Lo que nos siguió a casa 6. Ángel de la guarda #3
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6. Ángel de la guarda #3

El ángel Nicolás le dijo que él se encargaría de que ninguno de los dos se resistiera.

Llevó a Papá y a Inés al cuarto que compartían a la medianoche.

Parecía haberles quitado la voluntad. Con un gesto los obligó a arrodillarse y rezar, y ellos lo hicieron.

Después mandó a Marisa a hablar con el dueño de la casa.

«No tenemos que ser interrumpidos», le explicó.

Ella ensayó la excusa: «Con mi familia empezamos a ir a un centro religioso y vamos a hacer algunas oraciones».

«Doce horas», dijo Nicolás, «hasta la Purificación final».

Le indicó que cerrara todas las puertas y ventanas, y que abriera todas las canillas de la casa: hacía falta mucha agua, fluir, fluir, le dijo.

Y rezar. Los tres tomados de la mano, desnudos en la habitación, los colchones en el piso, de la mano.

Marisa sentía la fuerza y veía los pies de Nicolás, suspendidos a la altura de sus ojos.

Ahora irradiaba una luz negra, una sombra que delineaba su cuerpo, como la del trazo de carbón que había matado a Mamá.

Él mismo encendió velas en todas las habitaciones del piso de arriba y en la planta baja.

Hablaba, pero Marisa no le entendía, salvo cuando le daba órdenes secas.

«Los salmos», ordenaba. Y Marisa y su hermana y su padre oraban, con la Biblia abierta.

Como escorias hiciste consumir a todos los impíos de la Tierra;

Por tanto, yo he amado tus testimonios .

Mi carne se ha estremecido por temor de ti ,

Y de tus juicios tengo miedo .

Juicio y justicia he hecho .

«Justicia para Mamá, fuera Satanás», gritaba Marisa y lloraba cuando veía que su padre se excitaba aunque cada vez que quería acercarse a Inés recibía una patada del ángel que flotaba envuelto en luz negra.

La cara de Papá, la del muñeco, ahora empezaba a desfigurarse por los golpes, pero el ángel insistía: Querida, esto no es real, cuando termine tendrás a tu familia de vuelta, como antes, como debe ser .

Rezaron de la mano hasta que el ángel los detuvo y volvió a tomar a Papá y a Inés en sus brazos: tenía tanta fuerza, podía cargarlos a los dos.

Ellos estaban como muertos, tan relajados que de entre sus piernas chorreaban excrementos y orina, y todo el pasillo apestó enseguida, a pesar de las velas y las hierbas aromáticas.

«Voy a sostenerlo de pie», dijo el ángel.

Y Marisa supo que tenía que ser valiente.

Inés solo observaba, aunque no parecía ver.

Marisa fue hasta la cocina, y trajo un cuchillo, el primero que encontró, uno pequeño, mango de madera, de filo serrucho. Miró al ángel, que tenía los ojos cerrados. Y le clavó el cuchillo en la cara al muñeco. Una vez, otra vez.

«Saldrá por el pecho», dijo el ángel, aunque no movió los labios.

«Papito, perdón», dijo Marisa y trazó un círculo sobre el pecho de piel fláccida con el cuchillo.

«Y ahora el cuello», ordenó el ángel, y dejó caer a Papá, y Marisa recibió el chorro de sangre en la cara y patinó en la sangre que cubría el piso.

Sintió cómo el líquido caliente le empapaba la entrepierna, y también sintió un escalofrío desconocido.

Esto es lo que siente Inés , pensó, cuando Papá es el muñeco .

Otra vez la cara, para que el muñeco se fuera.

Los párpados fijos , pensó, y los arrancó.

Papá tenía la boca abierta. ¿Estaría gritando?

Ella solo podía escuchar al ángel que ahora estaba al lado de Inés, sosteniéndola.

Su hermana parecía despierta. No importaba.

El ángel la soltó. Inés cayó sobre la sangre y se revolcó. Se reía.

«Lucifer en la cara», dijo el ángel. «¡Hazlo!

». Y Marisa se arrodilló y mordió al muñeco, para arrancarlo de una vez, de una vez.

Volvió a sentir la humedad cálida entre las piernas.

Es la sangre, es la sangre , pensó, y escupió carne, mejilla, labios.

Se dio vuelta, con los dientes apretados.

Y vio al muñeco en la cara de Inés, que se pasaba la sangre por los pechos, tan sucia, tan impura, puta, asesina de Mamá, puta.

Entonces el ángel abrió los ojos y la sombra que lo rodeaba rugió. Intrusos, supo Marisa. ¿Cómo habían podido abrir la puerta?

«¡Váyanse! ¡Esto no es real!», gritó el ángel. Y cuando los intrusos intentaron detener a Marisa, se interpuso, y con un golpe de su mano los hizo volar hasta el otro extremo de la habitación, una y otra vez. Ella seguía con el cuchillo en alto.

«¡Soy el Purificador!», gritó el ángel. «¡Esto no puede detenerse!».

Marisa sintió que se le aflojaban las rodillas.

Intentó resistirse a los intrusos que querían atarle las manos a la espalda; intentó dar un salto y clavar el cuchillo en la cara de Inés, que era la del muñeco; ahora el muñeco estaba en su hermana pero también estaba en todas partes, y gritaba algo imposible de comprender, algo que hacía desaparecer la luz negra de alrededor del ángel, el ángel que ya no flotaba, que tocaba el suelo con los pies, cabizbajo, y le decía «estúpida, débil», pero sin furia, resignado. Marisa miró a los intrusos, y dijo:

«El diablo estaba en Papá. Mamita, Mamita, ahora Papito va a volver bueno».

Los intrusos la empujaron a la calle. Gritó el nombre del ángel, pero no tuvo respuesta. Lo último que vio, antes de que la taparan con una frazada, antes de que la encandilara el sol del mediodía, fue el techo lleno de sangre, y los ojos del muñeco, risueños, en los ojos de su hermana.