no era mejor que fuera, pero había algo peor, mucho peor.

Era el olor, el hedor de algo más antiguo que la madera podrida y el moho.

Había docenas de frascos de vidrio llenos de cosas que desconocía.

Pero lo que más me inquietaba eran los insectos voladores. También había moscas. Estaban posadas sobre los frascos, sobre la mesa y a lo largo de las paredes, formando densas nubes tan espesas que casi parecía que la habitación se movía.

—Yo…

No sabía qué decir. Ni siquiera sabía exactamente qué había ido a buscar allí.

¿Cómo podía pedir la libertad cuando mi cuerpo nunca había sido realmente mío?

Cuando aún sentía las manos de los hombres sobre mi piel como algo en descomposición, algo enterrado que se negaba a morir.

De repente, sentí una agitación en mí, algo antiguo, agudo, expectante.

—Yo… quiero saber mi futuro —dije con voz hueca.

Los labios de Isabel se curvaron en una sonrisa.